Sentadas en sus poltronas de mimbre, con el canasto de ovillos a sus pies, las tres viejitas
tejían la trama de la vida ajena, al vaivén de agujas y lenguas.
Su destreza exigía una recolección de rumores, con oídos aguzados y la inaudible apertura
de postigos. Las tres Erinias gobernaban su pequeño universo: la casona de tres patios, con
enredaderas como ramales de venas secas, de pasado suntuoso y presente descascarado.
La puerta de calle se cerró con la suavidad de quien teme ser oído. Apuró el paso, apenas
rozando las baldosas. Con las cejas fruncidas, la cabeza gacha, la mirada esquiva. «Seguro
que las gárgolas me vieron llegar», pensó.
Las tres viejitas lo aguardaban, como un oráculo, cuando las primeras sombras convivían
con una luz bermeja que persistía. De cuerpo presente, he aquí el moroso.
Una le cebaba un mate a la otra y, sin mirarlo, le dijo a Alejo:
—¿Se piensa usted que esto es un asilo de filantropía pública?
El primer arponazo había sido lanzado. El segundo no se hizo esperar, antes de que el
moroso atinara a defenderse:
—Dígame, usted que va y viene a todas horas… ¿en qué trabaja?
—Este… yo… —tartamudeó—. Sí, estuve desempleado, pero eso cambió. A partir de hoy.
Una de las Erinias lo fulminó con la mirada: —¿Ah, sí?
—Así es —insistió, enderezando la espalda con torpe dignidad—. Esta mañana me
entrevistaron en una financiera. Y, bueno… di justo con el perfil que buscaban. En cuanto a
los dos meses que les adeudo, pronto, antes de lo pensado, les traeré el dinero, aquí
mismo.

Las tres lo escudriñaron en silencio. Una, más conciliadora, bajó apenas el tono:
—Ya me parecía que usted era un muchacho de provecho.
—Entonces, si me disculpan… —respondió con una media reverencia improvisada. Sin
esperar respuesta, emprendió el camino hacia su cuartucho, atravesando los patios.
—Viejas mugrientas —murmuró entre dientes mientras avanzaba—. Debería irme sin pagar.
—¿Será cierto? —preguntó una, sin apartar la vista de los pasos de Alejo.
—Mmm… no sé. Este tiene pinta de tener la cabeza llena de pajaritos —opinó otra—. No lo
veo capaz ni de robar.
—¿Estás tan segura? —dijo la primera, con una sonrisa apenas insinuada.
Las viejitas seguían apostadas junto al cuarto de administración, cercano al primer patio,
donde guardaban las rentas en un viejo roperito. El cuarto estaba poseído de liturgia: el olor
a alcanfor mezclado con encierro flotaba entre santitos y velas. Sus rasgos, con ecos del
Indo, alimentaban las leyendas que acechaban en la casa, sobre todo al propagarse la
historia de un inquilino que había robado del roperito. De él, nadie volvió a hablar del mismo
modo.
Alejo atravesó los patios en silencio, sorteando las enredaderas resecas, hasta llegar a la
escarpada escalera metálica por la que ascendió a su cuarto. Cerró la puerta. Se recostó y
dejó que la penumbra lo arrullara. La cama crujió, como si protestara por su presencia.
Inmóvil, apenas iluminado por la luz azulada que se filtraba por las rendijas.
«¿Me van a echar al carajo si no pago?» Voces ilegibles subían desde la calle. «Nadie ve lo
que se pudre adentro.» Un perro ladró a lo lejos y otros le respondieron. Voces y ladridos se
enredaban y se desvanecían antes de alcanzar la conciencia de Alejo.
«No vas a cambiar nunca», resonó la frase que ya no era suya. Las imágenes comenzaron
a diluirse detrás de los párpados demacrados y las escenas empezaron a encenderse.
Caminó por pasillos de luces mortecinas. Sintió que lo observaban, como esos cuadros
cuya mirada te sigue desde la pared. La puerta del fondo se alejaba cada vez que creía
alcanzarla.
De pronto, una puerta reveló un cuarto a media luz, casi idéntico al de la administración: el
mismo santoral, las mismas velas, el mismo olor. El roperito de dos hojas tenía una
entreabierta; su interior era una bocanada de sombra. Entonces escuchó a las Erinias, que
al unísono susurraron:
—Desde aquí ya no hay puertas, solo umbrales.
Abrió los ojos. Sus miembros, aún entumecidos, respondían con lentitud. Se quedó con la
mente en blanco un instante, navegando en su tiniebla amniótica. El eco de las Erinias
todavía retumbaba en su mente. Aún en ese estado de aturdimiento, supo que no podía
quedarse más tiempo allí. Se incorporó con torpeza. Se vistió y guardó sus modestas
pertenencias en la valija. Lo urdía el deseo de huir, pero una pregunta circular lo devolvía al
mismo lugar: ¿adónde iría y con qué dinero?
Bajó con cautela por la escalera metálica. Fue una sombra que se hermanó con las de las
enredaderas y el álamo.

Al llegar al último patio, antes del pasillo final, vio que la puerta del cuarto de administración
estaba entreabierta. Se detuvo en seco. Un pulso caliente le golpeó las sienes. ¿La habían
dejado abierta? ¿Así, sin más? La facilidad misma era una trampa o una invitación. La
desesperación, que ya había arrasado su juicio, lo empujó: al cruzar ese umbral era como
traspasar la puerta del averno; quien volviera no sería el mismo.
Abrió el roperito. En uno de los cajones había un fajo abundante. Cerró con las manos
temblorosas. Se quedó inmóvil un instante. Volvió a abrirlo. Tomó el dinero. Cerró otra vez,
ahora con precisión. La puerta se cerró al salir; se sobresaltó un segundo pero no se
detuvo. Se dirigió a la puerta de calle con extremo sigilo. El giro del tambor apenas se oyó.
Se deslizó cuidadosamente, acomodando su cuerpo —y su valija— por la estrecha apertura
de la puerta de calle.
Manchones de empedrado afloraban bajo el asfalto devastado, como retazos de tiempo.
Alejo cruzó presuroso la calle, ya dueño de su libertad profana.
A unas cuadras observó que un kiosco que conocía desde niño ya no estaba. En su lugar
había otras casas. Las fachadas se alineaban idénticas, con la mudez solemne de nichos
en plena ciudad. Vio muchas placas, como las de los monumentos de las plazas, pero
estaban en las casas. Cada vez se cruzaba con menos personas, hasta que no quedó nadie
más que él. Se esforzaba por determinar cuánto tiempo había pasado pero su mente se
petrificaba en cada intento. Todas las puertas estaban cerradas. Las ventanas clausuradas:
parecían cuencas vacías que no miraban a nadie.
Cada cambio de rumbo lo depositaba en barrios desconocidos, en galerías que siempre
terminaban en un cruce.
La luna lo observaba como un ojo sin párpado. Desde lo alto lo veía titilar, perdido entre la
vastedad de terrazas y calles desoladas. Plateaba los mustios balcones, los capiteles
ennegrecidos, la piel de una ciudad sin bordes.
Alejo naufragaba sin un centro al cual aferrarse. Todo parecía detenido, incluso el tiempo; y
aun así, él avanzaba en un mundo suspendido. Al final no quedó nada: solo un silencio que
parecía pensar.
La respiración ya se le hacía pesada, sus piernas flaqueaban. Sintió que el piso vacilaba
bajo sus pasos, como si ya no perteneciera del todo al mundo. Un susurro le llegó desde
una calle vacía: «¿te sentís bien?» Sintió unos dedos incrustarse en sus brazos. Un picor
agudo le hincó. En ese instante comprendió que el que había vuelto no era el mismo,
porque no había cruzado una puerta, sino un umbral. Todo había sido tejido por ellas.







