Pará un poco, relajate, no te pongas así. Son solo nervios. Nervios tiene cualquiera. Es solo un momento, es un poco de temblequeo nomás. Mordé fuerte y morfátela. Después te olvidas y se pasa. Con el tiempo todo se pasa. Por lo menos te plantaste y se la pudriste. Por lo menos no te apichonaste ¿Sabés que feo que es apichonarse? ¿Te apichonaste alguna vez?
Es horrible. Es un momento donde volvés a cuando eras chico, a la inocencia del gil. Es desear volver a los brazos de tu vieja. Es sentir esa presión en el pecho, que no es la angustia. La angustia te anuda la garganta. El apichonamiento te agarra el pecho y te comprime todo. Es un momento que quedas hecho un pelotudo, como ausente, como autista. Te paraliza por completo.
Además, vos sos un pibe todavía y es tu primera semana acá, y capaz que sea la última vez que Mendoza te va a tocar el culo. O no. ¿Yo te conté alguna vez la historia del Pony? Qué raro, porque se la cuento a todo el mundo. Bueno, el Pony era feo. Yo soy feo, pero el Pony era más feo que yo. Tenía esa bocaza grande de caballo y la piel demacrada. Se lo comían los granos, pero no los granos de grasa y de paja, tenía esos granos reventados, lastimados de rasguños. Por eso esas cicatrices también. Por rascarse los granos con las uñas de los nervios.
Creo que venía del campo, de Casilda o de Chabás, o de algún pueblo de mierda de esos, por eso no era muy abichado. Pero era buenazo. En realidad no sé si era buenazo, solo me acuerdo que iba de acá para allá con la zorra llevando la montañita de pantalones y se paseaba por todos los sectores. Yo no escuchaba bien, pero siempre lo veías al Pony que se decía un par de cosas con alguno de algún sector, y todo terminaba en una carcajada exagerada con la bocota bien abierta.
Una vuelta había muy poca producción. Habíamos entrado en septiembre para hacer la temporada de primavera/verano y para que los efectivos se puedan ir de vacaciones. Yo arranqué en cepillado. Era muy malo en cepillado. Rasqueteaba los pantalones con la lija desesperado sobre la tabla esa de planchar y mientras los demás hacían quince o veinte pantalones por día, yo recién hacía cinco.
Todo estaba en reestructuración. Muchos de los que habían entrado conmigo y eran muy buenos en el cepillado fueron siendo despedidos. Yo zafé de que no me echaran porque era tan malo en cepillado que me mandaron al depósito, eran más horas. Imaginate, en el depósito laburamos todo el tiempo con los del lavadero. ¿Bajaste alguna vez al lavadero? Si no te manda Cesar, no bajes ahí. Es una tumba, una cueva, un aguantadero de delincuentes que han estado en cana, y uno mucho no quiere saber por qué estuvieron en cana. Laburan como doce o catorce horas, depende de la
temporada, y rotan los turnos todas las semanas. Se sopletean todos los químicos que le meten para la ropa porque no le dan ni barbijos. Nosotros tenemos la ventaja de estar acá arriba. Tenemos la ventaja de notar por el color de la chapa si es de día o de noche. En el lavadero todo el tiempo es de noche. Si te toca bajar alguna vez, intentá no hablar mucho. Menos con Raúl. No compartas un cigarro con Raúl, ni hables de minas con él. Te digo por las dudas y porque tenes cara de buen pibe.
Pero esa vuelta, como había poco laburo, me mandaron al lavadero. Me pusieron con Mendoza y otro que le decían el Polaquito a embutir pantalones en unos paquetes que eran como unas redes de plásticos que te rompían todas las manos cuando apretabas bien fuerte para que entren. Entonces uno de los encargados lo mandó al Pony a embutir pantalones con nosotros.
Mendoza hablaba de conchas y de los olores de las conchas. Contaba que él solo chupaba conchas limpias. De todas maneras tiene con que, viste que a pesar de las muelas todas podridas tiene ojos verdes y chamuyo. El Polaquito era más feucho, era muy flaco y se teñía el pelo rubio con agua oxigenada. Solo trabajó seis meses nomás y lo echaron a la mierda. Era medio pícaro y cada tanto metía algún bocadillo. El Pony se reía a lo loco. Creo que estaba contento porque era la primera vez que trabajaba acompañado. Yo pasaba desapercibido, acompañaba un poco, pero quería terminar el laburo. La última concha que había olido, la había pagado muy caro. Pero Mendoza me miraba y yo le decía que sí a todas las pelotudeces que decía.
Entonces Mendoza, que había tejido cierta confidencia con el Polaquito, le echó el ojo al Pony. — ¿Y vos? ¿Qué onda, Pony? ¿Qué onda tu chica?
— ¿Mi chica? Bien, ahí…
—Dale, Pony, ¿Qué onda? ¿Qué hace?
— Es enfermera.
Mendoza se miraba con el Polaquito y se sonreían.
—¿Ah, si? Qué bien, Pony, ¿Y qué onda? ¿De dónde la conoces?
—Es de mi pueblo.
—¡Apa! ¿Vive acá con vos?
—Sí, se vino acá conmigo.
—¿Y cómo te la garchás, Pony? Dale, loco, contame. Yo te conté.
El Pony se empezó a reír y entró como un caballo en el corral.
—Sí, sí. Qué se yo, como todos. Bah, cuando tiene ganas, garchamos. No sé, a veces.
Mendoza y el Polaquito rompieron en carcajadas.
—¿Le chupas la concha? , preguntó el Polaquito.
—Pero ¿qué onda, Pony? ahí le tenés que chupar un poquito la conchita para que afloje. El Pony se reía nervioso, tenía esa risa histérica
—¡Es que a veces la gorda de mierda no quiere garchar! ¿Qué querés que le haga?, gritó el Pony.
Todos se volvieron a cagar de risa, y yo también. El Pony se rascaba la cara, mientras los miraba a los otros buscando aprobación.
—Y no se deja. Yo le digo “dale, gorda, vamos a coger” y ella no quiere. No sé qué le pasa. A veces llego de trabajar, y está mirando la novela y no tiene ganas.
Entonces Mendoza se puso serio y cambió el clima.
—¿Y te chupa la pija la gorda?
El Pony largó una risita ahogada y agachó la mirada a la bolsa de embutidos.
—Traela un día, Pony y hacemos que nos chupe la pija a todos ¿Querés? Dale, no seas puto. Sino la llevamos a un hotel, te caemos todos y la enfiestamos ¿No da para enfiestarla? Pasa que sos feo, guacho, mirá la cara que tenes, o capaz que no te la sabes garchar. ¿Se te para al menos? Hey Pony, mirame. ¿Se te para?
—Sí, sí. Sí se me para. Es que a veces yo llego cansado y no tengo ganas y ella tiene ganas y no sé… no sé qué pasa… no sé.
Mendoza le miró la bragueta, dejó los pantalones y los paquetes encima del palet. Se le puso bien enfrente y le tanteo el bulto con los dedos.
—Mmmm, no sé Pony, me parece que andas medio blandengue ahí abajo.
Y el Polaquito estalló en una carcajada, no podía parar de llorar. El Pony transpiraba a lo loco y se quedaba con la bocota abierta. Y por primera vez en toda la tarde me miró a mí, desesperado, indefenso, pidiéndome una mano. Mientras todos se reían del Pony, sentí el pecho comprimido, como si me lo pisara un elefante, y sentí también la presión baja, y el ausentismo autista que te comentaba antes.
Me agarré bien fuerte la verga y le grité:
—Trae a la gorda esa, Pony, que se la vamos a hacer comer toda por hija de puta.
El Pony tenía los ojos que eran dos platos de sopa. Quedó tan angustiado que ya no se reía ni para darnos el gusto a nosotros. Encima se le empezaron a cagar de risa un par más que andaban dando
vueltas por ahí. Lo zafó el encargado que bajó a cagarnos a pedos porque estábamos demorando mucho con el laburo. Le pedimos disculpas, le dijimos que no demoraríamos más y que terminaríamos todo en 15 minutos. A Mendoza se le fue apagando la sonrisa, y se puso a embutir pantalones de nuevo como si fuera una máquina. Nos recortamos todos los dedos, pero cumplimos con el encargado.
A partir de ese día no supimos más nada del Pony, no volvió más, y como acá entra y sale gente todo el tiempo, ni los más viejos se acuerdan de él. Ahora yo sé que vos pensás que soy un cagón y un hijo de puta, pero te puedo asegurar, que a partir de ahí Mendoza no me tocó el culo nunca más.

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