LA CHIVUDA / Lautaro Pastorini


Delante nuestro, la inmensidad del cielo descansa sobre Circunvalación. Desde la esquina miramos pasar a los autos y a la gente que cruza en moto o en bicicleta el puente caminero que lo atraviesa por encima y que conecta con Barrio Belgrano. A nosotros nos han escondido detrás de la Circunvalación, en un complejo de monoblocks grises, como quien esconde a un hijo bobo de la mirada de los vecinos. El ir y venir de los autos distrae y se come el tiempo, y el campo abierto de esa esquina hace que el viento sea más fresco, nos pegue de frente en la cara y nos revuelva el pelo. —¿Viste que el Fabri se hizo evangelista?— me comenta Juan.
—Sí, lo vi el otro día, pero no creo que sea evangelista. Creo que es de la otra congregación, la que se ponen ese trajecito ¿cómo se llama?
—No sé.
—Igual le re gusta el escabio. El sábado lo vi en un cumpleaños, se puso re loco y re cargoso con una pibita y lo terminaron echando del baile.
—Sí, después se hace el buenito con la biblia debajo del brazo, esos son los peores.
 Silencio. El porrón parece vacío. Lo levanto y lo muevo un poco, solo quedan restos de espuma y saliva. Juntamos un chirolaje suelto, y cruzo el campito para ir al quiosco del Pelado. Atravieso las manos entre los barrotes de la puerta enrejada del negocio y aplaudo. Desde afuera, puede verse que tiene dos heladeras, un freezer y un mostrador con muy pocas golosinas. La imagen es desoladora. Me recuerda cuando yo era más chico y también teníamos un quiosco en casa. Durante los últimos tiempos, vendíamos lo que quedaba y ya no íbamos a la cigarrería, ni venían los proveedores. Restaba vender escabio porque los borrachos van a existir siempre.
 —¿Otra más se van a tomar?— me dice Cintia, la hija del Pelado y se ríe.
Es rara pero me gusta. Tiene el pelo mal cortado y cara de loquita, de que te va a salir con cualquier cosa en cualquier momento.
—Es que estamos de festejo —le digo—. Es mi cumpleaños, cumplo 15.
—Dejá de hablar al pedo— me dice mientras se acomoda un mechón de pelo detrás de la oreja y se acerca a la reja.
—En serio, es mi cumpleaños, pero nadie me regaló nada —le digo.
Bajo la mirada y muevo las piernas emulando al Chavo cuando quiere dar lastima. Cintia se ríe. —¿Qué cerveza querés?
—Dame una Palermo, tengo justo—abre la heladera, saca un porrón y lo destapa. —Tomá, feliz cumpleaños —agarro el porrón del cuello, solo para tocarle los dedos. —¡Gracias Cintia!
Vuelvo a la esquina, Juancito saca un cigarro de un paquete arrugado que tenía en el bolsillo. Le devuelvo la plata.
—Le dije que era mi cumpleaños.
Juancito se ríe de la picardía, pasan algunas motos por la calle y un tipo demacrado con una gorra gastada de la UOCRA, arrastrando un carro.
Ilustración: Santiago Grunfeld
Qué curiosidad que me da Cintia. Una vez me atendió con los labios pintados de rojo y los ojos pintados de negro. Era exagerada la cantidad de pintura, pero el contraste que le hacía con la piel bien blanca, la hacía re linda. Me dijo que estaba jugando con su hermanita a las popstars, que usaban los desodorantes como si fueran micrófonos. Eso me causó mucha gracia.
—A la Chivuda se la culió el Toba— me dice Juancito de la nada—Se la llevó a la placita de calle Navarro.
“¿Qué me importa si se la culió el Toba?” pienso.
—Debe ser chamuyo, si no sale nunca de la casa. El Pelado la tiene laburando ahí todo el día. No sale ni a bailar.
—No sé. Él nunca me contó. El otro día estaban todos los pibes de la Pepsi en la entrada del Gordo, y al Toba lo curtían porque se había comido a la Chivuda.
Ya no le quiero responder. Alguien alguna vez le hizo la ficha de chivuda y la condenó con ese sobrenombre. No puedo explicar por qué, pero saber que tiene olor a chivo me genera un cortocircuito en el funcionamiento del cuerpo, me da como un espasmo, y me hace latir muy fuerte el corazón.
Pienso en ese cuerpo blanco y lechoso, cubierto por algunas telas que encubren algún misterio. Tendrá un pequeño grupito de pelos rubios, apelusados, en la cima donde comienza a formarse la cola. Me aniquila que sea tan blanca, tan lechosa, tan regordeta. La panza y la cintura serán como una masa, que se amolde a mis manos, que la piel se me filtre por los dedos, que la formo y la deformo como yo quiero.
Miro a unos metros, pasando los matorrales y la calle Santa Fe, la puerta verde enjaulada del quiosco. No hay gente alrededor, solo unos perros flacos custodiando la entrada, que dan vuelta alrededor de un hueso de puchero y se turnan para darle unas mordidas. Atrás de los barrotes de la puerta verde, solo hay oscuridad.
Me la llevaría abajo del árbol de moras, que está detrás del monoblock 6, y si pasa mucha gente la invitaría a que nos subamos. Hay una rama que no es muy alta, quizás nos podamos instalar ahí para que no nos vea el Pelado, ni las gordas chismosas de la Paulita. Si no se anima a subir sola, le haría ancla para ayudarla a trepar y aprovecharía para tocar la textura de la piel de las pantorrillas. Le voy a decir que me gusta para verle revolear los ojos, como cada vez que voy al quiosco y le hago un comentario pelotudo. Luego le voy a dar unos besos. Espero que se pinte los labios.
—Me voy a comprar cigarros—le digo a Juan. No dice nada y apoya el mentón sobre el brazo cruzado. Mira con desgano los autos pasar en la Circunvalación.
Asomo las manos y aplaudo de nuevo.
—¿Otra vez vos?— me dice con una risa cómplice. Se acerca a la puerta, se agarra de los barrotes y asoma la carita.
—Bueno, si querés me voy al quiosco de la Mencha— le digo.
Sé que quiere que sea yo. Vuelve a reírse y le brillan los ojos castaños.
—No, está bien. ¿Qué querés?
Rebusco entre los bolsillo el chirolaje. Tengo solo 40 centavos.
—Dame dos cigarros sueltos.
Me toca la palma de la mano que tengo extendida con las monedas. Hace como si las contara, pero me roza con la yema de sus dedos y me mira.
—Qué rata que sos. Dejá, te los regalo, cumpleañero.
Cuando me da la espalda se me pone la piel de gallina, y es hora de decirle al menos algo para no acobardarme.
—¿Y a qué hora salís, Cintia? bah, a qué hora cortás de laburar.
—¿Y por qué querés saber?
—No sé, qué sé yo— Me rasco estúpidamente el brazo como un pelotudo—Por si tenías ganas de tomar algo y boludear un rato— me mira y duda.
—Le puedo decir a mi hermanita que me cubra.
—Bueno, yo voy a estar acá en la esquina. Cuando salgas, me chiflás y vengo a buscarte. —Bueno— me dice y me entrega los cigarrillos.
Cuando vuelvo veo que se sumó el Negro a la esquina. Nos damos la mano, y me pasa el porrón.
—Le estaba contando a éste que se me rompió la horquilla de la moto—dice el Negro.
—Qué garrón—le respondo.
Me siento a mirar los gestos que hace pero en realidad no le presto atención. Me arrepentí de haber invitado a la Chivuda. Quizás cree que la invito a garchar y yo no garché con nadie aún. Además, tiene 14 años y ya va a la guerra. Yo tengo 15 y no hice ni la colimba. ¿Y si no se me para? ¿Qué hago?
—¿O no?— me pregunta el Negro.
Le digo que sí, el Negro lo mira a Juancito.
—¿Qué le pasa a este?
Le digo que nada. Por la esquina pasa Doña Genoveva con el perro viejo que tiene. Le cuesta agacharse para cagar un sorete blanco y seco que deja en el campito. Es un perro rubio y feo, que va largando el pichí a medida que camina. Doña Genoveva me reconoce cuando termina el paseo y tiene que volver a casa.
—Saludos a la mami— me dice al pasar.
A espaldas del Negro, a una cuadra de distancia, Cintia está cerrando la puerta del quiosco y se despide de alguien adentro que no logro ver.
Se puso un vestido medio rotoso, pero floreado, le queda lindo. Se cambió para encontrarse conmigo. Me mira a la distancia, se sonríe y levanta el brazo. Se ha pintado los labios.
 —¿Qué hace la Chivuda?—dice Juancito.
El Negro se da vuelta y la mira con rareza. Me pongo de pie enseguida, cierro el circulo de tres, dándole la espalda a la Chivuda, y le comento al Negro que capaz, si va con una moneda en el bolsillo, le puede pedir a Froilán que le arregle la horquilla de la moto.
—El tipo no te hace nada gratis. A menos que vayas con alguien conocido. Si querés te hago la segunda.

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