PACHAMAMA, ¿DÓNDE ESTÁS? – DIARIO DE VIAJE / Federico Fontana

Pachamama, ¿Dónde estás? Diario de viaje

Hace algunas semanas recibí un mensaje de mi amigo J.H en el que me enviaba una breve pero intensa entrada de su diario de viaje. Había estado en Jujuy y Salta hacia finales de mayo y en su entrada relataba un encuentro que tuvo en San Isidro con un lugareño. La conversación entre mi amigo y aquel hombre versaba sobre el río que cruza el camino entre Iruya y San Isidro y el caudal del mismo, que en aquel momento era mínimo. El lugareño le aclaraba que, en épocas de lluvia, llegando fin de año, el río crecía y a veces hacía difícil viajar a pie hasta Iruya para aprovisionarse. Creo recordar que incluso le decía que el río se había llevado la vida de algunos viajeros, turistas; así de bravo se ponía. Sin embargo, para quienes viven allí aquello no representaba un problema, ya que existe una relación íntima y a la vez diaria con el río, y si el hombre necesitaba cruzarlo, podía dirigirse al río y éste obedecía. ¿Que cómo obedecía? Pues si uno le habla y lo hace de corazón, el río escucha y responde. 

Hay una escena de la película El abrazo de la serpiente donde el Cohiuano Karamakate le dice al etnólogo alemán Theo Grünberg, mientras atraviesan el río ancho en una canoa, que escuche, que preste atención: “el río le dice cuando debe remar”.

Era una mañana de jueves cuando leí esta entrada del diario de J.H entre paciente y paciente. La lectura de su diario me conmovió y a su vez me hizo tomar una decisión repentina. 

Le escribí un mensaje a mi compañera Sol en el que le preguntaba si quería que viajáramos con Lina, los tres, para el primero de agosto a Jujuy, para estar allí el día a la celebración a Pachamama. Me contestó que sí al toque y así fue cómo se gestaron estos días, esta semana de la que aquí dejo constancia.

A medida que se acercaba la fecha del viaje continué conversando. Esta vez con un fotógrafo que sigo en instagram y del cual no sabía casi nada, sólo que su trabajo se desarrolla, fundamentalmente, a través del retrato de las comunidades originarias de Jujuy. Le preguntaba por la ceremonia del primero de agosto e inmediatamente me lanzó una advertencia: que había ceremonias como teatralizadas con personas casi disfrazadas que guían la ceremonia o hablan por micrófonos. Deslizaba la idea de que todo aquello se trataba de un montaje, de algo que se presenta como falseado. Su recomendación era que evitáramos ese tipo de ceremonias porque la energía no era la propia y buscáramos algo más íntimo, alguien que la hiciera en su casa o en un lugar con poca gente para que eso nos permitiera conectar.  “Para que podamos vivirlo como una ceremonia espiritual -continuaba su mensaje- y no como un show, porque el verdadero momento que vienen a buscar es esa comunión con la tierra que en ese tipo de espectáculo se reduce a esos 10 segundos que te hacen pasar para darle de comer a la tierra”. Mi consejo- terminaba diciendo- va en esa dirección: “para que puedan vivir y entrar en sintonía con el tiempo y el espacio, que cuando se abre un ombligo en la tierra para darle de comer se transforma en sagrado”.


Las entradas de diario que siguen a continuación representan un modo de metabolizar una experiencia que no puede reducirse a ciertos pasos rituales, protocolares, y que implican un estado de recepción/disponibilidad para al menos captar, en su fugacidad y contexto, retazos de una tradición milenaria que continúa y se perpetúa en los pueblos andinos, de los cuales, en esta pampa del humo y el plomo, estamos indefectiblemente escindidos, como si efectivamente fuéramos otro país.

Sábado 30/7

Nos pasan a buscar a las 6 am para ir a Aeroparque. Mientras desayunamos Sol lee un correo donde la aerolínea posterga la salida del vuelo 4 horas. Nos miramos en la penumbra del amanecer, dubitativos. El traslado ya estaba arreglado así que viajamos de todos modos. En Aeroparque dos muchachos que se dicen supervisores esgrimen razones operativas. Cuando se les pregunta qué significa eso de que son operativas, dirigen su mirada a una pantalla que tienen enfrente y quedan así, como congelados, tiesos. Llevan camperas amarillas.

Recorridos obligados por Capital Federal, ese lugar donde todo el mundo parece ser el protagonista de una película. Horas en Aeroparque y desazón. Si fuera por mí, este viaje se caía, no llegaba a comenzar, exigía nos devuelvan el dinero y mañana pegábamos la vuelta a casa. Inmediatamente sentí eso como una cierta traición, como si a la primera de cambio ya renunciaba. Recordé algo que leí en un libro de Peter Matthiessen llamado El leopardo de las nieves. El escritor acompaña al zoólogo George Schaller en una expedición a la montaña de cristal, en la meseta del Tíbet, para ver si les es posible cruzarse con el más hermoso y raro de los grandes felinos: el leopardo de las nieves. En medio de un paisaje crudo, inhóspito, golpeado por las lluvias y el viento helado, Matthiessen registra que los tibetanos creen que obstáculos como el granizo, el viento y las lluvias incesantes que surgen en un viaje difícil son obra de demonios que están deseosos de poner a prueba la sinceridad de los peregrinos y eliminar de entre ellos a los pusilánimes. ¿Acaso Flybondy está poniendo a prueba la fidelidad de nuestros propósitos al reprogramar el vuelo?

Creo que me derrotó el anonimato de una empresa que vuela pero que paradójicamente te saca las ganas de viajar. Nos encontramos con una mujer y su hija de 13, que hoy cumplía años, y que debían de llegar a Cochabamba para el festejo de cumpleaños de su suegra. Vive en Buenos Aires desde hace 25 años y para llegar a Aeroparque debe tomar 3 colectivos y viajar casi 3 horas -lo mismo que nosotros, que vivimos a 300 kilómetros-. Le pregunto cómo es posible vivir así y su mirada me dice algo que no entiendo pero que ella evidentemente sí ha entendido. La distancia, aquí, sobre todo, está interferida por las personas. Para llegar de A a B hay muchas personas en el medio.

La mujer estaba sentada con su hija, como si en ello no se le fuera la desesperación que a nosotros nos tomó de sorpresa al volver a Aeroparque cuatro horas después. Íbamos entrando cuando Sol lee otro correo de postergación y mientras lo lee decía: “¡Nooo!” y era como cuando te avisan de un accidente o de que el dólar subió 50 pesos en un día. El vuelo que inicialmente saldría a las 12.15 hs finalmente saldrá a las 20hs.

Miro la gente pasar por los pasillos del aeropuerto y pienso en las canciones de Brian Eno, Music for Airports.

Vamos a tener que cambiar el plan inicial (estos forros de Flybondy te obligan a formular otro viaje) Pasaremos la noche en San Salvador de Jujuy y mañana, con el sol y mate, haremos la ruta a Tilcara. En estas experiencias se advierte cómo una sucesión de hechos que escapan totalmente a nuestra esfera de acción y control influyen y determinan nuestras vidas. Pienso de nuevo en esa mujer y su hija, esperando igual que nosotros, pero con un viaje -otro viaje- por delante, mucho más largo y cansador. Odisea es la palabra que se me viene a la mente. 

El avión está lleno de gente de allá, de esa que quiero conocer y oír. Ese tono como aflautado y dulce del jujeño. Tengo sueño y dolor de cabeza, siento que los ojos se me cierran.

Domingo 31/7

Cierto dolor de cabeza que perdura. Alquilamos una habitación que da a la calle. Error. Anoche me bañé y al acostarme comencé a escuchar música que venía de afuera. Canciones viejas de metal. En un momento sonaba “Rainbow in the dark”, de Dio. Me imaginaba unos pibes tomando algo en la calle, con la puerta del auto abierta. Esa práctica del encuentro que recuerda las salidas adolescentes y las conversaciones infinitas hasta altas horas de la madrugada. ¿De qué se trataban esas conversaciones con amigos? Creo que no conservo casi nada de sus contenidos, salvo fogonazos aquí y allá, como la vez que el Muni contaba que habían visto un ovni en medio del campo, de noche y el Negro Porfiri le preguntó por qué se habían ido corriendo y Muni lo miró como diciéndole que era lo más natural del mundo correr ante un Ovni y el Negro dijo que si él hubiera estado ahí se hubiera puesto debajo del plato volador para que lo chuparan y se lo llevaran. 

La habitación estaba arreglada y calentita; grandes cortinas contra un ventanal dejaban pasar jirones de luz blanca. Tomé algo para dormir y paulatinamente la máquina de pensar se fue apagando. Es como si el pensar se alejara, pasajero de un tren que parte. Suelo recurrir a concentrarme en la respiración, inhalar y exhalar, sólo registrando eso, tratando de detener el flujo de la conciencia, de hacerme simple. Creo que fue de las pocas, poquísimas veces, en que no me levanté dos o tres veces al baño en mitad de la noche. Se corrió el telón y no volvió a abrirse hasta hoy a la mañana. 

Además del cansancio generado por las demoras en los vuelos, por ese tiempo muerto del Aeroparque donde no pude hacer prácticamente nada, me pensé en aquello del camino revelándose a quienes van de a pie. No es que pretenda viajar de ese modo, a lo Herzog, pero sí creo que los aviones serán algo a considerar de aquí en más, sobre todo a medida que Lina vaya creciendo y aguante más los viajes por tierra.

Ya en Tilcara.

En Posta de los Hornillos me quedé mirando una cama donde dicen que durmió alguna vez Manuel Belgrano. Estos lugares son como nuestra Troya, espacios donde la historia va generando capas, una sobre otra. Donde hoy con Lina paseábamos de la mano -en un patio interno de la gran casona- quizá en otro tiempo un soldado trajo noticias del avance de las tropas realistas. En estos lugares lo que habita es el aura de las cosas, eso irrepetible y único que es capaz de hablarnos, aún no seamos nosotros el destinatario de ese mensaje.

Posta de Hornillos es una casona que perteneció a terratenientes españoles y que luego fue utilizada por el ejército patriota como hospedaje, dado su lugar estratégico. Es atendida por un hombre que espera, detrás de un escritorio, casi en penumbras, que algún viajero preste atención a las señales del camino e ingrese. Me quedé durante largo rato mirando un grabado de B. Castelli, de mediados de siglo XIX, donde se muestra a una familia indígena atacada por un jaguar. Un niño yace bajo el animal, en posición de víctima, no se llega a vislumbrar si el animal ha llegado a darle muerte, pero un hombre le apunta con su lanza, el rostro enjuto y determinado. Una mujer detrás del hombre alza un brazo y al parecer pega un grito para ahuyentar a la fiera. Alrededor, la selva los abraza.

Me hipnotizan las puntas de flecha, el cuero trenzado de las boleadoras, las vasijas de barro donde se cocía la carne. Lina corretea entre las grandes habitaciones de la casona y a veces su sombra corre detrás de ella.

Creo que se llama Apacheta a ese montón de piedras que se apilan desde tiempos ancestrales en las cuestas de los caminos difíciles, como ofrenda a la Pachamama.

Lunes 1/8

Un referente de Tumbaya me habla como si yo fuera un gringo que creció mirando béisbol y al cual una hora de sol lo insola. Hay también aquí -de este lado, del mío- un sentimiento de inferioridad o de ignorancia. ¿Es acaso mi noción de la tierra algo tan ajeno y radicalmente diferente? Lo que es diferente es la relación con ella, el modo en que la habito día a día, las preocupaciones que produce en mí, la manera en que se presenta en mi cotidianidad. 

El carácter íntimo y ancestral de abrir un hoyo en la tierra para darle de comer es, entre otras cosas, lo que motivó este viaje. Los restos de un animismo siempre tendiente a desalojar -por los rigores académicos y la mirada que desprestigia- me habían generado una intriga y un ánimo por los cuales estaba dispuesto a viajar tantos kilómetros. Pienso esto: cuando uno debe celebrar un hecho importante -en familia o con amigos- en cierta forma selecciona a quienes formarán parte, define en ese momento con quienes lo va a compartir. Tengo la suposición de que algunos acontecimientos sólo se producen -y quizá a partir de- una intimidad que blinda lo extraño, ajeno, todo aquello que perturbe (podría agregar la incesante injerencia de lo incómodo). Lo que hace la intimidad en un encuentro así es conjurar todo eso y delimitar un espacio en el que podemos distendernos, ser sinceros, mostrarnos tal cual somos y animarnos a pensar y exponernos. No estaríamos dispuestos a que cualquier persona sea testigo de lo que allí sucede, de que oiga nuestras conversaciones, de que incluso haya juicios de valor sobre nosotros. En ese punto la intimidad nos protege de tener que cuidarnos de cómo nos damos a ver. 

Entonces, la ceremonia de agradecimiento a la Pachamama, en estas latitudes, tiene ese carácter, pero a su vez es algo que se abre a lo extranjero, a la posibilidad de que alguien consuma eso bajo la forma del ver o de participar. En la plaza de Purmamarca habían abierto un hoyo al lado de la fuente y la gente hacía cola para arrodillarse, hacer la ofrenda que ahí te daban y luego retirarse. Ignoro si debían pagar algo o no, pero me pareció ver allí una zoología de la más diversa, en el sentido de la multiplicidad de existencias que formaban esa cola. El asunto es que allí el fenómeno está abierto, pero a su vez, en esa apertura que hace posible al extranjero participar, acceder, nada de lo suyo, de lo propio es ofrendado. Ningún trabajo previo de cocción, con la dedicación que exige ofrendar lo mejor que uno tenga para dar, antecede a ese momento. Las personas se colocan en la cola, cuando llega su turno se arrodillan frente al hoyo, se le otorga el material a ofrendar y se lo deposita. 

Néstor, de la comunidad de Tumbaya Grande, me dijo ayer que mucho de lo que se ofrece a la Pachamama es el producto de la cosecha. La mayoría de los granos que se cocinan vienen de esa cosecha, y al ofrendarle lo que se hace es devolverle a la Madre Tierra algo de lo que ella hizo posible. Se participa entonces de un ciclo en el que lo fundamental es el círculo, aquello que emerge a la vida es luego ofrecido. Más allá del lugar específico en el cual sucedió la ceremonia de ayer -una planicie donde antiguamente se ubicaba un sembradío, al cual se accede por un camino de ripio- lo que importa de ese acto es la relación que uno establece con la tierra, con sus productos y cómo los tiempos de la siembra pueden influirnos. 

A partir de otra conversación con Noel -el casero del hospedaje donde estamos- advierto lo siguiente: la ceremonia del primero de agosto se desdobla, sufre una fractura que por un lado la expone a la curiosidad y a veces hipocresía turística y por otro lado la relega al fuero interno de cada familia, de cada agrupación. Esa intimidad no obedece a los tiempos estrictos del calendario, sino que cada quien decide cuándo y cómo ofrendar. Porque en definitiva hay algo que debemos comprender: es aquello que la tierra nos dio como fruto, semilla, grano, lo que vuelve a su vientre, es el producto reintegrado en una lógica circular donde lo que cayó de la planta pasó a través de nosotros y vuelve, para ser alimento, oración, evocación y recuerdo de quienes estamos de este lado. 

Martes 2/8

Anoche, obra de teatro en una de las esquinas de la plaza de Tilcara. Una mujer muy anciana y un hombre conversan sobre el General Lavalle. De pronto, llega un hombre a caballo que hace las veces de voz en off y explica los hechos recientes -en la historia- que desembocan en la muerte del General. La obra se desarrolla en el cruce de cuatro calles y en una de las ochavas está la casita donde velaron al General durante algunas horas. Luego aparece la figura del cura, que intermedia entre el narrador y un soldado de la tropa de Lavalle que se acerca, montado. Éste dice que su tropa está diezmada y que el enemigo les pisa los talones. Que deben cumplir con su palabra: trasladar el cuerpo de Lavalle hasta Bolivia, para darle sepultura merecida. El cura se abre de manos, en señal de imparcialidad. Dice que él no puede tomar partido por ningún bando pero que ofrece su casa para velar un momento al General y darle una sagrada despedida. El soldado agradece, pero le aclara que la tropa va a montar guardia afuera porque no confían en nadie. El soldado y su caballo se alejan, y el narrador, vestido de época, pero con un semblante de profesor, dialoga con el hombre y la mujer indígenas sobre Lavalle. Hablan del fusilamiento de Dorrego, que a Lavalle le llenaron la cabeza y después de hacer lo que hizo lo dejaron solo. Se da a entender que fue esa influencia la que hizo decidir el fusilamiento. Hablan de la bravura del General que arremetía en combate sin aguardar a la tropa. El valor que a veces sirve para la batalla pero que a veces lo hunde.

Se escuchan los cascos venir de allá al fondo de la calle. Suena una canción que habla de la muerte del General. La escena se vuelve intensa, asciende el dramatismo, el cuerpo del General tendido sobre el lomo del caballo, sus manos que cuelgan, bamboleándose. El cuerpo está doblado sobre el lomo del animal, los puños de su camisa blanca ensangrentados. Lo bajan y lo llevan en andas hacia la casa velatoria. De allí dentro emana una luz mortecina, de un tono entre anaranjado y verdoso.

Jueves 4/8

Sucedió varias veces. En el patio de alguna casona donde almorzamos hay un hoyo abierto y tapado. Allí, en medio del paso. Encontramos otro al lado del reloj de sol que está en la línea imaginaria del Trópico de Capricornio. Una vez que el hoyo se va llenando con las ofrendas se lo comienza a tapar con botellas invertidas. A su vez, con esa tierra que se retiró del procedimiento de cavar, se arma un montículo donde por cada quien que ofrenda se pita un cigarrillo y se deja clavado allí, en la tierra, invertido también. Se dice que dependiendo de cómo se encienda la brasa del cigarrillo la fortuna de quien ofrenda. La sensación es la de que ese palpitar de la llama es la Pacha que anda boqueando. Una vez que ese hoyo se abre- un hoyo que a su vez es la boca de la Pachamama- se le tiene que volver a tapar. Una boca abierta que debe cerrarse.

Sàbado 6/8

Retengo lo siguiente de este viaje. Un momento. Acabamos de llegar al Museo en los cerros, tomando un desvío de veinte minutos de la ruta, por un camino de piedras, atravesando algunos hilos de agua que en tiempos de lluvia deben volverse potentes. Mientras dura el viaje miro el paisaje y no puedo creer que hayan montado un museo de fotografía en medio de la montaña. Llegamos. Una tranquera cerrada. Golpeamos las palmas y un hombre sale de una casita allá al fondo y dice que están demorados, que ya llegan. Son las diez y media de la mañana. Hacemos tiempo; Lina corretea y mete la cabeza, se asoma por entre la tranquera. No hay manera de hacerla salir de ahí, se queda mirando hacia la casa del hombre. Sol encuentra una especie de barra de contención, que está ubicada a modo de barral en los laterales de un pequeño puente. La miro elongar su cuerpo. Camino y me alejo unos metros, escuchando la gramilla debajo de mis botas. Crujir de rocas. Frente a nosotros una enorme pared de piedra, una suerte de medianera descomunal que recorre todo el paisaje de una punta a la otra. Hay un tono de la luz que es gris. Y entonces sucede que me detengo a escuchar y por primera vez en muchos años no oigo nada. Una ausencia monocromática y sostenida, solamente interrumpida por algún pájaro lejano. Sigo escuchando. Pasan los minutos y no se oye nada. Todo está suspendido y parece que nada se mueve. Un farallón de piedra, una torre de media tensión, la gramilla que cruje. Tal como creía Sontag: cuando se reduce el contenido del mundo podemos ver en detalle las cosas. Nuestra experiencia sensorial se expande.

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