I.
Hace poco, en casa de un amigo que había comprado una consola nueva, nos quedamos escuchando música durante horas. Lo escuché hablar de esa consola como quien, de niño, explora un juguete nuevo: una densidad inquietante, la sensación de que un objeto puede ser infinito. Me sorprendí al advertir que estábamos haciendo sólo eso: escuchar canciones, sin nada más. Habíamos logrado desterrar la multitarea. Entre mezclas de folclore electrónico aparecieron Nicola Cruz, Rodrigo Gallardo, Chancha Vía Circuito: ritmos andinos trenzados con bases electrónicas; rituales transformados en pistas de baile globales. Yo comenté que a esos gringos que bailan carnavalitos en Berlín la Pachamama les chupa un huevo; aun así, algo se expande cuando lo ancestral encuentra nuevos territorios, agregó mi amigo Mañas.
Al otro día me llegó un mensaje suyo: hoy temprano me acordaba de vos, fíjate esto, decía. Un libro.
II.
En el año 1822, poco después de la Batalla de Pichincha, que consolidó la independencia de Quito y del territorio que luego sería Ecuador, Simón Bolívar visitó la sierra ecuatoriana. Durante aquella estancia subió al Chimborazo, el volcán más alto de la región y considerado el punto más cercano al Sol en la superficie de la tierra.
La experiencia lo marcó profundamente: el contacto con esa geografía descomunal, llena de nieve y soledad, se transformó en un episodio de revelación poética. Al bajar, le dedicó un poema, breve pero intenso, escrito en prosa, titulado Mi delirio sobre el Chimborazo:
“Yo soy el padre de los siglos; soy el arcano de la fama y del secreto; mi madre fue la eternidad; los límites de mi imperio los señala el infinito; no hay sepulcro para mí, porque soy más poderoso que la muerte; miro lo pasado; miro lo futuro, y por mi mano pasa lo presente”
III.
Intento escribir esta reseña como quien traza un espiral. No busco reseñar un libro sino una forma de escritura: aquella que difumina el límite entre vigilia y ensueño, como un estado febril. Esa escritura que, al dejarla fluir, abre una realidad aparte. Recuerdo haberla sentido con Memoria del fuego de Eduardo Galeano, donde la historia de América Latina adquiere la textura de un sueño. Algo similar sucede con Mónica Ojeda: en sus páginas la fiebre se vuelve estilo, la visión una forma de conocimiento.
IV.
En la Biblioteca Nacional de Austria se conservan códices precolombinos salvados de la Inquisición. En uno de ellos, el Codex Vindobonensis, aparece Quetzalcóatl resplandeciente, con una mujer en la espalda y hongos en el tocado. El teonanacatl, “carne de los dioses”, es alzado por dioses y príncipes. El antropólogo Davis Wade, en su libro El río, lo lee como la memoria del fuego: el primer encuentro entre lo humano y lo visionario. Esa memoria chamánica, hecha de símbolos y alucinaciones, dialoga con la escritura de Ojeda, donde lo natural habla y lo ritual ilumina lo político.
V.
Viví un tiempo en Ecuador y todavía guardo la impresión de los volcanes. Dos veces estuve frente al Cotopaxi; caminé por sus faldas. La segunda vez acampé en su base, busqué leña y encendí un pequeño fuego. Pasé la noche allí. Durante la madrugada sentí un profundo terror, que casi me impidió salir a mear afuera de la carpa. Tenía la impresión de que un gigante me miraba de cerca.
Tiempo después supe que por aquellas montañas escapó el General Rumiñahui, hermano de Atahualpa, cuando lo persiguió Sebastian de Benalcázar. Escapó solo y cojeando. En las breñas de la montaña le dieron caza y lo torturaron a fin de sacarle dónde había escondido el tesoro de Quito. Un tiempo después lo quemaron vivo en la plaza grande de la capital.
Al recordar aquella estadía frente al Cotopaxi comprendí lo que dice Ojeda: que un volcán es como un lagrimal de la tierra. Allí la geografía se vuelve presencia animada, capaz de infiltrarse en el pensamiento. Esa experiencia de lo natural como fuerza viva atraviesa la novela: los personajes, como los viajeros que se dejan arrastrar por la montaña, reconocen que la vida late en cada grieta del paisaje.
VI.
La novela de Mónica Ojeda (Ecuador, 1988), Chamanes eléctricos en la fiesta del sol, abre con una sentencia: el oído es el órgano del miedo. Desde el inicio anuncia una poética donde lo sensorial se mezcla con lo político.
Se trata de una novela coral: múltiples voces intentan atrapar un objeto siempre esquivo, como en Los detectives salvajes de Bolaño. En este caso, lo que se busca es la juventud, preservarla en el recuerdo a través de la música. El escenario es el Ruido Solar, un festival en las faldas del Chimborazo —el “Taita”, el padre, el punto más cercano al Sol en nuestro planeta—. Allí, los personajes se hunden en la música, la danza, la poesía y el trance para enfrentar un trasfondo de violencia: un Ecuador marcado por el narcoterrorismo, los cuerpos mutilados, el miedo como forma de gobierno.
Ojeda muestra cómo el baile y el frenesí del festival interrumpen esa parálisis: los cuerpos, enajenados, se liberan del terror y recuperan una imaginación del futuro. La fiesta, sin proponérselo, se vuelve política: defiende otra forma de estar en el territorio, donde la geografía atraviesa los cuerpos y la naturaleza impone su fuerza.
Entre el coro polifónico, destaca el diario que escribe el padre de Luz, un hombre absorbido por lo chamánico y lo esotérico al punto de abandonar a su hija. Para ella, esa huida es traición y violencia emocional; para el padre, búsqueda espiritual. Ojeda explora aquí cómo el desamparo moldea la identidad.
La novela también desplaza el centro humano: abre lugar a la comunicación con lo no humano, con animales y volcanes. El chamanismo aparece, así, como resistencia frente al extractivismo, ya que guarda relatos, cantos y prácticas transmitidos durante siglos, que recuerdan modos de vida no centrados en la acumulación. Esta práctica encarna otra ética: frente a la extracción sin límites, propone reciprocidad, respeto, ritual de devolución.
VII.
La música recorre la novela como origen y destino: antes de la palabra está el sonido, antes de la literatura está la vibración del paisaje. La música es territorio y memoria, pero también migración: se desterritorializa, se transforma, se mezcla.
El neo-folklore andino plantea una pregunta crucial: ¿revitaliza la tradición o la diluye para volverla consumible por Occidente? La fusión con lo electrónico puede ser colonización, pero también reapropiación: un modo de que voces ancestrales vuelvan a sonar en nuevos escenarios. Allí late la tensión entre resistencia y desarraigo, entre memoria y modernización.
Ojeda parece responder desde lo poético: en su novela, la música no es adorno ni fondo, sino fuerza vital, un idioma común donde se inscriben las heridas y los deseos. La naturaleza —bella, pero con dientes— se hace audible, y el lenguaje se vuelve danza.

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