Naturaleza metalúrgica.
Ensayo de introducción: Juan Cruz Catena
I
Estas fotos le sonsacan melodías a la melancolía. No son para ansiosos. Tampoco para cansados. Su claroscuro viene con freno de mano. Los ansiosos, vuelcan. Los cansados, pasan desapercibidos. Arranco con una precaución, casi una señal de velocidad.
II
Estas fotos usan el color de escondite, como las liebres entre pastizales. Desafían al imperio de luz actual tras el ocre amarillo y rojizo. Pintan la degradación y el óxido, la corrosión. Son imágenes que ocultan en lo que muestran: pueblerinas.
III
En el “Manual de Parapsicología”, cada 2 o 3 páginas, Mario Levrero recomienda ‘suspender la lectura’ o ‘alternarla con otras actividades’. Lo hace para que el lector no caiga en los efectos autosugestivos o hipnóticos de un contenido invasivo. Con estas fotos recomendaría lo mismo. Las anima algo sobrenatural, no se sabe si son fotografías o portales distópicos. Mire dos, haga un mate/ mire tres, vaya a la despensa/ mire cuatro, hable por wasap/ y así.
De estas fotos uno sale corriendo. Es una inervación fisiológica, uno no puede enrostrarse a la luz mala sin huir. Pero, es cierto, tampoco podemos no volver/ al lugar/ esta vez/ no solos/ bien acompañados/ a verla/ de nuevo/ esta vez/ reconociendo/ su poder/ de atracción/ a pesar de uno/ mismo/ esta vez.
III
Los dos lugares más atractivos de mi infancia fueron El Aguilucho y El Palomar. Dos aves. Una rapaz. La otra mensajera. Sigan esa otra pista en estas fotos: la predación y la correspondencia.
El Aguilucho era un desarmadero. El Palomar era un nido ciclópeo. Los dos eran del mismo color, color pardo, óxido rojizo, ocre, el color de la tierra madre, el color de la degradación, el color de los primeros bueyes de las primeras pinturas de las primeras grutas estéticas, el color predominante de las naturalezas metalúrgicas/ que son/ el blanco/ del agujero/ del ojo/ del autor.
El Palomar estaba lleno, de aves, muertas. Era un palomar de espectros. Graznaban y gorjeaban por las noches. Y eso no era natural. Tampoco artificial. Vivían en él todos los sonidos de quienes alguna vez anidaron. Era un Palomar sin palomas, una reliquia, una fotografía con tabú de contacto.
En el Aguilucho vivía Damián. Era uno de mis amigos. Doy fe que, por las noches, no dormía. Contaba que, a medianoche, empezaban a oírse lamentos, gritos estentóreos. No sé cómo conseguía Damián la simpatía que lo caracterizaba durante el día si por las noches enfrentaba chatarras en pena. Quizás es la misma que aísla el autor, extraída de sonidos fósiles.
Es la simpatía de aquellos que fueron azotados al soñar despiertos: pesadilla de la cual despierta una belleza rudimentaria.
IV
La indeclinable fuerza del color. Hay algunos colores que, por territoriales, viven intranquilos, en estado de alarma: colores cervatos.
El rojo de una sillita/ el de una toalla/ el de un pájaro/ el de una flor/ el de una ginebra/ rojo perdiz/ rojo liebre/ rojo cervatillo/ aguza sus orejas/ ante la presencia inminente/ de la predación verde amarilla negra blanca/ ay/.
Esa autoconservación del rojito, a pesar de la invasión policromática del tiempo perdido, me recuerda a la primera pelota de fútbol que me regalaron los reyes magos en el 83 y que me duró hasta el gobierno de Menem.
V
El aparente sosiego de los pueblos.
El aparente. Sosiego. De los pueblos.
El aparente sosiego. De los pueblos.
El aparente. Sosiego de los pueblos.
Puede ser el estribillo de una canción de folk. Pero también puede ser la evidencia de un citadino, decepcionado, por haber chocado de frente con el abandono ahí donde buscó su paz.
Una foto/ sola/ guarda el golpe/ Cinco o seis/ en serie/ lo vuelven un recuerdo/ motor.
VI
Me animaría a decir que estas fotos se inventaron para conservar los sonidos matéricos de la naturaleza metalúrgica natal.
Ensayo de introducción: Juan Cruz Catena
I
Estas fotos le sonsacan melodías a la melancolía. No son para ansiosos. Tampoco para cansados. Su claroscuro viene con freno de mano. Los ansiosos, vuelcan. Los cansados, pasan desapercibidos. Arranco con una precaución, casi una señal de velocidad.
II
Estas fotos usan el color de escondite, como las liebres entre pastizales. Desafían al imperio de luz actual tras el ocre amarillo y rojizo. Pintan la degradación y el óxido, la corrosión. Son imágenes que ocultan en lo que muestran: pueblerinas.
III
En el “Manual de Parapsicología”, cada 2 o 3 páginas, Mario Levrero recomienda ‘suspender la lectura’ o ‘alternarla con otras actividades’. Lo hace para que el lector no caiga en los efectos autosugestivos o hipnóticos de un contenido invasivo. Con estas fotos recomendaría lo mismo. Las anima algo sobrenatural, no se sabe si son fotografías o portales distópicos. Mire dos, haga un mate/ mire tres, vaya a la despensa/ mire cuatro, hable por wasap/ y así.
De estas fotos uno sale corriendo. Es una inervación fisiológica, uno no puede enrostrarse a la luz mala sin huir. Pero, es cierto, tampoco podemos no volver/ al lugar/ esta vez/ no solos/ bien acompañados/ a verla/ de nuevo/ esta vez/ reconociendo/ su poder/ de atracción/ a pesar de uno/ mismo/ esta vez.
III
Los dos lugares más atractivos de mi infancia fueron El Aguilucho y El Palomar. Dos aves. Una rapaz. La otra mensajera. Sigan esa otra pista en estas fotos: la predación y la correspondencia.
El Aguilucho era un desarmadero. El Palomar era un nido ciclópeo. Los dos eran del mismo color, color pardo, óxido rojizo, ocre, el color de la tierra madre, el color de la degradación, el color de los primeros bueyes de las primeras pinturas de las primeras grutas estéticas, el color predominante de las naturalezas metalúrgicas/ que son/ el blanco/ del agujero/ del ojo/ del autor.
El Palomar estaba lleno, de aves, muertas. Era un palomar de espectros. Graznaban y gorjeaban por las noches. Y eso no era natural. Tampoco artificial. Vivían en él todos los sonidos de quienes alguna vez anidaron. Era un Palomar sin palomas, una reliquia, una fotografía con tabú de contacto.
En el Aguilucho vivía Damián. Era uno de mis amigos. Doy fe que, por las noches, no dormía. Contaba que, a medianoche, empezaban a oírse lamentos, gritos estentóreos. No sé cómo conseguía Damián la simpatía que lo caracterizaba durante el día si por las noches enfrentaba chatarras en pena. Quizás es la misma que aísla el autor, extraída de sonidos fósiles.
Es la simpatía de aquellos que fueron azotados al soñar despiertos: pesadilla de la cual despierta una belleza rudimentaria.
IV
La indeclinable fuerza del color. Hay algunos colores que, por territoriales, viven intranquilos, en estado de alarma: colores cervatos.
El rojo de una sillita/ el de una toalla/ el de un pájaro/ el de una flor/ el de una ginebra/ rojo perdiz/ rojo liebre/ rojo cervatillo/ aguza sus orejas/ ante la presencia inminente/ de la predación verde amarilla negra blanca/ ay/.
Esa autoconservación del rojito, a pesar de la invasión policromática del tiempo perdido, me recuerda a la primera pelota de fútbol que me regalaron los reyes magos en el 83 y que me duró hasta el gobierno de Menem.
V
El aparente sosiego de los pueblos.
El aparente. Sosiego. De los pueblos.
El aparente sosiego. De los pueblos.
El aparente. Sosiego de los pueblos.
Puede ser el estribillo de una canción de folk. Pero también puede ser la evidencia de un citadino, decepcionado, por haber chocado de frente con el abandono ahí donde buscó su paz.
Una foto/ sola/ guarda el golpe/ Cinco o seis/ en serie/ lo vuelven un recuerdo/ motor.
VI
Me animaría a decir que estas fotos se inventaron para conservar los sonidos matéricos de la naturaleza metalúrgica natal.
Para ver mas material del autor:
www.fontanaf.com.ar
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[…] EL APARENTE SOSIEGO DE LOS PUEBLOS / Federico Fontana […]