LA PESADILLA – Parte I / Patricia Fochi

“Ojos abiertos no son todo vigilia ni toda la vigilia.” 

Macedonio Fernández No toda es vigilia la de los ojos abiertos.

“Y tuvo la sensación de horror que es la pesadilla, porque la pesadilla es, ante todo, la sensación del horror.”

Jorge Luis Borges. Siete noches.

“Ya no sé donde leí ese cuento en que un hombre mudo ve a su madre en sueños y no puede expresarle su infortunio”

“Sollozando despacio en la cama para no despertar a su mujer, el hombre, que ya está despierto del todo, sigue sin embargo enredado en la pesadilla horrible que acaba de tener. En la oscuridad, siente las lágrimas calientes humedecerle las mejillas. El asco, la culpa, el horror, la desesperación lo asaltan y lo sobrecogen. Le parece que el universo entero se ha manchado para siempre con la vergüenza infinita que le da su sueño. El mundo ya no será nunca más el mismo después de haberlo tenido.”

 Juan José Saer, “Las pirámides”.

– Una especie

         La interpretación de los sueños, ese libro mágico e inaugural del psicoanálisis, nos enseña que la función de los sueños es siempre y únicamente la de preservar el dormir; ese es un motivo más que suficiente por el que la pesadilla no está siquiera mencionada en él.

         Una pesadilla no es un sueño sino más bien una vívida experiencia que muestra el rutilante fracaso del sueño en su función de resguardo del dormir y del despertar que intrínsecamente le concierne. Sin embargo, es indiscutible su pertenencia a los asuntos oníricos, aspecto para cuya inclusión contamos con la ordenación borgiana:   “Los sueños son el género; la pesadilla, la especie”[1]. Esta “especie” es una tal que hace estallar los parámetros que posibilitan la prosecución del sueño, el dormir y el despertar, tal vez  porque los rompa, quizás porque sencillamente no los alcance, o porque los pierda cuando se despeña un sueño por el acantilado de la pesadilla.

         Aunque se trate de algo dicho hasta el cansancio, no deja de sorprenderme el curioso hecho de que nombremos ese peso /ese pesar /eso pesado con un diminutivo en nuestro idioma. Una palabra que reconoce la pesadumbre designándola con un sufijo que (como talismán) simultáneamente la disminuye, es de una hechura al menos subrayable.

         La angustia asalta al durmiente[2] pero misteriosamente, -y en ello radica su excéntrico pesar- no lo despierta al sopor de la vigilia; y aunque el trabajo onírico procure ligar la angustia para alcanzar un sueño, éste se malogra. La escasa figurabilidad alcanzada en imágenes o sensaciones se agrieta perdiendo su “representatividad” en la pesadilla. Las figuras despojadas de valor metafórico cobran vida y le arrancan al durmiente las infinitas versiones de su onírica volición; le quitan también los párpados, por lo que ya no podrá abrir los ojos, aunque, peor aún, tampoco podrá cerrarlos. Ni despierto ni dormido, ambas opciones le están impedidas, quien (¿quién?) sufre una pesadilla entra en el infierno de un no-lugar. El desasosiego es tal que su memoria jamás dirá de ella que fue tan sólo un sueño -cómo decirle tan sólo sueño a un pasaje oscuro por el mal-.  Esas imágenes a diferencia de las de los sueños que se escabullen inasibles a una velocidad estrepitosa en el olvido, se demoran persistentes en nosotros. Impronunciables, nos ahuyentan la voz que se ahoga ante esa presencia inenarrable e indeterminada.

         A esta “especie” de sueño que no llega a ser uno como tal, pero que tampoco es un sueño de angustia, ni un sueño traumático, Jinkis le atribuye un valor ectópico[3]. La acerca -aunque no la confunde- con lo ominoso freudiano, y resalta su valor enigmático apoyándose en su radical inespecificidad… Con ese término se refiere a que no se puede leer con los parámetros con los que contamos en psicoanálisis si partimos de la angustia encausando el trabajo psíquico; la pesadilla no es sueño, ni síntoma, ni inhibición, ni pasaje al acto, ni acting out… porque cualquiera de ellas implicaría algún movimiento -aunque más no fuera que retenido. Podemos hablar de la pesadilla siempre y cuando no la perdamos de vista como experiencia desgarradora de máxima desligadura de la angustia en tanto inmovilidad. Un abordaje que recoja los saberes tradicionales que circulan (médico, icónico, popular, poético, etc.) no es materia desdeñable pero podría otorgarle una consistencia teorética que vaya en detrimento de una perspectiva analítica. La pesadilla -y el aporte de Lacan es inestimable en su décimo seminario- desde el psicoanálisis no es algo que se realice en el campo del Otro.

The Nightmare.

…había olvidado hacía ya mucho tiempo cuál era la palabra inglesa correspondiente, hasta el punto de haber dicho en una ocasión que la traducción inglesa de “una pesadilla” era a mare’s nest. Lo cual era, naturalmente, un disparate, pues a mare’s nest quería decir “un cuento increíble”, y la verdadera traducción de “pesadilla” era night-mare

Sigmund Freud. “Sueños y ocultismo”       

Füssli, 1783

         El modo en que se nombra la pesadilla en inglés, nightmare, parece provenir de un malentendido lingüístico: “en inglés, sobrevino muy pronto una confusión “popular” entre el vocablo mare que designa la criatura demoníaca, y su homónimo mare, que designa la yegua”[4].  Starobinski comenta que Füssli traduce pictóricamente esa pseudounidad lingüística, ilustrándola; considera que sus pinturas sobre la pesadilla trasladan visualmente una combinación que incluye la versión médica y la versión sobrenatural.  La pintura no habla de una pesadilla en particular, sino que amalgama conocimientos que alcanzan una figuración que adquirirá valor icónico. La circulación de innumerables reproducciones de la pesadilla de 1783 del artista suizo, fue llamativa a lo largo de Europa durante más de un siglo[5].  

         La criatura sobrenatural que es la “pesadilla” puede tomar diversas formas (gato, simio, pájaro, demonio (…) esfinge [6])  se posa produciendo “una sensación sofocante de opresión en el pecho”[7] de la durmiente visiblemente inmovilizada y ausente. Tampoco falta la presencia de la yegua nocturna, asomándose entre telones  en una pintura o alejándose por la ventana  en la otra con oscuro jinete , mientras la joven se ha despertado y se lleva una mano el pecho como aun sintiendo el influjo de la opresión.

         Füssli, no adhirió al neoclasicismo ni al rococó que tenían grandes espacios en el arte de la época, sino que pintó oscuridades y patetismos que lo incluirían en el seno del romanticismo al que se anticipa (si cabe la expresión) y que florecerá sobre el avance del siglo XIX.

Füssli, 1810

 El sabor

El correlativo de la pesadilla es el íncubo o el súcubo, es ese ser que pesa con todo su peso opaco de goce extraño sobre vuestro pecho, que los aplasta bajo su goce.

Jaques Lacan. La Angustia.

         Borges comenta que, si bien nuestra vigilia está colmada de momentos terribles, nada se compara con el peculiar horror de la pesadilla, ningún tratado habla de esa peculiaridad, a la que nombra ocurrente y poéticamente como si acabara de revelársele:  “es el sabor de la pesadilla”[8]

         En una reunión familiar, S relata con pudor que cuando la nona falleció, vino a visitarla “antes de irse” la noche en que habían finalizado los ritos sepulcrales. Se hace un silencio, ella cuenta que estaba durmiendo, abrió los ojos, y la nona sentada al borde de su cama la miraba en silencio.  Finaliza el relato y su madre agrega con voz tranquila: S, tuviste una pesadilla. Todos se alivian con el comentario, aunque S no termine de convencerse ni de recuperarse de la conmoción.

         El “sabor de la pesadilla”, ese modo de decir la carencia de explicación de una especie de hecho oniroide (¿Onírico será mucho decir?), ese disgusto del ya ni soñante ni durmiente, ni despierto ni dormido, hasta que cae en la vigilia que lo devuelve al mundo.  Ese “sabor” le permite a Borges tomar también la vía del derrotero teológico[9]: ” Tomo cualquiera de las palabras: digamos, incubus, latina, o nightmare, sajona, o Alp, alemana. Todas sugieren algo sobrenatural.”[10]  (Y continúa con las frases más famosas de esa conferencia) “¿Y si las pesadillas fueran estrictamente sobrenaturales? ¿Si las pesadillas fueran grietas del infierno? ¿Si en las pesadillas estuviéramos literalmente en el infierno?”

         R estaba durmiendo cuando la despierta el ruido de la puerta de entrada de su casa, se asusta. Un gatito, nuevo integrante de su hogar, se mete debajo del acolchado junto a R como si hubiera percibido el peligro.  Algo muy grande se acerca hacia ella aunque no lo ve sino que escucha el peso de unos pasos (que no eran de pies humanos) arrastrándose lentos pero sin pausa por el pasillo con piso de madera que llevaba a su habitación.  Vuelve a mirar al gatito para abrazarse a él ahí donde estaban, escondidos debajo del acolchado, pero ya no está, le lleva un tiempo de desesperación entender que tampoco había estado ahí, se ha despertado.

         La coloración supersticiosa es una hilacha de sentido ante “el sabor” de la pesadilla, ese encuentro con lo real.  Esta vez, el peso es auditivo, a veces, es visual.

         Hay también otras memorias en los relatos que escuchamos.

Continúa en:


[1] Jorge Luis Borges: “La pesadilla”, conferencia número dos en Siete noches, México, Editorial Meló, 1980,  pp. 13-20

[2] Jones afirma que la pesadilla es un ataque de angustia.  Habla de “Ataques de pesadilla” interpretados como la aparición de la angustia desligada, leída desde la Neurosis de Angustia en el marco de las neurosis actuales freudianas.

Ernest Jones: La pesadilla, Buenos Aires, Ediciones Hormé, 1967. pp. 40,41

[3] Jorge Jinkis: “Ensueño o pesadilla ” en  Conjetural, revista psicoanalítica. Nro. 18 . Buenos Aires, Ediciones Sitio, abril de 1989, pp. 9-13.

[4] Jean Starobinski: “La visión de la durmiente” en La posesión demoníaca. Tres estudios, Madrid, Taurus Ediciones, 1975, p.96.

[5]  Seguramente influyó en la propagación de la imagen, que fue una inspiración para Peter Joseph Sauvage, quien bajo el nombre: “Le cauchemar de L’Aristocratie” en 1792 o 1793 realizó un grabado en color (18 cm x 23 cm) para su uso como panfleto revolucionario. La durmiente como alegoría de la aristocracia, sobre ella pesaban el gorro frigio, y el triángulo equilátero, en el suelo, la corona y demás símbolos reales. Ibidem, ver pp 114-115

[6] Ibidem, Ver p. 77. Versión sobrenatural

[7] Ernest Jones: La pesadilla, op.cit. p. 77. Versión médica: 1- Un miedo de agonía, 2- una sensación sofocante de opresión en el pecho, 3- la convicción de una insalvable paralización, serían las tres características capitales de la pesadilla.

[8] J.L Borges, Siete noches, op.  cit. p.19.

[9]  Ibidem,  p.7. “Vemos a Dante aterrado por el Infierno; tiene que estar aterrado no porque fuera cobarde sino porque es necesario que esté aterrado para que creamos en el Infierno. Dante está aterrado, siente miedo, opina sobre las cosas. Sabemos lo que opina no por lo que dice sino por lo poético, por la entonación, por la acentuación de su lenguaje.”

[10] Ibidem, p.20

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