












UN MODO DE CREER, por Sol Barrionuevo.
1.
Del otro lado de la puerta estaba F, en una mano traía a su nuevo novio y en la otra un plantín. Feliz cumpleaños amiga, aquí nacen las mariposas, dijo F enamorado mientras me apretaba en un abrazo de los suyos y se perdía rápidamente en las guitarreadas del jardín. Así como llegó, envuelta desde su base en papel de colores y un moño abrochado, apoyé la pequeña maceta en una mesita llena de plantas que habita en el patio de nuestra casa, no sin antes chusmearla: chiquita, flaquita, común.
Al día siguiente viajé con mi familia a la costa, quizá el regalo más deseado, recibir mis años junto a una primavera de viento y sorpresas. Mi hija conociendo el mar, saludándolo, escapando de sus olas, y yo, de alguna manera, volviendo a conocer, como pasa con las experiencias desde que las madres somos madres, todo parece nuevamente visto, tocado, probado, olido. Casi todo es reencuentro, casi todo es otra cosa.
Busqué flores, helechos marinos, la cola de una ballena que no he vuelto a ver desde mis trece y se convirtió en una imagen onírica, ese animal enorme y hermoso que dos por tres bucea en mis sueños y quiere decirme algo. Busqué en la orilla y en el médano aquello en lo que siempre hurgo lejos y cerca de casa, que las formas de lo natural despierten mis sentidos una vez más, que me digan alguna cosa, que dialoguen con mis recuerdos.
Mirá hija, mirá esta flor, te la regalo
2.
Plantita espero estés bien, me digo en el pensamiento mientras caliento una porción de leche en un cacharro a las dos de la madrugada. Esto sucede en el medio de la noche, pero en un instante que he dado en considerar pragmático y esclarecedor porque resulta revelador de asuntos que requieren resolución a corto plazo, como ser, el hecho de aprender a manejar de una vez por todas o agendar un turno en el podólogo a pesar de que dos años atrás le dije muchas gracias, maravilloso, vuelvo el mes que viene.
En ese espacio de las cosas automáticas, incontable, impreciso y silencioso, a la luz azulada de una hornalla evoco dos cosas: mi gata Amapola (¿nos extrañará?) y el plantín de F, ya mío, olvidado e intacto (¿aún envuelto?) en el patio de casa. Pensar en su muerte, la del pequeño injerto, me quita el sueño por unos minutos y luego se refugia en el necesario olvido. Le escribiré cuando sea de día a mi madre: por favor no olvides regar ese cachito de verde que ya ha sido abandonado por mí.
3.
Dice Lola Randl en su novela El gran jardín: en alemán <brote> se dice igual que pulsión: Trieb. Una pulsión se siente como una urgencia irresistible. Las plantas y los animales no piensan en oponerle resistencia a la pulsión, mientras que el hombre posterga y transforma sus pulsiones cada vez más.
Volviendo de viaje me llega un mensaje: nació N, sobrina del amor que se anticipa en el mundo y brota. Nació N, repito y grito, o quizá lo haya susurrado, en ese surgimiento de emociones que la vida impone. Siento cosquillas en el cuerpo, la adrenalina de aquello conocido y misterioso a la vez. Mi amiga ha parido y quiero saberlo todo, pero más quiero abrazarla, besarle la frente.
El nacimiento no espera, surge y lo reversiona todo, es la revolución en su sentido más primero. Es cierto que somos mamíferas ahí donde todo comienza, ese fenómeno en el que el instinto de lo salvaje nos acoge por completo.
Acaricio a mi hija que mira por la ventanilla del auto y lleva mi dedo índice entre sus manitos,
Mirá hija, nació bebé N, mirá lo que es.
4.
La Asclepias Mellodora es una planta nativa de nuestra región, y es una de las especies hospedera de la mariposa monarca, más conocida por la predominancia del color naranja de sus alas. Es un arbusto de tallos altos y hojas lisas que florece prácticamente todo el año, su flor es blanca y delicada, a diferencia de la especie Curassavica, exótica, cuyas flores rojas y amarillas son imponentes y vistosas. En cualquiera de ellas la mariposa hembra deja sus huevos, que al cabo de unos siete días eclosionan y emergen orugas pequeñísimas. Luego de diez o doce días más, dependiendo de la temperatura ambiental, quintuplican su tamaño y se deciden a pupar. Que pupan es otra manera de decir que se transforman nuevamente, ahora en algo llamado crisálida, una suerte de caparazón en el cual terminan el proceso de maduración. La crisálida permanece quieta y colgada todos esos días, allí donde la oruga lo quiso, mientras en su interior, tan sigilosamente, se engendra un exquisito caos.
Se sabe por la evolución que los colores y dibujos de la mariposa, tan fascinantes, funcionan como técnica intimidante hacia sus predadores, quienes se distraen por un momento, desconcertados y atrapados en la belleza. Esto último pude observarlo en mi gata Amapola, quien mareada intenta atraparlas mientras ellas, no todas las veces, escapan perspicaces como danzando un twist.
5.
Me paso un rato largo observándola, la oruga come a una velocidad impensada para su tamaño. Es ciega y usa todo su blando cuerpo estirándose para oler, distinguir dónde hay más hojas. Henchía sin cesar, come hasta dejar la planta esquelética y caga unas pelotitas minúsculas. Durante los días que lleva aquí ha cambiado de piel unas cuantas veces, quiero pezcarla cuando lo hace pero es la ley: los humanos nunca estamos lo suficientemente cerca de esa metamorfosis.
Hola, le decimos. Mi niña está upa, sus ojos acarozados brillan y siguen al bichito de aquí para allá, sus manos no se contienen, quiere agarrarlo. Subo la oruga a sus dedos y bailamos un ratito las tres.
6.
Me despierto y la observo, ya es hábito. He tenido que entrar las macetas a la casa porque la semana pasada una avispa se comió una oruga. De todos sus depredadores, las avispas han sido las más crueles, vi un video probatorio en YouTube que al cabo de cinco segundos quité y pedí consenso familiar para entrar las plantas incluidos, por supuesto, sus huéspedes. Al fin de cuentas, la ley de supervivencia siempre se adelanta y dice aquí estoy, recuérdame, pero qué tristeza sentí ese día de muerte fugaz de la oruga.
Como era de esperarse, el momento de transformación a crisálida sucede en nuestra noche y no precisamente en aquel instante en el que caliento a fuego lento un poco de leche, donde también las vigilo. Me lo he perdido todas las veces pero me agrada que así sea, la sorpresa de la mutación me agarra despabilada. Es como pasa con los hijos: ¿cuándo bajó realmente ese dientito, cuando creció este pelito, en qué momento salió este lunarcito? Vemos sólo lo suficiente.
7.
Es verano y un día cualquiera: ¡hija! Vení a ver esto, nació la mariposa
8.
Panfleto de lo propio
Construyo una deriva a partir de doce imágenes que, según interpreto, relatan un modo de creer, una ilusión, un anhelo. Hago lo propio, escribo una experiencia. Observo y busco para dar a conocer un cachito de algo: vida, pérdida, el tiempo que llevan las cosas que no sé pero están ahí, interrogándome. ¿Cómo se cuenta lo más verdadero? ¿Cómo se cuida?
Imaginar formas infinitas, regalar una flor, criar mariposas. Volver a lo diminuto en su espanto y su belleza. Aprender una espera para enseñar a esperar. Dar a ver y nunca estar lo suficientemente lista para cuando, como en un bucle de enredaderas, mi hija me señala un escarabajo, una lombriz en la tierra o la luna de cada noche. Ya no saber si soy yo o es ella quien me revela el mundo.







hermoso!