¿Quién sabe lo que puede un duelo?
Mi vida comenzó el día en que murieron.
No me queda nada de ellos,
más que estas imágenes en blanco y negro.
Anny Duperey y Lucien Legras, El velo negro.
“Hacer el duelo” ¿qué significa? Sobre todo, qué significa si lo pensamos más allá o al menos en tensión con la idea freudiana de “trabajo” en relación al duelo. Entonces el hacer puede pensarse como una práctica, una experiencia, por qué no un estado, una invención alejada de toda generalidad. En suma, del duelo hay versiones, y la pregnancia de estas toca la escucha, no solo desde una perspectiva clínica.
Me interesa lo que señala Vinciane Despret en su crítica a la versión psicoanalítica oficial del duelo, devenida teoría: “en la medida en que se funda sobre una exigencia de desapego de los vínculos y no ofrece a las relaciones más que el espacio limitado de los psiquismos, puede constituir un medio mortífero. Hay que situar al muerto, hacerle un lugar. (…) ¿Dónde están los muertos? A lo largo de nuestra historia no hemos dejado de buscar un lugar donde alojarlos, cobijarlos, donde pueda continuar la conversación.” Para la filósofa hacer el duelo, desde la versión romántica freudiana, sería el único requerimiento que nos hacen los muertos, un deber de salvataje psíquico que no concierne a nadie más que al vivo.
El velo negro de Anny Duperey es un diario de duelo, escritura íntima, testimonio anudado a una pérdida fundacional, la de un mundo, un comienzo segado, una edad que se presenta intacta a lo largo de más de tres décadas, intocada, limpia de recuerdos, detenida. Una distancia insalvable la mantiene muda.
Cuando Anny Duperey tenía ocho años y su hermana seis meses sus padres murieron asfixiados por dióxido de carbono en el baño de la casa en la que vivían todos juntos. Los cuatro se encontraban allí. Antes de morir llamaron a su hija mayor varias veces: “ven a bañarte”. Pero ella no hizo caso. Finalmente se durmió. Al despertar, sus padres estaban muertos. Treinta y cinco años después de este episodio Anny emprendió la escritura de un libro que llamó su segundo nacimiento. De la vida anterior a ese acontecimiento no recuerda nada, sólo le queda un conjunto de imágenes en blanco y negro, los negativos de las fotografías que tomara su padre y que la hermana menor de la autora guardó durante veinte años hasta devolvérselos a su hermana mayor antes de que ésta comenzara la escritura de su libro. Ella escribe: “el impacto de su desaparición arrojó sobre los años anteriores a su muerte un velo opaco, como si ellos no hubiesen existido jamás”. Durante treinta y cinco años esos negativos ordenados en cajas etiquetadas por su padre y las cajas con placas fotográficas de vidrio permanecieron inmirados por ella: “Todo lo que quedaba de ellos estaba ahí, intacto. Los años pasaban y ella se negaba a revelar esas fotos. “Fue necesario que ellos mueran hasta en mi memoria para que yo pudiera vivir después. Estoy obligada a creer que esta amnesia debe ser clemente”. Eso es el velo, una ausencia de la ausencia sobre los primeros ocho años de su vida, sobre la imagen de esos padres tragados de forma brutal por el agujero que instala la muerte, y también sobre la muerte de una parte de la vida de la autora: “mi entierro, el más importante para mí. El entierro de mi vida, si se puede decir. Al menos de una parte de mi vida…”.
Apenas comenzado el libro Anny dice no querer pedir información a nadie sobre sus padres. “Quisiera dar cuenta, sin pedir nada prestado, de lo que me han dejado. La tarea será dura e ingrata: no queda casi nada”. La escritura es el duelo, aun sabiendo que no hay nada que pueda ser sustituido, en particular cuando un interminable velo no permite ver qué hubo ahí, cuando lo que queda es tan poco, cuando el amor recibido sólo subsiste como “abstracción” sin fin.
¿Ejecutar pieza por pieza aquello que enlazaba al doliente con el objeto de su pérdida? ¿Cómo? Cuando lo que queda es muy poco o más bien nada. Un duelo es caótico, dirá Barthes y si bien “todo el mundo conjetura el grado de intensidad de un duelo, es imposible medir hasta qué punto alguien ha sido alcanzado.” Algo de esto nos dice Duperey cuando se refiere a sí misma, dedicada –aunque ausente también de esa disposición‒ a borrar todo recuerdo de su vida antes de la tragedia, como “un pequeño monstruo de indiferencia”. Era necesario, dice, “olvidar mi vida anterior, borrarla literalmente para nacer de nuevo, sin ellos. Pues de eso es de lo que se trataba, pienso, nacer de nuevo con rudeza, al revés y en contra de esta conciencia brutalmente adquirida del ‘nunca jamás’”. Obliterar la muerte de los padres para sobrevivir. Ocultar lo que ellos eran, “su amor vuelto inútil y doloroso, el recuerdo insoportable de sus gestos de ternura, de sus manos, de sus voces que quizá todavía me llamen, quizás, tal vez. ¿Quién lo sabe? Hice morir todo lo que ellos me habían dado, arrojé todo lo de ellos para poder sobrevivir”.
¿Ejecutar pieza por pieza la orden de la realidad para liberar al yo de los recuerdos que lo comprometen con la persona desaparecida? ¿Qué sucede cuando las piezas faltan? ¿Qué voy a inventar ahora?, dice Duperey al final de su libro, “¿qué nueva digresión me va a venir a la cabeza para retrasar el momento de inscribir mi recuerdo en la página, para decirlo por primera vez?” El único recuerdo (“inmutable y definitivo”) en esa memoria, vuelta velo, de papel, oscurecida, bloqueada. ¿Cómo dialectizarlo? O mejor dicho, ¿cómo entregar el único recuerdo que conserva de sus padres la mañana en la que los encontró acostados en el suelo, la imagen de sus piernas inmóviles, muertas como todos ellos, cuando todos los demás estaban de pie?
La idea del trabajo de duelo abonada por Freud, presenta una concepción reduccionista, prescriptiva, normativizante, que supone una serie de reglas y etapas, y hasta con una duración determinada, cuyo objetivo es que transcurra de manera “normal”, supone algo muy distinto a subjetivar una pérdida. Allouch lo señala con gran precisión: en “Duelo y melancolía” no hay rito, no hay historia. El trabajo de duelo sustituye el lugar del rito. Es un duelo psíquico, privado, en tiempos de “muerte salvaje” o “muerte invertida”, alejada de la comunidad y donde se fomenta la esperanza de hallar un objeto sustitutivo que, luego de terminado el famoso trabajo de duelo, debería procurarle al doliente, las mismas satisfacciones que las obtenidas en el pasado con el objeto perdido.
¿Cómo perder esa “cosa tan pequeña en relación a todo lo que queda bloqueado, que parece la expresión misma de la impotencia?” escribe Duperey cuando se dispone a escribir ese último recuerdo que guarda de sus padres, lo único que ha sido capaz de conservar de ellos. “En el extremo de la lapicera cae una cosita, una palabra, una frase”, en el vacío que se abre ante ella, la mujer y la niña de ocho años esperan que aparezca algo nuevo, que en el vacío de lo informulado se opere una transformación. Y nada.
“¿Qué hacer si no se escribe? ¿Gritar? ¿Solamente gritar? (…) sí, grité un día. Y luego nunca más. ¿Es ese el nudo? ¿Es eso lo que es necesario que escriba? ¿Es necesario realmente volver tan lejos, a esa casa de muerte y re-clamarme? No. No quiero. Es inútil”, escribe la autora. La tesis es que la enorme pena causada por esa pérdida atroz es la que ha impulsado su enorme deseo de vivir. La escritura se mueve delicadamente en ese contrapunto.
¿Qué sería un duelo “normal”? La respuesta de Freud: uno donde no hubiera, como en el caso de la melancolía, perturbación del sentimiento de sí. El esquema narrativo de “Duelo y melancolía” pone en primer plano la idea de una restitutio ad integrum en sintonía con la curación médica ideal. Retomamos las preguntas de Allouch: ¿se reemplaza una persona amada? ¿El objeto sustitutivo es como si fuera el mismo objeto que el perdido? ¿Qué concepción del amor está en juego para considerar que puede existir semejante reemplazo?
Acaso la escritura que revela en su contraste el lado de la vida invente un nuevo modo, le done un nuevo sitio a esos muertos de los que no sabe nada. ¿Qué decir respecto de la existencia de los muertos? ¿O de su inexistencia? Despret apuesta a que es posible promover un excedente de existencia al muerto, que no será ni la existencia del vivo que fue ni la del muerto mudo e inactivo en el que podrá convertirse si no recibe atención y cuidado.
Despret insiste en que llevar a un ser a un plus de existencia que le permita continuar en relación con la vida de los vivos demanda un trabajo muy distinto al trabajo de duelo. Latour toma de Soriau la idea de que toda existencia, cualquiera sea, debe ser instaurada. No se trata de creer un ser, de “sacarlo de la nada.” Instaurar es participar de una transformación que lleva a una cierta existencia que podría manifestar su “esplendor de realidad.”
Para Barthes el duelo abre la posibilidad de hacer una obra. Esta es “la prueba mayor, prueba adulta, central, decisiva del duelo.” El velo negro enseña que se escribe para producir un desprendimiento, para instaurar un nuevo modo de vivir con la pérdida: “horas dando vueltas, encerrada en una misma, escondida con los sentimientos, y esos dos muertos que huyen, esos dos fantasmas sin otro rostro ni otra forma que la del dolor. Luego una se aparta, se va, desalentada, y luego vuelve, pues cualquier cosa que haga, la necesidad está siempre ahí, y la impotencia. Y ellos, ausentes. Y mal… Nada. Eso empuja, infla. Y nada. (…) Entonces una vuelve a eso, se pega ahí. Una vuelve a la mesa, arqueada sobre la hoja, con la espalda doblada y la nuca inclinada del vencido, con esa lapicera imbécil que cuelga. ¿Qué hacer? ¿Empujar, intentar forzar? ¿No pensar en nada y dejar venir? Se intenta todo y no pasa nada. Oclusión mental…” Se escribe para que esos muertos cobren existencia como “verdaderos muertos a los que no se llama más”, con los que no es posible reencontrarse. No hay reinvestidura de objeto que dé sustento a semejante esperanza.
Lo que resulta devastador para Duperey es la constatación del “No hay nada más.” Ese delirio de reemplazo que plantea Freud respecto del objeto muestra su fracaso más desgarrador. En lugar del dolor y el sufrimiento se tiende ese velo negro, la amnesia. Lo borrado es precisamente lo insustituible. Ocurre que muerte y duelo no son lo mismo, y que el duelo no es una operación exacta. Es más, hay una disparidad básica e inequiparable entre la situación anterior y la posterior al duelo. Ese único recuerdo que sitúa la escritura como testimonio de duelo le permitirá ubicar, además de constatar un vacío irrellenable, que hay algo a aceptar. Luego de ver a los padres tumbados en el piso del baño quien escribe dice tener un agujero. Antes de eso, Nada, el vacío, la niebla. Luego, un corte, fundido a negro. Lo único que queda es ese pequeño film cruel que no deja de pasar.

El velo negro ubica la dimensión desoladora de lo incumplido. La zona de promesas que no llegaron a cuajar más que en sueños. Lo incumplido se multiplica ante la ausencia de recuerdos, el desierto de imágenes. El cuerpo recuerda pero sume al doliente en una impotencia atroz. Es ahí que la escritura hace las veces de tamiz por el que finamente cae alguna gota, la que permite imaginar algún rasgo identificatorio con esos fantasmas tristes. Hasta que llegue el punto de basta, ofrecido en este caso por el hijo de Anny: “es tiempo de dejar eso.” Lo que no pudo ser, porque no continuó tiñe lo que fue, lo que estuvo, con ese velo negro, trabajo de descomposición, de borramiento. ¿Cómo cumplir un duelo cuando las huellas de las vidas desaparecidas no están? ¿Cómo no huir, reactivamente, hacia adelante cuando en lugar de la vida cumplida hay un vacío radical? ¿Cómo componer con el vacío otra cosa que abismo?
“¿Qué habría sido yo? ¿Cómo habría vivido sin ese peso en el corazón? ¿Habría estado más libre, más disponible? (…) ¿Qué era yo, qué habría sido, qué soy en verdad sin esta desviación?”, escribe Duperey. ¿Qué se hace con el duelo por unos padres que murieron cuando era imperioso que permanecieran, que hubieran podido ejercer su función un tiempo más? ¿Cómo se hace un duelo por unos padres que desaparecieron tan jóvenes, “sin la excusa de una enfermedad, sin tampoco haberlo querido, tan tontamente, casi por descuido”? ¿Qué se hace con ese rencor transformado en motor para aferrar la vida que queda?
El velo negro, de Duperey, relato (¿y por qué no retrato? Que no se elimine este lapsus de mi escritura) de su duelo, pareciera ser, una vez leído, no solamente el velo que oscurecía su visión de lo que estaba en juego en su vida antes de que se efectuara su duelo, sino también ese mismo relato con el que ella se atavía públicamente. Su libro es realmente su velo negro, lo prueba el hecho de que la transformó, en alguien a quien se le puede hablar, pero también alguien que puede hablar y hablarle a esos “desconocidos” para saber quién es: “Padre, madre, ustedes son desconocidos para mí y sin embargo siento que los necesito para saber al fin quién soy”.
El velo negro, “como una puerta cerrada”, también fue la prenda a cumplir para sobrevivir a una pérdida tan arrasadora. Una prenda que consistió en una división radical que le impidió hacer un enlace entre “un pequeño yo interior herido, un pequeño yo negro reprimido en lo más profundo, del que yo no querría nada”, y otro ese “yo claro y alegre, terriblemente vivo, exacerbado que sobrevivió”.
La escritura de Duperey es la pantalla que ella crea para poder mirar a sus muertos. Un intento de dar forma a lo informulado, de representar lo irrepresentable, irremisiblemente perdido, una apuesta a otra piel que aquella en la que la encerró la muerte de sus padres, una distancia, algo que interponer entre ella y la muerte, entre el pasado y el presente, un límite a la oscuridad (la duración oscura) de su infancia.
¿Quién sabe lo que puede un duelo? ¿Qué diálogos establece? ¿Qué caos organiza? ¿Qué adopciones permite? ¿Qué relaciones altera? Hacia el final del libro, Duperey escribe: “No quiero matar mi pena. Para mí, que no conservo ningún recuerdo de ellos vivos, acaso sea la única prueba tangible, física, de que alguna vez existieron. (…) Y para constatar dónde estoy, el camino a recorrer para al fin poder hablar de ellos sin llorar, veinte años más me parecen un plazo muy corto.”
En la portada de El velo negro figuran dos autores: Anny Duperey y Lucien Legras, padre de Anny. Se trata de una escritura en colaboración. La inclusión del nombre del padre, autor de las fotografías desplegadas a lo largo del libro (inicialmente el proyecto de Duperey era escribir sobre esas fotos con la esperanza de que el contacto con ellas le recordara algo de ese tiempo anterior a la tragedia.) La autora empieza a escribir al costado de las fotos acerca de lo que la muerte de sus padres había anestesiado en ella: “una especie de inventario, después de 35 años de orfandad, finalmente muy mal vivida.” Y agrega: “si antes lo sabía, estas páginas me llevaron a darme cuenta hasta qué punto, efectivamente, yo no he aceptado su muerte, hasta qué punto ese pesar rechazado, sofocado, combatido, siguió vivo en mí, intacto.”
La escritura hace las veces de regalo inestimable, tal como el que le hizo su abuela al pegarle una cachetada luego de morir sus padres para comprobar si ella, Anny, sentía algo, para saber que no era un monstruo, “momento límpido y precioso de reconciliación conmigo misma y con lo que era.” A eso accedemos al leer este precioso libro.






