I. Delirio mesiánico
Anoche soñé que era dios
y que
sin emitir sonido,
incluso sin mover los labios,
y solo con el pensamiento
las cosas del mundo eran como yo quería.
Tristemente,
en el papel de dios
resulté caprichosa y superficial,
me pavoneaba frente a otros
otorgando pequeñas dádivas
que más que ofrendas
eran la demostración lasciva
de mi poder en la tierra.
Las elecciones que hice
de uso y forma
para operar mis milagros
no fueron más
que una performance barata
de ilusionista obsesionado:
podía cambiar el color de mis ojos,
la forma de mi vientre
resolver nimiedades
como limpiar toda la casa sin hacer esfuerzo
o adquirir cosas impagables
o comer hasta el desquicio
y luego digerir
y estar lista para comenzar de nuevo,
sin límite ni ahogo.
Hubiese pensado que en tanto dios
pondría fin a la guerra
redistribuiría la riqueza del mundo
protegería a la naturaleza,
incluso
tomaría venganza
por las atrocidades e inequidades
de siglos y siglos de sometimiento.
Pero no,
en mi divinidad resulté
mezquina y errática,
usé mi verbis magiae
para crear cosas fútiles,
servir a la ignorancia estética
convertir cosas
en otras cosas más brillantes,
modificar la confección de mi cuerpo
una shapeshifter
desorganizada
caótica y egoísta,
jugué con la gravedad
y el paso del tiempo.
Me transformé en el becerro de oro
pura belleza rutilante
lista para ser desafiada
lista para ser consumida.
Beneficié a unos pocos
y su beneficio fue
en definitiva para el mío,
para mi diversión
y acumulación narcisista.
Como dios fui desagradable y perversa,
intenté voltear lo creado
de adentro hacia afuera
y adquirir los conocimientos
que siempre he buscado,
pero sin esfuerzos,
como una ladrona burda
que abre cajones
buscando billete chico
y encuentra,
casi a ciegas,
tesoros inesperados.
Soñé que era dios,
y parece que,
en tanto divinidad,
no soy otra cosa
que la más pobre de las almas.

II. Fenómenos cadavéricos
Lo que ocurre después de la muerte,
-y no hablo
de paraísos e infiernos
reguladores de la culpa y el miedo-,
lo que ocurre
en el cuerpo,
ese que nos dio un continente
para identificarnos,
“estas manos
este vientre
estos ojos
son míos”,
son una serie de magníficas transformaciones.
Desde la data de muerte,
luego que el corazón se detuvo
el cerebro dejó de llamear
y el silencio se apoderó del oído,
-el último de los sentidos que se apaga-,
hasta las primeras veinticuatro horas
tu cuerpo permanece, aún, fresco.
Si bien te parecés mucho a la que fuiste
el proceso es irrefrenable:
la detención del corazón provoca que la sangre,
por efecto de la gravedad,
se deposite en tus zonas de declive
y la piel puede visitar
los colores violáceos o rojizos del arcoiris
grandes hematomas que,
poco a poco,
irán extendiéndose hacia todas partes.
Las livideces se patentan a las dos o tres horas,
la merma del agua corporal
vuelve un pergamino al órgano más extendido,
los ojos se pliegan
como un globo que se desinfla
y la córnea pierde su transparencia natural
dejando entrever otra membrana,
de color más oscuro.
De a poco la temperatura irá bajando
hasta llegar a la ambiente:
vendrá el rigor mortis,
dura la mandíbula inferior,
luego la nuca,
la cara,
el tronco
y las extremidades superiores,
finalmente las piernas,
la rigidez desaparece pasadas las veinticuatro horas.
Si hace calor o frío,
si estás en tu cama
o en lo abierto
la carne responderá
de formas distintas:
hay generalidades en la muerte,
pero también lugar para lo particular.
Hacia el segundo día
tu cuerpo se pone verde o negruzco,
de alguna manera empezás
a digerirte a vos mismo.
Setenta y dos horas después
el cadáver se hincha tres veces su tamaño,
la red venosa superficial
se hace evidente,
como un grabado que emerge,
la descomposición putrefacta se abre paso
de adentro hacia afuera:
el metano y el amoníaco
son los reyes de la fiesta.
Entre el quinto y el sexto día
tu cuerpo colapsa por liberación,
restos como la piel o el cabello
pueden desprenderse fácilmente
y una inmensa cantidad de vida
llega:
la fauna cadavérica
o escuadras de la muerte,
se sienten atraídas
por el aroma pútrido y dulce.
Los tejidos blandos se licuan y desprenden
en una suerte de magma
hecho de sangre, grasa y líquidos;
el distintivo y profundo olor de la muerte
se hace presente:
necromonas repulsivas al olfato
que en el fondo,
en la simpleza de su estela,
se asemejan al mosto,
tienen un corazón afrutado.
Después de la fase más extensa
e indeterminada,
que puede durar meses o años,
solo quedarán huesos,
cartílagos
y fragmentos de tejido seco,
o cuero.
Los insectos que restan
son los especializados en la osamenta,
como todo escuadrón
tienen un plan preciso de trabajo.
Y allí,
finalmente,
despojados de todo aquello que
reconocimos alguna vez como propio,
es cuando más cerca estamos de la tierra
y de su germen:
¡tanta vida!
ofrendada al ciclo indetenible
de todas las cosas que conocimos
y que ahora nos son
más propias que nunca.

II.
En la antigüedad y en algunas comunidades,
aún hoy,
el ritual que rodea a la muerte es cercano
a veces íntimo o comunitario,
pero siempre han sido las manos amadas
las que lavan y preparan
el cuerpo para su despedida.
El negocio de la muerte,
en quien hemos delegado
el tratamiento de nuestros restos,
nos ha robado
la posibilidad de comprender
a través de la presencia de los sentidos
el destino que nos une con toda especie de esta tierra.
Resulta paradójico pensar
el enorme esfuerzo que hacemos
en desconocer la muerte
estando en vida.

III. Protocolo de autopsia
En el acto de autopsia
el patólogo o médico forense
debe describir
todas las comprobaciones obtenidas
en el examen del cadáver.
El documento
que contiene esta descripción
constituye su protocolo:
Diagramas y fotografías ilustrativas:
¿Qué foto elegirías para ser recordada?
Reservar en un lugar apartado
y escribir detrás un breve texto.
Dejar de regalo para la muerte
la imagen que deseamos
nos acompañe para siempre,
una que exceda toda acta,
que sea un reverso de disección,
que sea para el final,
el todo por la parte.
1. Encabezamiento con el nombre del occiso:
¿Quién te nombró cuando aún no eras?
Fecha y hora de la muerte:
¿La esperabas o sobrevino como un rayo?
Número de autopsia:
¿De cuántas cifras y estadísticas formaste parte en vida?
Fecha y hora de ésta:
¿Cómo te despediste del mundo?
Nombre del prosector:
¿Quién pudo verte de la manera en que yo lo hago ahora?
2. Examen externo:
¿Cuáles son tus marcas distintivas?
¿Qué cicatrices, lunares, tatuajes, heridas?
3. Descripción de traumatismos:
¿Qué daños nunca le contaste a nadie?
4. Examen interno:
¿Tuviste autocrítica?
¿Fue desmedida?
5. Diagnósticos:
¿Qué enfermedades hay en tu haber?
6. Causa de muerte:
Estar en el mundo
7. Manera de muerte:
¿Cuáles fueron tus mecánicas de vida?
8. Exámenes de laboratorio:
¿Cuántas veces esperaste un resultado con temor?
¿Qué de vos mismo no pudiste ver bajo una lupa?
9. Circunstancias de la muerte:
Contingente
10. Diagramas y fotografías ilustrativas:
¿Qué foto elegirías para ser recordada?
Reservar en un lugar apartado
y escribir detrás un breve texto.
Dejar de regalo para la muerte
la imagen que deseamos
nos acompañe para siempre,
una que exceda toda acta,
que sea un reverso de disección,
que sea para el final,
el todo por la parte







