—Poné el agua —dice a la seis de la mañana—. ¿O también querés que yo te cebe?
Me quejo. “La puta que te parió”, pienso. Se me cierran los párpados. Apenas nos vemos las caras. Es la segunda semana de mayo.
—Yo soy el patrón —responde Javi cuando le digo si alguna vez piensa poner el agua él—. Así que hacé caso —Con el pico grande de la pava eléctrica el mate se me chorrea.
—¿No sabés cebar? —dice—. Dame que cebo yo, inútil —Y me la saca.
Trabaja desde los dieciséis años. Primero de peón. Después de oficial.
A los veinte años empezó a manejar la cuchara.
—No sé cómo hacés para terminar casas como media cuchara —le digo.
Se ríe.
—Andá, ayudante de peón —me responde—. ¿Por qué no la hacés vos?
Con el PROCREAR albañiles empleados empezaron a trabajar por cuenta propia.
Le veo gestos de patrón. No sé cómo nos paga. Los empleados le dan seguridad. Con mi compañero Andy nos damos cuenta de que a veces se pone rompepijas.
—Ufff… —decimos—, ya empezó
Sabemos que la mañana va a ser eterna y cada minuto un cuentagotas.
—Hubiesen estudiado si no quieren trabajar —dice.
Me brotan lágrimas de los ojos. Me dice “DROGÓN”.
—Ya vengo —dice Andy. A escondidas se toma un pase o le da una pitada a un porro.
La risa hace las horas menos tortuosas. El porro y la merca a Andy lo anestesian de la realidad. Al rato la culpa lo remuerde:
—Tengo que ponerme las pilas. La semana que viene arranco el tratamiento.
Ni bien lo dice, le pide plata adelantada a Javi. Trasnocha. Al otro día no viene.
—“TENGO QUE PONERME LAS PILAS —le repite a Javi por mensajes de textos—, Y ARRANCAR EL TRATAMIENTO. MAÑANA VOY. DISCULPAME, BESTIA”.
//.
—Vos sos de otro mambo —dice Andy—. Venís acá porque no te queda otra. O para reírte. ¿Vas a decir que no?
Falta dos días seguidos. Viene sin dormir, pero me deschava. Delante de Javi, que tiene ilusión de que voy a ser oficial y a dejarme comer las manos por la cal. Nos reímos. Digo que sí. Me justifico con que el pueblo mucho no ofrece.
—Me iría a otro lugar —digo. Una idea repetida en mi cabeza. Voy a morir acá, eso ya lo sé—. Más de una vez me dieron ganas.
¿Irme? ¿A dónde? No sé. Sueño con paisajes silvestres, eucaliptos, vacas y caballos. O ríos de aguas cristalinas y piedras.
—¿A dónde vas a ir vos? —dice Andy—. A Cazón
Cazón es una localidad que queda a quince minutos del pueblo.
Mi segunda casa es la obra, dice Javi. Me da bajón. Pocas veces nos vamos temprano. Pienso en la cal, el cemento, los ladrillos, la arena. En mis manos resecas, cuarteadas y en los pelos duros que no me suavizan el shampoo ni la crema enjuague.
A otro patrón, cuando recién empezaba, le dije que la crema de manos era de “puto”.
—¿Ah, sí? ¿De puto? —me respondió —. Ya te vas a dar cuenta.
Ahora, cada vez que me acuerdo, uso la crema y en mi cabeza resuena: “¿Ah, sí? ¿De puto?”, “¿Ah, sí? ¿De puto?”, “¿Ah, sí? ¿De puto?”.
Y un golpe final:
—Ya te vas a dar cuenta —como un mazazo.
//.
—Agachate —le dice Javi a Andy, que apenas puede pasar por debajo del caballete—. ¿Qué tenés en el lomo, un asador?
Me río. Del ingenio y la crueldad. Pienso en un Jesucristo colgado en una cruz de hierro. Si la risa no existiera (ese antídoto a veces cínico y angustiante) lloraría como la vez que vinieron Bananas en pijamas al Club Urso y me perdí y me consolaron y, agarrado a ellos, les pedía:
—Quiero ir con mi mamá. Quiero ir con mi mamá — Como las veces que pienso en el Jesucristo colgado en una cruz de hierro, cuando Javi repite “¿QUÉ TENÉS EN EL LOMO? ¿UN ASADOR?”.
//.
Cansado de escucharlo, le pregunto:
—¿Cuántas veces cumple años tu hija? ¿Cinco, seis? No para de cumplir años.
Desde que trabaja habla de ahorrar cuarenta mil pesos. Del salón de fiesta y de la torta.
—Tengo el cumpleaños de la nena. Tengo el cumpleaños de la nena —dice cada semana.
Se suena la nariz. Javi me mira y dice:
—Agarralos, que ahí se cayeron veinte mil pesos.
Cada día, a mitad de mañana, el cumpleaños de la nena se hace un charco de mocos.
//.
La vez que le dije que la albañilería era un rubro cruel, Javi me pedía “SI QUERÉS”, “POR FAVOR” para que le alcanzara herramientas.
Escucha. Fue al psicólogo. Dos o tres sesiones.
—Antes de ir, mandaba todo a la mierda —me contó—. Era medio loquito. Me rayaba y dejaba todo.
“NO ME CONTESTÉS”, dice también. Me río:
—¿Qué sos? ¿Mi papá? —le respondo—. Manteneme, entonces.
Es penoso, pero nos provee. Primero de plata. Después de los alimentos que compramos.
¿Qué sos, Javi? ¿Mi papá?, pienso en la despensa. La guita no me alcanza, papi.
//.
Javi y yo hablamos de “MENÚ”. Andy lleva sánguches de milanesa o mortadela. Nos convida. Él come menos que Javi y yo.
Falta. Le enviamos mensajes:
“PARA MAÑANA DOBLE MENÚ” “¿QUÉ TE COCINÓ TU VIEJA?” “A LAS DOCE QUEREMOS COMER” “DALE, VENÍ QUE ESTAMOS CAGADOS DE HAMBRE”, “EXTRAÑAMOS LO SANGUCHITOS MÁS QUE A VOS”.
//.
A veces Javi se pone serio. De golpe deja de joder. Entonces nos ponemos serios. Me da culpa. Pienso que el trabajo se estanca. Que Javi va a cobrar menos que nosotros.
—Para trabajar con cara de culo —dice Andy—, me quedo en mi casa.
La tensión me da lástima y ganas de reírme. Me pone ciclotímico.
—A veces se gana —dice Javi—, a veces se pierde. Qué se le va a hacer.
Es cierto. Pero él no puede perder. Debería perder menos y ganar más. Tiene tres hijos, un alquiler, dos empleados. A Andy y a mí, y a los que dependen de nosotros. Un árbol genealógico.
//.
Andy tiene treinta y tres años y el pelo negro. Javi y yo, veintinueve. Nacimos el mismo año. Yo no tengo canas. Javi sí. Lo llamamos “El abuelo” o “El abu”. Le digo que en diez años va a parecer una momia. Le falta el vendaje.
—Qué un capo que sos, Abu —le digo—. La verdad que te felicito.
—¿Por?
—Sos un viejo choto, pero te cogés a una pendeja —la señora tiene la misma edad que él.
—Ustedes me hacen sacar canas, cabezas frescas —dice—. A la madrugada me despierto mientras ustedes duermen. Con la cabeza fresca, cualquiera vive. Así es fácil.
No sé si es feliz. Tal vez nunca sea feliz. Nació en la felicidad del trabajo. Al revés de lo que la felicidad pide: no mucho ocio, pero tampoco mucho trabajo.
//.
—Mañana no vengas drogado —le dice Javi a Andy.
Al otro día fuma porro en la obra. Le usa las mejores marcas de perfumes al dueño de la casa que estamos refaccionando. Dice que son muestras de AVON y que la novia le regaló un perfume de siete mil pesos.
—¿Y vos qué le regalás? —le pregunto. Nunca tiene plata—. Ni siquiera pagás la comida —le digo.
—¿Yo? Nada —responde—. Pero si algún día se enferma, voy a estar ahí.
¿Ahí, dónde? ¿Empujando una silla de ruedas? ¿Al lado de una cama de terapia intensiva?
¿O al revés? ¿La mujer atendiéndolo a él? Porque más de una vez dice:
—Ni loco llego a los cincuenta.
//.
—Mañana techamos —digo—. Mañana —vuelvo a insistir—, se come costillar o lechón.
—Soñá vos, nomás —dice Javi. Nunca paga chuletas o choris. Esperamos a que los dueños paguen carne. Además, esos días se trabaja menos.
—¿Qué? —digo. Finjo sorpresa—. ¿No sabe el dueño que cuando se techa los albañiles comen?
El viernes nos vamos de la obra sin cobrar. Sin costillar ni lechón hasta las ocho de la noche. Ni el resto de los días porque lo que cobramos no nos alcanza.
//.
Digo que trabajo de albañil y me da vergüenza. Es un lío para mí. La gente sabe que hay patrones. Les hablo de las pirámides de Egipto y de los esclavos. Se me viene a la cabeza el verso “¿Quién construyó las pirámides de Tebas?”, de Brecht. Pero me callo. Prefiero el silencio.
—Quizás ahora no se usen látigos —jodo. Se me bloquea la mente.
—Es un lindo oficio —dicen todos.
—Sí… —les respondo—, qué sé yo.
Vi arte en la albañilería. Una mucheta. Un filo o el movimiento del fratacho. Hoy, una radio encendida a alto volumen, cumbias y locutores misóginos. La hora en que el programa de 8 a 12 se termine (o la radio explote en pedacitos) y el locutor deje de decir:
—Para vos, mamita. Auspicia este tema “Milanesas Milano”. Las mejores milanesas hechas con amor —Y que Leo Mattioli de fondo cante “Ay, amor, qué linda estás”.
//.
—Bueno… —dice Andy, agarra la mochila—. Me voy.
Son las once de la mañana. Javi le responde:
—En sangre te vas a ir vos.
Después de diez pastones, mientras Andy lava la máquina, le digo:
—Che, dice aquel que ahora trae gasoil para que le pases.
Me responde:
—Decile que se vaya en sangre. Me tiene podrido.
Lloro. No puedo más. Me quedo sin aire.
—Pará, hijo de puta —Me muero como si me estuvieran matando a cosquillas.
No me voy en sangre, pero me voy en risa. Me retuerzo. Me mareo hasta que las costillas me duelen. La risa también es dolor.
//.
Hay albañiles y albañiles. Primero los timberos, putañeros y alcohólicos. El oficio los eligió para cavarse su tumba. Después los que creen que con sacrificio llegarán a constructores y tendrán a cargo quince empleados. Los malos no son los primeros, sino los segundos que terminan en la mezquindad. Pagan para que el empleado coma (abundantes platos de arroz y queso con milanesas) y vuelva al trabajo. Repiten lo que alguna vez hicieron con ellos: un poco de migaja para endulzarse los bolsillos.
//.
Javi me cuenta:
—Nos dijo que demoliéramos la casa. Vendimos el cobre, el plomo y el aluminio. No sabés, amigo. Íbamos a la carnicería a las ocho de la mañana, comprábamos Fernet.
Se dilapidaban la plata igual que el patrón.
¿Era una réplica o parte de la misma infelicidad?
—El patrón no nos decía nada —dice Javi—. Igual nos pagaba una mierda.

Ilustración: Santiago Grunfeld
//.
Llega. Estamos tomando mates con Andy. Yo aburrido de escucharlo. No deja de hablar. Me da consejos y se queja. Está intoxicado. En la sangre le corren glóbulos de merca.
—¿Qué hacen? —dice Javi—. Me voy y no hacen nada. Ustedes me van a fundir.
Lo leo cuando salgo del trabajo. “DROGÓN PONÉ EL AGUA”, me escribió por mensaje.
//.
Descubrimos que Andy cada vez que tiene plata falta.
Javi le dice:
—Si vas a seguir faltando, no vengas más.
—La semana que viene empiezo tratamiento —le responde. Miente: se refriega los pelos y la cara.
Al otro día no viene. Los mensajes no le llegan hasta las diez de la mañana.
—Este no va a durar mucho —dice Javi—. Hace todo sin ganas.
Yo tampoco, pienso. Él cree que sí. Porque trabajo más que Andy a pesar de que boconee y diga malas palabras:
—A vos habría que mandarte al medio del campo —me dice cuando puteo o eructo—. ¿No ves que hay vecinos, pelotudo?
//.
“TE DIGE QUE SOS RE LABURADOR”, “BAMOS A LA OBRA”, “QUE LE VA ASER”. Los mensajes que escribe Javi al principio me daban bronca. Después no. La ortografía en las personas es la última letra de su abecedario. El ABC es lo que importa. Para entenderlo hay que dejar de creerse superior.
//.
—¿Así que vos sos hijo de…? —dice Andy—. Cómo no me voy a acordar. Vos andabas con un parche en el ojo, ¿no? Ya sé quién sos.
A media mañana, me dice:
—¿Qué pasa, piratita?
Me acuerdo del bullyng que me hacían de chico. Del parche y el Pirata Morgan. De las veces que no fui a cumpleaños para que no me dijeran “PIRATITA”.
//.
A Andy lo apodamos “El Matador”. Cada mujer que pasa por la obra, él se la cogió o estuvo a punto de cogérsela.
—Tengo algo especial —dice. No sabemos si se refiere a la pija o al chamuyo.
Les grita a las mujeres. Las mira de arriba abajo. Les mira el culo y las tetas.
—Qué linda mañana —dice, y volea los ojos en una pendeja con calzas.
—Eso es acoso —le digo—. Vas a ir preso.
—Qué acoso, bobo —dice—. Yo hablo de la mañana.
Y murmura:
—Qué pendeja hermosa. Terrible culo. Trece y parece de veinte.
//.
—Hay que agradecer de estar vivo —dice Javi—. No nos queda otra. Tenemos que ser felices.
Siento admiración cuando dice: “Tenemos que ser felices”.
Qué valiente, pienso. La madre lo abandonó. No le importa. La perdonó.
Hasta que arriba del andamio se enoja:
—La puta que la parió —dice—. ¿Para qué mierda me habrá parido la puta esa?
//.
Andy ve las cosas fáciles. “NO ES MUCHA CIENCIA. “SI QUERÉS, PODÉS”. “AHORRÁS UNOS PESOS Y LISTO”, dice.
—Hay que laburar —la cara es poco creíble—. No queda otra. Yo no tengo problema —El primer día cavó una zanja de un metro de hondo. Se quedó hasta la seis de la tarde.
Javi y yo revocamos una pared. Al mediodía pedimos un pastón más, y Andy dice:
—¿Qué te creés? ¿Que soy bolita? Hice como veinte pastones. Esto ya está fuera del presupuesto, capo.
—¿Sabés la palabra mágica? —le dice Javi—. Andá, nomás.
//.
—Me quemaba la cabeza —me cuenta Javi—. Yo vengo a laburar. A mí no me importan esas cosas.
—¿Y qué te decía el curandero? —le pregunto.
—Que prendiera velas. Me dijo que iba a progresar.
Le hablaba de velas y santos.
—Hay que convivir en el trabajo y no podés. Faltó un día y le dije que no viniera más.
//.
Suelda dos perfiles.
—Con esto tengo el día hecho —dice Andy.
—¿Cuánto cobrarías por este laburo? —le pregunto.
—Mínimo diez lucas —dice.
Saca una foto. La sube a las redes. “TRABAJO LISTO”, escribe. Después se acomoda los pelos. Se saca una selfie.
Cambia la foto de las redes como de calzoncillos. Sube estados. Mira las visualizaciones cada dos minutos.
—Todas mujeres me miran los estados, ¿ves? —y me muestra.
Manda un audio:
—¿Qué hacés, bonita? —dice.
—Cómo está El matador —decimos Javi y yo.
—Ustedes no saben nada —dice—, esta minita me escribe siempre.
Nos muestra la foto de perfil. No tiene dieciocho años.
—Revienta la bailanta, ya comienza el show, ha vuelto El matador, ha vuelto El matador —cantamos Javi y yo.
La mujer le hizo borrar un contacto de Instagram.
—Se pone celosa aquella —dice. Después nos cuenta que cada fin de semana se ve con diferentes mujeres.
//.
—No me voy a hacer una casa —dice Javi—. Ni loco.
Cuando vivía con el padre se construyó una casita de un ambiente en el fondo.
—Ya lo hice —Ahora la alquila.
Cuando los hijos sean grandes va a recorrer el país.
—Ya lo hablé con mi mujer.
—¿Y está de acuerdo?
—Sí.
Lo miro. No parece. No es un hippie. Es raro que un albañil no piense en la posibilidad de una casa. Que piense viajar. Irse a vivir a una casa ya hecha.
—Total —dice—, cuando se muera mi suegra tenemos esa casita.
—¿Vas a esperar a que se muera? —le digo. Me muerdo los labios para no reírme—. Sos un hijo de puta.
—Y, sí —me dice—, algún día se va a morir.
Nos quedamos en silencio. El agua del mate está fría.
—La voy a refaccionar —agrega—. Voy a invertir ahí.
Le miro las canas. ¿Serán genéticas o de renegar?, pienso.
¿Para qué quiere un albañil saber el oficio si no es para hacerse su casa?
Quizás la repuesta no la tenga un albañil. Quizás los sueños de las casas propias estén desapareciendo, muy de a poco y muy de a poco no nos estemos dando cuenta.

Ilustración: Santiago Grunfeld
Tambien disponible:






