Encendí la luz de la mesa de noche, brevemente sobresaltado, y me senté al borde de la cama. Mis pies se posaron sobre el piso frío de la habitación. El hielo tardó nada en espabilarme. Traté de recordar el sueño que me había despertado, pero el espejo me llamaba insistentemente en la penumbra de esa madrugada. Caminé hacia él. Frente a frente, de cuerpo entero, con los ojos apenas abiertos. Y ahí estaba mi rostro, pero ya no era mi cara. Tampoco lo demás. Mi desnudez era ajena. Me acerqué hasta casi besar la frialdad del cristal, y examiné en detalle el inquietante descubrimiento. Las pupilas eran dos seres palpitantes en lo profundo del cráneo alterado. Punzantes y venenosos, los ojos se dilataban y volvían pronto a su tamaño irreal, una y otra vez, como la respiración ancestral de un bosque austral. Lo que antes me hizo humano, ahora no era más que un trozo de carne muerta abandonada en medio de la sala, llenándose de moscas y gusanos. Parecía más un difunto que el hijo de mi madre.
Haciendo contraluz, a mi espalda, la vigilante lámpara del velador cambió repentinamente de color. Una ligera luz púrpura desnudaba los cortinajes fantasmales danzando al son de un ritmo hipnótico que se repetía incansable en mi mente, como mil tambores milenarios. Conocía muy bien aquella melodía, mas no conseguí descifrarla. La cabeza se me reventaba con cada golpeteo. Sentía como mi cuerpo se hinchaba, de manera tal, que parecía iba a reventarse en cualquier momento, hasta que, de ninguna parte, una cajita musical comenzó a sonar. Fue apagando lentamente el infernal estruendo. Pero, por algún motivo, el dulzor de su música era terrorífico para mí. Empecé a temblar, no podía controlar mis actos. La espalda se me escarchó y las manos comenzaron a borrarse. El miedo traía, arrimadas al filo de su cuchillo, negras ideas que intentaron rondarme de cerca por un rato, mientras la incertidumbre iba revelándome a chispazos la profundidad de aquella obscuridad antigua.
Quería gritar, pero mis labios estaban sellados. Con la cabeza golpeé el espejo. Puse en ello toda mi alma, pero el que se quebró y quedó repartido por el suelo fui yo. El cristal intacto devolvía mi reflejo, distorsionado y sin límites probables, afiebrado y empapado, follando sobre el camastro, como si la vida se fuera en ello. Dos animales salvajes, prolongados al fragor de las carnes que, envueltas en llamas, repartían su bestialidad y excitación, dejando el cuarto adolorido por el embriagador aroma del sexo. En tanto, dos ojos penetrantes y vulgares se encendieron amplios sobre aquella primigenia escena, repartiendo llantos y aullidos lamentables, pero que no alcanzaron para detener al tiempo ni a la sangre que se bombeaba con la fuerza de un huracán. Me fleché en ellos y descubrí prontamente que esos también eran mis ojos. Era yo, en tres partes a la vez. Demasiada energía y savia acumulada. Y bajo el impenetrable manto de aquella existencia de inmensidad volcánica, nos llovió por toda una eternidad.
—El doctor vendrá al amanecer—me susurró al oído, erizando cada uno de los instantes que estaban por venir. Luego abandonó un beso desabrido en mi sien, y en un silencio que pareció durar una vida entera, salió, convertida en todo un enigma, para no regresar jamás.







