La pantalla de la notebook abierta sobre el escritorio del estudio nos devuelve el reflejo de nosotros dos con un vaso de whisky en la mano cada uno, esperando que Leila Guerriero se conecte por videollamada (necesitamos relajarnos: hablar con Leila nos intimida un poco). Gotas de llovizna se van acumulando en la ventana que hay detrás de la computadora. Hace frío y es de noche, a pesar de que el reloj marca las 18:55. Leila es puntual: a las 19:00 asoma el cartel verde de solicitud para entrar en la llamada.
Leila Guerriero no se define como escritora: ella escribe. De hecho, desde que publicó su primer libro, Los suicidas del fin del mundo, en 2005, los títulos no han dejado de sucederse. En 2009 reunió en Frutos extraños una selección de crónicas escritas entre 2001 y 2008, y en 2013 publicó Una historia sencilla. Luego vinieron Teoría de la gravedad (2019), La otra guerra (2021) y La llamada (2022). Esta enumeración se queda corta: hay muchos otros libros, intervenciones y trabajos que forman parte de su obra y que nos llevaría varias páginas mencionar en esta breve reseña. Su producción, extensa y en constante movimiento, abarca campos, paisajes y personajes tan diferentes que resulta difícil descifrar un tema predominante o un hilo conductor, más allá de la potencia narrativa y vital de su escritura. La crónica de una competencia de malambo, la vida de Bruno Gelber, el retrato de una exmilitante secuestrada en la ESMA o el drama de los soldados caídos en Malvinas son apenas algunos de los temas sobre los que ha escrito.
Leila está ahora allí, frente a nosotros, con una biblioteca repleta como fondo, en algún lugar de Buenos Aires donde —suponemos— también llovizna. Antes de empezar la entrevista hablamos de los talleres de escritura que dicta, de Juan Ritvo y de gatos: nuestra gata está en celo, aúlla sin parar y termina irrumpiendo, inevitablemente, en la conversación. Leila nos pregunta su nombre, nos habla de su gata, quiere saber a qué nos dedicamos. Sin que nos demos cuenta, es ella quien empieza a hacer las preguntas. Tiene la rara habilidad de invertir los papeles: la charla ya fluye con naturalidad, la entrevista empezó hace varios minutos y fue ella, no nosotros, quien la puso en marcha.
Queríamos iniciar la conversación preguntándote por algo que dijiste en la entrevista con Rebord. Cuando te preguntó acerca del momento en el que decidiste ser escritora, vos hiciste énfasis en aclarar que tu voluntad y tu deseo era el de escribir, no el de ser escritora. ¿Qué significa esta distinción? ¿Es una distinción que seguís sosteniendo?
No recuerdo qué dije en esa conversación con Rebord porque fue larga… fue muy linda también. Lo que yo recuerdo es que cuando era pequeña, y tenía ya desde muy temprano clarísimo que iba a escribir, la frase que decía era “yo quiero escribir”. Yo no decía: “yo quiero ser escritora”. Supongo que en un punto tiene que ver con una posición —obviamente en aquel momento no tenía nada claro ni lúcidamente pensado, pero lo sentía con esa potencia con que sentís las cosas en la infancia—. Me parece que uno siempre tiene que estar en un estado de amateurismo. Y eso lo sigo sosteniendo.
Con la escritura, digo. O sea, no quisiera que me operara un cirujano amateur, para nada, quisiera que fuera una persona muy cirujana. Pero cuando en la escritura, o quizás en cualquier otra labor creativa, digamos, cualquier arte, sea el baile, sea la pintura, o lo que sea, te transformás en una especie de profesional, hay algo del entusiasmo, del deseo, de la chispa primal, si querés, que creo que se pierde. Antes o después, cuando te dedicás a algo de manera insistente, como es el caso de la escritura, a veces tenés que echar mano de esas herramientas profesionales, entre comillas, y decir: “bueno, tengo que resolver este texto que me comprometí hoy para entregarlo mañana: una columna urgente sobre algo que pasó de manera urgente”. Ahí aplicás eso. Son treinta y pico de años de laburo que sirven para poner en marcha una herramienta, incluso de manera un poco forzada.
El otro día escribiste algo sobre el Indio Solari…
Claro, pero eso fue algo que yo quise escribir. O sea, es un compromiso que yo asumo ante mí misma. Cuando sos columnista, a veces pasan cosas a las que sentís que tenés que responder en voz alta. Yo trato de decir cosas solo cuando siento que tengo algo para decir acerca de eso… porque pasan muchas cosas en el mundo. Estuve ahora en Madrid durante la visita de el Papa León…Yo escribo mucho sobre la Iglesia (en contra generalmente) y la verdad es que leí una columna de Juanjo Millás y después dije: “yo después de esta columna no puedo decir absolutamente nada más”, porque Juanjo Millás planteaba que quizás estemos ante el primer papa algorítmico de la historia; en el sentido de que a los ateos los dejó conforme porque habló de determinadas cosas, a los católicos de extrema derecha los dejó conforme porque habló de tales otras, a los que son progresistas también los dejó conformes… O sea: a cada uno le encajó, digamos, un caldito de preparación perfecta. Y bueno, eso era lo que yo sentía. Y para mí no tiene sentido salir a decir lo mismo. Pero yo sigo creyendo que la mejor actitud ante la escritura o ante algo creativo es sentir que cada vez lo vas a hacer por primera vez.
Me acuerdo que una vez lo entrevisté a Piglia. La verdad lo entrevisté varias veces, pero la primera vez que lo entrevisté, él había sacado una novela que se llama Blanco Nocturno. Creo que hacía trece años que no publicaba una novela, y ya era Piglia hacía rato. Desde Respiración artificial que ya era Piglia. Yo estaba un poco intimidada, y fue una persona encantadora, y nos hicimos muy cercanos después, pero en ese momento le pregunté si sentía un cierto vértigo ante el lanzamiento de una novela nueva después de no publicar durante trece años, o si ya era “bueno, nada, publico otro libro más”. Y él entonces me miró con ojos de pícaro y me dijo, rascándose el nudillo (siempre se rascaba así el nudillo): “si vos sabés: siempre es la primera vez”. Es un poco eso. Yo no quiero perder ni creo que perdí esa idea de que la escritura es lo importante. Ser escritor profesional… no sé. Yo me reconozco como periodista, o si querés como autora de no ficción, pero jamás me vas a escuchar decir “soy escritora”, más allá de que me presenten como escritora en congresos y la mar en coche, pero si cometen la amabilidad de preguntarme cómo quiero ser presentada, yo siempre digo periodista. Ya está, eso es todo.
Aparece muchas veces en tu obra la escritura (y la lectura también) muy asociada a la curiosidad.
Sí, la verdad es que yo soy una persona sumamente curiosa. Y creo que eso fue muy estimulado en mi casa por mi familia, por mis padres. No solo por mis padres, también por mis abuelos, pero de una manera muy concreta por mis padres. Mi padre, sobre todo, es un investigador básicamente. Un tipo que si nos íbamos de vacaciones, se pasaba tres meses previos leyendo. Suponte que íbamos a Salta o Jujuy, entonces se compraba libros de escritores salteños y jujeños, leía la historia de Salta y de Jujuy, empezaba a leer recortes de diarios viejos para ver a dónde se podía ir que no fueran sitios completamente turísticos repletos de gente. Si encontraba una mina perdida, buscaba la información acerca de la mina: íbamos de viaje con una carpeta repleta de papeles y de recortes de diarios y de libros.
Te ibas de viaje antes de irte de viaje…
Bueno, eso empezó con la lectura. En la lectura lo que te pasa es que aprendés cosas que todavía no aplicaste: no sabes cómo es estar enamorado y ya sabes cómo es estar enamorado porque leíste una historia increíble de amor, sabes cómo es besar antes de ser besada, sabes cómo es tener sexo antes de tener sexo. Es como una especie de vida paralela que tenés y que te genera una enorme curiosidad por saber cómo será todo eso en la vida real.
Digo: conocés el África antes de ir al África, conocés París antes de ir a París. Todas esas situaciones de estímulo a veces directo, concreto, creo que terminaron revirtiendo en este oficio que tengo, que es la mejor excusa para aplicar tu curiosidad todo lo que se te dé la gana, porque realmente un periodista tiene patente de corso para meterse en cualquier lado, siempre que te den entrada. En los primeros años como periodista, cuando trabajaba en Página/30, que fue mi primer trabajo, creo que marqué todos los rubros, ¿viste? Uno llega al periodismo, a veces —o yo por lo menos llegué— con una curiosidad infinita por meterme en lugares que siempre me habían dado curiosidad enorme y que no tenía ninguna manera de meterme. Un leprosario, un convento de monjas de clausura, las cárceles, los lugares para rehabilitación de adictos, los institutos de detención de menores, los barrios hipersuperhumildes y peligrosos, las zonas contaminadas… ¿Con qué excusa te vas a meter en esos lugares? Incluso con qué excusa vital, o sea, ¿vas a ir a un barrio humilde tipo zoológico a ver cómo vive la gente? Me parece horrible. Pero con el periodismo tenés un motivo. Entonces sí, creo que la curiosidad está en la base del oficio. Si perdés la curiosidad perdés todo, me parece. Porque también es lo que tracciona tu mirada, lo que hace que mires de determinada manera.
Antes lo mencionaste a Piglia y justo pensamos en él cuando preparábamos la entrevista… porque vos solés presentarte como una persona que escribe… y que corre. Y al leerte se me hizo presente una frase de Pavese que Piglia siempre cita en sus diarios: “narrar es como nadar”. De hecho, hay un texto hermoso en Teoría de gravedad que habla de correr y su relación con la escritura. En tu caso, ¿narrar es como correr?
Sí, se parecen mucho. Realmente yo no corro muy rápido, pero correr es correr, ¿no? Y la escritura es un poco lo contrario: la escritura es la lentitud. Una de las cosas hermosas de escribir es que vas pensando a medida que vas escribiendo, o sea, vas descubriendo qué pensás a medida que vas escribiendo. Y eso necesita tiempo, un desarrollo, no es que te sentás y en diez minutos hacés una columna: la hacés, la desarmás… Y correr parece que es una cosa de prisa… pero tienen muchas cosas en común. Creo que esa columna menciona alguna.
En principio, si corrés a diario, como hago yo, o trato de hacer yo (salvo en días de mucho trajín que no puedo salir), salís a correr aunque no tengas ganas. Y cuando escribís hay algo de eso también. O sea, cuando tenés que escribir, te sentás a escribir aunque no tengas ganas de escribir. La resistencia es muy parecida. La resistencia física para correr siete kilómetros es la misma que necesitás para sentarte a escribir un libro durante tres meses o cuatro, o un artículo durante quince días, y la que necesitás también para bancar un reporteo, una investigación durante muchos meses. Más allá de eso, a mí me pasa que durante muchos momentos en los que salgo a correr se me ocurren cosas para escribir.
Es un momento de creatividad…
Sí, creo que tiene que ver también con el efecto que tiene la poesía en mí. Son como tres cosas: la poesía (que yo no escribo), el correr y la escritura mía. Creo que cuando salgo a correr la mirada se vuelve una mirada muy poética, busca cosas: la luz, la copa de los árboles, las hojas, detallitos. A veces veo cosas mientras voy corriendo y digo, “¿Cómo podría escribirlas?”, aunque después no haga nada con eso. Pero qué bella esta luz que hay acá en la calle Pucha Pucha, suponte, y mientras voy corriendo me digo “¿cómo haría yo para describir esto?”, y voy pensando, y pensando, y pensando. Los momentos malos de correr son los momentos en los que vas con la cabeza muy vacía. Es lindo salir a correr y distraerse, distraerse en el sentido de salir del mundo. Y ese salir del mundo es lo mismo que te produce la escritura. Cuando estás escribiendo, muy concentrada, realmente no estás acá: estás en otra parte. Y cuando vas corriendo con la cabeza bien distraída, pasa lo mismo, estás en otro mundo, estás en otro planeta. No estás ahí corriendo. Lo feo de salir a correr es cuando no tenés ganas, cuando tenés la cabeza llena de ruido mental por lo que fuere, porque estás a mil y qué sé yo. Y eso estropea la carrera. Y eso también estropea la escritura: tener la cabeza con permanentes cortocircuitos. Estás escribiendo y de golpe te acordás: “ay, tengo que pedir el turno para la gata”, “ay, tengo que pagar el gas”.
Vos has dicho en varios lugares que hay que “entrenar la mirada”. Me había llamado la atención esta expresión, “entrenar,” porque lleva a pensar en algo físico, en algo corpóreo. ¿Cómo se entrena una mirada?
No, no creo que sea solo corpóreo lo del entrenamiento. Mirá, el verano pasado tuve un dolor fuerte en el brazo, que no es que me impedía escribir, pero yo me cuido mucho ante cualquier dolor, sobre todo los brazos, los hombros. Fui al deportólogo y me dijo: “lo que pasa es que ustedes los que escriben son como atletas de alto rendimiento del teclado”. Y es verdad: uno usa tanto eso. Uno escribe con el cuerpo, por ahora no puedo transmitir mis ideas directamente al teclado sin pasar por las manos. Yo creo que la escritura de alto rendimiento es un entrenamiento. No podés escribir bien si escribís una vez por mes o si escribís una vez por año. Tenés que estar escribiendo todo el tiempo. Lo único que produce una escritura buena es escribir mucho: el exceso de escritura produce buena escritura. No hay otra posibilidad.
Y con la mirada pasa lo mismo. “Entrenar la mirada”: no sé si lo hacés de una manera completamente consciente. Yo, a estas alturas, creo que sí, sobre todo desde que escribo columnas. Entrenar la mirada significa estar con el radar muy encendido todo el tiempo e ir pescando, cazando situaciones, a veces cazando recuerdos. El otro día, por ejemplo —no sé si voy a hacer algo con eso, igual—, escuché de nuevo —hacía rato que no recordaba esa frase que nos decían a los de mi generación cuando éramos chicos—: “no te sientes tan cerca de la pantalla, de la tele”. Porque te ibas a quedar bizco o ibas a ser idiota por el resto de tu vida, algo muy malo te iba a pasar. Y ahora estamos así todo el rato, con la pantalla pegada: ves a niños de tres años con el telefonito. No sé qué va a pasar con eso, todo lo que se me ocurre por ahora es obvio.
Pero entrenar la mirada tiene que ver con evitar el lugar común, evitar enamorarte de la primera idea que se te ocurre para decir acerca de algo —que casi siempre es algo obvio y que no sirve demasiado—, tratar de ver siempre un poco más allá de lo que es evidente. Porque hay un montón de lugares comunes que repetimos, incluso cuando creemos que no los estamos repitiendo, o que estamos siendo superoriginales. Y creo que entrenar la mirada tiene que ver con eso. La columna de Juan José Millás que yo les mencionaba, lo del primer papa algorítmico: eso es un ejemplo glorioso de mirada. El tipo vio una serie de actos y de dichos del papa, vio la reacción de todos los del otro lado, y con eso dio con una idea brillante, que es una mirada sobre una realidad equis, en este caso la visita del papa a España. Y terminó diciendo de una manera superelegante, con una prosa muy refinada: “es un tipo que tuvo la astucia para dejar conforme insólitamente a todo el mundo: a la derecha, a la centroderecha, a la izquierda, al progresismo, etcétera”.
Yo a veces hago un ejercicio muy consciente: por ahí estoy mirando tele y digo: “voy a mirar la tanda publicitaria”. Y miro la tanda publicitaria, y me pregunto: “¿qué puedo decir yo de esto?”. Eso es un entrenamiento. Después, por ahí, termina en nada, pero es como decir “ese músculo no va a permanecer dormido nunca, dentro de lo posible”.
Vos citás de Murakami en las Crónicas reunidas que dice: “todo lo que sé acerca de escribir, lo sé a partir de la música”. Me hacía pensar en esto: entrenar la mirada, entrenar la escucha…
Yo creo que miramos con todos los sentidos: miramos con la mirada, miramos con los oídos…. Cuando estás construyendo un perfil o una crónica, es un trabajo de inmersión total.
Claro, lo de la mirada es una metáfora
Exacto. Uno puede decir mirada, pero también podría decir nariz, qué sé yo. Y es muy agotador eso. Vos lo debés saber por tu trabajo como psicoanalista: es sumamente agotador ese estado de disponibilidad, porque hay un grado de escucha… yo hago entrevistas muy largas, de tres o cuatro horas. Y a veces son muchas entrevistas con una misma persona, y por supuesto después vienen todas las entrevistas con el resto de la gente que conoce a esa persona, etcétera. Y cuando el otro percibe que realmente lo estás escuchando… uno quiere llegar a ese punto: que el otro entienda que lo estás escuchando con verdadera curiosidad, que no estás impostando la escucha, que estás ahí sumamente entregada y disponible en muchos sentidos, porque también en un punto hasta tu tiempo tiene que estar en disponibilidad. Vos no le podés decir a un entrevistado, “ah, no, la semana que viene yo solo te puedo ver el viernes de dos a tres de la tarde”. No, no es así, hay que hacer malabares y decir: “bueno, okay, cancelo cosas para poder ir a la entrevista con esa persona”. Pero la escucha también se entrena. Yo creo que no escucho igual ahora que cuando escuchaba en el año ‘95, ‘96, 2000. El trabajo de una entrevista con una persona, una entrevista periodística para construir un perfil, es también escuchar lo que no está diciendo, y no irrumpir con una pregunta intempestiva en el momento inadecuado, porque eso puede hacer que la entrevista fracase por completo. Hacer las preguntas incómodas en el momento inadecuado puede levantar un muro que jamás se vuelve a bajar; dejar pasar la oportunidad de hacer una pregunta fuerte en un momento adecuado es también una pérdida, porque puede ser que nunca más llegue el momento adecuado para hacer esa pregunta. Y después también hay que estar atento… vos hablas de la música…yo no soy tan musical: escucho mucha música cuando salgo a correr, pero trabajo muy concentrada y no puedo escuchar música mientras trabajo. También puedo escuchar música mientras cocino, pero no es el principal plato del día, la música, aunque nací y crecí rodeada de música. Pero hay que estar muy atento a la música del otro. No todo el mundo suena igual. Hay gente que es sumamente obsesiva, que es reiterativa, y que en una y otra entrevista cuenta exactamente lo mismo, y uno no tiene que interrumpir ese discurso, esa especie de reiteración —como si el otro se quisiera reasegurar de que uno está escuchando y quizás hay gente que se olvida que ya ha contado eso que contó—, pero a su vez cada uno tiene una música, literalmente: no todos hablamos igual. Hay gente que es más grosera, hay gente que es más refinada, hay gente que te das cuenta que antes de armar la frase o de decirla, se la arma dentro de la cabeza y recién después la dice: hay una cosa mucho más acerada, rígida, controladora. Otros son mucho más espontáneos. Y la mejor parte es cuando la gente empieza a decir cosas que no sabe que sabe. Eso es fantástico. Cuando se abre ese canal es maravilloso, y ahí empiezan a salir cosas tremendas, contradicciones terribles, y ni hablar de cuando la gente dice cosas que no quería decir, aunque las sepa, ¿no? Eso es fabuloso. Y hay que estar muy atento a los matices de esos discursos, porque yo veo que hay colegas que interrumpen mucho eso, que están con prisa, que quieren terminar rápido, y acá lo que hay que hacer como decía René Lavand: “no se puede hacer más lento”. Hay que hacerlo lento, lento, lento, tener paciencia”.
A veces durante tres, cuatro entrevistas no pasa nada, y en la quinta florece algo increíble que ya no se vuelve a cerrar. Entonces, sí, por supuesto: para mí la escucha es súper importante. Yo, de hecho, en las entrevistas, hablo poco. Es como ir haciendo tajitos en una superficie, ¿no? Tra, tra, tra. Y de golpe decís, “ahí me voy a meter”. Pero saber cuándo tenés que meterte ahí, no es cualquier momento. Ojo: yo sé que en el fondo de todo esto también hago daño preguntando. Pero hay un pacto tácito con el entrevistado que aceptó contarte su historia, y bueno, yo lo que puedo hacer con ese dolor es honestamente tratar de transmitirlo de la mejor manera posible. Pero no voy a decir: “no, eso no lo pregunto porque le voy a hacer mal”.
Si se puede hacer la pregunta en el momento adecuado, es justamente porque se está escuchando…
Sí, exactamente, que estás escuchando de verdad. Por eso es muy agotador, porque yo siento a veces que hay un olvido enorme de uno mismo. Es medio raro esto, pero es como si uno fuera una especie de ser medio vacío: no está del todo ahí, está buscando ser lo más sigiloso posible hasta casi desdibujarse ante la vista y ante los oídos del otro, pero a su vez a su vez sabés que estás completamente presente, que es un momento de presente absoluto. O sea, no estás en ninguna otra parte que más que ahí. Desaparece todo: nada hay en tu vida más que ese momento de la entrevista.

A propósito de esta analogía que recién hiciste con el análisis… vos has contado que te analizabas, y algo has hablado de las afinidades que sentís que hay entre lo que vos hacés y lo que te parece que sucede en un análisis… Queríamos preguntarte acerca de tu relación con el análisis, del peso que ha tenido en tu vida y en tu escritura, de la relación entre el análisis y tu trabajo…
Yo me psicoanalizo, pero no sé cómo es del otro lado. Leo bastante, hasta donde puedo, hasta donde entiendo, de psicoanálisis. Hay cosas que se me escapan por completo. Leo a veces como leo alguna poesía que no entiendo. Leo porque me gusta, porque me da me da mucho placer ese saber que un poco se me escapa, o a veces se me escapa del todo. No quisiera ponerme a decir: “ah, sí, bueno, esto es muy parecido”. Lo que sí creo es que estar escuchando gente en un consultorio durante horas debe ser tremendamente agotador, y en ese punto me parece que esta especie de escucha de alta intensidad que hace un periodista durante una entrevista también tiene un nivel enorme de cansancio: esto de intervenir cuando tenés que intervenir, y quedarte callado cuando tenés que quedarte callado. Se me ocurre que es un trabajo sumamente delicado el de un analista. Puede también, como el entrevistador, estropearlo todo diciendo algo en el momento menos adecuado.
Y respecto de lo otro que me preguntás, el psicoanálisis tuvo y tiene un peso importantísimo en mi vida, y por lo tanto en la escritura. Y para mí la escritura y la vida no se pueden separar. No puedo enumerar una cantidad de ítems, pero pesó y pesa en la escritura, y de buena manera. En las decisiones laborales, te diría. Yo siempre soy una persona muy segura, pero me sirvió para asentarme más en la seguridad de algunas cosas, alivianando otras también, relacionadas con la escritura. Influyó en la lectura, también. He llegado ahora a autores… no necesariamente difíciles, al contrario, autores muy populares —como Kurt Vonnegut, por ejemplo— pero muy delirantes, que yo no podía leer hasta hace dos o tres años, se me caían de las manos. No estaba preparada para ese delirio. Y yo creo que fue por cosas que pasaron en el análisis: que de pronto tengo acceso a muchos más mundos ahora de los que tenía antes… Y yo soy bastante porosa. Cuando algo me interesa mucho, absorbo mucho, aún sin darme cuenta. Y sí, creo que en eso mejoró mucho la herramienta. Yo creo que un buen psicoanálisis te hace sentir la vida viva. Que te hace más viva todavía. Viva, no en el sentido de “pilla”, digo, sino que te hace sentir más viva. Y bueno, todo eso alimenta lo que una hace… eso que es escribir.
Igual no es que la escritura es todo y después el resto me importa tres pepinos, que no me importan mi pareja, mis amigos, nada, no me jodan (risas). Pero bueno, yo sé de qué estoy hecha, y esa especie de certeza, o de lucidez, o de luz te la da el psicoanálisis, es como descorrer cada vez más el tupido velo: ves cada vez mejor. Es fantástico eso.
Siempre estuvo el mito de que analizarte es como perder la inspiración. En los escritores sobre todo…
Bueno, no. Primero que la inspiración existe muy cada tanto. O sea: esto es trabajo. Es 90% trabajo. Y la inspiración… es divino ese momento, ese túnel en el que te metes y estás en trance, y no existe nada más que lo que estás escribiendo, pero también es una lucha cuerpo a cuerpo: lo maravilloso de la escritura también es la resistencia del lenguaje. Es vencer esa resistencia. Es como vencer una hermosa resistencia amorosa, convencerlo de que tiene que trabajar con vos. Eso es bárbaro. No es un mundo de fantasía, de inspiración y qué sé yo. Al contrario, yo creo que cuanto más vivo tenés el deseo, más escritura va a haber. Es como… un fertilizante (risas). Lo veo como todo lo contrario.
Por otra parte, básicamente… la escritura no es un problema para mí. En el análisis, yo hablo de la escritura y todo eso, pero no lo presento como un problema. Cuento lo que estoy escribiendo, el entusiasmo, o las puteadas, o lo que sea, pero no aparece como un problema. Capaz que eso le puede pasar a una persona que siente que no puede escribir y que va al psicoanalista para que lo ayude y dice “pero ni con esto puedo escribir, Dios mío”.
También me parece que cuando hacés un buen análisis casi que estás más ensoñada que cuando no lo hacés. No es que eso que llamamos realidad se te presenta de una manera cruda y tremenda porque reconocés tus traumas, qué sé yo. No. Es como una manera más poética de ver. Yo soy la persona más pesimista del mundo, quiero aclarar. O sea, para mí si algo está mal, va a estar mucho peor. Pero me parece que un buen psicoanálisis te da una herramienta casi poética para manejarte con algunas cosas. Un buen análisis. Un tipo que te da consejos para mí no es un buen análisis.
Da la impresión que, como vos decís, esto de la dificultad en la escritura es algo con lo que te llevás muy bien, de que no hay dificultad que no se pueda sortear. De hecho vos escribiste un libro, La dificultad del fantasma, que es como esa imposibilidad de hecha texto ¿Cuándo te parece que no es posible escribir una historia, que una historia no pueda ser contada?
Fue muy lindo hacer ese libro. Fue una cosa… como de poner los pasos en las huellas. Mira, yo creo que la única imposibilidad es… una historia a la que yo no tenga acceso. Suponte, no sé, quiero hacer un perfil de Pedro Sánchez, el presidente de España. Nunca voy a tener acceso a Pedro Sánchez. Acceso fluido, digamos: ir a entrevistarlo quinientas veces, hablar con la mujer, con hijo, madre, padre, abuelo…, eso es una historia imposible. A mí la imposibilidad se me ocurre más como un obstáculo material. Y eso puede darse por diversas cosas. A veces me pasa que leo un diario de Estados Unidos, o de España, o encuentro alguna noticia en Italia y digo, “Uy, qué historión” Pero bueno, claro, para eso tendría que instalarme tres meses en Italia, en España. No me cabe hacer las cosas por teléfono. En general, cuando te aparece una historia así, tan impresionante, es una historia en la que querés estar con la gente. Querés mirarla, querés escucharla en la casa, no va a hacerlo por Zoom.
Se me ocurre que la imposibilidad es más que nada material. Incluso material económicamente hablando: no te podés bancar tomarte un avión todos los meses e irte a España, quedarte allá, suspender todo. La lejanía, en algunos casos, y la imposibilidad concreta de acceder a determinada persona. Elon Musk, por ejemplo, me parece una persona siniestra y fascinante, y va a ser el dueño de todos nosotros dentro en breve: me encantaría hacer un perfil de él…. Pero posibilidades de hacerlo… Para mí la historia imposible es esa. Después, siempre que haya una posibilidad real de hacerlo, y que tengas la pulsión, la curiosidad de hacerlo, la historia es posible.
También puede haber una imposibilidad marcada por el peligro. Por mucho peligro. Yo no soy una periodista súper arriesgada. No soy miedosa, pero no sé si me metería, como hacen algunos compañeros de El Salvador, por ejemplo, con las pandillas… me da mucho miedo eso. De hecho, alguna vez me propusieron hacer algo en México con el tema del narco, y dije que no. Porque además siento también que son cosas que te pueden modificar la vida para siempre, y yo no quiero esos cambios abruptos en mi vida.
Pensaba, mientras hablabas recién, en El hambre, el libro de Caparrós. Cuando lo leés vos decís “el tipo estuvo en un montón de países y en un montón de lugares… ¿cómo hizo para escribir esto?” Creo que vos también lo has citado en alguna entrevista, que ese libro había sido una proeza.
Bueno, él es un gran un gran periodista, un tipo que yo admiro, además lo quiero, es amigo. No sé exactamente cómo, pero sí sé que estuvo mucho tiempo consiguiendo contactos de Médicos Sin Fronteras, de la Cruz Roja, de quién lo podía llevar a Bangladesh, cómo podía financiar tal otro viaje…, había cosas que se las autofinanciaba él. Y durante años estuvo yendo, con una disciplina increíble, y viendo a ver qué le faltaba. Porque también es un gran investigador y maneja una cantidad de datos impresionantes: es muy bueno manejando datos duros, haciendo comparaciones “que la estadística de acá si la comparo con esta otra de acá, pero si le pongo esta otra, cambia absolutamente todo”. Ese libro es maravilloso. No solo por estar maravillosamente escrito, sino porque a lo largo de mucho tiempo te obliga a estar metido en un mismo tema. No es que Martín no haya hecho otras cosas durante el tiempo en que hizo ese libro, nadie puede hacer eso. O sea, hizo quinientas cosas más, pero sostener ese objetivo durante tanto tiempo es dificilísimo, sobre todo cuando tenés un libro tan fragmentado, porque, bueno, una cosa es estar trabajando tres, cuatro años, en el perfil de una persona, y decir, bueno, esa persona vive en Palermo, la veo…, y otra cosa es “mañana tengo que ir a Bangladesh, pasado mañana me voy a Zambia, después me voy a Nigeria, después tengo que ir a Latinoamérica para tal cosa”. Es bien complicado sostener ese interés durante tanto tiempo. Y el tema del hambre para él es un tema central y clave en su vida, en su pensamiento. Se preocupa mucho por eso.
Queríamos preguntarte algo respecto a los perfiles: nos surgía la intriga de si los entrevistados, o a quienes vos les hacés los perfiles, no están muy ansiosos por ver lo que vos hiciste, y si alguna vez ha habido alguna repercusión de esa lectura de tus crónicas, un enojo, alguna observación de parte del entrevistado que te haya hecho decir: “me gustaría agregarle una posdata a esta crónica”, o la crónica se terminó y punto una vez que la publicaste.
No, la crónica se terminó y punto. Salvo que alguien me diga, “che, escribiste mal mi apellido”. Pero no, no me ha pasado de tener grandes inconvenientes con eso. No sé qué le pasa a la gente. Yo supongo que sí, que deben tener alguna expectativa de tipo: “uy, qué va a escribir”. Pero la verdad es que no los noto ansiosos. Con la protagonista de La llamada, Silvia Labayrú, por ejemplo, la última vez que la vi fue en noviembre del 2022 y yo el libro lo entregué en marzo 2023. Y cuando la dejé de ver en el 2022, le dije: “Silvia, yo ahora desaparezco unos meses, te voy a hacer un montón de preguntas seguramente por WhatsApp, para chequear información, y eso (y fue lo que hice), pero no nos vamos a ver”. Y la verdad es que le hice quinientas preguntas, “che, tal fecha, o este dato no puede ser así”, pero ella nunca me dijo “¿cuándo va a estar listo de esto?”. No sé si lo leyeron, pero bueno, es una historia bastante terrible, con lo cual ella podría haber estado ansiosa … Ella quedó muy conforme con el libro. Pero nada que me pueda haber dicho alguien al publicarlo me hizo pensar nunca: “yo esto lo debería haber escrito de otra forma”, o “le voy a hacer una pequeña adenda para…”.
La recuerdo a Silvia porque fue uno de los últimos libros que publiqué, pero la verdad no he tenido inconvenientes serios con los libros ni con las crónicas. Seguramente algunos se habrán enojado por algo. A Bruno Gelber, por ejemplo, yo sé que el libro no le gustó. Pero no me lo dijo.
A veces puede ser una presión que alguien te esté preguntando, “¿y cuándo sale?¿cuándo sale?” Te hace sentir un poquito culpable, supongo. Bueno, a mí eso no me pasó nunca. A veces sí pasa que esperás un texto para una revista, y lo postergan y lo postergan, y por ahí la gente te pone un mail diciéndote: “Leila, ¿sabés cuándo sale la nota que hicimos?” Pero no más que eso.
Para finalizar, te quería preguntar algo acerca de Teoría de la gravedad, porque me sorprendí mucho al encontrarme con esos textos. Yo había leído tus crónicas —el último había sido La llamada— y empezar a leer este libro fue muy impactante, porque me dio la impresión que era algo diferente en tu obra: aparece mucho la primera persona, hay una voz mucho más poética y ensayística. Sé que son columnas recopiladas a lo largo de años, pero quería preguntarte si para vos también fue algo diferente, y si tenés la intención de seguir escribiendo textos como los de ese libro.
Mira, sí, el libro es una recopilación de columnas publicadas en El país. Creo que el año que viene voy a hacer otro libro con otra recopilación, distinto a este, no va a ser Teoría de la gravedad 2. Creo que lo que hay distinto en ese libro —no fue idea mía hacer ese libro, sino de Luis Solano, que es el editor de libros de El asteroide— , lo que hay distinto en ese libro es que yo empecé a escribir columnas. Quiero decir: cuando a mí me ofrecieron hacer las columnas en El país, me quedé un poco paralizada. No me imaginaba como una columnista semanal, me parecía tremendo tener que tener una idea por semana. Y apenas me lo ofrecieron, bueno, me lo pensé. O sea, cualquier persona hubiera dicho: “Sií, por supuesto”. Yo pregunté: “¿me lo puedo pensar?”, y mi editor casi me mata. Me dice: “¿Pensar qué? Ya está”. Y bueno, obviamente dije que sí, y enseguida empecé a pensar qué, cómo. Cómo hacerlo, de qué voy a hablar . Y bueno, a mí me gusta mucho Roberto Arlt, me parece que era un columnista espectacular, un gran ejemplo: el tipo salía todos los días a caminar por Buenos Aires y volvía con una columna de tres páginas. Y publicaba todos los días una columna. Eso es ser un laburante increíble y con una capacidad de mirar impresionante. Y otra columnista que a mí me fascina es Clarice Lispector, que está como en el extremo opuesto de Arlt. Arlt era un observador urbano, era un tipo que salía a caminar por la calle Libertad, acá, donde hay o había, no sé, negocios de compra y venta de oro, y te hacía una columna que era una maravilla sobre eso, o veía a la gente que hacía calistenia en las plazas y escribía una columna sobre eso. Clarice Lispector estaba encerrada en su departamento y escribió unas columnas sobre su mundo interior que eran para morirse. Entonces, yo dije: “ voy a tratar de establecer esa mirada doble”. Observar el mundo externo y observar también mi mundo interno, pero mi mundo interno no para hablar de mí, sino para expresar una especie de panorama vital, digamos: dónde estoy parada, cuál es mi manera de estar en el mundo, pero que conecte con la manera de estar en el mundo de mucha gente. ¿Hablando de qué? De cosas que nos pasan a todos: las pérdidas, la muerte, el terror, el terror a la enfermedad, el amor, el desamor, el duelo, la pena, la melancolía, la infancia, etcétera. Y entonces empecé a pensarlo como una especie de mural. Como que cada columna era una especie como de mosaico o de venecita que yo iba agregando a un mural, y trataba con cuidado, al principio, de alternar un poco eso. Que fuera que un día hablo sobre el presidente de Colombia haciendo tal disparate y al otro día hablo de mi abuela alemana y al otro día hablo de la vez en la que fui a ver a Los redonditos de ricota y después del problema de la vivienda en México, ¿no? Pero lo extraño de todo esto fue que yo empezara a hablar en primera persona, como mencionabas, de cosas… primero de opiniones fuertes sobre situaciones sociales, políticas, etcétera, sobre todo de América Latina. Porque es un diario español, ¿y para qué querrían ellos a una latinoamericana opinando de cosas de España? Ya tenían cuarenta columnistas españoles hablando cosas de España. Y muy en primera persona cuando hablaba de cosas muy personales. Aunque no solamente, porque yo me acuerdo que hay una columna que está en primera persona, pero en realidad no cuenta nada de mí, que se llama “Supongo”, y que es una columna que le habla a la gente diciéndole algo así como “supongo que suponen que este entusiasmo que tienen ahora les va a durar toda la vida. Supongo que suponen que siempre van a querer tener…”.
Sí, me acuerdo. Me destruyó esa…
Claro, y bueno, es que la intención de muchas columnas es no destruir, pero sí sacudir. Yo, cuando hice la recopilación tenía como trescientas columnas. En el libro junto solo cien, que tienen que ver con ese paisaje interior. Entonces todo eso ahí condensado parece de pronto un montón.
La primera persona en ese caso era indispensable. A los perfiles o crónicas que publico en medios de comunicación muy rara vez he publicado en primera persona. Digo crónicas y perfiles, porque también he publicado conferencias que sí están en primera persona. Pero, no sé, hago un perfil de Fito Páez, y no se me ocurre escribirlo en primera persona. Hago un perfil de Facundo Cabral, y no se me ocurre escribirlo en primera persona. Hago un perfil de una nieta recuperada y ni se me ocurre escribirlo en primera persona…
Pero en las columnas, cuando quiero decir algo sumamente personal, sí quiero honestamente decir “yo” porque eso me ha pasado a mí, más allá de que yo intente conectar esa experiencia personal con algo más universal. Y hay algo que tienen en esas columnas, que es una intención más poética que el resto de los textos, y tienen un tipo de escritura muy condensada y muy fuerte. “Fuerte” no en el sentido de buenas, sino “fuerte” en el sentido de que hay un trabajo con el lenguaje que es que es como muy… no sabría cómo decirlo… pero la palabra es me aparece esa: “fuerte”. Yo no puedo extrapolar ese estilo a las crónicas y los perfiles más largos, porque la gente se quedaría empalagada, digamos. En el trabajo que hay con el lenguaje en esas columnas hay un nivel de condensación… El artículo largo trabaja por expansión, la columna trabaja por condensación: es todo lo contrario. Y sí, lo que querés es pegarle un golpe en el plexo, y dejarlo pegado a la pared, sí se puede. Pero a veces no es un golpe malo, a veces es simplemente un golpe estético, ¿no?
Así que sí, creo que lo que hay de diferente en ese libro es que de golpe empecé a hacer columnas, y todo eso que está escrito en ese libro quizás no lo hubiera escrito nunca si no hubiera sido columnista, si no hubiera tenido la posición de haber abierto la tranquera, como quien dice.







