Tenía la intención de escribir un cuento, pero un amigo escritor me dijo que un ensayo está compuesto de posibles respuestas a una pregunta que insiste, que es una mixtura de restos que se desplazan de una idea a otra formando un trayecto. Este intento de ensayo empieza en un otoño y termina, como todos los restos, quién sabe dónde.
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En esa amplia extensión de llanura se aprende, entre otras cosas, a medir la cercanía de las tormentas y a suponer, según la orientación cardinal, cuáles son sus características: las que provienen del sur traen aire fresco; las del norte se desvía y si llegan son escandalosas; las del este lluvia asegurada; las del oeste ventosas y predicen lluvias extensas.
Una sucesión de tormentas sobre el final del verano termina en un otoño. Temporada propicia para preparar conservas.
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Hay formas de hablar que se usan en una zona específica. En la región del sur de Santa Fe, se le decía “jugar de balde” a participar de un juego reglado grupal pero estando fuera de la competencia, los más pequeños solían ocupar ese lugar. Cuando las maneras de decir se convierten en lugares, entonces ya no son solo palabras, son palabras hacia donde ir, a donde quedarse o por donde salir.
Como la mayoría de las casas de mi cuadra no tenían patio, salíamos a la vereda a jugar con los vecinos. Para mí, jugar de balde era jugar con un balde. Esa era mi relación con el mundo y con el lenguaje. Hasta que una tarde el grupo de los más grandes me incluyeron en un juego con una pelota. Se hacía un círculo entre los participantes, cinco pases con la mano al azar, sin que la pelota tocara el suelo, en el quinto había que darle un pelotazo a alguien. Perdía el que era alcanzado por la pelota y así se iban eliminando hasta que el último se consagra ganador. Mi participación era periférica, así mis acciones no repercutirían en el resultado. De esta forma, no perdía ni ganaba. Eso es todo lo que la frase “jugar de balde” significa cuando el lenguaje ya no es sólo una herramienta para nombrar los objetos, sino que las palabras le dan materialidad a una vivencia.
Actualmente “de balde” como expresión está extinguida, es resto de una lengua ya no hablada pero cubierta de una carga afectiva.
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En el año 1925 Freud escribe que la inhibición es una forma de defensa del yo, una restricción a las funciones: es ir con precaución, quedarse quieto ante el conflicto. Funciones como la locomoción o la nutrición podrían verse impedidas o alteradas debido a una renuncia del yo de la cual él extraería una ganancia o éxito. Entonces se inhibe para no entrar en conflicto con otras instancias psíquicas que responden a otros intereses (Ello o Superyó). El yo se aquieta para no ganar ni perder.
Jugar de balde se perdió en la lengua viva, cotidiana, de un pueblo, pero pudo ser uno de los nombres de la inhibición en mi infancia.
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Según el sentido popular, las personas suelen dividirse entre las propensas a tirar y las que guardan o acumulan. En casa, cada final de temporada nos encontramos con el dilema de qué objetos nos siguen sirviendo, desde libretas, ropa, papeles hasta muebles. En Barcelona hay un día a la semana que es el “día de los trastos” donde los vecinos sacamos cosas grandes que ya no usamos (mobiliario, maletas, bicicletas, juguetes, libros). Una noche me encontré arrepentida, recogiendo lo que yo misma había tirado ¿De cuántos objetos se habla en psicoanálisis? Que el objeto es la madre, que es el pecho de la madre; que está perdido de antemano, objeto fóbico, fetiche, el objeto como lugar en la fórmula del fantasma, objeto causa de deseo; objeto transicional, objeto de amor, objeto de odio, objeto fálico, objeto a.
Me embrollo entre tantos objetos, ¿no serán todos el mismo? ¿No seré yo el objeto? Una vez soñé que entendía esto, después me desperté.
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En mi casa se impone una tendencia que es lavar y guardar frascos de vidrio para posibles usos futuros.
Un mediodía nublado de un sábado otoñal busqué los frascos en la parte superior de la alacena de la cocina. Encontré de todos los tamaños (también de esos que con sus paredes forman un hexágono) ¡Cuánta mugre minúscula se queda ahí retenida! Agarré la olla más grande y empecé a llenarla de agua. Dispuse los frascos y las tapas dentro del recipiente de metal, luego encendí la hornalla con un fósforo. Lo mojado de la base de la olla sobre el fuego produjo un chirrido estremecedor. Recordé aquel día en que de pequeña me había quemado, el tacto del dentífrico untado sobre la piel, cuando circulaba la idea pagana de calmar así las quemaduras. Evoqué la ampolla, y la mano de mi madre sosteniendo una aguja teniendo como propósito pincharme para que drenara la herida.
Mientras disponía cuidadosamente del material sobre la mesada, tuve una sensación rara y a la vez familiar en mi cuerpo, puntazos en el pecho que aparecen cuando la angustia está ahí, a punto de acechar. Fuí invadida por una leve desorientación, que fuera sutil me alarmó aún más.
Intenté abstraerme de la asociación libre que me había llevado a ser solo un cuerpo, o ni siquiera eso. Sólo fragmentos: un corazón latiendo rápido, unas piernas temblorosas, una garganta que se cierra. Busqué el antídoto que mi compañero me había facilitado contra lo que se nombra como pánico. Era mi propio extrañamiento el impulsor de esa tormenta psíquica. Hice una pausa, comí una naranja, y a través de ese registro doméstico intenté tranquilizarme.
De la lectura del libro de Alexandra Kohan Un cuerpo al fin busqué entre las páginas una frase que había subrayado: “Algo se conserva, algo se da a perder. Algo resta, algo pasa”.
Hice equivaler el episodio de angustia a una contracción uterina. Algo irrumpe, todo duele, se eleva en intensidad, toca el pico más alto y comienza a descender. Saber que no me quedaría sobre la cima de la angustia me aliviaba. Una contracción como la angustia es una ola por surfear.
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Las conservas son técnicas empleadas desde hace mucho tiempo, más aún cuando faltan alimentos. Surgen de la necesidad y la urgencia de preparar comida para el futuro. Bienvenidas durante el invierno o en tiempos de posguerras, son tradiciones que quedaron marcadas como aquellas tareas previsoras de un tiempo incierto.
De todas las técnicas posibles para la conservación elegí el azúcar por sobre las otras posibilidades (limón, vinagre). En la intimidad de mi mundo artesanal, lo dulce forma parte de mi composición.
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Un parto puede comenzar de varias maneras, una de ellas es la rotura de la bolsa, que es una membrana que envuelve al bebé y contiene líquido amniótico, medio acuático adecuado para el desarrollo allí dentro.
En la página 205 del Seminario XI de la obra lacaniana se lee: “el pecho, como equívoco, como elemento característico de los mamíferos —igual que la placenta— representa bien esa parte de sí mismo que el individuo pierde al nacer, y que puede servir para simbolizar el más recóndito objeto perdido”. Todo esto suena muy complejo de comprender pero se explica en una llamadita al final de la misma página en donde dice: “Las tortillas no se hacen sin romper los huevos, es decir, hay cosas que sólo se obtienen perdiendo algo”.
Una vez rellenados los frascos y mientras visualizaba mi cocina llena de esos recipientes con tapa de cuadrados rojos y blancos típicos de mermeladas y confituras que hacen de las cocinas lugares amables, me encandilaron unos flashes de imágenes y sensaciones que me sustrajeron abruptamente de ese presente.
Un parto puede empezar de varias maneras pero siempre termina de la misma forma. Inevitablemente pienso en mi experiencia, en eso que apareció después del alivio de la “fase de expulsión” vino un sorpresivo dolor. Cuando creía que todo había terminado una contracción invadió cada partícula de mi cuerpo, fue la última fuerza con la que saqué ese trozo de carne, esa víscera. Era tan bella, con su forma similar a la de un árbol, su envoltura, su cordón elástico, espiralado, de color violeta intenso. Una tijera separa a la placenta de mi hijo ¡Dejen que la mire, no se la lleven! ¿Cómo es posible que de un segundo a otro lo que alimentó la vida se convierta en desecho, en basura, y pase a ser resto biológico?
Todos tenemos en algún basurero, frasco con formol, freezer o debajo de la tierra los restos fundadores que alimentaron nuestros cuerpos vivientes.
Nunca imaginé ser esas mujeres que quieren comerse la placenta asumiendo su condición de mamíferas.
Esto que escribo se vinculaba más a una pregunta que a una certeza: ¿Qué se hace con los restos?
Envuelta en una esfera cálida y guiada por el anhelo de no querer perder imaginé: conservas.

Título inspirado por el cuento “Conservas” del libro Pájaros en la boca de Samantha Schweblin.
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