“No sabías (como nosotros intuíamos) que la infancia no ofrece alternativas
y que ella es crecer o morir,
morir creciendo: la infancia es un rostro transitorio, un borrón en el cielo”.
Germán García
“La mancha del lugar de origen no se adhiere a nosotros como un derecho de nacimiento, sino como una especie de artificio, como una suerte de cosmético. (…) La autopista, los senderos de asfalto, los ladrones, los cielos contaminados como un sofocante abrigo de piel raída y los millones de almas en los barrios: ése es mi verdadero hogar”.
Elizabeth Hardwick
“¡Qué de cosas sabía el mundo y más que nadie mi abuela!”.
Germán García
y que ella es crecer o morir,
morir creciendo: la infancia es un rostro transitorio, un borrón en el cielo”.
Germán García
“La mancha del lugar de origen no se adhiere a nosotros como un derecho de nacimiento, sino como una especie de artificio, como una suerte de cosmético. (…) La autopista, los senderos de asfalto, los ladrones, los cielos contaminados como un sofocante abrigo de piel raída y los millones de almas en los barrios: ése es mi verdadero hogar”.
Elizabeth Hardwick
“¡Qué de cosas sabía el mundo y más que nadie mi abuela!”.
Germán García
El lugar fue primero una verdulería donde apenas recién nacida, me pesaban en la balanza que colgaba de un gancho en el techo y tenía un plato redondo de acero inoxidable que me triplicaba en tamaño. También fue fiambrería. “Era tan honrado tu papá que cuando se comía algunas fetas de queso, me las anotaba en la libretita para después pagarlas”. Era tan honrado mi papá que cocinaba con el dueño de la casa y se comían hasta cuatro huevos fritos en una noche. Era tan honrado mi papá que no dejó de fumar, tomar vino e ir a asados. Era tan honrado mi papá que no dejó de hacerlo incluso cuando su corazón se debilitaba. Era tan honrado.
Fue algunos años después sala de videojuegos y kiosco. Veinticinco centavos salían las fichitas para jugar a los jueguitos: carreras de autos y Mortal Kombat. Había una mesa de pool en el medio para los más grandes. Yo no era tan honrada como mi papá. Una vez agarré del kiosco un Marroc sin permiso y tiré el papelito hecho un bollito en los agujeros de la mesa de pool que era para los más grandes. No anoté en ninguna libreta ni dije nada. Me metí el cuadradito de chocolate en la boca que se derritió con el jugo de la saliva.
Además de ser verdulería, fiambrería, sala de videojuegos y kiosco también era la casa de Herminda López. La casa donde se curaba la ojeadura, el empacho, el ataque al hígado, el estómago caído (¿el estómago caído?), la culebrilla, el dolor de oído y los tendones encimados. Creer o reventar.
La misma casa donde uno se iba a curar era también, viernes, sábados y a veces domingos por la noche, la casa para jugar a las cartas por plata. Los días de la semana previos a los días de juego, ayudaba a limpiar las cartas. Era un ritual de limpieza previa al festín del fin de semana. Como si todo empezara antes de tiempo, como si la mesa estuviera preparada antes de que los comensales se sienten a disputar el premio mayor. En una compotera mi mamá ponía leche que untábamos cuidadosamente en un algodón apenas húmedo y lo pasábamos por cada una de las cartas. El cuerpo de cartón quedaba lo suficientemente limpio para resbalar en las mesas de juego.
En la mesa de las mujeres se jugaba al chinchón, en la de los hombres al truco de a cuatro o de a seis según la cantidad de vecinos y amigos invitados. Yo iba de mesa en mesa mirando las cartas. Espía de la mentira ajena. Testigo del chinchón que se armaba. Mientras en el techo se formaba una nube de humo espesa e inmóvil.
Cigarrillos y chocolates del kiosco circulaban después de las diez.
La casa de Herminda López era la cueva al país de las maravillas. Hechizos, juegos, vicios, mentiras, humo, trampas, ritos. Ahí aprendí a jugar y a fumar. Los de la esquina se miran entre ellos por encima de los anteojos: “vení” se dicen, acomodando el escarbadientes de costado mientras la cerveza se calienta y el vaso transpira, dejando una aureola de agua en la mesa. Tres puntos, tres porotos. “Quiero”, “voy”, “vení, no tiene nada”, “treinta y tres son mejores”. Cartas que se tiran en la mesa. Nadie quiere perder. Otro pucho. Otro vaso de cerveza. Barajar y repartir tres para cada uno, siete en el chinchón.
Herminda cura la ojeadura en un plato hondo con agua y aceite. Hace la señal de la cruz para empezar y sus labios gruesos siempre pintados de colores fuertes profieren palabras en silencio mientras dibuja varias veces una cruz en el plato lleno de líquido. Si se forman redondeles grandes, hay ojeadura, mal de ojo. “Alguien te está mirando fuerte a vos”, decía mientras no paraba de bostezar, la otra señal de la ojeadura. Ella bostezaba como si su cuerpo chupara el mal espíritu y lo largara. Bostezaba y se le caía alguna lágrima. El mal de ojo estaba siendo exorcizado. Su cuerpo era el médium. Sus labios carnosos, sus dedos gruesos, todo su cuerpo extirpándonos de la maligna envidia ajena. Cada uno que iba salía con el sello de su protección, una cinta color rojo en alguna mano. Ibas y te volvías con la presencia de Herminda en el cuerpo, una atadura, un nudo que aunque deshilachado, no podías cortar.
Herminda empezó a curar después de una revelación, me contaron. Una mañana en pleno invierno se levantó y en la ventanilla del Falcon celeste yacía la imagen de la cara de Cristo. Visible, claro, contorneado, húmedo, todo para ella. Escuchó el mensaje y se apropió de Él. Creer o reventar.
La palabra de Herminda, los hechizos que salen de su boca y sus dedos curaban al barrio o a los que iban de más lejos buscando la casa de la curandera. Si no era por un dolor corporal, iban para que les predijera el futuro con las cartas. Todos iban, al fin, por un dolor y le llevaban regalos a cambio. Comida, algún postre, plata. Ella se quedaba sola con quien la visitaba y ahí sucedía la magia. El misterio permanecía detrás de las paredes.
Cuando curaba el empacho con una cinta métrica el ritual comenzaba de la misma manera. Señal de la cruz. La cinta iba justo en la boca del estómago y con el codo iba avanzando hacia el cuerpo empachado. Si con la mano llegaba por arriba del estómago Herminda empezaba a eructar como una descocida, como si expulsara hacia afuera la podredumbre que nos descomponía. Sus hechizos negaban lo innegable. Otra batalla que daba contra el dolor ajeno. De ahí pasaba al hígado, justo debajo de la costilla y el ritual comenzaba nuevamente. Eructos, espasmos. Y uno no sabía cómo pero de ahí o te ibas bien, o te ibas bien. Creer o reventar.
Los tendones encimados (¿qué no curaba?) con un vaso de agua y granitos de trigo. Si los granos caían uno al lado del otro, ahí estaba la explicación del dolor. El diagnóstico era preciso, uno había dado un mal movimiento. Y ahí otra vez estaba ella. ¿Qué decía? ¿Cuáles eran las palabras con las que curaba? Ahí estaba el misterio para mí, no tanto en los movimientos como en lo que decía inaudible, para adentro. Quería leerle los labios, pero era tan sutil que apenas los entreabría como si estuviera tomando sorbitos de algo muy caliente. Esas palabras eran inaccesibles como los sueños mismos.
Cintas rojas, velas de colores, estampitas con leyendas atrás, estatuillas de santos hombres paganos, San Expedito, San Cayetano, San la muerte, Santa Rita, advertencia: si no cumples la promesa, lo que te da, te lo quita. ¿Qué otras cosas guardaría? Me asustaba, pero no quería irme nunca de ahí.
Volvía a esa casa no tanto por el dolor como por la magia. Yo quería descubrir los gualichos que hacía. ¿Cómo esa cinta, que siempre media lo mismo, con esos brazos que siempre empezaban del mismo lugar iban bajando por el pecho a medida que el empacho se curaba? ¿Si todo media lo mismo cada vez, cómo eso se movía hasta un lugar distinto siempre? Era una hereje con las palabras y yo quería saber cuáles eran. Todo en esa casa que me hipnotizaba, permanecía insondable.
La culebrilla (¿la culebrilla?) se curaba con tinta china. Nunca me agarró. En mi casa siempre se planchaba hasta las bombachas para quemar todo bicho que diera culebrilla: un sarpullido con granitos rojos que dan picazón. Una araña, algo que se mete en la ropa silenciosamente y te pica. Si hay una araña, siempre hay otra cerca. Siempre andan en pareja, decía Herminda.
El novio de la hija de Herminda tenía la culebrilla en la entrepierna. La tinta china iba justo ahí, en la zona afectada. Si se esparcía el sarpullido podía hasta quedar estéril. Aunque en ese momento no entendía qué significaba, podía darme cuenta que aquello era grave. Claro que con Herminda eso no podía pasar. El novio de la hija de Herminda se puso una bombacha (¿una bombacha?) de su novia para que la curandera lo llene de signos hechos con tinta china en la entrepierna. Es que a la palabra de Herminda nada parecía serle inaccesible. Creer o reventar.
Fue algunos años después sala de videojuegos y kiosco. Veinticinco centavos salían las fichitas para jugar a los jueguitos: carreras de autos y Mortal Kombat. Había una mesa de pool en el medio para los más grandes. Yo no era tan honrada como mi papá. Una vez agarré del kiosco un Marroc sin permiso y tiré el papelito hecho un bollito en los agujeros de la mesa de pool que era para los más grandes. No anoté en ninguna libreta ni dije nada. Me metí el cuadradito de chocolate en la boca que se derritió con el jugo de la saliva.
Además de ser verdulería, fiambrería, sala de videojuegos y kiosco también era la casa de Herminda López. La casa donde se curaba la ojeadura, el empacho, el ataque al hígado, el estómago caído (¿el estómago caído?), la culebrilla, el dolor de oído y los tendones encimados. Creer o reventar.
La misma casa donde uno se iba a curar era también, viernes, sábados y a veces domingos por la noche, la casa para jugar a las cartas por plata. Los días de la semana previos a los días de juego, ayudaba a limpiar las cartas. Era un ritual de limpieza previa al festín del fin de semana. Como si todo empezara antes de tiempo, como si la mesa estuviera preparada antes de que los comensales se sienten a disputar el premio mayor. En una compotera mi mamá ponía leche que untábamos cuidadosamente en un algodón apenas húmedo y lo pasábamos por cada una de las cartas. El cuerpo de cartón quedaba lo suficientemente limpio para resbalar en las mesas de juego.
En la mesa de las mujeres se jugaba al chinchón, en la de los hombres al truco de a cuatro o de a seis según la cantidad de vecinos y amigos invitados. Yo iba de mesa en mesa mirando las cartas. Espía de la mentira ajena. Testigo del chinchón que se armaba. Mientras en el techo se formaba una nube de humo espesa e inmóvil.
Cigarrillos y chocolates del kiosco circulaban después de las diez.
La casa de Herminda López era la cueva al país de las maravillas. Hechizos, juegos, vicios, mentiras, humo, trampas, ritos. Ahí aprendí a jugar y a fumar. Los de la esquina se miran entre ellos por encima de los anteojos: “vení” se dicen, acomodando el escarbadientes de costado mientras la cerveza se calienta y el vaso transpira, dejando una aureola de agua en la mesa. Tres puntos, tres porotos. “Quiero”, “voy”, “vení, no tiene nada”, “treinta y tres son mejores”. Cartas que se tiran en la mesa. Nadie quiere perder. Otro pucho. Otro vaso de cerveza. Barajar y repartir tres para cada uno, siete en el chinchón.
Herminda cura la ojeadura en un plato hondo con agua y aceite. Hace la señal de la cruz para empezar y sus labios gruesos siempre pintados de colores fuertes profieren palabras en silencio mientras dibuja varias veces una cruz en el plato lleno de líquido. Si se forman redondeles grandes, hay ojeadura, mal de ojo. “Alguien te está mirando fuerte a vos”, decía mientras no paraba de bostezar, la otra señal de la ojeadura. Ella bostezaba como si su cuerpo chupara el mal espíritu y lo largara. Bostezaba y se le caía alguna lágrima. El mal de ojo estaba siendo exorcizado. Su cuerpo era el médium. Sus labios carnosos, sus dedos gruesos, todo su cuerpo extirpándonos de la maligna envidia ajena. Cada uno que iba salía con el sello de su protección, una cinta color rojo en alguna mano. Ibas y te volvías con la presencia de Herminda en el cuerpo, una atadura, un nudo que aunque deshilachado, no podías cortar.
Herminda empezó a curar después de una revelación, me contaron. Una mañana en pleno invierno se levantó y en la ventanilla del Falcon celeste yacía la imagen de la cara de Cristo. Visible, claro, contorneado, húmedo, todo para ella. Escuchó el mensaje y se apropió de Él. Creer o reventar.
La palabra de Herminda, los hechizos que salen de su boca y sus dedos curaban al barrio o a los que iban de más lejos buscando la casa de la curandera. Si no era por un dolor corporal, iban para que les predijera el futuro con las cartas. Todos iban, al fin, por un dolor y le llevaban regalos a cambio. Comida, algún postre, plata. Ella se quedaba sola con quien la visitaba y ahí sucedía la magia. El misterio permanecía detrás de las paredes.
Cuando curaba el empacho con una cinta métrica el ritual comenzaba de la misma manera. Señal de la cruz. La cinta iba justo en la boca del estómago y con el codo iba avanzando hacia el cuerpo empachado. Si con la mano llegaba por arriba del estómago Herminda empezaba a eructar como una descocida, como si expulsara hacia afuera la podredumbre que nos descomponía. Sus hechizos negaban lo innegable. Otra batalla que daba contra el dolor ajeno. De ahí pasaba al hígado, justo debajo de la costilla y el ritual comenzaba nuevamente. Eructos, espasmos. Y uno no sabía cómo pero de ahí o te ibas bien, o te ibas bien. Creer o reventar.
Los tendones encimados (¿qué no curaba?) con un vaso de agua y granitos de trigo. Si los granos caían uno al lado del otro, ahí estaba la explicación del dolor. El diagnóstico era preciso, uno había dado un mal movimiento. Y ahí otra vez estaba ella. ¿Qué decía? ¿Cuáles eran las palabras con las que curaba? Ahí estaba el misterio para mí, no tanto en los movimientos como en lo que decía inaudible, para adentro. Quería leerle los labios, pero era tan sutil que apenas los entreabría como si estuviera tomando sorbitos de algo muy caliente. Esas palabras eran inaccesibles como los sueños mismos.
Cintas rojas, velas de colores, estampitas con leyendas atrás, estatuillas de santos hombres paganos, San Expedito, San Cayetano, San la muerte, Santa Rita, advertencia: si no cumples la promesa, lo que te da, te lo quita. ¿Qué otras cosas guardaría? Me asustaba, pero no quería irme nunca de ahí.
Volvía a esa casa no tanto por el dolor como por la magia. Yo quería descubrir los gualichos que hacía. ¿Cómo esa cinta, que siempre media lo mismo, con esos brazos que siempre empezaban del mismo lugar iban bajando por el pecho a medida que el empacho se curaba? ¿Si todo media lo mismo cada vez, cómo eso se movía hasta un lugar distinto siempre? Era una hereje con las palabras y yo quería saber cuáles eran. Todo en esa casa que me hipnotizaba, permanecía insondable.
La culebrilla (¿la culebrilla?) se curaba con tinta china. Nunca me agarró. En mi casa siempre se planchaba hasta las bombachas para quemar todo bicho que diera culebrilla: un sarpullido con granitos rojos que dan picazón. Una araña, algo que se mete en la ropa silenciosamente y te pica. Si hay una araña, siempre hay otra cerca. Siempre andan en pareja, decía Herminda.
El novio de la hija de Herminda tenía la culebrilla en la entrepierna. La tinta china iba justo ahí, en la zona afectada. Si se esparcía el sarpullido podía hasta quedar estéril. Aunque en ese momento no entendía qué significaba, podía darme cuenta que aquello era grave. Claro que con Herminda eso no podía pasar. El novio de la hija de Herminda se puso una bombacha (¿una bombacha?) de su novia para que la curandera lo llene de signos hechos con tinta china en la entrepierna. Es que a la palabra de Herminda nada parecía serle inaccesible. Creer o reventar.

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