Domingo. Noche sin estrellas. Un hombre pálido camina con las manos dentro de los bolsillos de un piloto beige. Solo las expone al frío para fumar.
Cruza una avenida, rodea una estación de servicio y sus pulmones saborean partículas de nafta. Dobla por una calle de adoquines. Más adelante, choca contra un plexo de callejones. A cada lado, casas con tejados que se inclinan pronunciadamente. La oscuridad sería total si no fuera por los faroles. Miedo en las fachadas: sensores, cámaras, trozos de vidrio apuntando al cielo. Acelera el paso.
Llegando al núcleo de callejones, sobre el umbral de una casa abandonada, bajo un cono de luz amarillo-sucio, tiene la impresión de ver a un ángel. Se acerca; ojos achinados, arrugas en la frente. Y para su asombro descubre que no se trata de un ángel sino de una puta angelical.
Ella lo observa de arriba abajo. Rezuma arrogancia. Tiene todas las aptitudes para hacerlo. Entretanto, el hombre pálido de piloto beige permanece en silencio.
Zapatos de tacón negros como la noche. Un vestido rojo que se ciñe a la cintura de frasco de perfume. Rojo replicándose en los labios, ahí donde a él le parece ver su nombre escrito en un dialecto preterido.
Apoyándose en la pared, el hombre pálido de piloto beige ensaya un acercamiento. Y su nariz florece al aspirar la música que proviene de ese cuello coronado por perlas de oropel.

—¿Estás muerto? —dice el ángel rojo, y echa al aire un anillo de humo.
—No. Alguien se llevó mi corazón —dice, y mira al piso.
El ángel rojo se inclina y, apoyándole el índice en el mentón, le levanta la cabeza. Después, le da un beso; el cuerpo del otro enrojece.
—¡Mirame! —abriendo los brazos.
—Sí, ya sé —mientras escruta de reojo la oscuridad del callejón.
—Quiero más.
—Lógico.
De fondo, sirenas, ladridos, el oscilar de los cables de luz.
—¿Cómo te llamas? —dice el hombre antes pálido como el objeto de trabajo de un tanatopractor.
—Luz.
—¿Puedo buscarte mañana?
—Sí. Misma hora, mismo lugar —dice el ángel rojo, y seguidamente se interna en la penumbra.
Un lunes como cualquier otro. A las seis de la tarde se va de la oficina sin saludar a nadie. En la calle, enciende un cigarrillo. A las pocas cuadras ingresa a la pensión donde vive con su mujer. Pero ella no está, hace mucho que se fue. «Seguro viene mañana», especula, mientras del cajón de la mesa de luz extrae un porro.
Entre pitada y pitada se hace de noche. Antes de irse, todavía grogui, se da un baño y se trajea. En el espejo de pared se busca, pero no se encuentra.
Cierra la puerta y atraviesa el pasillo donde solo funcionan dos de las seis bombillas. Esquiva piernas que dormitan sobre charcos de vómito. Rechaza a magdalenas que se le ofrecen con los pechos al aire. En cada una reconoce su palidez. Otra vez está pálido, aunque eso ya no lo aflige.
Afuera, llueve. Mientras cruza las franjas de la avenida fantasea con domar a una cebra. La luz de los postes alumbra ahí donde si no habría oscuridad. Una oscuridad que se palpa en todas partes, menos en los labios del ángel rojo.
Deja atrás la estación de servicio, dobla por la misma calle que anoche y penetra el plexo de callejones, hoy particularmente más turbio. Hace caso omiso al rumor del viento. Sortea el recodo y llega a la casa abandonada: el ángel rojo no está. Y antes de perder el corazón que no tiene, en la puerta encuentra una nota. Y junto al «Te espero», una dirección a la que la remata un beso grabado con rouge. Se lleva el papel a la boca; sale a buscarla.

Ilustración: Santiago Grunfeld
Cada tanto rueda algún coche y el amarillo de los faros se refleja en la película de lluvia. El hombre pálido de piloto beige cree captar formas de estatuas, monumentos, catedrales. La niebla se confunde con el vapor que brota de las alcantarillas. Avanza por una zona de imprentas, gomerías, curtiembres. Dobla en una esquina donde una cartelera anuncia un show de hace añares. Sigue a través de una calle que lo saca a un callejón sin salida. La única luz proviene del fondo, de un local de dos pisos que se alza por delante de una línea ferroviaria perimida.
No hay timbre. Golpea. La puerta se abre. Entra.
Atraviesa un pasillo que dejaría sin aire a un claustrofóbico. Choca con un telón de terciopelo; lo corre.
El salón huele a alcohol, humedad, desodorante de ambiente. Las luces lo encandilan, aunque no tarda en acostumbrarse a sus colores. En el techo, una bola de boliche. Sobre el centro, una tarima con un caño en la punta. Alrededor, sillones colmados por hombres de risas de hiena y miradas sibilinas. Fuman habanos mientras unas madonas en lencería los rodean con brazos flacos de tanta droga. Una de ellas (tacones vértigo, peluca azul, ojos de mica) se le acerca.
—¿Venís por alguna de nosotras o por Ella? —dice, y sus pestañas absorben los destellos.
—Por Ella.
—No está.
—Pero me dejó esta dirección —y una gota de lluvia le rueda cara abajo.
Pausa.
Música.
Gritos.
—¿Dónde puedo encontrarla?
—En la luz —dice, y sale tras algún cliente que esté dispuesto a sacar la billetera.
El hombre pálido de piloto beige se bate en retirada. Cuanto más corre, más llueve. Con el último aliento, llega al plexo de callejones. Otra nota espera por él: «Buscame en la luz».
Bajo un diluvio que no da tregua, rastrilla la zona. Pero ni rastros de Ella. Además de pálido, ahora su rostro proyecta el desasosiego de las gárgolas.
Al rato, cuando la oscuridad amenaza con devorárselo todo, surge un fulgor al final de la calle. Los labios del hombre pálido de piloto beige articulan una mueca.
No corre, no hay necesidad. Es la luz la que se dirige a él. Súbitamente, se arrodilla, abre los brazos y echa la cabeza para atrás, colmándose de lluvia. Un relámpago surca el cielo y el hombre pálido de piloto beige grita:
—Luz.
Entonces, y justo antes del contacto, el fulgor responde con un sonido semejante a la bocina de un barco.







“En el espejo de pared se busca, pero no se encuentra” (Poesía). Me encantó el relato y la revista. Que fluya la lectura!