CARTOGRAFÍAS / Andrés Correa

Un murmullo se filtró en el rumor de la lluvia que golpeaba contra el pavimento. Parpadeó y comprobó que tenía los ojos abiertos en el espesor de aquella negrura. Con toda la fuerza en sus brazos, apretó los puños con la esperanza de encontrar el movimiento adecuado que venciera el rigor y la tensión de los nudos. Insistió unas cuantas veces antes que las muñecas sufrieran un picor y un ardor intenso que lo obligarían a rendirse. Lo único que obtuvo fue una respiración desorganizada. No supo en qué momento se había recortado esa voz suave y de cadencia anémica, que ahora parecía dirigirse hacia él, acompañada por unos pasos, cada vez más nítidos, que oyó detenerse a pocos metros. Permaneció inmóvil, contuvo mal el aire, el poco aire que podía respirar en el diminuto espacio. Un crujido lo sobresaltó y los pasos se alejaron nuevamente. Después, un golpe seco fue la secuela de un portazo. Afuera el agua ya no caía y adentro los gemidos y el llanto se ahogaban en la tela de la mordaza. Una vez en marcha, comenzó el tironeo según entraban los cambios. Sintió la adherencia y el zumbido se propagó. 

El trayecto dejaba marcas en el cuerpo. Sacudones constantes eran indicios de que aún no habían llegado muy lejos. La certeza llegaría más tarde, en el preciso momento que reconoció el bullicio que azota a las grandes ciudades. Así, de golpe, sin previo aviso, como si una ráfaga de viento le hubiese alcanzado las últimas notas musicales de la actividad humana que estaba dejando atrás. Aunque sonaba todo mucho más vago y opaco, retuvo cuanto pudo, menos el significado de las palabras que largaba esa voz ronca de la cual no se había percatado y que se mezclaba con aquella otra que había escuchado minutos antes. Durante un largo rato solo captó la sintonización de la radio entre interferencia y ramalazos de canciones mal ejecutadas. Los rastros de la ciudad iban desapareciendo junto a los sacudones. Por primera vez, ahí dentro, respiró un aire fresco que entraba por alguna hendija inhallable y traía un aroma a tierra mojada.

El ritmo acompasado del motor en marcha empezaba a embotarlo, una cortina metálica amplificándose parecía ser el telón de fondo de esa escena que nunca terminaba de cerrarse por completo. Cada tanto un zumbido irrumpía en dirección contraria provocando pequeños temblores. Se le hacía más difícil tratar de entender qué decían las voces. Se mantuvo así bastante tiempo —siempre en línea recta—, lo suficiente para disipar la oscuridad. Las pupilas dilatadas se habían acomodado a una  tonalidad entre violácea y verdosa. Pese a los nudos que lo obligaban a seguir en una posición fetal que había resultado inalterable a sus acciones por liberarse, le fue posible distinguir una serie de objetos. Inclinó la cabeza y frente a él, contra el ángulo donde terminaban sus piernas, descubrió en la penumbra la forma de un bidón. Junto a su cara, a unos metros de su mandíbula, unos palos largos sacaron un tintineo agudo. Esta vez el ardor se expandía a lo largo y a lo ancho de todo su cuerpo. Por el torrente sanguíneo viajaban volquetes rebalsados de escombros. Pudo sentir su estómago partirse al medio, el nacimiento de una fractura de aire caliente generando un agujero negro capaz de desintegrar cualquier tipo de materia que le arrojasen.

La velocidad crucero saboteó cualquier posibilidad de cálculo. Su cerebro había logrado asimilar la cortina envolvente que ya no solo pasaba desapercibida, sino que había sido capaz de pulverizar cualquier longitud de onda. Escapaba  a la conciencia. No existía más en el mundo de las ideas. Por su parte, las voces no habían regresado y no tuvo más remedio que utilizarlo a su favor. Nuevamente arremetió contra las ataduras que lo inmovilizaban, intentó separar sus manos, enfrentando una a la otra, y la textura rugosa de la soga con sus pequeños filamentos producía desgarraduras en la carne. Contrajo todos los músculos, incluso los que desconocía. Rápido una quemazón se le subió a la cabeza y las venas se le tallaron en el cuello. Un estruendo lo sorprendió y por unos segundos olvidó aquella empresa a la cual se había dedicado con mucho esfuerzo pero sin resultados. La velocidad comenzó a disminuir. Quedó tieso, sin saber muy bien en qué creer ni en qué pensar. Dirigió la atención con la esperanza de captar alguna señal que viniese de afuera, pero su respiración sincopada era tan grande que lo aturdía. Volvieron los sacudones; las voces fueron ganando consistencia. Entendió que se trataba de un hombre y una mujer, al mismo tiempo que el sonido de los neumáticos devolvía ese sonido tan característico de los caminos de ripio. 

Se detuvieron. La lluvia caía de nuevo por todas partes, dejando tras de sí un repiqueteo hueco. Escuchó las puertas abrirse casi al mismo tiempo, pero solo una se cerró. Un haz de luz  pegó en su cara y lo encandiló. Apretó los párpados y sintió dos manos gordas y torpes que lo tomaron por debajo de las axilas. Lo inmovilizaron, más de lo que ya estaba, lo desataron y le quitaron la mordaza. Hundió sus rodillas en el barro frío. Empapado como estaba  y con la ropa pegada al cuerpo, estuvo sin hablar, tal cual le había sido ordenado. Entreabrió los ojos, aún doloridos y ahora desorientados por aquellos confines geográficos. Observó los pastizales a través de las luces del auto.

 A unos metros de donde él yacía, un camino de tierra se internaba en el descampado, dividiendo dos campos cercados por alambres de púa. Se oía el siseo de las plantaciones provocado por el viento. Los postes de alta tensión se extendían hasta perderse y los cables atravesaban la parte del cielo justo encima de su cabeza. Más atrás, se perdía en la pradera, el olor intenso de los eucaliptus que se traslucían en la  intermitencia de los relámpagos y en cada destello de luz blanca aparecía un silo agazapado en la penumbra.

Un hombre más ancho que alto, y de cuello pequeño, estuvo a su lado sin pronunciar palabra, mientras la mujer sentada en uno de los asientos de adelante tenía la puerta abierta y medio cuerpo afuera, en dirección a ellos. La cara apuntaba a su regazo y manipulaba una libreta que miraba con detenimiento. La mujer lanzó un ademán al aire y el hombre se acercó a ella tomando un poco de distancia. Hablaron en secreto, siempre con el cuidado necesario de no mostrar sus caras. Como si hiciera falta usaron las manos para interceptar sus labios de la visión ajena, acabando con cualquier posibilidad, por mínima que sea, de que su conversación fuera a ser descubierta. La mujer estiró su cuerpo hacia el asiento contrario y apagó las luces. La silueta del hombre, ahora lúgubre, caminaba torpe hacia él, que seguía arrodillado y tembloroso. Se paró a su lado con una mano en el bolsillo; estaba tan cerca que pudo oler el cuero de su campera. En el aire, flotó un brillo filoso y cromado. 

Impunes quedarían aquel hombre y esa mujer, pensó, pero eso no imposibilitaría el hallazgo de su cadáver escondido entre las malezas, carcomido por insectos y animales carroñeros. Algún lugareño seguiría el rastro hediondo de la carne en descomposición, o se toparía, así, sin más, con los restos de su organismo. Daría aviso a la policía, quizás, cómplice de su calvario, llegaría al lugar de los hechos a sabiendas y sin mucho afán por llegar al fondo del asunto. Despejarían la zona. La cercarían. Los flashes pálidos resbalarían sobre la carne más pálida aún. Seguirían el protocolo al pie de la letra. De acuerdo a los planos estipulados, de atrás, de adelante, y hacia ambos costados, para que los ojos de la ciencia nunca acierten. Luego el hospital, la luz mortecina, el olor a formol y los resultados de la autopsia con una jerga lejana e impotente no registrarían bajo ninguna forma el dolor recibido después de aquel culatazo en la sien que acababa de derribarlo.

El hombre se acercó, gesticulaba. Le resultó imposible escuchar lo que decía. Solo tuvo la seguridad de que eso que decía y no escuchaba: se lo decía a él. Boca arriba el agua golpeaba de lleno nublándole la vista, una fuerza mecánica lo presionó hasta incorporarlo. Escuchó amartillar con sigilo y después el brillo en su cabeza donde minutos antes había impactado el culatazo. Un estruendo elástico habitó en su memoria. En el viento respiró pólvora. El hombre sonrió y le pasó la mano callosa sobre la cara. Todavía riéndose, volvió sobre sus pasos hacia donde se encontraba la mujer que los había estado observando como si fuera un científico que registra su propio experimento. Ella continuaba en el asiento con la libreta en su regazo.

Murmuraban entre sí, dándole la espalda. Descubrió que ninguno de los dos lo vigilaba, aunque no estuviera del todo seguro, le resultó obvio que habían cedido un poco en su atención. Pensó en correr pero antes de que esa idea cobrara algún efecto en su cabeza se arrepintió. El sudor frío le corría por la nuca y su pecho era un redoblante. Pasaba el tiempo y parecían más dispersos, como si le hubiesen restado total importancia. Tanteó el terreno, era fangoso. La idea ya había tendido puentes con otras. Se aseguró de afirmarse antes de empezar a correr, movió apenas el cuerpo y estudió la reacción de los otros dos. Nada. Comenzó a moverse muy lentamente y cuando estuvo seguro comenzó a correr.

Con movimientos duros corrió sin mirar atrás, sin detenerse un segundo. La ropa empapada pesaba el doble y debía tener cuidado de no pisar muy fuerte para no enterrarse. Tuvo la convicción de que recibiría un impacto pero nunca llegó. Tampoco se oían pasos detrás. Nunca dejó de correr. La respiración le inflaba el pecho como una pelota. La vista siempre hacia adelante. En el horizonte las luces de los autos era un desfile de pequeñas monedas de oro. Ya no lo seguían. Se dedicó a escapar al igual que tantas otras veces. La cortina de agua no se detenía y tampoco lo haría él. Gritó, sonrió y comenzó a llorar. Continuaba el ardor intenso en sus extremidades y el vacío en su estómago era mayor que antes. Siguió corriendo durante segundos y minutos que parecieron horas, pero a cada paso las luces de la ruta se deshilachaban hasta que llegaron a tener la forma de delgados hilos dorados. La ropa comenzó a despegarse y era un poco más liviana, estaba exhausto y los campos que lo rodeaban no pasaban tan rápido como antes. No había orificio por donde recolectar aire, el tranco era menor y sus piernas ya no respondían las órdenes de la cabeza. Entonces, boca arriba, con todo el cielo a su alcance, intentó incorporarse y no pudo moverse, miró a su alrededor tanto como le fue posible y percibió la soledad que lo rodeaba. Dejó caer su cabeza contra el pasto ralo de la cuneta. Esperó que regresaran las voces que nunca más escucharía.

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