ESO SUCEDIÓ, SI / Fiama Mendez

Si hay algo que no podemos dejar de hacer desde el domingo es ver las fotos que circulan en torno al que es y será uno de los sucesos más importantes de nuestra historia. Si, todos sabemos de qué hablamos, no hace falta decirlo, no hace falta siquiera fecharlo. Es como esos nombres de pila que circulan y cada uno sabe a quién hace referencia. Portar un nombre, ¿Alguien puede? ¿Puede alguien estar a la altura de su nombre? ¿Puede alguien acaso decir, “este soy yo”? Quizás sí, a condición, solo a condición, de dejar cosas por fuera.

Lo que sucedió ese día hizo de las angustias de los domingos a la tardecita puro jolgorio. Y convirtió al lunes en el mejor inicio que puede tener una semana. Porque lo que nos unía no era ya esa pesadumbre de levantarnos a las 7 de la mañana para ir a trabajar, sino la alegría – ¿es suficiente decir alegría? – del festín que todavía seguíamos saboreando.

Escribo esto mientras dos señoras se saludan en la vereda que da a mi ventana y una le responde a la otra, con voz de haber trasnochado, voz ronca, voz de grito, voz afónica: “acá estoy, bien, contenta y con sueño”. ¿Puede alguien estar contenta y con sueño? Un hermoso oxímoron. Hubo poesía, ese único lugar donde lo épico sucede. Eso sucedió, sí.

Acontecimiento sí, porque sólo eso puede alterar el tiempo. Brujería, cábala, promesas, mufas y anulo mufa. Todo musicalizado por un tango. “Loco, loco, loco, loco…como un acróbata demente saltaré…

Barthes en La cámara lucida escribe que “Lo que la fotografía reproduce al infinito únicamente ha tenido lugar una sola vez: la Fotografía repite mecánicamente lo que nunca más podrá repetirse existencialmente”. Estoy citando a un francés, si.

Entonces, ¿a quién vemos en esa foto del beso a ese objeto tan preciado? ¿Vemos al niño que soñaba jugar en la selección y ganar un mundial? ¿Vemos al que se fue y regresó? ¿Vemos al que fracasó y después gano? ¿Nos vemos a nosotros cumpliendo ese sueño cebollita? ¿Vemos a quien vuelve a repetir una victoria? ¿Vemos la foto con más me gusta de la historia? ¿Vemos al que se fue y fue el mejor de todos los tiempos? ¿Podríamos acaso saber lo que eso nos refleja? No lo sabemos, pero no podemos dejar de mirar y de hacerle mirar al otro eso que vemos. Porque necesitamos un testigo, alguien que haya visto con nosotros la escena del crimen y lo certifique o lo garantice. Eso sucedió, si.

Florencia Angilletta en DiarioAr[1] escribe que “En diciembre, cuando las cruces pesan más, vivimos algunas horas en estado de gracia. Hasta en la fila del Día puede flotar una electricidad simpática. Somos capaces de esperar con la mandíbula más suelta. (…) Todos jugamos un poco en el mundial a la parábola del hijo pródigo: las figuritas, las camisetas, los gritos.” Y casi al terminar dice: “nada más argentino que volverse a ilusionar”.

Nada más argentino que la calurosa felicidad que se sacia en una fuente con agua. Nada más argentino que la felicidad que se alimenta en la vulgaridad siempre mal hablada, mal dicha, mal pronunciada. Nada más argentino que la euforia que le es guaranga a la moral. Nada más argentino que lo mundano.

Alguien me contaba que no tenía permitido ver los partidos, así que mientras estos sucedían ella se entretenía con alguna tarea de la casa y su marido, encerrado en la pieza con auriculares, sufría y gozaba a la vez. Sin embargo, como tenían una señal de internet lenta, y viven en el centro de la ciudad del capitán, ella escuchaba cómo el bullicio iba penetrando las paredes como una ola que primero te salpica y cuando menos te das cuenta estas revolcada en el piso. Entonces, ella se enteraba primero. Y sigilosamente iba hacia la habitación donde estaba su marido, y espiaba, como niño voyeurista, el momento del impacto visual. Ella no tenía permitido ver, pero miraba igual, de reojo, por la hendija, por el agujerito.

Águeda Pereyra (@aguedabaila) escribe en un tweet: “se resignifica el helicóptero un 20 de diciembre”. Entonces repito, “nada más argentino que volverse a ilusionar”.

Escribo esto transitando las últimas semanas de embarazo. Miré el mundial con mi hijo en mi vientre y un poco paría en cada partido, como todos. Fui a festejar al Monumento porque lo considero parte de esa fiesta a la que no se le puede poner palabras porque desborda, empuja y puja a codazos para hacerse un lugar dentro de las entrañas. Nada más argentino.

Por eso creo que vuelvo una y otra vez a las fotos, ahí donde se registra el gol final de un arquero. ¿Puede un arquero hacer un gol? “Salgamos a volar querida mía, subite a mi ilusión super sport”. Vuelvo a la foto como aquel que vuelve a chequear si cerró la puerta o la llave del gas. Vuelvo obsesivamente, si.

¿Es cierto? ¿Sucedió? La foto dice que si.

Escribo esto con una foto de mi padre -quien hoy 21 de diciembre cumple años- en el escritorio. Mi padre, quien según me cuentan, pasó sus últimos días viendo el mundial del 94 con el Maradona que sacaron del campo de juego como un niño pronto a ser puesto en penitencia. Mi padre, quien según me cuentan, se desilusionó. ¿Un padre también se desilusiona? Mi padre, que pasaba sus últimos días en el hospital, decidió ver el Mundial del ‘94 y no otra cosa.

Las fotografías que obsesivamente no paramos de ver son más que pruebas; no muestran tan sólo algo que ha sido, sino que también y ante todo demuestran que ha sido. Eso sucedió, si.

Ilustración: Juan Cruz Catena

[1] https://www.eldiarioar.com/deportes/mundial-qatar-2022/elijo-creer_129_9803705.html

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