Cuando llegaban los días de sol, siempre me asomaba al aljibe. Quería escuchar a los niños cantando el avemaría en la iglesia empedrada. Los imaginaba a todos a un costado del altar, siguiendo las indicaciones del padre Franz. Mis hermanos se acercaban a mirarme inclinada en el pozo y se burlaban; decían que era mentira que se escuchaban voces. Mamá se enojaba con ellos y me protegía de las burlas. No solo se reían porque escuchaba cantar a los niños, también me decían “la loca del velo” o “la monja loca”. Ella se paraba frente a mis hermanos y no dejaba de regañarlos hasta que volvían a sus actividades. Friedrich, el mayor, era el más prolijo. Siempre usaba pantalón corto, tirantes y camisa blanca, prefería vestirse así; yo nunca me burlaba de él. Tenía el pelo rubio y lacio de papá, y su misma altura. David era el segundo; vivía sucio y transpirado. Cuando ellos se iban a limpiar los corrales, con mamá nos acercábamos al jardín y, con recortes de tela, cubríamos las plantas de aciano para que no las dañara el viento helado. Mamá deseaba que ya fuese mayo para verlas florecer; me aseguraba que, entre esas flores azules y la luz tenue del sol, Dios abría su reino. Removíamos la tierra del jardín hasta que oscurecía y después entrábamos a la casa. La Biblia reposaba en el centro de una mesa ancha que papá había construido con madera de pino. Era granjero, pero también habría podido ser carpintero. Él y mis hermanos se iban a lavar y luego se preparaban para escuchar el evangelio; durante la espera, yo buscaba el chal de lana. Más de una vez me lo había colocado alrededor de la cabeza sin darme cuenta. En esos momentos notaba la mirada burlona de mis hermanos, sobre todo la de Friedrich, que se sacaba la gorra y me la calzaba a la fuerza. Odiaba sus bromas. Luego me arrepentía de experimentar esos sentimientos y rezaba para que Dios me perdonara. Mamá apoyaba el pan y una jarra de metal con agua sobre la mesa. Luego abría la Biblia y de su voz pausada salía Dios. En cada palabra que pronunciaba podía sentir la liberación y la gracia divina. Qué era el mundo y cómo transitarlo nos lo explicaba a través del evangelio. Cuando dejaba de leer, me acercaba y, al oído, le prometía que yo iba a ser hija de Dios. Ella me miraba sorprendida y me preguntaba si no quería tener hijos.
—La Virgen me eligió, mamá —le confesé—; apareció cuando juntaba agua en el Arroyo de las Piedras.
―¿Cómo era?
―Su piel era blanca y sus ojos verdes acentuaban su gesto sereno. Salió entre las flores, acariciando los pétalos azules, con las palmas hacia adelante.
Mamá estaba intrigada. La invité a que me acompañara al arroyo. Ella se negó, aunque aceptó que la Virgen se me hubiera aparecido.
―¿Te dijo algo?
―No, pero me observaba con ternura. Yo no podía dejar de mirarle el manto grueso, negro. Estamos en el Reino de los Cielos, mamá. ¿No te das cuenta? El mundo es perfecto.

Fragmento de Retazos de guerra de Leandro Ríos. Editado por Editorial Municipal de Rosario en Rosario en 2024.






