Tengo un sueño horrible del que me despierta Pablo. Aparentemente lo asusté. Dice que me escuchó gritar en voz baja, y que por eso me despertó.
Vuelvo a dormirme, pero después de unos minutos —¿cinco? ¿diez?— suena la alarma.
Hace frío, y me imagino saliendo de abajo de las frazadas y caminando descalza hasta la cocina para poner el agua del mate. Me imagino el piso frío bajo la planta de mis pies, los mocos que se me empiezan a caer, el aire helado del comedor hasta que prendo la estufa… Quisiera quedarme todo el día en la cama, tapada, sin moverme de acá. Pablo se acerca y me abraza. Me hace cucharita. Siento su bulto en mi culo frío.
—¿Qué soñaste? —dice.
Estoy tan dormida que me cuesta un gran esfuerzo abrir la boca. Son las pastillas. Sé que el sueño sigue ahí, dando vueltas alrededor nuestro como humo, pero tengo que vencer una resistencia para hablar.
—Había un gato —digo— Habíamos encontrado un gato en un container de basura y vos querías que lo adoptemos. No sé si eras vos o no… creo que eras vos pero eras otra persona a la vez. Yo te decía que ya teníamos a Luna, pero al final lo traíamos a casa.
—¿Cómo que no era yo? —dice él con un enojo fingido. Siempre quiere estar en mis sueños.
Era una mezcla de él y de Rafael, mi psicólogo, pero eso no se lo digo. Igual, todo es borroso. De lo que sí me acuerdo bien es del gato. Era chiquito y naranja, y tenía un ojo lastimado.
—Tenía un ojo lastimado —digo
—¿Quién?
—El gatito: tenía un ojo lastimado.
Me escucho la voz ronca, de dormida. Pablo me aprieta fuerte porque nota que yo tengo frío. Es así: le gusta cuando tengo frío, cuando tengo fiebre, cuando me siento frágil de alguna manera, así me abraza y se siente el hombre protector. Un rato. Hasta que se cansa.
—Yo quería curarlo pero me daba cuenta que el agujero del ojo era muy grande y estaba lleno de gusanitos blancos, y además el gatito no sabía caminar: era como si estuviera hecho de lana. Entonces aparecía Sil, mi amiga, de la nada, y me decía que el gato se iba a morir y había que sacrificarlo y me daba una bolsa de nylon para que lo ahogue.
—Qué horrible. Cualquiera esta Sil.
—Entonces yo —digo, y ahora que me acuerdo de lo que sigue se me arma un nudo en el pecho- lo metía adentro de la bolsa, porque el gatito era muy chiquitito y obediente, y entraba prácticamente solo, y le hacía un nudo y lo dejaba morirse. Lo veía maullar y patalear y asfixiarse en frente mío, sobre una mesa, y no hacía nada. Pobrecito.
—No llores, pipi —dice él. Alza la cabeza y me da un beso en la mejilla—: es un sueño nada más. En los sueños pasa cualquier cosa. Si yo te contara los que tengo a veces…
Una ráfaga de viento mueve la persiana y la hace golpear el vidrio. Por un momento me siento vacía, como si no hubiera en mí nada más que un corazón latiendo y haciendo eco por un enorme espacio vacío.
Pablo me besa el cachete mojado.
—Me gustan tus lágrimas —dice—: son saladas.
—Todas las lágrimas son saladas. Ya sé porqué soñé eso —digo.
Lo aparto un poco para levantarme de la cama, pero tardo unos segundos en hacerlo: un fragmento de tiempo que es como un precipicio. Cada vez que me levanto siento como si me fuera a tirar a una pileta de agua fría. Jamás en mi vida, antes de lo que me pasó, se me hubiera ocurrido que una cosa tan insignificante costara tanto.
—¿Qué pasa? —dice Pablo.
—Nada, voy al baño.

Prendo la luz, abro la canilla y me miro al espejo. No alcanzo a verme ni a poner las manos en el agua cuando escucho el ruido en la puerta. ¿Lo estoy escuchando de verdad? Cierro la canilla y todo vuelve al silencio. La vuelvo a abrir y vuelvo a escuchar el ruido. Cristian la está rasguñando. Es él: el olor a podrido que se mi incrusta en la nariz es indudable. Sé que va a estar ahí cuando salga, esperándome, así que no le doy tiempo y sin saber qué carajo voy a hacer cuando lo vea abro la puerta de golpe, con el corazón en la boca. Pero el pasillo está vacío: solo está Luna, observándome atentamente, como si se diera cuenta que estoy comportándome como una loca. El olor, sin embargo…
—¿Sentís ese olor vos? —digo
Pablo ahora está sentado sobre la cama. La leve claridad que pasa a través de las rendijas de la persiana deja ver su expresión preocupada. Me hace una seña para que me siente al lado suyo, como si fuera una niña.
—¿Qué pasa, pipi? —vuelve a preguntarme, agarrándome de las manos— tenés las manos heladas.
Sabe lo que voy a decir y eso me molesta.
—Lo empecé a ver otra vez.
Pablo me mira fijo, serio. Casi puedo ver sus pensamientos: “¿qué voy a hacer con esta mina tan loca? ¿Cómo vamos a seguir con esta cosa en el medio?”. La habitación parece achicarse y de golpe me siento como adentro de un cajón. Me cuesta respirar.
—¿Me abrazás por favor? No me siento muy bien. Me está costando respirar…
Él suspira. Después de unos segundos que parecen durar meses, se decide a abrazarme.
Cuando era chica —habré tenido entre nueve y diez años— mis viejos habían comprado un televisor para mi pieza. Lo habían colgado en la pared, mirando para abajo, y a la noche, cuando nos íbamos a dormir y se apagaba todo menos la luz del pasillo, yo podía verme reflejada en la pantalla del televisor: me veía acostada, con mis juguetes y mis peluches, y tenía tanto miedo de que en ese reflejo pasara algo diferente, de que algún peluche moviera un brazo o que mi reflejo hiciera algo que yo no hacía, que me tapaba toda y me quedaba quieta y acurrucada sobre mí misma horas y horas, sin poder dormirme.
Cuando Cristian volvió, reaccioné de la misma manera: me quedaba quieta dónde estaba, sin mover un solo músculo. Primero sentía ese olor horrible, dulzón, como a fruta pasada, y después lo veía aparecer de un costado de mi visión: una mancha oscura que se acercaba lenta, caminando a los tumbos, con la cabeza que se le caía de un lado a otro. “Prope, prope”, decía, como cuando estaba vivo y yo lo acompañaba. Pero la voz era diferente: no tenía timbre, no tenía profundidad, era lisa como una grabación vieja. “Prope”, exclamaba, tambaleándose, al parecer sin verme, vestido con la remera de Garfield de siempre, toda babeada, y con los ojos hundidos, como si algo se los hubiera comido. Yo me quedaba quieta, petrificada. Me tapaba la cara y contaba hasta diez, a veces hasta veinte, y cuando volvía a mirar, él ya no estaba. Pablo me encontró así una vez. Se lo tuve que contar, por supuesto.
Cuando empecé a tomar las pastillas ya no lo volví a ver. Hasta ahora. Hasta esta semana.
Después de un rato me empiezo a sentir mejor. Una luz muy disuelta empieza a entrar por la puerta abierta de la habitación. Tengo la impresión de que afuera debe estar nublado, aunque desde acá siempre parece que afuera está nublado. No sé ni qué hora es. Pablo se levanta.
—Me tengo que ir a trabajar ¿vos vas a estar bien? ¿Por qué no llamás a tu psicólogo y le decís que te atienda hoy?
—Puede ser.
—Ya es la segunda vez en la semana que lo ves. Me parece que tendrías que volver a ir dos veces por semana de Rafael y sacar un turno con el psiquiatra… ¿Estás tomando las pastillas que te dio?
Yo no le contesto ni que sí ni que no.
—Ey —dice él.
—Sí, las estoy tomando.
—Tenés que volver dos veces por semana con Rafael, pipi.
—Puede ser.
—Dale, metele pilas: no te tenés que dejar estar. Lo que te pasó con ese chico es terrible. Es terrible, lo sé, y ni me imagino lo que debe haber sido haberlo vivido…. Pero las tragedias pasan. Las tragedias pasan, y hay que superarlas en algún momento… mientras te sigas echando la culpa de esto lo vas a seguir viendo. Ya te lo dijo la psiquiatra, el psicólogo, tus amigos, te lo digo yo: fue un accidente. Un AC-CI-DEN-TE. Y podría haberle pasado a cualquiera.
—Pero me pasó a mí —digo, llorando.
Él no sabe lo que es. Nadie sabe lo que es ver a un pibe asfixiarse y morirse por tu culpa. Con solo cerrar los ojos puedo verlo todo otra vez: su cara poniéndose primero roja y después morada, los ojos desorbitados inflándose como globos, sus manos flácidas y sucias agarrándose el cuello y yo corriendo para tratar de ayudarlo, levantándolo de la silla para golpearlo en la espalda. Y después de un rato, darme cuenta que le estoy pegando a un cuerpo inerte, a un cadáver.
¿Por qué di ese alfajor de maicena? ¿Por qué no me di cuenta de que él tenía problemas para tragar? ¿Por qué mierda me habré metido a trabajar de acompañante? ¿Por qué?
Dicen que grité, y que por eso los vecinos llamaron a la policía. De eso no me acuerdo. Me acuerdo, sí, de los ojos orientales de la mujer policía que entró primero, y de un grupo de enfermeros que flotaban alrededor del cuerpo de Cristian, y de voces. Voces y voces. No sé cuántas horas pasé ahí. Cuando la madre apareció, sacó la manta que tenía encima su hijo, le alzó la cabeza, y lo meció como si fuera un bebé. Ni siquiera me miró. No habló conmigo esa noche. Ni esa noche ni nunca. Las luces azules titilantes de la policía entraban por las ventanas, como en las películas. Todo es como una película cuando lo recuerdo, como algo que le pasó a otra persona.
—¿Me prometés que vas a llamar a Rafael hoy? Esto se te va a pasar. Posta. Te lo juro. Lo vamos a superar juntos…. Y a fin de año ¿quién sabe? Quizás podamos hacer un viaje largo…
Pablo sonríe con esa expresión despreocupada, de tipo bonachón que ya tiene todo resuelto. No entiende nada: hay momentos en los que me exaspera tanto.
—Me tengo que ir a trabajar… pero si querés pido el día y me quedo —dice mientras se levanta.
—No te preocupes, andá tranquilo. Voy a estar bien yo. Te prometo que lo llamo.
Pablo prende la luz. Cristian está detrás de él, colgado del ropero como una araña. Ahora está diferente: tiene la cara hinchada y húmeda y la piel se le ha vuelto totalmente negra. En los agujeros de la remera deshilachada hay bolas de larvas blancas que se retuercen y se mueven sin parar. Abre la boca como si se estuviera ahogando y quisiera gritar, pero no se le escucha nada: solo se le ve la mandíbula abierta, retorcida, y una pasta que cae de su boca, una pasta espesa y marrón que gotea sobre la camisa que ahora está sacando Pablo del perchero.
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