Afuera llovía. Había estado todo el día lloviendo. El ambiente del súper estaba caldeado. Se sentía mucha humedad. El piso de baldosas grises estaba sucio. Las personas que entraban olían a perro mojado. El ventanal de la esquina, que él podía ver de frente desde su caja, se veía sucio. Detrás de esos vidrios mugrientos, observaba al croto. Siempre estaba en la esquina. Había varios más, esta vez, aparte de él. Se pasaban una botella de gaseosa que contenía un líquido rojo que debía ser vino tinto. Los demás, más jóvenes, no parecían crotos. Eran ese tipo de persona prematuramente demacrada cada vez más común en Rosario. Sin dientes, con la piel roja, los ojos rojos, vestidos con ropa vieja. Estaban amontonados en círculo, resguardados de la lluvia debajo del escuálido techo del edificio. A veces parecía que cantaban, porque las voces, a pesar de la música y del murmullo del súper, llegaba hacia dónde estaba él. También había una nena. Claudio nunca la había visto.
-¿Me cobrás acá? -dijo la voz de una chica -Hace rato que estoy en la fila.
Claudio le hizo una seña para que se adelante.
Pasó por el escáner un paquete de fideos tirabuzón, una mermelada de naranja y un paquete de papel higiénico que contenía cuatro rollos.
-Mil quinientos cincuenta pesos -dijo Claudio, repitiendo el número que le apareció en la pantalla.
-No puede ser. A ver, ¿puedo ver la cuenta?
Él se corrió un poco y le mostró la pantalla. Observó a la chica. Era flaca y tenía un aspecto nervioso, cargado. Tenía un gran lunar en la mejilla. El lunar era poroso, seco, y le dio la impresión de que respiraba: parecía parte del pelaje de un animal. Claudio se preguntó qué pasaría si le arrancara la piel ¿debajo de eso se aparecería el pelaje marrón?
-La mermelada me la cobraste dos veces.
Claudio canceló la cuenta y volvió a pasar por el escáner la mermelada y le cobró. La chica se fue sin despedirse. Se había armado, entre tanto, una fila de cuatro personas.
Durante muchos minutos pasó mercadería por el escáner y cobró. Paquetes de milanesas de soja, papel higiénico, arroz, dentífrico, pan lactal, yerba, packs de latas de cerveza. Recibía el dinero, lo metía en la caja, y llamaba a otro, y otra vez de nuevo: latas de atún, café, yerba, servilletas de papel. Observaba, de vez en cuando, la reunión de afuera: el grupo se había debilitado. Parecía haber pasado de la efusión a la somnolencia. Un chico tenía una lata en la mano y cabeceaba. El croto, de costado, estaba bastante más encorvado que antes. Agarraba del hombro a otro chico. La nena jugaba con una muñeca.
El gordo Javier le había contado que el croto se llamaba Nacho. No era un verdadero croto, tenía familia y casa: “Este está acá porque le gusta esta esquina”, había dicho, riendo. La nena, que ahora andaba con una muñeca en la mano, debía ser la hija. No debía tener, calculó, más de cinco años.
-¿Vamos a La Florida el domingo? -El gordo Javier había dado vuelta la silla giratoria y sonreía. Levantó los dos brazos y los juntó e hizo como si tuviera un arma en sus manos- ¿salimos a dar unos tiritos el fin de semana?
Claudio se tomó su tiempo para responder. Fingió que pensaba.
-No, está bien. Gracias. Tengo algunas cosas que hacer.
-Hay que salir del agujero interior -dijo el Gordo Javier, y empezó a mover los hombros y el cuerpo como si la canción lo llevara a bailar- No hace falta ser un ser superior.
-No, está bien. Gracias -dijo de nuevo. La voz le salió con otro tono. No quería que ese tono se escuchara en ningún lado.
El gordo Javier seguía sonriéndole. Los ojos se le habían achinado. Lo observaba como si fuera un insecto. Un insecto disecado.
-¿Qué andará haciendo el Claudio los domingos que siempre me dice que no? ¿Qué cosa tan importante tendrá que hacer en su único día libre que no se lo ve por ningún lado? Me gustaría ser una mosca y seguirte hasta tu casa y ver qué cosas hacés, tan importantes, fuera de acá. Te juro que me gustaría ser una mosca.
Movía la cabeza de arriba hacia abajo como si asegurara una idea que tenía ya más o menos pensada.
Claudio sonrió. No le costaba esfuerzo hacerlo. Había practicado mucho frente al espejo.
-Tengo muchas cosas que hacer. El domingo vienen mis viejos -mintió.
La expresión alegre del gordo Javier se desdibujó de a poco. Su cara, hecha de carne rosada como la de un cerdo, se fue volviendo inexpresiva, hasta que finalmente abrió la boca, con algo de esfuerzo, y dijo “allá vos”, y se dio vuelta para el mostrador de su propia caja.
Cuando salió del súper, fingió que su madre lo llamaba y que hablaba por teléfono con ella: “Hola, ma, sí, todo bien. Recién terminando de trabajar. Sí, la gente está cada vez peor…, ¿el domingo los espero,eh?”, hasta que todos se fueron. El encargado, último en irse, cerró el portón con un candado, encendió la moto, y bajó a la calle sin prestarle atención. Debía haberlo pasado por alto en la oscuridad. Claudio vio la luz roja que se difuminaba en la calle.
Desde afuera el súper se veía muerto. Le pareció una maqueta hecha de materiales reciclados apenas iluminada. Un decorado. Hacía calor. Un calor húmedo, pesado, que se sentía, junto con la ansiedad, en la garganta. Claudio miró hacia arriba: el cielo blanco, impenetrable. Un rayo iluminó las nubes desiguales.
Encontró a la nena sentada en la esquina. Ya se habían ido todos. Solo quedaba el croto, que estaba a dos metros, con la espalda apoyada contra la pared. Tenía los ojos cerrados y la boca abierta, o al menos eso parecía bajo las luces tenues de la calle. La nena seguía jugando con su muñeca. Era una bebota. Parecía estar haciéndole un gesto de reto.
-Hola -dijo él.
La nena pareció sorprenderse de manera desagradable. Estuvo a punto de correr hacia ella, pero algo en su mente le dijo que no lo hiciera. No hacía falta. No había nadie, nada, en esa esquina, a esa hora. Cualquier persona que pasara por ahí supondría que él era un buen ciudadano que le estaría dando una limosna a una pobre gente. El croto estaba borracho y no se iba a despertar. Ya había visto cómo, en otras ocasiones, otras noches en las que salía de su trabajo, alguno de sus compañeros le pegaba una patadita para probar lo dormido que lo dejaba el alcohol. Tenía todo el tiempo del mundo.
-Hola -dijo la nena.
Lo miró fija y seriamente. Claudio pudo distinguir varias latas de cerveza detrás, encima de la cabeza de la nena, sobre el alféizar de la ventana. Alrededor había ropa, paquetes de papel abiertos, botellas de plástico, naipes desparramados. También algunos juguetes. Todo estaba mojado. Las cosas reflejaban la luz cálida de la calle.
-¿Te gusta jugar con los juguetes? -preguntó él.
La nena mantuvo unos segundos su expresión preocupada, pero después pareció relajarse.
-Sí, me gustan.
-A mí también -dijo él- me encanta jugar con los juguetes.
La nena se lo quedó mirando.
-Cuando empecé a crecer y era grande – siguió él-, mis papás se enojaban conmigo porque yo quería seguir jugando con mis juguetes. Con mis muñecas. Se enojaban mucho.
-¿Te pegaban?
-No, no me pegaban… pero porque yo les mentía- dijo Claudio, intentando sonreír -: yo les decía que no jugaba más con mis muñecas, pero lo seguía haciendo, cuando nadie me veía, en secreto. ¿La bebota ya se durmió?
La nena asintió. Le sacó la mamadera y puso a la muñeca en el piso. “No, no, no te despiertes: seguí durmiendo”, dijo.
Claudio sintió una gota en su cabeza. Luego otra. Miró hacia el suelo. Poco a poco empezó a ver pequeños agujeros negros en la vereda. Se acercó un poco a dónde estaba la nena, aunque no llegaba del todo a resguardarse con el techito. Lloviznaba despacio. Empezó a sonar la alarma de un auto a lo lejos.
Ahora que se había acercado veía la bebota un poco mejor. Tenía el cuello roto y le faltaba un ojo.

Ilustración: Santiago Grunfeld
-¿Querés jugar?- dijo la nena.
Claudio volvió a mirar alrededor. No se veía a nadie. A causa de la lluvia, de la hora, y de la inseguridad, la gente casi no salía de noche. Se imaginó personas estáticas, sentadas en sillones como muñecos, mirando series de Netflix, tomando café, comiendo comida de rotiserías. Estaban muertos. Él estaba vivo. Empezó a latirle el corazón fuerte.
-Vos serías el oso Barry, y yo sería la bebé -dijo la nena.
Él se arrodilló. Tenía la cara de la nena a solo unos centímetros.
El peluche que le dio la nena parecía haber sido blanco en algún momento. Estaba húmedo y, salvo en la cabeza, casi no tenía relleno en el resto del cuerpo. Ya no se sabía si era un osito, un perro o cualquier otra cosa. Despedía un olor fuerte, a pis y a comida podrida.
-Hola, soy Barry. Mucho gusto- dijo él sacudiendo el peluche y acercándolo a la muñeca, con la voz de falsete que solía usar cuando jugaba con muñecos y peluches. Se había arrodillado y empezaba a sentir cómo se le mojaba el pantalón, y a través del pantalón, se le humedecía la piel.
-¡Hola Barry!!- gritó la nena de manera efusiva, riendo- ¿Cómo andás?
-¡¡Muy bien!! Y te quiero decir que hoy es mi cumpleaños.
Claudio no supo porqué dijo eso, pero al decirlo pensó en su propio cumpleaños. Hacía años que no pensaba en eso. Había perdido la cuenta de qué edad tenía.
-¿Hoy es tu cumple?
-Síiiiiii. Y te invito a venir a mi casa a festejar. ¿Querés venir? Me encantaría que vengas, bebota.
La nena se rió con una sacudida. La muñeca, sin embargo, permaneció impávida. La cabeza estaba a punto de desprenderse y la nena se la sostenía para seguir jugando. La muñeca parecía no mirar al peluche, sino a él.
-¿Tenés torta?
-Claro: tengo una torta riquísima. Blanca por fuera, rellena de chocolate, frutillas, nueces, y dulce de leche. Y va a haber globos, muchos globos, para vos y para las demás invitadas, que me gustaría que conozcas… ¿Querés venir?
Dijo eso último con otra voz. No era la voz de falsete, ni tampoco su voz normal, de adulto. Era esa voz que le salía cuando no se podía controlar, cuando estaba cerca de esa situación. Era como una víbora descontrolada que salía de su estómago y se sacudía dentro de su boca.
La nena debía haberse dado cuenta de algo, porque se inclinó hacia atrás e hizo un gesto negativo con la cabeza. Claudio miró al croto: seguía con la boca abierta y los ojos cerrados. Debía estar roncando, pero con la lluvia no se escuchaba nada. Había empezado a llover más fuerte.
-¿Querés venir? -repitió, dirigiéndose a la nena.
-Estoy con mi papá -dijo ella.
En la mezcla del olor a lluvia y a mugre, Claudio aspiró una oleada palpitante de miedo.
-Me tengo que ir cuando él se vaya. Me dijo, además, que no me vaya con ninguna otra persona. Con alguien que no conozca…
-Pero si yo no soy un desconocido -dijo Claudio haciendo un puchero. Volvió a poner otra vez la voz de falsete-: soy el oso Barry. El osito cariñoso Barry, y me voy a ofender mucho mucho si usted, bebota, no viene para mi cumpleaños. Todos esos globos… ¿para qué tengo tantos globos en mi casa? Y esa torta blanca… se va a poner fea si no la come nadie.
La nena titubeó.
-Bueno, te voy a cantar el feliz cumpleaños y listo. ¡Qué los cumplas feliz, que los cumplas feliz, que los cumplas oso Barry, que los cumplas feliz….!
Cuando la nena terminó de aplaudir, Claudio sonrió. Dijo “gracias, muchas gracias” con la voz del oso Barry, y acercó el peluche a la muñeca. Podía sentir el aliento dulzón de la nena. Hizo como si los juguetes se besaran. La muñeca se quedó quieta, en los brazos de la nena, mirándolo con su ojo único. Era una muñeca vieja, descolorida, con cara de adulta. Tenía las pestañas largas y el párpado caído, y no llevaba ropa. Así, desnuda y tuerta en los brazos de la nena, parecía mirarlo con tristeza. Una tristeza vieja, seca, muerta, que a Claudio le resultó familiar. Vio, entonces, su cara reflejada en el ojo de la muñeca.
Si te mirás mucho tiempo en el espejo vas a ver un monstruo. No supo porqué se le vino esa frase a la cabeza. Se lo decía su mamá cuando era pequeño.
De repente, sin que lo pudiera explicar, la noche lluviosa, el croto, la nena, el súper, él mismo, todo pareció desaparecer dentro del ojo de la muñeca. Por un instante- en el que solo escuchó el rugido de un viento que venía de algún lado- se hizo un apagón y todo quedó a oscuras. Y entonces apareció en una habitación blanca, frente a un niño de cinco años.
El niño asomaba su cabeza en la cuna de un bebé. Había ido a visitar a su hermana recién nacida. Observaba con curiosidad esa cosa rosada que se movía como una muñeca viva. Vio a ese niño meterle, sin saber porqué, un dedo en la boca al bebé. Recordó perfectamente la humedad de su dedo en esa pequeña boca. Jamás lo olvidaría.
La imagen se desvaneció y apareció entonces frente a un adolescente flacucho cuyos rasgos le resultaron incomprensibles. El chico caminaba despacio, con cuidado, conteniendo una respiración agitada. Era un atardecer de invierno, en el parque Urquiza. Se dirigía hacia una nena toba que vendía artesanías. Su primera muñeca. “¿Querés venir a jugar a mi casa?”, dijo él. La nena, al levantar la cabeza para mirarlo, se cubrió el rostro con las manos.
Luego la chica toba desapareció y se encontró frente a la puerta de la habitación dónde estaban todas, la puerta que daba al closed de su casa. La puerta empezó a latir como un corazón, y luego a temblar, como si tuviera convulsiones. Se resquebrajó en varios lugares, y a través de las rajaduras, entre las grietas, Claudio pudo ver ojos. Ojos amarillos, blandos, podridos, que parpadeaban y que lo miraban como peces.
Ojos que flotaban como globos. Ojos que no lo reflejaban.
Volvió en sí. El ojo de la muñeca, sin brillo, pareció quedarse sin vida.
Claudio se levantó. Su sombra cayó entonces sobre la nena. La sombra creció en la lluvia, comiéndose la noche como una araña hambrienta y gigante. La nena soltó un grito. El croto no se despertó.

Ilustración: Santiago Grunfeld
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