THEODOR REIK: EL PSICÓLOGO SORPRENDIDO / Yamil Trevisan

Llegué a El psicólogo sorprendido por un préstamo después de una supervisión, como suele suceder cuando esta instancia resulta productiva y quedan referencias en el aire dando vueltas para seguir investigando, aunque confieso que no recuerdo qué fue lo que llevó en particular a esa recomendación.

Me sucedió, sin embargo, al leerlo, algo que no me pasaba hacía mucho: de la misma manera que sucede con ciertas músicas, ciertas canciones que uno escucha y siente que lo tocan, fue como si de golpe el libro descubriera una serie de inquietudes y preguntas que poseía, pero que no sabía que poseía.

Intenté en ese momento escribir una reseña y llené varias páginas de apuntes, pero no me salió nada: me era imposible hacer otra cosa que transcribir párrafos, y decir, casi gritando: “lean este libro, lean este libro”.

Ahora, después de más de un año, vuelvo a leerlo y estos son los apuntes que puedo tomar.

 ***

¿Por qué resulta difícil para un psicoanalista contar a otros la experiencia de lo que ha sucedió en una sesión? Esta es una sencilla y contundente pregunta que se hace Reik a lo largo de todo el libro.

El sentido común nos dice que una persona va al psicólogo y le habla de sus sufrimientos y sus síntomas y el psicólogo la ayuda, escuchando, comprendiendo y señalando algunas direcciones para su vida.

Por supuesto, dirá el analista, esto no es tan sencillo. Sin embargo, si viene una persona de afuera, alguien que no es psicoanalista ni ha experimentado un análisis, y nos pregunta de qué se trata realmente, no es tan fácil responderle. ¿Cómo le explicamos a esa persona cómo llegamos a una interpretación, o el sentido que pudimos entrever del relato de un sueño? ¿Cómo le explicamos, sin que suene absurdo, que cuando alguien llega al consultorio y se declara inocente de la culpa que siente, o de su destino fatal, no le damos la razón ni creemos en su inocencia? Inclusive, si uno habla ya no como analista sino como analizante ¿cómo le relata a alguien de afuera su propia experiencia en el diván? Cada vez que decimos “mi analista me dijo esto porque entiende que yo llegué hasta acá, que mis síntomas tienen que ver con eso…” o “mi analista escuchó que cuando yo decía la palabra tal estaba diciendo otra cosa…”, todo, inevitablemente, termina sonando inverosímil. Nos sucede lo que le sucede a Freud cuando habla con el juez imparcial en ¿Pueden los legos ejercer el análisis?: “¿eso es todo?”, le responde éste: “palabras, palabras y nada más que palabras…”

Es totalmente comprensible que para alguien que no esté familiarizado con el análisis resulte absurdo, poco sólido, lo que se puede transmitir sobre el trabajo llevado adelante en una sesión, y que de eso solo quede la idea, a lo sumo, de que a una persona “le hace bien” conversar con alguien “preparado”. Ahora bien, lo que señala Reik, sin embargo, es algo mucho más problemático: a veces, entre nosotros, los psicoanalistas, nos resulta difícil hablar de la experiencia del análisis — esto es natural, ya que se trata de una experiencia muy compleja, que no es transparente por sí misma, y de la que no se puede hablar sin mediaciones— , pero el asunto es que resolvemos esa dificultad dando por supuesto que sabemos de qué se trata, y expresándonos en fórmulas teóricas que pierden, por su repetición y por su automatismo, referencia al trabajo en sí. Dar por supuesto, entre nosotros, que comprendemos de lo que se trata nuestro trabajo, es un verdadero problema.

Y esta idea, de que el trabajo psicoanalítico estaría sostenido en una teoría sólida que se explica por sí misma y que comprendemos bien entre analistas, es la contracara de otro prejuicio, que se desliza de manera imperceptible todo el tiempo en nuestro trabajo: el prejuicio de que uno, como analista, por estar formado teóricamente y llevar un título profesional, o por haber escuchado a un paciente durante muchas sesiones, o por la razón que fuera, sabe exactamente qué es lo que está sucediendo en una sesión mientras ésta transcurre, cuál es el significado de las palabras y los síntomas de tal paciente… y en el fondo, el prejuicio de que uno sabe qué es lo que necesita esa persona que nos habla para estar mejor.

El libro de Reik está escrito directamente en contra de esa pretensión; es decir, en contra de la pretensión de que el psicoanálisis se convierta en una disciplina cristalizada, en contra del ejercicio del saber — cualquiera sea su forma— como anticipación a los hechos, y a favor de llevarnos al enredo de la experiencia viva de nuestro trabajo.

“Conozco casos en los que el proceder heurístico del analista pareciera sugerir que se buscaba, de entrada, una constatación de la teoría del análisis, en lugar de acudir a ella una vez concluido el caso. Cuán a menudo tiene uno la impresión, al volver atrás sobre los propios casos, o al escuchar los relatos de los casos ajenos, de que este “saber de fichero” ha levantado demasiado pronto la pasarela hacia la realidad (…). Por lo general, en la práctica me enredo tanto cuánto más que, en el tratamiento de un caso, pienso en la teoría analítica que me es tan familiar, y sólo me oriento de nuevo en el caos de los procesos anímicos vivos”.[1]

***

No siempre sabemos, dice Reik, cuando escuchamos algo, qué fue lo que escuchamos.

Creo que esta afirmación es fundamental. Al leerla pienso en mis apuntes, en los apuntes que escribía apenas empecé a trabajar como acompañante y psicólogo. Hoy, a la distancia, reconozco que tenían justamente esa función de constatación, es decir, de clarificarme a mí mismo qué era lo que había sucedido en las sesiones del día. Intentaba capturar, de la manera más “rigurosa”, qué era lo que había pasado en el consultorio ese día. Cito un fragmento como ejemplo acerca de un paciente autista: “En relación a las operaciones que ha podido ir haciendo, podríamos decir que están todavía en la fase preedípica. Que no se atraviesan problemas ligados a la transgresión, al peligro de castración, al conflicto en la asunción de ideales”, “X no se liga al Otro. El Otro está lejos. Él nace a partir de un huevo, solitario. Esta es una forma real de entender su filiación. En realidad, fue el Otro el que no lo filió”.

Sin reparar en el contenido de estos apuntes, quisiera detenerme en el tono. Quizás a primera vista no parezca fuera de lugar o incorrecto, pero hoy en día estas notas me suenan tan asertivas, tan teóricamente impolutas, que dejan ver, está claro, una sistemática desorientación encubierta por la teoría. Al leerlas ahora encuentro en ellas una necesidad de coherencia que era casi un orden: la experiencia clínica tenía que ser transparente, dejarse comprender, se tenía que entender, porque si yo no entendía lo que hacía ¿entonces qué?

Por supuesto, a la hora de trabajar intentaba aplicar la atención flotante y hacía lo mejor que podía, pero existe en el psicoanálisis una relación entre la teoría y práctica que no es fácil de establecer. Reik escribe un párrafo genial sobre esa extraña relación:

“Quién, como analista, se aleja demasiado del material, presta demasiada poca consideración a su particularidad, arriba a hipótesis salvajes. Llega a especulaciones que ya no tienen ninguna relación con la experiencia del paciente. Pero quien permanece demasiado cerca del material, se vuelve su esclavo y no avanza en su investigación porque queda preso y no se atreve a ir más allá de lo demostrable en el momento. He aquí, entonces, un doble peligro. La posición correcta es una oscilación dentro de ciertos límites. Es decir: de pronto muy cerca del material, de pronto lejos de él para tener una visión de conjunto. Es como ciertos cuadros a los que el espectador debe acercarse mucho para ver algunos detalles, y luego alejarse de ellos para reconocer el sentido total de lo representado”.[2]

Por temor a equivocarse y a enredarse muchas veces uno puede huir hacia la seguridad que da la teoría, llegar a “hipótesis salvajes” y perderse de las preguntas reales que genera el propio material clínico, terminando por censurar éste (toda censura, como bien subraya Alain Didier Weill, impulsa al superyó, de manera que mientras más nos censuramos, más persecución sentimos  ¿Qué es el superyó sino aquello que nos dice “no te dejes asombrar, no te dejes siderar”?)[3]

Pero vuelvo a la frase de Reik: no siempre sabemos de inmediato, cuando encontramos algo, qué fue lo que encontramos.

Me recuerda a aquella afirmación de Freud en Duelo y melancolía, cuando dice que el melancólico sabe a quién perdió, pero no lo que perdió con él. Y quizás la asociación no sea casual, ya que así como dice Freud que sería infructuoso contrariar al melancólico y decirle que él no es la porquería que dice ser, o intentar ofrecerle algún consuelo reparador de su pérdida, algo que le substituya aquel objeto enigmático, en el mismo sentido, podemos pensar que ofrecer una escucha atenta a la más mínima señal, preocupados porque no se nos escape nada, que no se pierda nada en nuestra atención —la del analista— , tampoco tiene ningún efecto terapéutico. En lo que está diciendo Reik se trata de una pérdida: dar por perdido que vamos a comprender todo lo que nos cuenta alguien o todo lo que decimos, y dejar aparecer, de este modo, el enigma de la palabra.[4]

Dice Reik: “Me reconozco como opositor a esa prisa interpretativa que, sin aliento, corre detrás de cada síntoma, cada conexión de pensamientos, para arrancarles su secreto inconciente. También puede uno perderse de algo por seguirlo demasiado ávidamente. También a las propias ocurrencias hay que darles el tiempo para volverse concientes. A algún analista le sucedió lo mismo que a una escritora parisína (…) La ingeniosa dama veneraba en extremo al Papa, pero lamentaba no poder creer en Dios. Relataba que, hacía décadas, asediaba en vano a Dios para que le diera alguna señal de su existencia y capacidad ¡Bien habría podido hacerse presente en todo ese tiempo! Uno de sus interlocutores le respondió: “Señora, quizás nunca lo dejó hablar”.

De esta manera, el carácter oscuro, opaco, enigmático que surge de la palabra cuando abandonamos un poco del dominio del material ejercido por la compresión, nos lleva de vuelta a la cuestión de qué es lo que sucede en una sesión analítica que resulta tan difícil de transmitir. Si hay una dificultad para hablar de nuestro trabajo clínico, no es solamente porque implica hacer público algo privado, ni tampoco porque el analista se expone, al hablar de sus pacientes ante otros, al lugar de analizante, sino también y fundamentalmente porque hay una dificultad inherente a la sesión en sí. Es decir: hay una dimensión, que marca muy bien Reik, que está por fuera de cualquier pensamiento conciente y que tiene que ver con esta “extrañeza del habla” cuando el que escucha es un analista; “a menudo basta que una frase dicha por uno mismo sea dicha por otro para escuchar otra cosa. Así de extraños somos para nosotros mismos”.[5]

Y es el asombro, la sorpresa ante el propio fenómeno analítico, dice Reik, el umbral de toda investigación psíquica, el hecho fundamental, la condición de un análisis: “antes de conocerse uno mismo, hay que desconocerse uno mismo”[6]. No se trata de un mero señalamiento de un fenómeno, sino de toda una indicación: para que un análisis se ponga en funcionamiento, es necesario que las propias palabras, el propio pensamiento se convierta, en el espacio y el tiempo de la sesión, en algo opaco, que pierda su carácter de accesibilidad y evidencia, y es en la medida en que las palabras dichas resultan ajenas, cuando, paradójicamente, se puede reconocer y escuchar lo que se está diciendo.

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Ilustración: Juan Cruz Catena

“Si quiero comprender la forma del estremecimiento psíquico que es específica del análisis, si me esfuerzo en determinar su carácter especial de manera más general, pero con la mayor precisión posible, se me presenta bajo la forma de la sorpresa”[7]

Tengo este fragmento subrayado y resubrayado y transcrito en mi cuaderno, pero ahora que estoy escribiendo esto y lo vuelvo a leer me llama especial atención la palabra “estremecimiento”. Si bien Reik lo adjetiva como psíquico, el estremecimiento lleva a pensar instantáneamente en el cuerpo. Wikipedia lo define como: “temblar, vibrar, sacudirse de un modo repentino”. Es interesante, porque en la definición de sorpresa pesa algo muy visceral, casi tanto como sucede con la angustia, y nos permite sacarnos de la cabeza la idea de que la sorpresa en un análisis sería algo así como un insight intelectual, como el que sucede en las películas policiales norteamericanas cuando un personaje de golpe se ilumina y entiende algo que no tenía claro hasta entonces.

No se trata de un proceso intelectual sino de un estremecimiento, como sucede con la música, golpea en el cuerpo y nos hace vibrar. Que alguien pueda escucharse, extrañado de lo que está diciendo… La posibilidad repentina de tomar dimensión de las propias palabras puede llevar a alguien tanto a la risa como a la interrupción de un análisis.

***

El estado de sorpresa y de espanto nos acerca, dice Reik, a un suceso psíquico aparentemente muy alejado: la reacción que tenemos cuando escuchamos un chiste. El efecto que tiene un chiste en medio de una conversación cotidiana nos deja muchas veces durante un momento congelados, desorientados, con un asomo de espanto por el contenido de lo que ha sido traficado en el chiste (no hace falta citar a Freud a esta altura para saber que el chiste lleva consigo tendencias pulsionales censuradas), y después de ese segundo de desorientación adviene la risa y la liberación.

Decía un cómico argentino conocido que cuando uno es progre y se ríe de un chiste de derecha eso quiere decir no solo que la risa está más allá de las ideologías, sino que la substancia misma de la que está hecha la ideología, nuestro sistema aparentemente firme de creencias, se tambalea de golpe y uno se encuentra con asombro con que no siempre piensa lo que cree pensar. Es ese tipo de asombro, diría, el que se produce en una sesión analítica. 

Reik se queja de que hay colegas que le reprochan que le conceda tanta importancia al chiste, que debería ser “más serio”. Me viene ahora a la mente un texto de Octave Mannoni sobre El hombre de las Ratas que habla sobre esto, sobre el carácter chistoso y absurdo de las formaciones de síntoma de la neurosis obsesiva. Sin entrar en detalle, porque eso sería irnos muy lejos, el autor subraya ahí lo que dice Freud en una carta a Flies (“La carta 79”) acerca de que el inconciente irrumpe en forma verbal, con palabras y asociaciones que pueden sonar absurdas, del género que “repugnan” al pensamiento conciente y tienden a pasar desapercibidas. Escribe, Mannoni, al final de su ensayo, acerca de la escucha de Freud: “No se convertía en la pareja obsesiva de su parte obsesivo y sabía, todo el texto lo demuestra, oír sin esperar y oía principalmente lo que no esperaba”.[8]

En este sentido hay algo muy importante que Reik señala todo el tiempo: cuando hablamos de la sorpresa y el chiste no solo estamos señalando algo que ocurre con el analizante. Los esclarecimientos, los lugares a los que se llega en un análisis, también son sorpresas para el analista.  Reik desconfía “de los psicólogos conocedores profesionales de lo anímico” y que “son tímidos ante lo asombroso y quieren protegerse de ello a través de conclusiones teóricas”. y señala que el analista tiene que recurrir a las mismas técnicas del paciente: para comprender qué quiere decir un elemento del sueño, un síntoma específico, el analista tiene que habituarse a seguir el mismo procedimiento que sigue el chiste, es decir, los mismos mecanismos de condensación, desplazamiento y seguimientos de omisiones.

¿Qué quiere decir esto? Hay un fragmento de Freud, de su libro sobre el chiste, que habla del proceso interno que lleva a cabo quien tiene una ocurrencia graciosa, comparándolo con el sueño:

“El chiste posee aún otro carácter que concuerda con nuestra concepción oriunda del sueño (…) Y es que se dice: uno “hace” el chiste, pero siente que su comportamiento es allí diverso de cuando formula un juicio o hace una objeción. El chiste posee, de manera sobresaliente, el carácter de una ocurrencia involuntaria. Un momento antes uno no sabe qué chiste hará… más bien se siente algo indefinible que yo me animaría a comparar con una ausencia, un repentino cese de la tensión intelectual, y hete aquí que el chiste brota de golpe”[9]

Quizás este fragmento de Freud es una de las mejores descripciones de cómo funciona la ocurrencia del analista.

***

Reik se interroga, a lo largo de todo el libro, acerca de la relación del analista con su material clínico y su saber. El psicólogo sorprendido es un libro sobre el analista, un libro personal y a la vez enteramente psicoanalítico (¿pero de qué otra forma se puede pensar en esta disciplina más que con las inquietudes y obstáculos personales que llevamos al análisis y a las supervisiones una y otra vez?). Esta relación ha sido problematizada por otros analistas también. Por Lacan, por Ferenzci, por Alan Didier Weill. Y quizás no sea casual que Reik haya estado tan interesado en esa cuestión, ya que durante su vida sufrió en carne propia el gran cimbronazo que fue para el psicoanálisis la discusión entre psicoanálisis lego y psicoanálisis realizado por médicos.

En 1924, a partir de una denuncia que recibió por parte de un paciente psicótico, el Estado austríaco le prohibió el ejercicio del psicoanálisis. Si bien Reik se había formado con Freud y era un analista brillante — según cuenta Roudinesco en “Freud en su tiempo y el nuestro”, Jones y varios otros discípulos lo envidiaban y se burlaban  de él por su arrogancia y su intento de parecerse al maestro, “se parecía a Freud, llevaba la barba de Freud, fumaba los cigarrillos de Freud”—, no era médico, y después de esa denuncia su situación se volvió difícil, ya que su trabajo como analista era su única fuente de ingresos. Freud lo ayudó económicamente en esos años, y además, a partir de esa situación, escribió “¿Pueden los legos ejercer el análisis?”  y lo defendió y también defendió el psicoanálisis laico. En 1927 fue finalmente sobreseído.

Quizás no sea casual entonces, decía, que Reik escribiera un libro extraordinario en el que desconfía de todo saber, no sólo médico, sino también psicoanalítico. Los títulos oficiales, las instituciones, los nombres, todo esto es necesario, parece decir Reik, pero a la hora del análisis, nada puede anticiparse al asombro, al enigma de la palabra revelada.


[1] Reik, T. El psicólogo sorprendido. Ed. Pe/ele.

[2] Op. Cit.

[3] Didier — Weill, Alain. Los tres tiempos de la ley, Ed. Homo Sapiens

[4] Patricia Fochi dedica un apartado especial en su libro sobre el duelo para hablar del enigma. Retoma allí, entre otras cosas, el trabajo de Thomas de Quincey “El enigma de la esfinge” en el que el autor sostiene que el gran error de Edipo fue haber subestimado el enigma y haberlo creído solucionado con una respuesta racional e ingeniosa. “De Quincey ”, dice allí la autora, “le devuelve la oscura potencia al enigma ‘como pregunta sin solución a lo que todavía llamamos humano’”. El duelo, la infición del mundo, Fochi, P., ed. Otro Cauce. Epílogo, “Los duelos: ubicuos, atópicos y enigmáticos”

[5]  Reik, T. El psicólogo sorprendido. Ed. Pe/ele.

[6] Op. Cit.

[7] Op. Cit.

[8] Mannoni, O. Cap. El “Hombre de las Ratas” Los casos de Sigmund Freud, Ed. Nueva visión.

[9] Freud, S.  El chiste y su relación con lo inconciente, “El vínculo del chiste con el sueño y lo inconciente”, Ed. Amorrortu. 


Tambien Disponible:

NOTAS AL MARGEN SOBRE EL SUPERYÓ / Yamil Trevisan
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