Charla presentación del libro Variaciones sobre el superyó de Yamil Trevisán
En los momentos en los que empecé a escribir esta charla justo estaba leyendo Erótica del duelo. Nunca había leído a Allouch, y me llamó la atención el enojo que truena durante toda la primera parte contra Duelo y melancolía. No quiero detenerme en los múltiples aspectos del texto de Freud en los que Allouch pone el foco, sino limitarme a seguirlo en la crítica de uno en particular, un supuesto fundamental que subyace a toda la concepción de duelo de Freud: la idea de que, por medio del trabajo de duelo, el analizante puede lograr que el objeto perdido sea reemplazado por otro. Era esta la idea que enervaba a Allouch. Es decir: esta idea y el efecto consiguiente que genera en la práctica del psicoanálisis: amparados en el texto de Freud, recetamos el trabajo de duelo a los pacientes como si recetáramos un antidepresivo. La concepción de Freud toma la forma, en la práctica, de un pedido hacia los pacientes; toma la forma de una dirección, de una curación ideal. Antes de que alguien nos hable, antes de escuchar lo que nos van a decir, ya sabemos qué hacer, hacia dónde llevarlos: “¡empiecen un trabajo de duelo!”
Allouch rastrea esta concepción a lo largo de la obra freudiana, y llega a encontrar su influencia hasta en las cartas que Freud escribió a Binswanger, mucho tiempo después de Duelo y melancolía, donde habla de la muerte de Sophie, su hija de 35 años. Cito un solo fragmento: “un amargo dolor para los parientes, pero para nosotros no hay mucho que decir, porque después de todo sabemos que la muerte pertenece a la vida”.[1] “Pero después de todo sabemos” está subrayado por Allouch, que dice, más abajo: “¿Quién puede avanzar en la escena del mundo pretendiendo saber que la muerte pertenece a la vida? ¿Acaso es posible que un mortal pueda saberlo?”[2]
Y tengo que confesar que este fragmento de Allouch me conmovió, no solo porque él también había perdido una hija y se sentía desoído, ninguneado, por esta idea de duelo logrado, de objeto reemplazable, restituido, sino porque esa pregunta es un desafío que lanza hacia el psicoanálisis que escucha y lee ofreciendo conceptos como consuelo, como refugio, como como consejos para el buen vivir, como respuestas sencillas a enigmas a los que no responde en absoluto. Es el enojo del analizante el que suena ahí, que parece decir: “¡No me están escuchando! ¡No me dejan hablar! ¡hablan encima mío!”
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Cuando publiqué el texto sobre El psicólogo sorprendido en la revista Ubik, hace unos años, recibí un mensaje de Patricia Fochi en el que me decía que lo había leído y le había gustado, pero que le hubiera cambiado una parte en la que decía: “en cambio, cuando uno habla como analista”. Yo escribía sobre lo difícil que era transmitir lo que sucede en una sesión de análisis a otro, a un tercero, y hacía esta diferencia: “Inclusive, si uno habla ya no como analista sino como analizante ¿cómo le relata a alguien de afuera su propia experiencia en el diván?”. En el texto, en la lógica del párrafo, me había parecido que tenía sentido esta distinción, pero ese señalamiento me dejó escuchar otra cosa: ¿qué sería hablar como analista? ¿acaso yo pensaba que era posible “hablar como analista”? ¿Hablar como analista sería hablar con un vocabulario lacaniano, ser preciso, ser sagaz? ¿En qué medida para un analista es importante hablar? ¿Acaso a un analista le pagan por hablar?
Ahora, después de haber escrito los ensayos del libro, la pregunta se me hace escuchar de este modo: ¿qué sería escribir como analista?
Yo estuve mucho tiempo hablando en mi análisis acerca de escribir un ensayo, acerca de mis ganas y mis dificultades para escribir un ensayo. Muchos años hablando de eso. Iba a talleres literarios y escribía cuentos y reseñas, pero sentía que escribir sobre mi trabajo, sobre la relación entre la lectura y la práctica, sobre psicoanálisis, en suma, era algo que me estaba vedado. Me costó animarme a escribir, y cuando lo hice, en mis primeros intentos, todo lo que escribía me sonaba muy pretencioso, muy impostado, muy canchero, y sentía que me iba por las ramas y no había nada verdadero, ni de mi experiencia, ni de mis lecturas. Y creo que eso estaba asociado a mi relación con el saber.
Hay un chiste que cuenta Freud en algún lado que se me viene a la cabeza: un viajero provinciano va a París y visita la cámara de diputados para escuchar un discurso. En el mismo momento en el que el discurso termina, explota una bomba de un atentado anarquista en las proximidades. Tiempo después, hablando con otro provinciano acerca de su experiencia en la capital, el viajero cuenta que es habitual que en París se tire un cañonazo después del discurso de un diputado.
Este ejemplo está citado en Los tres tiempos de la ley de Alain Didier Weill, un libro maravilloso sobre el superyó. Dice allí:
¿Por qué esta réplica del provinciano nos hace reír? Porque ella encarna la equivocación a la que es llevado inevitablemente aquel que quiere tener una respuesta ante todo y contra todo. Tener respuesta para todo es posible con una condición: ser no-asombrable, no consentir a ese desamparo de la inteligencia que se produce cuando truena, por la voz del cañón, el estallido de trueno siderante que recuerda el ascendiente de lo real sobre el saber[3]
Subrayé esto: ser no-asombrable, no consentir ese desamparo de la inteligencia.
La cita es hermosa. Y me hace pensar en las cosas que escribía, que intentaba escribir por aquellas épocas. Hay, de hecho, en ese texto sobre El Psicólogo Sorprendido, una cita de un diario mío de aquellos años. Es un pequeño fragmento acerca de un paciente autista: “En relación a las operaciones que ha podido ir haciendo, podríamos decir que están todavía en la fase preedípica. Que no se atraviesan problemas ligados a la transgresión, al peligro de castración, al conflicto en la asunción de ideales”, “X no se liga al Otro. El Otro está lejos. Él nace a partir de un huevo, solitario. Esta es una forma real de entender su filiación. En realidad, fue el Otro el que no lo filió”.
Es algo que había escrito después de una sesión, pero no me interesa tanto el contenido de lo que dice, sino el tono macizo del fragmento y el cómo está usada la teoría: no dejaba, yo, después de la sesión, en mis anotaciones, ningún tipo de resquicio, de hueco, para una pregunta. En ese fragmento no aparece el paciente, ni un diálogo de supervisión, ni siquiera un diálogo con la teoría. Son afirmaciones sordas. Soliloquio en el sentido fuerte de la palabra. Y creo que la idea, el ideal de escribir que yo tenía por aquel entonces tenía que ver con eso, con escribir –es decir, con entender la práctica, la escucha y la lectura– apoyándome en unos conceptos fuertes, que no me hicieran sentir el desamparo de la inteligencia. Es llamativo, pienso ahora, que el fragmento que cité fuera de un caso de autismo y la forma misma del fragmento parezca, a su vez, un habla autista, al cubierto de cualquier malentendido, cualquier falla, cualquier traspié, no ligado a nada.
Tengo la sensación de que todo lo que escribí en el libro trata sobre eso, incluso el ensayo de Freud y Fliess: la idea del héroe Freud como un refugio para todos los analistas. Y no creo que se trate de algo solamente personal. El problema de la relación del analista con su saber y con la teoría es un problema con el que tenemos que lidiar todos los que trabajamos en esto, todos los días, es un problema complejo, que no nos podemos sacar de encima jamás, y es un problema al que muchos analistas –pienso en Reik, en Ferenczi, en Jinkis, en Didier Weill– le han dedicado prácticamente su vida a pensarlo.
Dice Weill más abajo, después de citar el chiste de Freud:
Así, algunos llegan a continuar el viaje por esta tierra sin estar nunca dispuestos a ser sorprendidos por lo que fuere; dado que ellos no pueden no tener respuesta para todo, cuando lo real truena junto a ellos, no estarán asombrados porque abrevarán inmediatamente del stock de su saber ya constituido. Se trata, para ellos, de borrar la posibilidad misma de lo imprevisto
Esta cuestión concierne al punto más elevado de la ética del psicoanálisis. ¿La relación del analista a su saber será comparable a la relación del viajero provinciano con el saber? ¿Será pasible de afección por ese real transmitido por su analizante?[4]

[1] Jean Allouch, Erótica del duelo tiempos de la muerte seca, Ed. El Cuenco de Plata, pág. 161
[2] Ídem, pág. 161
[3] Alain Didier Weill, Los tres tiempos de la ley, Ed. Homo Sapiens, pág. 117
[4] Ídem, pág. 118






