El monje bhiksu B-205 murmura una oración en la fila. Los monjes copan la estación subterránea. Arriba en la superficie, el sol quema, aquí abajo reina un frío pesado. Los monjes suben y bajan de los vagones-plataforma, pasan los accesos. El movimiento es incesante y ordenado. Y silencioso. Solo se escuchan palabras sueltas, el roce de las botas contra el piso de concreto y la música meditativa de los parlantes.
B-205 no distingue si el que va delante en la fila es varón o mujer. O joven o viejo. Todos tienen la cabeza rapada y la piel dura y curtida. Solo distingue quién es bhiksu y quién abad. Todos visten overoles azul marino, desgastados, con cintas reflectivas: en naranja, los bhiksus y en verde, los abades. Y todos tienen los nombres alfanuméricos tatuados en la parte de atrás del cuello. Aunque B-205 no reconoce a nadie por su nombre. Todos suenan igual: B-206, C-463, A-25… Más bien reconoce a los demás por la forma de la nariz, por la altura, por alguna cicatriz. Y cuando los reconoce mejor, ya sea por la voz, por los gestos, cuando ya los puede reconocer en la distancia, ellos son transferidos a otra estación, o el transferido es él.
B-205 solo ve a bhiksus y abades, y en las pantallas, a los dalai.
En la cabina de acceso, B-205 coloca la mano sobre el lector digital.
—Nombre: Monje bhiksu B-205. Sector designado: Luque, zona sur. Tarea: Minería urbana —habla la máquina en voz de recepcionista de hotel—. Notificación: Méritos acumulados. Acceso permitido a la meditación virtual guiada por el maestro abad Samel Ladi. ¡Felicidades! Este es un hito importante en el camino de conversión. La madurez espiritual es la nave que le llevará a la Nava Pratyāśā, la primera ciudad vergel después del Apocalipsis.
Al lado del lector se abre un compartimento pequeño. B-205 toma la vianda y la guarda en su mochila con el casco, la máscara y los guantes.
—Nuestro Padre El Moksha-Datta le desea una bendecida labor de restauración del planeta —dice la máquina.
B-205 avanza hacia el andén.
En las pantallas colgadas en las paredes aparece un monje abad vestido de blanco. Unas personas en hábitos dorados lo reciben con un abrazo en un jardín de flores y frutales y le entregan un hábito también dorado. El abad se arrodilla para recibirlo.
Una voz grave anuncia en el video:
“El monje abad A-11 desembarcó en Nava Pratyāśā para descansar en los brazos de Nuestro Padre El Moksha-Datta. A-11 comenzó el camino de conversión como un bhiksu. A-11 ofrendó su labor diaria y sus oraciones a Nuestro Padre El Moksha-Datta y acumuló los méritos para el bendecido ascenso a la Orden de los Abades. Y en este día de luz, asciende a la Suprema Orden de los Dalai. A-11 es rebautizado como Dalai Sagar Dhara y es bienvenido en Nava Pratyāśā, la primera ciudad vergel después del Apocalipsis.”

Los monjes caminan en silencio y atienden a las pantallas.
“A-11 ofrenda su testimonio de vida para la fortaleza de la fe. Nuestro Padre El Moksha-Datta desea a los bhiksus y abades unas bendecidas labores de restauración del planeta. Amén.”
—Amén —responden los monjes.
El video termina y aparecen imágenes de los vergeles de Nava Pratyāśā.
—¡Nava Pratyāśā es la vida! —grita un bhiksu en el andén.
—¡A-11, larga vida! —responden los demás y el eco resuena.
Un vagón-plataforma, en un chirrido, para en el andén. Más bien es una jaula industrial. No tiene ni techo ni paredes; apenas unos travesaños y barandillas de metal. Los monjes suben y se ubican en un orden calculado como guiados por una máquina que coloca los palillos de fósforo en una cajita. B-205 se ataja del travesaño con una mano y, con la otra, sostiene la mochila.
El vagón avanza por un túnel de luminaria tenue; la luz justa para saber que se entra a un túnel y no a un agujero negro. Los monjes se mantienen en silencio. El ruido de los vagones avanzando, frenando, crece y decrece en un eco maquinal. Algunos monjes cierran los ojos. Tal vez están meditando. Otros miran los vagones pasar, siempre cargados de monjes con sus overoles reflectivos.
En un vagón pasan cuatro monjes-soldado. Cada uno lleva un sable en la cintura. Rodean a un abad que está de rodillas y con las manos encadenadas al travesaño. B-205 lo sigue con la vista. El abad, que tiene la cara morada y un brazo sangrante, levanta la mirada como si notara los ojos de B-205 sobre él. B-205 baja la cabeza al instante. Toma aire y lo suelta lento. Vuelve a levantar la cabeza: el vagón del abad encadenado ya se perdió en la lejanía.
¿Viste ese vagón? —Pregunta B-205 al bhiksu de al lado.
El bhiksu responde no con la cabeza. B-205 piensa en decir ¿estás seguro? ¿si yo lo acabo de ver? Pero no, el bhiksu ya está metido en sus oraciones y él hace lo mismo hasta llegar a la salida a Luque.
Bajan todos al andén y suben por una escalera hasta un gran depósito saturado de ruidos de maquinarias, de vehículos de carga, de grúas, de los bhiksus y abades que cargan y descargan materiales y herramientas, que llegan de afuera, con sus caras esquivas y lánguidas, cubiertos de un polvo negrizo.
Se dividen en grupos o en pares y suben a unas camionetas de chaperías descoloridas. B-205 va de copiloto de un abad con ojos de joven, aunque con la cara arrugada, como la de un viejo que ha trabajado toda su vida en una caldera.
Suenan los motores y se abre el pórtico de salida. Una breve corriente de viento y polvo entra al depósito. En el horizonte, el sol se pierde en una mancha rojiza. Más arriba los nubarrones oscuros acaparan el cielo.
—Por Nava Pratyāśā —proclama cada abad.
—Amén —responden los bhiksus.
El estruendo de los motores y las luces potentes rompen la oscuridad de las ruinas de Luque. Cada camioneta toma un rumbo diferente. B-205 y el abad arrugado, A-33, giran hacia lo que décadas atrás fue una fábrica de aceite.
Avanzan a tumbos por un camino de restos de asfalto y minado de escombros y chatarras y cualquier otra cosa arrastrada por los ventarrones.
—Linda noche, el viento está calmo, abad.
A-33 mira por la ventana.
—Ni una estrella. Una noche linda es una noche con estrellas, bhiksu.
—Son raras las noches estrelladas. Yo no…
—Yo recuerdo una. Es otro mundo.
Se detienen. A–33 apunta con el dedo a un trozo de metal herrumbrado en el camino. B-205 se pone la máscara y el casco.
—Uno, dos, probando —dice en el micrófono del casco y la voz suena en la radio de la camioneta.
Sale. Le choca un aire cálido. Enciende la linterna del casco.
—¡Qué calor, abad, cambio!
—El maldito infierno, cambio.

Ilustración: Santiago Grunfeld
Los mosquitos, que estaban a la pesca, acosan a B-205 en un manchón. El overol, los guantes y la máscara lo protegen, pero los mosquitos perseveran.
Una noche linda es una noche sin mosquitos, piensa B-205 mientras los espanta y arrastra el trozo de metal a un costado del camino.
Vuelve a la camioneta.
—Estos bichos están cada vez más grandes, abad.
Avanzan y llegan a la aceitera.
A un costado del camino, unos tanques industriales de acopio de aceite, herrumbrados, resisten al viento, y al otro, solo quedan los pilares de lo que había sido un depósito enorme.
Estacionan en lo que queda del surtidor de combustible. A–33 enciende los reflectores del techo. Uno alumbra el expendedor corroído y el otro a la zona de carga de los tanques subterráneos.
Se equipan y salen. Desatan la lona que cubre la caja y sacan las herramientas y la bomba.
La playa del surtidor está cubierta de arena. B-205 se adelanta y busca la tapa de registro del tanque. Remueve la arena.
—Abad, lo encontré —grita.
A-33 ilumina el área.
—Espera, primero voy a limpiar.
—Es acá, estoy seguro —dice B-205 y palea el área.
A-33, mientras baja más herramientas de la caja, nota que B-205 dejó de palear. Está inmóvil. Un bicho sube por la pala. A-33 toma el lanza-frío y la llave francesa y corre hacia él.
Es un alacrán del tamaño de una rata. Le llega a la mano a B-205, que está congelado, con el brazo extendido. El marrón oscuro del alacrán brilla a la luz del reflector. El aguijón es curvo y puede traspasar la tela del overol sin mayor resistencia. Una picadura y el pobre monje caería al suelo, temblando, y se empaparía de sudor. Pero aún, si ocurriera el milagro de que otros alacranes no le treparan de inmediato y le picaran más veneno, podría levantarse y llegar a la camioneta y aplicarse el antiveneno. Sería un milagro, y, los milagros, en esta ruina de mundo, son menos comunes que las noches estrelladas.
—¡Quieto! —grita A-33.
Con la llave francesa tira al alacrán al suelo y lo aplasta de una pisotada. Luego, vaporiza el área con el lanza-frío. Salen más alacranes y también cucarachas. El vapor los congela al instante.
—Esperá, te dije, bhiksu. No sabés lo que hay debajo ¿Entendés? —dice A-33 y vaporiza también el área de los expendedores.
—Me congelé —dice B-205 con los brazos todavía temblorosos.
—Está bien. El área está asegurada ahora.
Continúan la labor. Extraen lo que queda de combustible en el tanque y luego desarman los expendedores.
—Si la gracia del Dalai nos ilumina, vamos a terminar rápido, abad —dice B-205 ya con el susto olvidado.
Los mosquitos lo siguen molestando. Los espanta con el atornillador eléctrico.
—Despacio, bhiksu. Sin apuro.
Acomodan las partes todavía útiles del expendedor en la caja y B-205 ata nuevamente la lona.
—Abad, me salvaste del alacrán, por la gracia de Nuestro Padre.
—Tuviste suerte.
—Es la bendición de Nuestro Padre. Es una señal, abad.
El viento suena grave y se escucha el choque de las chatarras que vuelan contra los viejos pilares.
—Es la señal de que estamos en el infierno.
—Alguna vez todo esto va a ser la Nava Pratyāśā —B-205 recorre el paisaje oscuro con la mano como si fuera un visionario inmobiliario—. Y todos vamos a ser ascendidos, abad. Me concedieron la meditación con el abad mayor Samel Ladi. Y me salvaste la vida, abad. Es una señal.
El viento se hace más pesado. Una ráfaga levanta una esquina de la lona.
—Asegura eso y apuremos, bhiksu. La tormenta de arena ya llega —dice A-33 y sube a la camioneta.
B-205 corta el discurso y asegura los nudos y también sube.
Avanzan lento. A pesar de las luces potentes, apenas se ven unos metros adelante.
El abad saca un pendrive del bolsillo y lo conecta a la radio.
—El bendecido ascenso… ¿Cuánto tiempo crees que vas a sobrevivir antes de que los alacranes te coman, bhiksu? Yo ví más abades morir en “el camino de conversión” que ascender a la Orden de los Dalai.
—Abad… ¿Qué es eso, abad? —B-205 señala el pendrive.
“Una noche tibia nos conocimos, junto al lago azul de Ypacaraí…” suena la guarania.
—“Eso” es la música de los antiguos.
—¡Abad! Pero eso está… nos pueden apresar… y…
A-33 alza el volumen.
—Dicen que antes había un lago azul por aquí cerca.
B-205 mira detenidamente entre la polvareda y las ruinas. No hay rastro de lago ni de árboles. Es imposible creer que alguna vez hubo algo de naturaleza por aquí. Entrecierra los ojos y dibuja el paisaje verde que ve todos los días en las pantallas. Imagina que el paisaje emerge entre las ruinas.
—Escuchá. Solo escuchá, bhiksu. Y pasame mi vianda.
B-205 le pasa la vianda y también abre la suya. La comida es la de siempre: un empastado de algo.
El abad se echa sobre el volante con la vista atenta y canta con la radio y masca el empastado. Y el viento golpea la camioneta con su arrastre de pedregullos y pequeños restos de chatarras.
Llegan al pórtico de acceso. El abad pone el freno de mano.
—Buena suerte, bhiksu —dice y abre la puerta.
Una ráfaga de polvo entra a la cabina.
—¿Qué pasa, abad?
A-33 sale sin el casco ni los guantes.
—Nunca te confíes, bhiksu. Nunca se sabe lo que hay debajo —dice y cierra la puerta.
—¡Abad! ¡Abad! ¿A dónde vas? —grita B-205—. ¡Abad! ¿Qué pasa?
La música sigue sonando y A-33 se pierde en la polvareda. B-205 lo busca y lo busca desde la ventana, abstraído, como si estuviera al borde de un abismo y A-33 se hubiera lanzado, no en un acto suicida sino a favor de la vida, como si la vida esperara en el fondo del abismo.

Ilustración: Santiago Grunfeld






