LOLI, LOLI, LOLI / Yamil Trevisan

Me salen a abrir después de esperar quince minutos al sol, en la vereda.
-Anoche llamaste a las dos de la mañana ¿vos sos boludo?- dice Ana María.
No me da tiempo a responder: me empuja un poco, como echándome del edificio. Al final, después de un rato, cede. Una pareja que sale del hall nos mira.
Adentro del departamento está todo oscuro, a pesar de la claridad del día. Todo sigue igual de sucio: pilas y pilas de revistas y diarios acumulados por el comedor. El piso está lleno de ropa tirada. Y hay olor feo. Olor a resumidero.
-¿Algún día querés que te ayude a limpiar? -digo- Tengo una aspiradora en la pensión. Te puedo ayudar a juntar todo esto y meterlo en bolsas…
-No queremos que nos ayudes. Ahí viene Loli.
Efectivamente, Loli llega del pasillo caminando como una modelo, como si estuviera en un una pasarela. Tiene el pelo revuelto. Se ha pintado los labios de un rojo fluorescente, y se ha delineado los ojos.
-Dice que quiere salir con vos. Yo le dije que no, pero andá a sacarle una idea de la cabeza a ésta.
Pienso en salir con Loli y se me hincha el corazón.
-Salgamos. Salgamos- digo- Salimos y volvemos en media hora.
Ana María me mira durante un segundo y se le ponen los ojos chinos.
-¿Querés que salga con vos? ¿Sos loco? No sabés cómo es afuera.
Vuelvo a mirar a Loli. Sonríe. Lleva puesto un pantalón vaquero cortado a la altura de la cola. Se le ven los cachetes del culo. La remera le queda corta: la panza blanca cuelga por encima del pantalón.
-Loli, yo saldría con vos, pero si tu mamá dice que nos tenemos que quedar, nos vamos a tener que quedar. – digo, y me acerco a ella y la abrazo ¿Cuánto tiempo pasó de la última vez? Más de dos semanas. Mucho, muchísimo. Siento que empieza a llorar en mis brazos.
-Mi mamá no me quiere. Vos no me querés. Nadie me quiere. Me voy a morir un día de estos y todos se van a sentir culpables.
Lo mismo de la otra vez.
-Tengo una enfermedad y el médico me dijo que es muy grave. Por el aborto.
Sí, otra vez lo mismo. Lo del aborto. Miro a Ana María por encima de la cabeza de Loli y ella me hace un gesto y una seña de no con el dedo.
-¿Qué aborto, Loli? Vos no tuviste ningún aborto.
-Sí, ya sé- dice. Pero después habla del nenito que se cayó al inodoro cuando ella fue al baño y que tenía olor feo, “como de gato mojado”. Otra vez se sacude y llora.
En fin. Me da lástima. Le digo que ya se le va a pasar lo del aborto, y le digo a la madre que si Loli quiere tanto, salgamos a dar una vuelta, que le puedo comprar un helado.
Ana María murmura algo que no escucho, y después se queda callada durante unos segundos. Al final dice que sí. Una vueltita chiquita. Veinte minutos.
-Igual, si salís conmigo te tenés que vestir como una mujercita- digo- Así no podemos salir a ningún lado. Al menos cambiate los pantalones.
Loli aletea con los brazos, y se da vuelta y se vuelve a ir por el pasillo a su pieza. Veo que tiene la parte de atrás del pantalón sucio.
La madre prende el televisor y se sienta en el sillón que está enfrente. Deja el programa “Intrusos del espectáculo” a todo volumen. Agarro una silla y me acerco a ella.
-¿No me podrías esperar unos días? Todavía no cobro….- digo, pero no termino de hablar porque ella se levanta y me dice que así no puede más.
-Yo no puedo más así. Ni yo, ni Loli. Si no me das nada, no la ves más. Punto.
-En tres días cobro la pensión- repito- Le voy a hacer un regalo. Le voy a comprar unas zapatillas además de lo que tenemos arreglado nosotros.
Ella se levanta y va hasta la cocina. La cocina está todavía más oscura que el comedor. Apenas se ve el fuego amarillo de una hornalla que se enciende y deja ver el relieve de una pava. Me mira otra vez con los ojos chinos.
-Es la primera y última vez. Y si no están las zapatillas en tres días, olvidate.

Son las dos de la tarde cuando salimos. Hace mucho calor. La calle es un desierto ¿A quién más que a Loli se le puede ocurrir salir a pasear a las dos de la tarde de un día de febrero? Loli camina rápido y se me adelanta, como si me quisiera dejar atrás. La veo dar pasitos rápidos con las piernas cortitas que tiene. Lo está haciendo a propósito. Le digo que camine más despacio, que el calor me está matando.
-Hay que vivir la vida. Vivir la vida- dice.
Se adelanta un poco más, cruza la calle, y me deja atrás. Se mete en un kiosco. Cuando llego a la puerta, Loli tiene dos fantoches en una mano y está agarrando unos caramelos masticables con la otra. Después sale en dirección a mí y me pasa al lado sin saludarme “¡Él te lo paga!”, le grita al kiosquero desde la vereda, así que saco la billetera y le pago. Cuando salgo del kiosco, ya no la veo.
Loli, Loli, Loli. Nunca tendríamos que haber salido. ¿Sabe andar en la calle? Sí, claro que sabe andar en la calle. Si la madre la ha dejado afuera un montón de veces, y ella se ha pasado noches enteras caminando por ahí y recorriendo la ciudad en colectivos. “El chofer del 116 me quiere mucho”, me dijo la otra vez. Pero no le creo nada. No le creo ni la mitad de lo que dice.
La calle, los edificios, los autos estacionados, parecen casi desaparecer con la luz blanca del sol. Apenas hay árboles de sombra en estas calles. ¿Dónde está Loli? ¿Y si la pierdo? ¿Y si no la encuentro más?
Por suerte la veo cuando voy llegando al final de la cuadra: está sentada en la parada de colectivos. Le cuelgan los pies sobre el asiento.
-Ya sé a dónde podemos ir. Nos tenemos que tomar el 121- dice, masticando un alfajor. Lo termina de comer, y abre el otro.
La miro fijo y no le respondo nada.
-¿Qué pasa? No me mirés así.
La sigo mirando fijo. El corazón me late fuerte y siento acidez en el estómago.
-¿Me querés?- dice ella.
Me tiemblan los labios cuando le digo que sí, que la quiero.
-Estoy un poco enojado con vos nada más- digo- Si volvés a dejarme atrás, no voy a tu casa nunca más.
-Sí, ya sé- dice, y me mira con los ojos inexpresivos.
No me quiere decir dónde vamos. Pasa un auto. Unos chicos abren las ventanillas y nos gritan. Loli los mira irse. No sé si los ha escuchado. En la vereda del frente hay un chico filmándonos con el celular. Loli lo ha visto, y ahora sonríe y pone los labios juntos, como si se sacara una selfie, para que el chico que filma la vea. Se levanta y hace una pose. “¡Ey!”, le grito, pero el chico sigue filmando y ahora se ríe. El corazón me empieza a latir fuerte otra vez.
En ese momento llega el colectivo.
-Pase con acompañante- dice ella. El chofer nos mira. Hay poca gente, pero todo el mundo nos mira. Loli me lleva a los asientos de atrás.
-¿Querés que cantemos algo?- dice- ¿Querés que cantemos “Fuiste mi vida, fuiste mi pasión”? ¿Te gusta Gilda?
Pero no me da tiempo a responder: se pone a cantar en voz alta y hace como que tiene un micrófono. Más que cantar, grita. La gente se da vuelta, nos mira. Loli lo sabe, pero eso le gusta. Lo hace a propósito: el colectivo es como un teatro lleno para ella.
-Cantá más bajo- le digo agarrándola del brazo.
Pero ella sigue, y canta aún más fuerte. Le aprieto el brazo un poco más.
-Basta, me hacés mal- dice.
-Si seguís cantando así me voy y no me ves más.
-Sí, ya sé- dice.
Después se ríe con una carcajada y me muestra todos sus dientes llenos de chocolate. Sigue riendo sin parar durante un rato, como si hubiera visto la cosa más graciosa del mundo. Me levanto y me voy a sentar a un asiento de adelante. No miro alrededor. No miro, pero sé que la gente nos está mirando. Un día de estos me va a agarrar un ataque al corazón.
Pero la gente se va bajando. Al final solo quedamos nosotros dos en el colectivo. Nos bajamos donde termina el recorrido.
Estamos en una plazoleta en la que no he estado nunca. Hay unas hamacas, un caballito de madera, y un tobogán, y todo está descolorido bajo la luz blanca del sol. Hace mucho calor. El pasto está crecido y sobresale entre las baldosas. No hay absolutamente nadie alrededor.
-¿Qué hacemos acá, Loli? Volvamos. Este lugar es horrible.
Loli me saca la lengua.
-Quiero enseñarte a bailar- dice.
-Dale, volvamos que te compro un helado. Uno con crema del cielo, como a vos te gustan. Vamos a esperar el colectivo- digo y me acerco a ella, pero se me escapa.
-Te quiero enseñar a bailar- insiste ella con una risita traviesa.
Suspiro. Qué cansado que estoy. Dale, vamos a bailar, le digo.
Loli me hace sacar el celular, y me lo pide para poner la música. Lo pone en el piso y empieza a sonar “Despacito”. Entonces se acerca y me toma por la cintura. Bailamos un poco y después me suelta de golpe.
-¡No! ¡Así no!- dice, enojada. Pausa el celular, y se vuelve hacia mí. Me agarra otra vez de los brazos con brusquedad e intenta enseñarme el paso de baile.
-Mirá, es así. Así como lo hago yo.
Yo me empiezo a reír. Me veo a mi mismo bailando con Loli en esa plazoleta desierta bajo el sol y me parece increíble que la vida me haya llevado hacia eso. Nunca me hubiera imaginado esa escena.
-Nunca bailé en mi vida- digo, riendo- Nunca bailé porque me ponía muy incómodo que me saquen a bailar. Gracias por enseñarme.
Loli baila conmigo y se ríe a carcajadas de mi risa. La risa de Loli es un eco vacío e interminable.
Ella vuelve a poner “Despacito” y volvemos a practicar el paso. Ya sale un poco mejor. Los dos nos seguimos riendo.
A mis espaldas, escucho la risa de alguien más.
Me doy vuelta y lo que veo es un hombre. No sé cuánto tiempo hace que está ahí. Un hombre que nos mira y se ríe. Está sentado sobre una hamaca, y nos mira y se ríe.
-¿Estás teniendo problemas para aprender a bailar?- dice dirigiéndose a mí- ¿Cómo te llamás?- pregunta a Loli.
-Lorena Mercedes García- dice ella.
-Así se habla. Me gusta esa forma de hablar- dice el hombre.
-Sí, ya sé- dice Loli.
El hombre se levanta de la hamaca, mira alrededor, y escupe a un costado. Después saca un paquete de cigarrillos, nos los ofrece, y se prende uno.Me gusta la gente formal- dice el hombre- Yo me llamo Alejandro Fleita. A su servicio.
Se acerca a mí y me saluda con la mano. Me aprieta tan fuerte que me crujen los huesos. Saluda de la misma forma a Loli. Tiene puesta una camisa verde color militar arremangada y en uno de sus antebrazos hay un gran tatuaje de una flor roja.
-¿Por dónde vivís vos?- pregunta Loli. El hombre hace un movimiento con la cabeza señalando al oeste y dice “por allá”.
-Ahora, por suerte estoy en mi casa. Todo el día en mi casa- dice- Hasta hace poco era policía y andaba todo el día en el patrullero, pero ya me retiré-y le da una pitada larga a su cigarrillo.
-¿Por qué eras policía?- pregunta Loli.
-Para defender a la gente- dice el hombre- Los policías agarramos a la gente mala y la metemos en la cárcel para que no moleste a la buena. Es un buen trabajo. Era un buen trabajo. Vos sos gente buena ¿no?
-Sí, ya sé- dice ella.
Yo le digo a Loli que nos tenemos que ir.
-¿Y ustedes dos? ¿Qué hacen? ¿Salieron a bailar?
-Le estoy enseñando a bailar “Despacito”- dice Loli.
-Nos tenemos que ir- digo, y la agarro del brazo.
-¿Vos sabés bailar?- le dice ella al hombre.
-Un poco. No mucho. No me vendría mal que me enseñen.
-Loli, si no nos vamos ya la voy a llamar a tu mamá para que te venga a buscar- digo, y la tironeo del brazo. Ella se resiste, me grita que la deje de apretar porque la hace doler, y se suelta. Se pone a llorar.
-Quiero que te vayas- dice, empujándome a un costado- quiero que te vayas y me dejes que le enseñe a bailar al señor policía.
El hombre tira el cigarrillo al suelo y se acerca a ella con las manos abiertas y una pose de baile. Se ponen a bailar mientras ella ríe y transpira sin parar. La canción se termina, pero siguen bailando en silencio. Ahora, de cerca, le veo la forma del tatuaje del brazo. Es una rosa roja con espinas exactamente igual a las que hay en el rosedal del parque Independencia. El rojo está desteñido y achicharrado, como todo lo que hay bajo esta luz blanca y horrible de la siesta de febrero.

Ilustración: Santiago Grunfeld

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