“La escritura es el duelo, aún sabiendo que no hay nada que pueda ser sustituido, en particular cuando un interminable velo no permite ver qué hubo ahí, cuando lo que queda es tan poco (…)
Lopérgolo, J.
Pero yo no me olvido e insisto
Bendersky, L.
El hombre es alguien a quien le falta una imagen.
Quinard, P.
La realidad humana es frágil.
Fochi. P.
“Hace poco encontré un álbum de fotos en un armario en el pasillo de la casa de mis papás. Estaba al fondo, como olvidado. (…) Este álbum de fotos es la caja negra familiar. Se trata de un período de tiempo silenciado, por eso lo miro a escondidas en el baño de invitados. Cada vez que le pregunté a mi mamá por esos años me contestó que representaban un momento muy doloroso de su vida.” Escribe Lila Bendersky.
“En la foto hay una insistencia del referente de hacerse presente”, dice Barthes. La foto repite, de manera infatigable, interrumpiendo cualquier diacronía lógica del tiempo, lo que jamás podrá repetirse en nuestra existencia. Yace inmóvil, obstinadamente quieta, frente a nosotros, los supérstites, que buscamos incansablemente evidencias, rastros de lo que ha sido, y no será jamás.

Un cactus en el medio puede ser algo que crece en medio de un terreno poco favorable, lo que crece a pesar de. Puede ser también algo molesto, algo que no puede no verse, algo lo suficientemente visible y presente como para incomodar el paso, algo que uno tiene que esquivar, hacer un movimiento de panza, hundirla -hundirse-, ponerse contra una pared y hacerse más finito para no pincharse. Es una presencia árida que impone distancia, sólida, erguida como una Efigie. Presente.
Un objeto inquietante y obstinado.

Un cactus en el medio de Lila Bendersky comienza con una muerte. La muerte de su hermana Florencia, de siete años, a causa de una meningitis bacteriana. “Mi mamá todavía se acuerda de ese ruido estruendoso”. Fue un 31 de diciembre por la noche, en las vísperas de un año nuevo. Afuera, los fuegos artificiales, la renovada esperanza de un año que apenas tenía unos segundos de vida. Adentro, el ruido ensordecedor del silencio, del llanto, los gritos, la desolación. No hay medida, no hay parámetro, sólo un instante, entre la vida y la muerte.
Horas después, mientras esperaban el auto que los llevaría al cementerio, cuenta -porque le contaron- que su padre le dijo a su mamá que debían tener otro hijo, que si al lugar donde vacacionaban ese verano habían ido seis -ambos padres y cuatro hijos- debían volver siendo seis.
Y ahí está ella, Lila, quien escribe esta historia. Nace nueve meses después de la muerte de su hermana. Ese es el mito de su familia, dice, el de “siempre ir para adelante”. Ese es el mito que le cuenta su origen.
¿No es siempre mítico el origen?
Una especie de velo en forma de relato y fantasía cae sobre aquellas tinieblas a las que no tenemos acceso. Un tejido que tiene la hechura de una novela familiar -ese fino límite de palabras -que ponen límite a la fascinación como dice Quinard-, y que amortiza lo que de otra manera es insoportable de escuchar. Un manto que cubre lo extranjero y lo monstruoso, lo radicalmente inhumano, pues el origen es una escena en la que no estuvimos y la novela familiar, fecundo relato poblado de accidentes que nos contamos una y otra vez, sea acaso una forma de meditar sobre aquellos orígenes. De allí venimos. “El origen está siempre antes de la caída, antes del cuerpo, antes del mundo y del tiempo (…)” escribe Patricia Fochi.
Una intrincación del mundo que se constituye a partir de un elemento sustraído, de un fragmento, de un trozo, de una imagen que no podrá ser, en última instancia, reponible. Y que se vuelve, como escribe Juan Ritvo, un enigma acuciante e irresoluble.
Un cactus en el medio es relato, por momentos es entrevista, en otros tiene las pinceladas de un diario. Es todo eso y es también una construcción que se hace a modo de escritura íntima sobre el trasfondo de una pérdida que resulta fundacional. “Mi hermana Florencia no vuelve, pero yo quiero que exista.” Construye una realidad donde una hermana comienza a tener existencia plena o, como lo llama Vinciane Despret, un “resplandor de realidad”.
“La muerte de mi hermana va a impactar en el tejido familiar. Y el sonido de ese impacto se va a escuchar muchos años después”.

Mientras en el cielo estallaban fuegos artificiales, el mundo para sus padres se había agujereado. Acaso eso, en ciertos momentos y en algunas circunstancias, implique una muerte, la pérdida de los andamiajes que hasta aquel momento sostenían la vida. Una ruptura de la que no quedan sino añicos, partes quebradas, sueltas, desparramadas por todas partes. Un estruendo ensordecedor en el que es radicalmente imposible aunar las partes.
Acaso eso implique un duelo, un mundo dañado, una pérdida real y una creación que lo torna imposible de generalizar. Un abismo en el vértigo de un dolor intolerable a la experiencia humana.
“Un agujero creado en la existencia”, dice Lacan.
Un dolor insoportable que no coincide necesariamente con la desaparición de alguien porque no sabemos, ni podemos anticipar, ni mucho menos prescribir, un duelo allí donde hay una ausencia. Porque ocurre que duelo y muerte no son lo mismo, como dice Julieta Lopérgolo en una lectura que hace de El velo negro de Duperey, también dice que el duelo no es una operación exacta.
Lila Bendersky en Un cactus en el medio hace un trabajo, el propio. Hace un trabajo de escritura, un trabajo de descomposición, desenhebra el mítico tejido familiar. Vuelve a los lugares donde estuvo Florencia, el departamento de Uruguay “El Vanguardia”, en el que se quedaban durante las vacaciones. Habla con las personas que estuvieron en la vida de su familia en aquel momento, los amigos, los hijos de esos amigos, un rabino que acompañó a sus padres. Va al cementerio, encuentra la tumba. Graba, hace preguntas, habla y por momentos balbucea de angustia, busca, se pone a escribir y la escritura comienza a ser ese agujero donde la vida se cuela, una pequeña laminilla donde poder mirar sin quedar deslumbrada, un modo de volver a mirar a nuestros muertos y una nueva manera de vivir con la ausencia hecha pérdida. “Escribo desde el derrumbe que dejó mi hermana. Que no se repara con nada”.
Como dice Blanchot, “escribir es hacerse eco de lo que no puede dejar de hablar”.
Escribe, cuando llega a un departamento parecido al que se alojaron en aquellas vacaciones donde todo colapsó: “Empiezo a imaginar dónde mi mamá apoyó los bolsos con juguetes y ropa ese verano del 88 que llegó con Florencia enferma. (…) Eran seis en un departamento que no debe llegar a los 35 m2. Se escucha todo desde todas partes. ¿Dónde entraba la tristeza? ¿Dónde lloraban mis papás a mi hermana? ¿Cómo fue volver y habitar una casa donde faltaba una hija?”
¿Cómo se inscribe una pérdida que nos antecede? ¿Cómo se le hace lugar a un muerto, muerto antes de nuestro nacimiento? ¿Cómo hacer un duelo cuando hay un vacío radical, cuando las huellas de la vida que desapareció no están? ¿Cómo tejer una pérdida -pérdida a secas- sin caer en la negrura y la fascinación de un abismo de fauces abiertas?
“No quiero borrarla del lenguaje (…) Quiero nombrarla, quiero traerla a la vida, sin que eso nos destruya. Quiero coserla al entramado.”

¿Por qué faltan los muertos?
“La historia de Florencia sobrevivió silenciosamente en el entramado familiar. Como un arbusto que trata de crecer entre dos rocas, como un rosal que con sus espinas está listo para pinchar a quien quiera arrancarlo.”
Lo cierto es que nada garantiza que falten los muertos. Quiero decir, que una ausencia devenga pérdida. O, como dice Patricia Fochi, no va de suyo que haya hallazgo de una pérdida ante muertes o separaciones. Ni el duelo es una operación exacta ni la pérdida es un dato o un hecho objetivo.
El duelo abre una hiancia que coincide con un abismo esencial. Allí, el rito -acto simbólico colectivo- “introduce una mediación con respecto a ese abismo que el duelo crea”, dice Lacan. Una mediación frente a algo tan real como inasimilable. Y frente ese exceso que desborda, la respuesta nunca es unívoca ni generalizable. Es algo que sucede en una especie de tiempo siempre presente, imposible de situar o contabilizar, una especie de comienzo que no termina. Como dice Lila Bendersky en una nota que le hacen a propósito del libro: “Yo siento que el duelo por Florencia está ocurriendo.” Esa especie de forma verbal que no tiene tiempo, ni persona, ni número. Acaso algo similar sea un duelo.

Hace unos días, en medio de esta escritura, llegó la invitación a participar de un encuentro en Rosario en el que se conversaría sobre un texto de Juan Ritvo, “El ensayo de interrupción”. El ardor de su pensamiento y su producción hizo que su partida fuera, cuanto menos, intempestiva. ¡Es puta la vida!, me dijo alguien. Y no hubo velorio donde poder enfurecernos con la muerte de la luz.
En las palabras que dieron inicio al encuentro se citó la famosa conferencia de Scaloni previa al partido con los ingleses en la que dijo que, lo que se disputaría “no era más que otro partido de fútbol” y, situando el recurso a la negación como aquel mecanismo que nos permite decir algo a condición de negarlo, se dijo que “esto no era un homenaje”. La risa hizo comunidad, todos entendimos el guiño. La gran mayoría, además del obvio interés que nos genera leer a Juan Ritvo, estábamos ahí por algo. La respuesta -pese al intento objetivo y sesudo de obedecer al convite: hacer una lectura de un ensayo del autor- se colaba en la charla. Y es que no podían no aparecer las anécdotas y los recuerdos. No hay interrupción sino en acto y, como dijo Carlos Kuri, estábamos en el velorio que no fue.
Los ritos no resuelven los duelos, son apenas un velo a la verdad que emana del encuentro con la muerte: la de una vida indócil que se interrumpe para siempre.
“El aprender a vivir, si es que queda por hacer, es algo que no puede suceder sino entre vida y muerte. Ni en la vida ni en la muerte solas. (…) y el exordio nos arrastra a ello: aprender a vivir con los fantasmas, en la entrevista, la compañía o el aprendizaje. Y ese ser-con los espectros sería también, no solamente pero sí también, una política de la memoria, de la herencia y de las generaciones.” Derridá.

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