




Lo que quiero es conocer cada rincón
Levantar cada una de las piedras,
Ver la forma amoldada del musgo que vive debajo
Y lastimarme sin querer los dedos con la corteza del ciprés.
Alameda – Rosario Bléfari
En La música equivocada
Hay una serie de preguntas que insisten desde el silencio. Algunas tienen que ver con la fotografía, algunas tienen que ver con la luz. Pensarse detrás de una cámara siempre las instala: ¿En qué lugar queda uno cuando dibuja con una materia tan caprichosa, tan íntima como indiferente? ¿Por qué quedamos atrapados en un juego así de esquivo? ¿En qué anda alguien que camina con una caja negra colgada en el cuello intentando retratar algo que, rara vez, es como se nos presenta a los ojos?
Estas preguntas atravesaron de cuerpo a los impresionistas. Entre ese sol naciente inaugural y los jardines de nenúfares, Monet se entregó a los misterios de la luz: disponía de atriles paralelos para pintar paisajes presumiblemente simples, sin dejar de ser imponentes, más atrapado por las variaciones de la luz —y del aire que la recoge— que por el objeto en sí. Algunas de sus series se componen de 20 o 30 pinturas cubriendo desde los rosáceos del amanecer hasta los dorados que anteceden al azulino de la noche.
Podríamos decir que la fotografía nace como tal —una historización resulta siempre insuficiente y redundante— en el momento en que alguien logra fijar esa danza de luz en un soporte, en aquel primer momento privado de las sutilezas del color. Redobla entonces la pregunta eterna por esa duplicidad que despliegan el cuerpo y la imagen.
¿Qué es un cuerpo? ¿Qué relación tiene con su imagen? ¿Quién puede hacer y producirme a través de esa imagen? Pero la propiedad solo existe en el reino de la palabra, y la luz es esquiva también a su registro, incluso en sus formas más sofisticadas. Solo ofrece su poesía a aquellos que se sueltan a escucharla

Una foto no constituye, en estos términos, un objeto; es más bien un momento que radicaliza su condición de fugaz.
Y estas fotos constituyen una memoria que se comparte desde ahí.
Comparten una ciudad
solo en su relación con el verde.
Juegan incluso con la dureza de sus planos,
a condición de entibiar sus contornos
al final del día;
sin líneas, los rincones se desdibujan.
Saben que una sombra
es requisito para que un reflejo se multiplique.
Habitan el monte
dejándose penetrar por luces intrusas,
indispensables para esa piel.
Se pierden en la textura del aire,
en su juego de dispersiones,
susurrando la potencia de lo efímero.
Podríamos decir que es ése, uno entre tantos, el estatuto de alguien que camina con una caja negra colgada en el cuello. Seguramente alivianada con el peso de las caricias familiares.
Ahí va entonces quien sonríe despacio al escuchar los secretos de la luz, discreto de no ofenderlos. Secretos que se posan en todo aquello que nos hace.










