Muitú comienza con un primer poema en el que la voz poética nos dice tener, en el costado izquierdo de su pecho, “un ovillo que espera // para seguir”. Mi primera reacción fue preguntarme: ¿para seguir a dónde? El corazón late y ya está, no espera. Después de varias páginas volví al principio y creí entenderlo.
A primera orden, en estos poemas accedemos a otro año, otra provincia, otro bioma. Las especies chaqueñas de animales y un árbol de mango son la escenografía constante. Pero el libro se puede leer como si mirásemos por el lente de una cámara de fotos. Girar el lente con los dedos, foco manual, implica al mismo tiempo perder definición en un plano de cosas y ganarlo en otro. Cuando hago esto dejo de encontrarme con los nombres de las especies, dejo de ver la casa en el campo. Hago foco y veo un cuerpo humano tapado de barro, la voz poética nos asegura que su juego favorito está en ese camuflaje. Y es que Ernesto Gallo escribió un libro paradójico para su nombre: el libro se trata de un humano que no solo no quiere ser humano, sino que ni siquiera está seguro de aceptar esa denominación.
Una familia es un muitú, una enamorada un mbiguá y en el pecho hay un tatú mulita. Un hombre pide silencio para escuchar lo que le dice la tierra, la misma tierra en la que un caballo se baña y en la que escarba un topo grillo. La misma tierra que genera un corazón de barro para quien nos habla. El polvo, la tierra, el barro, son distintos estados de la misma materia, y en este libro nada tienen que ver con la mugre. En cambio son aquello que permanece, no se modifica más que de forma transitoria por la cantidad de agua disponible, no se muda de ciudad. Bañarse es, entonces, revolcarse en esa tierra como el caballo. Y así volver a casa.
Pero volver no es tan sencillo, sobre todo si te fuiste hace mucho. Quien nos habla carga una deuda con eso que dejó en el pueblo.
Entonces, “un ovillo que espera // para seguir” … ¿para seguir a dónde? Estamos a la espera de una transformación. Casi como una mitología propia, Ernesto construye un ciclo en donde los mismos seres vuelven a visitarlo, representando un papel nuevo cada vez. El mismo animal que anidaba en su pecho al principio del libro es el que juega carreras contra los ciclistas. Pienso entonces que el autor, contenido todavía en la escenografía de su infancia, espera para poder completar su transformación: correr a toda velocidad, sin motivo, olvidando las reglas del mundo humano.
Hacia el final del libro, después de enseñarnos a extrañar con él una infancia caracterizada por la naturaleza, Ernesto nos muestra una cara más oscura. Una madre asesina al hijo de otra madre, todos se comen entre todos, de forma literal y figurativa. Casi como en puntas de pie o en voz muy baja, nos lleva de la mano por la pérdida de la inocencia: sí, dijimos que el corazón esperaba para transformarse al mundo animal y ser uno con el barro. Pero ahora entendemos que también puede dejar de latir, y eso que anida en el pecho se transforma en una pregunta por la vida del otro. Seguir significa entonces no dejar que el cuerpo se enfríe.
“(…)
en sus palabras
un azul
y helado glaciar
en el hielo duerme
un animal
que mantiene su calor todavía.”
Este no es un libro de poemas reunidos. Los poemas funcionan como hormigas agricultoras. Ellas transportan alimento al hormiguero para nutrir al hongo que después va a servirles de alimento a ellas. Algo así sucede con el sentido en Muitú: cada parte del libro aporta un nutriente, una proteína distinta, que se acumulan en un lugar escondido. Unos días después de leer el libro, tal vez no recordemos las palabras que se dicen pero conservemos al animal tibio y dormido sobre el hielo.







