Comentario acerca de Estética de lo pulsional de Carlos Kuri
Quiero encabezar estas notas sobre el libro de Carlos acerca de la estética pulsional con una frase suya, que aparece en la página 94 de su obra: “la dificultad sobre lo original empieza cuando se constata que no hay unicidad en la obra”.
La frase constituye el desenlace de sus consideraciones sobre el famoso texto de Benjamin El arte en la época de la reproductibilidad técnica. Identificar el aura —una metáfora basal tan valiosa— con la unicidad de la obra supone desconocer que esta se despliega en múltiples planos (cosa que, desde luego, Benjamin no ignoraba), que son los que conforman su riqueza propia e insondable. Ya se verá más adelante el valor de esta observación.
¿Dónde comenzar, si este libro rico, minucioso y, a la vez, laberíntico en sus referencias y apreciaciones constituye un hecho inédito en el campo psicoanalítico, esforzándose de continuo en no caer en las facilidades que ofrece interesadamente lo que yo llamo “lacanismo portátil”?
Todo el texto verifica insistentemente que la sublimación sufre, en el campo analítico y en sus diversos intérpretes —sean Freud, Melanie Klein, e incluso Lacan—, el mismo destino que el vocablo en el campo químico: se evapora.
En una observación lateral sobre Lacan, quien habla de la sublimación que podemos hallar en las manifestaciones más desnudas de la sexualidad, Kuri pregunta oportunamente: “¿sublimación de qué?”.
(Observación al pasar: cuando Lacan habla del objeto de la sublimación, la famosa Dama provenzal, deja de lado que se trata sin duda de un hecho social, pero que la Dama ha sido construida, a veces con humor astuto, con una técnica específica por los poetas provenzales. Además, esto es obvio, la prohibición relativa al objeto del llamado amor cortés, es prácticamente imposible de diferenciar de la idealización del obsesivo).
Efectivamente, ¿Qué sublimamos?
La teoría habitual habla de una actividad que permanece ajena a la represión, desexualizada y socialmente valorada.
Todos y cada uno de estos términos puede ser sometido a una interrogación que conduce a un callejón sin salida; el libro de Carlos no cesa de cuestionar estas nociones que se deslizan en los textos analíticos gracias a un decreto de autoridad.
Hablar de desexualización implica ignorar el concepto propio de sexualidad propio del psicoanálisis: coordinación de las zonas erógenas bajo el doble régimen de la prohibición del incesto y articulación con el síntoma conducido a su radical vacío interior. Y así podríamos seguir largo rato…
Cuando Lacan pronuncia su oracular fórmula –“la sublimación consiste en elevar un objeto a la dignidad de la Cosa”– Carlos, con razón, señala que el uso de la noción es puramente estratégica; a Lacan solo le interesaba la temática central de la Cosa.
Por otra parte, agrego, en la misma dirección: ¿el verbo elevar no es una trama que vuelve a confundir sin querer idealización con sublimación, ya que la cosa es, como tal, campo de la degradación?
Aquí comienzan a aparecer las tesis propias de Kuri: la sublimación no es una ampliación de la tópica, como parecía entender Freud, que nunca, por otra parte, entregó un texto sobre el supuesto concepto; la sublimación no solo consiste en un desarraigo con respecto a los fines del yo, sino que es indócil –este es un término propio de Kuri–a los reclamos de la tópica. En suma, si escribimos sobre la sublimación, caemos fuera de la metapsicología.
El lector, a esta altura, se pregunta si articular la metapsicología –corazón del análisis– con la estética (o con la actividad científica, que escapa largamente de las intenciones de Kuri y de la mía) no es un modo de seguir ignorando los límites del psicoanálisis. El psicoanálisis aplicado –lo reitera el propio Kuri– es una disciplina regresiva.
II
Dice Kuri en un momento decisivo de su texto, y lo dice con bastardillas:
“… un psicoanálisis toca el beneficio de la sublimación solo al constatar una materia de trabajo fuera del síntoma y de lo reprimido” (página 262).
Podemos replicar: pero en el psicoanálisis, como teoría y como práctica clínica, nada es fuera del síntoma que conserva el deseo bajo la forma nítida de la neurosis –el neurótico como aquel que demanda que se lo demande desea congruentemente, dice Lacan con lucidez– y consagra así la bisagra maestra del malestar en la cultura.
La sublimación, una vez más, ¿no cae en patinar en el vacío conceptual?
Ahora bien, hay que destacar algo que en “Fragmentos de conclusión” aparece con toda claridad. La sublimación, se dice allí, es un concepto poseedor de eficacia negativa.
“Si el psicoanálisis” –dice textualmente – “hace avanzar el arte o las consideraciones sobre el arte no ha de ser en el transporte de la maquinaria conceptual propia de las formaciones del inconsciente, sino a partir de esos puntos que en el psicoanálisis mismo han quedado en suspenso, que se constituyen en bordes internos de la metapsicología, puntos de insuficiencia explicativa” (página 321).
Cuando Carlos introduce el cuerpo no como una pasiva cenestesia sino como una fuerza, (término tan difícil de definir, sin embargo, imprescindible precisamente porque refiere a lo que es perentorio, a lo que irrumpe en el lenguaje),. Cuando lo hace, digo, muestra claramente la insuficiencia del lenguaje para dar cuenta de los inmensos problemas que son propios del psicoanálisis. La pulsión no es sin el significante, pero en su trayecto, lo excede.
Y desde el lado opuesto: los problemas del arte (si podemos usar sin vacilaciones esta noción tan abarcativa como indefinible) son inseparables de la técnica, y la técnica, siempre singular, siempre irradiante, es una telaraña que va ciñendo un vacío que es como el tokonoma de Lezama Lima, una suerte de agujero por el cual respirar. Pero el mismo término al que acudo o los mismos términos a los que acudo, nada menos que la respiración, indican que la técnica –lo ha desplegado Carlos a lo largo de su libro– forma parte de un cuerpo en construcción. La técnica, que intenta tomar una mínima distancia del fluir temporal, y las contingencias que impone el cuerpo son ese cruce que el arte no cesa de explorar en la medida en que afecta al lector, al que escucha, al que ve.
Allí comienza un territorio nuevo, virgen, donde el psicoanálisis, conforme al subtítulo de la obra de Carlos, y la estética, se aproximan y se alejan.

III
A propósito de Deleuze, quien analiza la obra de Francis Bacon, Kuri destaca que el arte hace visible lo invisible, torna evidente a fuerzas no advertidas todavía.
En ese momento dice “… ( esto permite pensar) nuestra idea de una fundación estética de lo sensible.
El arte, sigue diciendo –y lo hace en especial referencia a la música– crea cuerpos que antes no existían, cuerpos, que es preciso reiterar, no son el cuerpo del psicoanálisis.
Estamos ante el problema que fue central en la obra de Merleau-Ponty, el vínculo del lenguaje con la percepción, esa percepción que se define por lo táctil, por el encuentro de los cuerpos, el choque, incluso, dado que ver y tocar están coordinados. Ver algo, implica calcular la distancia entre el que ve y lo visto.
La frase de Carlos, que cité más arriba, sobre la falta de unicidad de la obra estética, roza un problema central. “Fundar” es un vocablo que solo puede remitirnos a una cuestión preliminar que excluye por completo cualquier idea de arquitectura conceptual.
La dispersión y la singularidad son propiedades de cualquier obra, puesto que tenemos un saber tan oscuro como cierto acerca del arte, pero ningún concepto que reúna territorios tan vecinos como inconmensurables.
La técnica singular se nutre de la tradición en el momento mismo en que la excede; y efectivamente, genera una modalidad corporal que se impone al que juzgamos autor.
Y desde la obra, en el extremo de su singularidad, podemos remontarnos hasta las fuentes mismas de la cultura, sabiendo bien y de antemano que por diversas que sean las vías adoptadas, siempre nos comunicamos con el ombligo de lo desconocido, cualidad que el inconsciente óptico de Benjamin comparte con el inconsciente freudiano, ambos, sin embargo, situados en la frontera disjunta que los acerca separándolos.
¿Cuál es el sujeto de la obra de arte si sabemos que el autor como origen es metáfora de orden religioso, como si el llamado autor fuera una versión en miniatura de Dios y de su creación ex nihilo?
Pues bien, el sujeto no está en el comienzo sino en el medio, entre dos, como una suerte de médium entre fuerzas invisibles y fuerzas que él hace posible decidiendo más allá de su consciencia, dejando que aflore lo siguiente: el punto mismo en que su vida se conecta con el ombligo de lo desconocido.. El sujeto es el que escribe y lee lo que escribe abierto a un interlocutor, pero también un lector que escribe lo que lee y lo hace circular.
La trama de la sublimación muestra esto cuando se descomponen sus imposibilidades psicologistas.






