PRESENTACIÓN DE “PABELLÓN ABISMADO” DE MARCOS APOLO BENITEZ / Patricia Fochi

  Me da mucho gusto acompañar la presentación en sociedad de El pabellón abismado, un libro de Marcos Apolo Benítez, publicado por “Borde perdido”, una editorial cordobesa. Se trata de un libro tan tenso como dinámico y atrapante. 

I

  Recojo un fragmento del prólogo que anuncia e interpreta uno de los tantos aspectos que traman este libro: “Grandioso fue el mito griego de las arpías: ellas arrebataron a esas criaturas, o digamos mejor que uno de sus miembros se enganchó en las ruedas del universo y fue así como pereció (…) Pero recuerde que el miembro atrapado fue el pabellón de la oreja al inclinarse a escuchar el aullido del mundo, y que él mismo terminó lanzando alaridos. ¡Lo que separa del caos la suela de nuestros zapatos, se lo aseguro, es una capa de poquísimo espesor!” (M. P. Shiel, La mansión de los ruidos).

  Las arpías fueron creadas por Zeus para castigar a Fineo, quien había revelado secretos del Olimpo, como tenían alas, su misión consistía en robarle día tras día la comida. En el Medioevo se las representaba con cuerpo de ave de rapiña, horrendo rostro de mujer, orejas de oso y afiladas garras, que llevaban consigo tempestades, pestes e infortunio.  El epígrafe de Shield le presta figuración a la arpía medieval de la tapa, lindísima.

  El pabellón inclinado a escuchar el aullido del mundo, es ese pedazo de cuerpo atrapado que no tiene párpado ni modo de cerrarse, un pedazo de carne Vincent van Gogh, pero también es ese espacio en la urbe donde van los locos, el hospital psiquiátrico, el manicomio, localizable en el mapa de la ciudad.

  Sin embargo, este recorte o localización lleva por título El pabellón abismado, y el abismo es aquello que no tiene fondo, no tiene fin…  lo limitado se desvanece y se convierte en un vórtice inquietante e infecto que aturde y corrompe lo que toca.

  El hospital alberga la locura que lo infiltra y lo desborda, el hospital droga a la locura y la locura quiere más, también es hija de su época toxicológica, entonces derrama su mendicidad obscenamente, el hospital la encierra pero no la domina, y no para de desvestirla más y más, la locura se deja; si se resiste viene la policía, o el inyectable, y entonces hay más drogas, la locura se suicida o incendia el colchón, y vienen los bomberos, y la televisión. Se juntan varias instituciones pero la locura persiste impertérrita, babeando inmunda, masturbándose en el patio, comiéndose los mocos, esperando los permisos del poder judicial, exudando una miseria que es más que suciedad y así y así y así.

  Tomo otro fragmento de los epígrafes del prólogo: “lo increíble de la conciencia que existe en el cuerpo es la sensación matemáticamente precisa de que tú eres tú, y no eres tú, sino… una excrecencia de ningún lugar y de nada, algo que no se puede controlar” (Andréi Biéli, Yo, Kótik Letáiev)

  Julia Kristeva,en un libro que se llama Los poderes de la perversión, dice algo muy escueto y taxativo: “para quien lo abyecto existe, no está loco” [1]. El asco por una comida, por una suciedad, un desecho, un olor, una basura, el espasmo del vómito, la arcada, son manifestaciones que nos protegen, así, la expulsión de lo abyecto traza una frontera que nos separa de la excrecencia. Para quien lo abyecto no existe podría abismarse en un pabellón. Quizás sea lo abyecto uno de los nombres de la suela del zapato que nos separa apenas del caos.

  A la versión básica del mito de las arpías se le fueron añadiendo nuevos detalles con el paso del tiempo: ellas ya no robaban la comida sino que la ensuciaban con sus excrementos, corrompiéndola; pronto empezaron a ser vistas como difusoras de suciedad y enfermedad, adquiriendo así su más célebre apariencia monstruosa.

  Estos dos epígrafes del prólogo, el del pabellón que escucha el aullido del mundo, y el de la excrecencia, introducen problemas pilares que recoge este libro y despliega con múltiples sutilezas.

II

  El pabellón abismado está escrito con un grado de ironía más bien atónita, estupefacta, una ironía sin mordacidad, por eso quien lo lea entenderá por qué Mattoni en la contratapa dice que es un libro discreto… El autor omnisciente mira aún sorprendido lo que ya vio muchas veces, mientras escribe entre el alarido y la carcajada.

  El alarido y la carcajada son manifestaciones de la voz fuera del habla, conocemos varias: la tos, el carraspeo, el balbuceo, el grito, el gemido, el chasquido, la risa, hay una más difundida entre psicoanalistas, el hipo de Aristófanes. Cuando Lacan estaba leyendo detalladamente El Banquete de Platón, estudiaba con Alexandre Kojéve, quien le dice un día mientras se estaba yendo -astuto-: “por cierto, no podrás interpretar El Banquete si no sabés por qué a Aristófanes le da hipo”[2]  y dejó a Lacan bastante perplejo.  Kojéve no reveló el secreto, pero le dio a entender que la interpretación íntegra (si la hubiera, digo mejor: amplia) depende de comprender esta voz ininteligible, que significa lo que significa. Una voz involuntaria que surge de las entrañas mismas del cuerpo que condensa un sonido sin sentido y un significado más elevado, algo que en todo caso decide el sentido del conjunto del texto.

  “La voz presenta un cortocircuito entre la naturaleza y la cultura, entre la fisiología y la estructura; su naturaleza vulgar se transustancia misteriosamente en significado”[3] dice Dolar; el alarido y la carcajada son las voces fuera del habla del autor, cuando lean el libro lo interpretarán en su conjunto. No revelaré el secreto, temo que alguna arpía nos cague la presentación…

III

  Marcos Apolo Benítez no se acostumbra al abismo del pabellón, sale de ahí, aunque no queda ileso, entonces, cuenta qué dicen los locos, los respeta, y en esa clave el libro está plagado de pasajes conmovedores.

  Entonces escuchamos formas de hablar/actuar sin que una mínima pizca de engaño se interponga, leemos lo que es el decir sin la más mínima alegoría:

Diálogo con Jeremías, veintiocho años, internado en la Guardia:

Me recibe con una sonrisa estrambótica, como de galletita de jengibre. Mientras hablamos hace un ruido de chancho comiendo caramelos.

—Yo soy famoso —comienza a decir apenas lo saludo—, todos me conocen. Soy el hermano de Calipso (“personaje de una película de aventuras”, me aclara por lo bajo la psiquiatra cual apuntadora). Calipso es una mujer que vive en el mar. En el mar hay piratas, no tienen carne, son puro hueso.

Cuenta que consume cocaína, jala pegamento y nafta.

—No me hace nada. Yo nunca desfallezco. Soy inmortal. Yo soy hijo de Milagro Sala, ¿la conocés? Ahora está rodeada de policías por unos crímenes que cometió. En realidad, mi madre es… (dice su nombre). Tengo dos familias, dos madres, pero se dio así… yo no lo busqué.

Le pregunto cómo es eso de su inmortalidad y me responde a través de un ejemplo.

—Te explico: si hay una canilla largando agua y vos estás descalzo y vas y tocás un enchufe, ¿qué pasa…? Sí, te morís. Bueno, a mí no me pasa nada. Yo soy famoso. Conozco a Daddy Yankee, a Maluma, a Cristina Kirchner. Cuando ando por la calle la gente dice: “¡Ahí va el hermano de Calipso! Y me piden autógrafos”.

   Se trata de un libro desvelado e insomne, deudor.

  Su escritura prístina alumbra cuánto el autor se topó de bruces con la oscuridad grisácea trabajando en el psiquiátrico, “el loquero segrega un tipo especial de oscuridad… todo queda manchado por una sombra babosa que se adhiere hasta en la luz” dice en la página 52.

  Me recuerda un fragmento de un poema de Robert Frost:

            Yo he tenido intimidad con la noche

            He recorrido el callejón más triste.

            He pasado junto al sereno de ronda

            Y bajado los ojos, sin ganas de explicar.

            He frenado en seco, y apagado el ruido de mis pasos

            cuando a lo lejos un grito interrumpido

            llegaba de otra calle por encima de las casas

            pero no para llamarme ni decirme adiós

  Marcos Apolo Benítez nos recuerda aquello que afirma Al Alvarez: “Por más intensamente que iluminemos la noche, el problema moral de la oscuridad no desaparece”[4] Entonces, él lo recoge, lo escribe, y grita qué vamos a hacer con ésto… y su pregunta llora una carcajada.          

Transcripción de la presentación de Pabellón Abismado de Marcos Apolo Benitez realizada por Patricia Fochi el 11 de noviembre de 2022 en la Libreria Craz de la Ciudad de Rosario.


[1] Julia Kristeva: Poderes de la perversión. Buenos Aires, Siglo XXI editores, 2006. p. 14.

[2] Jacques Lacan: El seminario de Jacques Lacan: Libro 8: La Transferencia. Buenos Aires, Paidós, 2004. p. 75.

[3] Mladen Dolar: Una voz y nada más. Buenos Aires, Manantial, 2007. p. 39.

[4] Al Alvarez: La noche: una exploración de la vida nocturna, el lenguaje de la noche, el sueño y los sueños. CABA: Fiordo, 2018. p. 12

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