“I am a museum of everything I’ve loved.”
(Anónimo, Pinterest, c. 2010s)
1. Fingir demencia
“Fingir demencia”. Ahora todo el mundo “finge demencia”, la expresión ya ha desplazado al viejo conocido “hacerse el boludo”. Sin embargo, no significan lo mismo: “hacerse el boludo” es una retirada, un dejar pasar; “fingir demencia”, en cambio, tiene un aire más performático, más acorde con el espíritu de esta época. Fingir demencia no es solo desentenderse del asunto o mostrarse inoperante; hay que ir más allá de la razón, del sentido común, de uno mismo. Hay que volverse inimputable. Hay que hundirse en el propio ombligo hasta convertirse en un vacío helado y dejar que en ese vacío resuene, como un eco, la voz coral, impersonal, desquiciante de nuestros tiempos.
No es casual que nuestra inclinación a la demencia encuentre su paralelo en el revival de los años 2000 que hoy satura los algoritmos: la nostalgia millennial. Nos gusta imaginar una infancia o una adolescencia idílica, cuando (al menos acá, en Argentina) mientras practicábamos las coreografías de Bandana o intercambiábamos tazos de Pokemon, nuestros padres cobraban en lecops y cocinaban pastafrola para llevar a las ferias del trueque. Concedo que toda generación tiene derecho a la nostalgia, pero siento que nuestros recuerdos se han convertido en “contenido”. Hiperestetizados y fetichizados, aislados tanto de la experiencia vivida como de los procesos históricos, son una especie de souvenir que acumula polvo en la biblioteca: “Yo viví el 2001”.
Hace poco leí la ya consagrada novela Mi año de descanso y relajación, de Ottessa Moshfegh, y entendí por qué se ha vuelto una referencia recurrente entre los reseñistas silvestres de BookTube y Goodreads. Ambientada en la Nueva York previa al 11-S, condensa ese clima de fin de ciclo en el que la frivolidad oculta un vacío que solo puede expresarse a través de un letargo autoinducido. La protagonista, una chica de familia acomodada, siente por el mundo un hastío corrosivo. Aborrece su trabajo en una galería donde la impostura de los artistas y performers resulta exasperante, aborrece a su única amiga, Reba, y a sus esfuerzos por ser todo lo que ella es por nacimiento —hermosa, flaca y rica—, y aborrece su obsesión por el yuppie comprometido e impotente con el que mantiene una relación esporádica. Como gesto de misantropía radical decide suspender su vida. No suicidarse, ponerse en pausa. Se aplica, entonces, a dormir un año entero, a fuerza de pastillas cada vez más potentes. Solo se despierta para comer una porción de pizza, ver comedias de Whoopi Goldberg y tomar litros del inevitable café neoyorquino. Más adelante, un artista de la galería —un taxidermista chino bastante perverso— se enterará y le propondrá filmarla para transformar su encierro en una instalación: una bella durmiente anoréxica y decadente, suspendida al borde de la existencia, proyectada en bucle en las salas del museo.
La novela de Moshfegh encarna esa disposición tan actual al sonambulismo, a habitar una semiconsciencia que nos permite actuar de niñas consentidas o de machos-alfa-lomo-plateado para sobrevivir una adultez en crisis. Evasión, sí, pero también necesidad de sentido. Un sentido tan concreto y redondo como una pastilla que uno pudiera tragarse como la solución definitiva. Esta es una de las propuestas más fascinantes de las redes sociales: convertirnos en curadores de nosotros mismos, expositores de nuestras propias galerías, donde rearmamos, como dioramas, miniaturas perfectas de nuestras vidas.
Dormir, desaparecer, fingir demencia, ser un performer de uno mismo. En suma: brillar por la propia ausencia.
Ahora supongamos que quisiera llegar a algunas ideas a partir de El malestar en la cultura —un texto de hace casi cien años que no pretendía ser una teoría social, pero que terminó siéndolo a pesar suyo—. Ya sé que voy a jugar con fuego, el del reduccionismo, el de la anacronía y, el más dañino para el pensamiento, el del aplicacionismo. Pero supongamos, aunque sea por el ejercicio de superponer un marco pequeño a un mural. Se trataría, entonces, de un texto de urgencia —la única a la que todavía puede responder un texto: la propia—, compuesto de fragmentos antes que de sistemas, más cercano a un pedido de ayuda a la dimensión ordenadora de la escritura que al despliegue de una hipótesis. Un intento de nombrar algo de esa experiencia que —no sin cierto pudor por lo canchero del neologismo— me atrevo a llamar malestar en la cooltura. Porque si la noción freudiana de cultura —tan occidental, tan moderna, tan ligada al dominio de las fuerzas naturales— puede resultar insuficiente, la indistinción entre esta y el cuerpo que Freud describe como una suerte de dios-prótesis no podría ser más actual. Esa prótesis, hoy digital y algorítmica, ya no opera principalmente sobre la naturaleza externa, sino sobre las representaciones que constituyen lo real; actúa sobre la mirada antes de que esta se pose sobre el mundo. Además, mantener el marco contractualista freudiano posibilita, por lo menos, la formulación de algunos interrogantes: ¿en qué consiste el nuevo pacto que establecemos con la cultura? ¿Qué de nosotros estamos entregando? ¿A qué o a quiénes?
2. Scrolling into the void
Viernes a las siete de la tarde. Llego de la escuela, dejo sobre la mesa dos kilos y medio de trabajos por corregir, me tiro en el sillón. Abro Instagram. Scrolleo, scrolleo, scrolleo. Siento que voy descendiendo, que todo se va desprendiendo de a poco: las preocupaciones, las urgencias, el día. Y ya estoy tan lejos que mis propios pensamientos quedaron atrás, que incluso yo misma quedé atrás. Entonces reaparece esa voz, como una cadencia sin origen, múltiple e infinita:
Storytime: cuando mi novio me metió los cuernos con mi abuelo
Lo mejor nunca se sube…
Tralalero tralalá vs bombardino crocodilo.
Red pill, blue pill, sugar the pill
¿Los hombres son todos unos princesos? ¿Por qué no pagan más la cuenta?
Somebody’s watching me, it’s my anxiety…
Incel, femcel, excel.
아파트, 아파트
Kissy face, kissy face sent to your phone, but
I’m tryna kiss your lips for real…
Tres cosas que tienes que saber antes de comprar un bebé reborn (spoiler: no respira).
El golpeteo de unas uñas postizas contra el envoltorio de un chocolate Dubai.
…And I’m too perfect, ‘til I open my big mouth
I want to be me, is that not allowed?
Una calza de lycra hace sentadillas ¿fitness u OnlyFans?
Teta y nalga, te-tee ta nalgá…
¿Qué Pokemon eres según tu signo?
¿Qué gatito eres según tu signo?
¿Qué signo eres según tu signo?
Say you can’t sleep, baby, I know
That’s that me espresso
Un segundo: ¿Ese termo Stanley no era el que dijiste que querías ayer? ¿El teléfono te escucha? Qué importa.
Darling hold my hand!… Nothing beats a Jet2 holiday
Una tradwife que prepara pato a la naranja para su esposo proveedor. ¡Energía femenina, chicas! Cultiva ella misma las naranjas. Cría ella misma a los patos. Ella es el pato.
Un poco de política. ¿De qué ideología eres? ¿No sabes? Descúbrelo según tu signo.
My milkshake brings all the boys to the yard
Ahora, vístete conmigo para el velorio de mi abuelo.
Recorrer estas galerías es perderse en un museo cuyo plano cambia a cada paso. Todo museo tiene algo de laberinto, de disposición calculada para confundir, para dejar la sensación de que lo esencial siempre quedó en otra sala, pero estas galerías son verdaderamente infinitas y están en perpetua reconfiguración; la totalidad estará siempre fuera de nuestro alcance. Intuyo una entidad monstruosa que, como en todo laberinto, lo gobierna desde un centro inaccesible. ¿Qué sacrificio reclama? Ya hemos aceptado el de la privacidad, un tributo que hoy parece casi insignificante. Sin embargo, creo que existe otra ofrenda, más íntima y más costosa.
Por el momento no puedo decirlo con claridad, pero sospecho que tiene que ver con las formas en que las redes codifican lo visible y lo decible, imprimiéndose sobre lo que ya existía para corregirlo, volverlo menos ambiguo y más estereotipado. Es como estar en un país extranjero. Cuanto más tiempo permanezco, más se va soterrando mi lengua materna bajo la aprendida. Las costumbres antiguas se disuelven o devienen rituales vacíos. Puede que me encuentre con viejos amigos pero ahora son seres vagamente extraños, imágenes merecedoras de mi envidia o de mi conmiseración. Yo misma me veo transformada en mi propio estereotipo—una imagen con su epígrafe—, fácil de reconocer y de digerir. La “liquidez” que tanto le gusta señalar a los filósofos actuales no disuelve la identidad, sino que la somete a una tensión nueva: el mandato de la cooltura exige una identidad coherente, pero también descartable. Es la lógica del juego infantil —“juguemos a que yo era…”— convertida en férreo imperativo: hay que definir ya una identidad pero, a la vez, hay que estar listos para el replanteo constante. Y acá se despliega una taxonomía que sería el sueño húmedo de Linneo.

3.#Solosoyunachica
¿Ey, y vos? ¿Qué aesthetic sos?
¿Querés que nada se te escape: ni una mancha, ni un pelo, ni un grano, ni un gramo? ¿Te obsesiona la disciplina, la salud, la prolijidad? Clean girl. Cola de caballo tirante, aritos dorados, perlas discretas, skin-care de diez pasos, yoga, matcha, journaling, maquillaje carísimo de Clinique para el clean-faced look.
¿O preferís mostrar que las cosas sí se salieron un poco de control? ¿Que no superaste tu infancia y que la adultez te supera? ¿Querés volver al momento sagrado de las cinco de la tarde de la merienda de galletitas y mate cocido con los Caballeros del zodíaco? ¿Ves en la ternura un refugio frente al horror del mundo? Kidcore. Remeras de anime, de Hello Kitty o de Totoro, Funko Pops coleccionables, colores primarios como témpera de pomo, mochila con forma de pastelito.
¿Tal vez tu infancia no fue tan feliz? ¿Quizá Hollywood te convenció de que ser niña es algo inherentemente fucked up? Lolita-core. Problemáticamente aniñada, con moños, volados y zapatos con hebilla.
¿Eso te da cringe? ¿Preferís algo más sobrio, más conservador, más oligárquico? Tweed, zapatos de cuero, tonos neutros. Old money. Aunque no tengas any money at all y tu familia haya accedido a su primera propiedad con el Procrear.
¿Eso te parece medio rancio? ¿Tal vez te sientas un poco bruja, una de las hijas de las brujas que no pudieron matar? ¿Viste Suspiria, Heathers, The Craft, Beetlejuice? ¿Soñaste con el cuarto de Sabrina, la bruja adolescente? ¿Le pusiste a tu gato el nombre de algún dios pagano? ¿Te interesa el tarot, el horóscopo, la Wicca? Whimsical core. Transparencias, pañuelos de colores, patrones de lunas y estrellas. ¡Reclamá sabiduría femenina ancestral con glitter verde y encaje!
¿Sos más de lo flashy, de lo edgy? Cybercore. Píxeles, capitalismo tardío, bitcoins, colores fluorescentes. Podrías demostrar que sos una outcast y al mismo tiempo admirar a Elon Musk ¿Quién lo diría?
¿Te sentís rebelde pero old school? Grunge-core. Sweater viejo del abuelo, gorrito beanie, camisa leñadora. Bien dirty, bien messy, bien ’90s vibe. Tu estilo musita entre dientes “I don’t give a fuck”, aunque hayas pasado horas armando el outfit, revolviendo bolsones de ropa de segunda mano con olor a naftalina.
¿Querés escapar totalmente de las redes? ¿Querés demostrar que huíste de toda esta locura y que volviste a la vida simple y bucólica? Cottage-core. Transformá el monoambiente que alquilas en una cabañita con apliques de madera y mantitas de lana naturales bien cozy.
¿Ya elegiste? Ahora registralo: fotografialo, copialo, pegalo, filmalo, editalo. Reíte sin sonido, con la boca tapada. Llorá con maquillaje, que se vean bien los surcos de rímel. Reaccioná a todo como si fuera lo más extraordinario que viste en tu vida: ahogá un gritito, revoleá los ojos, agitá los brazos. Tomá un bocadito del postre (no gluten, no sugar, no fat, no carb, no fiber, no taste, no food, no matter!) y masticalo como si fuera un placer orgásmico.
Sos única. Sos tu propia marca. Pero también sos como todas. Todas se identifican con vos. Ahora tenés una responsabilidad enorme: sos la curadora de tu propia imagen. Estilizala. Recodificá tu narrativa. Pulí sus defectos hasta que se vuelvan ornamentos.
¿Qué porcentaje de nosotros mismos hemos ofrecido a las redes? ¿Qué parte de nuestra mente donamos a las IAs, a cambio de claridad, de orden, de la palabra justa? ¿Cuánto de nuestras ideas políticas entregamos a X, para que nos las devuelva convertidas en consignas prefabricadas? ¿Qué porción de nuestros sentidos, de lo que vemos y escuchamos, fue fotografiada, grabada, intervenida en ese pliegue entre la experiencia y su registro? ¿Qué porcentaje de nuestro cuerpo ponemos al servicio de las formas más rudimentarias de validación como los likes o corazoncitos o, más radicalmente, ofrendamos como carne de quirófano para parecernos a ese rostro que es todos los rostros? ¿Dónde está nuestro yo? Ha estallado y sus miles de esquirlas flotan ingrávidas en la nube. No podemos delinear sus bordes. Aunque, a decir verdad, nunca pudimos…
En La invención de Morel de Bioy Casares, Morel entrega a sus amigos a la eternidad al convertirlos en imágenes. Las proyecciones adquieren vitalidad a cambio de la desintegración de los cuerpos. Las escenas de unas vacaciones idílicas se repetirán, al ritmo de las mareas que hacen funcionar la máquina, por toda la eternidad. El narrador, seducido por ese simulacro, decide insertarse en la secuencia mediante una coreografía meticulosa; solo quiere formar parte del mundo de su amada Faustine, uno de los “fantasmas artificiales” que vacacionan en la isla. Antes de ser consumido por su propia imagen, logra coordinar cada gesto con tal precisión que, en el montaje final, un futuro espectador los verá como una pareja de enamorados.
Lo más inquietante de la novela está en una nota al pie cerca del final —que siempre imaginé escrita por Borges—: después de una gran parrafada en la que el protagonista explica el funcionamiento de la máquina y todos los misterios de la isla, un editor ficticio anota: “queda el más increíble: la coincidencia, en un mismo espacio, de un objeto y de su imagen total. Este hecho sugiere la posibilidad de que este mundo esté constituido exclusivamente por sensaciones”. La nota —otro montaje, otra superposición de ficciones— me recuerda a la analogía que Freud esboza en El malestar en la cultura, donde compara al aparato psíquico con una Roma fantasmal en la que toda la historia convive en un mismo lugar. Pero Freud abandona la analogía porque en el fondo, continúa escribiendo bajo el signo del realismo decimonónico; esta fantasía es para él absurda por lo irrepresentable: “un mismo espacio no puede llenarse doblemente”. Nosotros, hijos adoptivos de la digitalidad, ya vivimos en esa Roma fascinante y monstruosa.
Fundamentalistas de lo genuino, neoplatónicos de lo analógico: aceptemos de una vez que ese mundo al que decimos estar velando nunca existió, que el territorio que llamamos cuerpo siempre fue imaginario, que los límites del yo son lábiles e imprecisos. Entre nosotros y lo que llamamos realidad siempre se interpusieron velos —políticos, religiosos, culturales— que la distorsionan o, más bien, que la constituyen. La expresión “tal cual” es insignificante. Es una obviedad repetirlo a estas alturas, pero reconozcámoslo: el mundo nunca fue “tal cual”.
El pensamiento de que el mundo “real” fue reemplazado por el mundo “virtual” resulta, a estas alturas, ingenuo y anacrónico. Más bien, es como si el mundo virtual se impusiera como un sistema de representaciones absoluto, tanto al mundo real como a sí mismo.
El algoritmo no solo dicta la profecía autocumplida de lo que va a gustarnos, también de lo que vamos a percibir y a decir. Es una crestomanía total, mucho más absoluta y feroz que la que ejerció la televisión en los dosmil, cuando bastaba con una frase de Los Simpsons para participar de una cultura compartida. Por eso ya no sorprende que, en una conversación presencial, citemos un sticker de WhatsApp, nacido, paradójicamente, como intento de reponer la chispa extralingüística propia del intercambio cara a cara. Entonces, ¿qué es lo que realmente se pierde? Tal vez no sea el cuerpo, ni siquiera la “realidad”, sino algo más insoportable: la posibilidad de no saber, de no entender del todo, de tocar de oído.
En este mundo sobresaturado de signos, todo viene ya interpretado: la estética del yo, la emoción pautada, el repertorio de respuestas afectivas, los pasos exactos para integrarnos en la coreografía con la que fingimos el encuentro con otros. Incluso el acto de rebeldía es imposible porque al modelo le sigue inmediatamente su contrafigura. La desaparición de la realidad ocurre, paradójicamente, por su redundancia.
Una chica está haciendo un unboxing: camisón rosa con volados, dos colitas, muchas hebillas de colores. Tiene entre doce y treinta años. Detengo el video justo cuando, muy concentrada, intenta abrir el envoltorio. El ceño fruncido, la cabeza ladeada, la lengua que se asoma un poco por la comisura de los labios. Es una niña con su regalo de Navidad. Su expresión resulta encantadora. Contagiada por su ansiedad, dejo correr el video. Saca un Labubu dorado, ¡justo el difícil! Se emociona, da saltitos en la silla, hasta que parece que le brillaran los ojos.
Corte. Está parada junto a una especie de altar iluminado con una luz led verdosa, fantasmal. Coloca el Labubu con devoción al lado de los otros Labubus. Hay por lo menos cincuenta Labubus.
Corte. Saluda a cámara. Kiss kiss, suscríbanse, hasta la próxima, amiguitas. Aprieta los labios dando un besito a la cámara, otro gesto encantador, ensayado.
Es sabida la tesis freudiana de El malestar en la cultura: la vida es, en su estructura, insoportable: tenemos a la naturaleza en nuestra contra, a nuestro propio cuerpo en nuestra contra, y a la cultura —que intentaría dominarlos— también en nuestra contra. Para apaciguar ese triple golpe, buscamos calmantes: la religión, el arte, el trabajo, la ciencia, el amor, la embriaguez. Freud precisa que no es una lista exhaustiva, pero llama la atención la omisión de una de los anestésicos más poderosos, ¿por qué Freud, en un capitalismo en pleno auge, aún no habla del consumo? Quizá, desde su perspectiva ilustrada, cientificista y burguesa, no parece haberse interesado por la forma en la que el capitalismo comenzaba a organizar el deseo en torno a los objetos de consumo. Marx, en cambio, medio siglo antes, ya había anticipado que el capitalismo contaba con su propia religión y sus propios fetiches, “el mundo de la mercancía está lleno de espectros” decía en El capital. Y veo a los cincuenta Labubus. Cada una tiene nueve dientitos puntiagudos: 450 dientitos. Sus sonrisas parecieran querer devorarme el alma a mordisquitos. Suficiente internet por hoy. Bloqueo el celular. Veo el reflejo de mi cara en la pantalla negra, deformada por el ángulo, poco favorecida.
Odio a los Labubus —como muñecos se ubican en ese uncanny valley entre lo tierno y lo siniestro, sin llegar a ser ni uno ni lo otro; como accesorios son feos e incómodos—, pero podría volverme adicta a estos videos. Y no sería la única: hay bebés que ya lo son. Quienes tengan hijos conocen bien la batalla diaria por mantenerlos fuera de ese antro llamado YouTube Kids, un universo paralelo donde casi todo gira en torno al unboxing de objetos sorpresa, desde huevos Kinder hasta hauls de Temu. ¿Qué es ese rush eufórico que nos hipnotiza tan pronto? Como dicen los publicistas: “lo que se vende es la experiencia”. Pero no solo la propia. En la actualidad lo que más consumimos es la experiencia del otro consumiendo: miramos cómo son otros los que abren, prueban, comentan, gozan. Todo es meta. Todo se repliega sobre sí mismo. Todo es un bucle. La aguja da otra puntada sin hilo.

Arte: Azul Chiodín
5. La Stacy de la horda
Lunes, 7 am. Llueve. El 110 va llenísimo. Por fin consigo un asiento al fondo del colectivo, entre una señora cargada de bolsos que cabecea y un hombre de mi edad —unos treinta y algo, digamos—. Él también está medio dormido, pero como un reflejo automático saca el celular. Scrollea los reels. Por falta de pudor o porque está tan sumido en ese estado de duermevela que ya es inimputable, escucha sin auriculares. Me llegan oleadas de voces masculinas: “si se escribe con otros, lo siento, bro, eso es engañar”, “otra clara señal es que haya sacado el visto del celular”, “debes hacerte respetar, bro, tienes que hacer que ella…” En este, mi compañero se detiene un rato más. Se despierta y se incorpora. Lo ve entero. Lo ve dos veces.
Siento un poco de lástima por él. Es como si escuchara su pensamiento: la certeza que por fin esclarezca la situación de una vez, el descarte, la nueva certeza y así sucesivamente. El rumiar angustiado del celoso absorbido, recodificado y regurgitado por su algoritmo de Instagram. “Todos estuvimos ahí, bro, lo siento mucho”, quiero decirle. Me inclino con disimulo en un ángulo incómodo para verle la cara. No sé si está angustiado o dormido. Probablemente ambas cosas. Ahora ve perfiles de chicas en Facebook: primeros planos de labios, escotes y culos. Pienso a medias (¿quién puede pensar recién levantado y apretujado en el 110 a las 7 am?) que este tipo está a un reel de remontarse directo a la manósfera. Las categorías “Mujer de alto valor”, “Macho alfa”, “Energía masculina/energía femenina” que seguramente le aparecieron en el feed son apenas el comienzo.
Poco después destino una mañana de domingo a realizar una investigación superficial en YouTube —por su política de baneo, la más light de las plataformas—: hay clips de debates formateados según la retórica de la pornografía (“Dannan destroza a femizurda con flequillo”); hay gritos desgarrados de autoproclamados estoicos (“El hombre nació para sufrir; el hombre no tiene valor por sí mismo, debe adquirirlo con dolor y disciplina”); hay huellas del terror ancestral a la vagina dentata (“Evita la manipulación femenina y aprende a dominar: cualquiera que se casa es un simp idealista; no hay una mujer viva en la que se pueda confiar”); hay incluso consejos amorosos que escandalizarían hasta al menos humano de los therians (“Si quieres saber si es la indicada, solo tienes que ducharte con ella y mear su pierna. Si no se enoja, entonces es tuya”). Tomás Balmaceda explica que la manósfera es una especie de ecosistema masculino que subsiste en las redes: podcasters, youtubers, pickup artists y, en lo más bajo de la cadena alimenticia, incels. Por efecto del sesgo de confirmación, el machismo y la misoginia se vuelven cada vez más extremos. “Se vuelve un ciclo donde las percepciones se refuerzan y solidifican, a menudo alejando a los individuos de una comprensión equilibrada de sus realidades”, dice Balmaceda. Es la cámara de eco de los bros. Perder una mañana de domingo ahí puede dejarte aturdida, nauseosa y con la irreparable sensación de que la humanidad merece la extinción.
Basta asomarse apenas a la trama mitológica de la manósfera para advertir que una de sus creencias fundacionales es simplemente la reactualización de la vieja parábola freudiana del “padre de la horda”. Ese padre que monopoliza el goce, acapara a todas las hembras y es finalmente asesinado por los pobres hijos excluidos, quienes, tras el crimen y la repartición de lo prohibido, lo restituyen bajo la forma de la ley y el orden. La diferencia está en que ahora —gracias a la liberación femenina, el feminismo, el derecho a la anticoncepción y todo eso—, las mujeres… ¡Son capaces de decidir! Y acá entra un porcentaje clave: el 80/20. Según esta hermandad enfurecida, el 80 % de las mujeres solo desea al 20 % de los hombres. Los nuevos “padres de la horda” son los Alfas o los Chads. Las mujeres, en cambio, se clasifican como Stacys (las zorras inalcanzables) o Bettys (las normalitas). Según esta lógica, (que llegó al público general con la serie Adolescencia que salió en Netflix el año pasado), solo algunos elegidos conocen la verdad, porque —tomando prestada la metáfora de la película Matrix— han decidido tomar la red pill, que representa el despertar frente a la matrix (y frente a la matriz también, supongo) del engaño de la cultura woke. Lo que más me intriga es la elección terminológica: “despertar de la cultura woke”; la retórica es burda pero eficaz. Supone dos niveles de despertar: uno aparente —el de la cultura progresista, que se cree despierta— y otro verdadero —el biológico, dirán ellos, apoyados en sus presupuestos pseudocientíficos—. El truco consiste en apropiarse de la metáfora del despertar para invertirla. Si a mi amigo que cabecea en 110 se le dijera que está más despierto que los despiertos, que es él quien ha salido de la caverna y que su angustia es simplemente un sufrimiento necesario ante la cegadora luz del día, ¿cómo no terminar por creerlo? Cualquier crítica se interpretará de antemano como una confirmación más del engaño woke, porque ¿cuántas veces puede despertar un hombre? Si el despertar se produce indefinidamente, deja ya de ser un criterio de verdad.
Es cierto que los Chads reciben resentimiento, pero también admiración. De hecho, los Chads —musculosos, de imponentes mandíbulas norteamericanas y vello facial esculpido— son idolatrados por muchos como gurúes de la seducción: imparten cursos donde prometen enseñar a dominar mujeres (“Tienes que hacer que ella…”). No son ellos quienes reciben la mayor carga de resentimiento, son las Stacys. Esas mujeres que encarnan, para este universo, el poder de seleccionar y rechazar. Las nuevas guardianas del goce. “Es casi imposible actuar con normalidad frente a alguien que sabe que tiene literalmente oro entre las piernas”, reflexiona el youtuber Sneako (y me pregunto si ha dicho “literalmente” por ese desconocimiento generalizado del sentido del adverbio o por el desconocimiento —también, últimamente, bastante generalizado— de la anatomía del aparato reproductor femenino).
A las Stacys, como mínimo, se las alecciona: se les recuerda que su valor en el mercado del amor es volátil, que el tiempo y el uso las desgasta, que hay un reloj biológico que no perdona. Y digo “como mínimo”, porque detrás de esta advertencia se despliega una pedagogía del castigo cuyas formas más visibles aparecen a diario en las noticias.
En el afán clasificatorio y ordenador, el universo de las girls confluye con la manósfera. Si observamos las estéticas dominantes en las redes —cottagecore, old money, coquette, lolitacore—, es posible identificar una tendencia creciente a ensalzar el rol tradicional de la mujer: infantilizarla, emprolijarla, devolverla al hogar y romantizar esa regresión. Se exaltan los berrinches, el consumo compulsivo, la estética aniñada y las tradwives como expresiones de una feminidad “auténtica”. Incluso parte del feminismo esencialista parece haber comprado el paquete: reivindica una esencia femenina ligada al sentir, al cuidado, a una forma “suave” de poder. Todo esto se recubre con una pátina de misticismo: se habla de preservar la energía femenina, de reconectar con la intuición como forma de conocimiento, porque el conocimiento es de varones, las mujeres somos las de la intuición.
(Un paréntesis porque esto me enoja especialmente: la llamada intuición femenina es casi siempre una forma de darle el carácter de revelación a las primeras impresiones o prejuicios, sin necesidad de detenerse a pensar en ellos o contrastarlos. Históricamente, en la repartición del banquete del saber, las girls nos hemos conformado con las migajas. Y ahora con todo este asunto de la intuición y de la energía femenina, volvemos a ese lugar. A estas alturas seguir creyéndose La Maga es bastante triste. Intentar ser ese personaje que, ignorante pero híperperceptivo, puede nadar donde la razón encalla, no representa más que una repetición, una performance diseñada para encarnar el objeto misterioso que la mirada masculina valida. Las Magas son fascinantes, seductoras y, al final, funcionales al desarrollo del personaje principal masculino).
6. Rage against the machine
El malestar en la cultura ya no adopta las formas que Freud describe: hoy se presenta de manera más difusa, más sutil, más cruel. De hecho, hay quienes han aprendido a monetizar su sufrimiento psíquico: la cultura del malestar. El macho alfa que muestra cómo se levanta a las cuatro de la mañana, remoja su cara en agua helada, estudia el mercado y sale a correr, y todo eso soportando un ayuno digno de Gandhi.
En este nuevo régimen, el principio del placer y el principio de realidad ya no se enfrentarían en los mismos términos. Las pulsiones —amorosas o destructivas— también circulan mediadas por filtros, algoritmos de visibilidad, métricas y lógicas de oferta/demanda afectiva. Las plataformas tecnológicas parecen alinearse con el principio del placer al prometer gratificación inmediata: likes, visualizaciones, compras en Mercado Libre que llegan a tu casa en dos horas. Pero bajo esa apariencia placentera, se oculta un nuevo principio de realidad (virtual) que opera mediante dispositivos de regulación, vigilancia y autoexposición. Es paradójico: nunca como hoy la comunidad se encontró así de internalizada, y, al mismo tiempo, nunca fue tan ajena, tan impersonal.
Ya conocemos el pacto freudiano: el sujeto aceptaba reprimir ciertas pulsiones a cambio de pertenencia, estabilidad; amor, al fin y al cabo. Hoy, el contrato social se ha transformado: ya no está claro qué se entrega ni a quién, ni qué se obtiene a cambio. El Leviatán al que nos ofrendamos ya no es una figura visible, soberana, sino una bestia corporativa.
Nos resulta tranquilizador pensar en nombres y apellidos: implica que la existencia de una voluntad, de una intención, de una responsabilidad. Y aunque existan —los Gates, los Zuckebergs, los Musks y aquellos otros que se mueven en las sombras—, imaginarlos como los seres omnipotentes detrás de los cables de las marionetas me parece ya anacrónico. Lo que coexiste con las formas tradicionales de poder (que las legitima y hace sistema con ellas) es un mecanismo automático, perpetuo, impersonal; como si nosotros fuéramos el combustible de una maquinaria que ya no necesita operadores para seguir funcionando. “Demasiado Matrix”, se me objetará. Seguramente, y hasta concedo que yo misma estoy cayendo en otro anacronismo: el Rage against the machine dosmilero. Pero incluso las sibilinas Wachowski no podían adivinar que llegaríamos a ser al mismo tiempo la máquina y el alimento (Killing in the name of…?). Tampoco previeron que la oposición entre realidad y virtualidad se licuaría en un continuo turbio que ya no podemos nombrar con claridad, excepto con metáforas impotentes y flácidas, incapaces de penetrar en lo que queremos explicar, acaso como estas que ahora mismo escribo.
7. Los mundos sutiles
Ahora vendría el momento de presentar soluciones, de matizar el amargo tono irónico de todo lo que acabo de escribir con alguna reflexión dulzona. El pequeño caramelo de “no está todo perdido” que viene junto con el cafecito y la cuenta. Que me excusen quienes me hayan leído hasta acá esperando una mirada optimista.
Lo que sí puedo hacer es hablar desde una experiencia. Hay momentos en los que creo que saco la cabeza: breves bocanadas de aire antes de volver a sumergirme en el mar de contenido, aguantar la respiración, sentir la falta de oxígeno en el cerebro y seguir pataleando. Digo creo como podría decir imagino —no hay tal liberación, no hay tal pastilla roja, mal que les pese a Neo y a los incels—, porque nunca estamos totalmente adentro ni totalmente afuera. No creo que se trate de desconectarse. No voy a caer en el lugar común de prescribir conversaciones con amigos, copitas de vino y lecturas o paseos por el parque al atardecer. No voy a ser hipócrita: quedarme viendo videos de YouTube sobre algún tema que me obsesiona me parece mejor plan que salir a una fiesta llena de desconocidos, donde me paso balanceándome en una esquina, tomando vermús dudosos que me costarán, en total, diez horas de trabajo.
De nuevo: no se trata, para mí, de desconectar. Se trata, para mí, de encontrar una forma de disponibilidad para esas cosas que me descolocan o me conmueven. Es un estado leve, intermitente, una suerte de atención sin propósito. Esas cosas frágiles a las que me aferro tratando de no apretarlas demasiado, de no comprimirlas en su arquetipo, en una narrativa, en una enseñanza.
Cuando tenía unos diez años, me había obsesionado con unos versos de Antonio Machado, los únicos que me sabía de memoria: “amo los mundos sutiles/ingrávidos y gentiles/como pompas de jabón”. Con el tiempo los deseché: primero por cursis, después porque la palabra “pompa” me sonaba (me sigue sonando) inaceptablemente risible. Ahora admito que me gustan un poco. Al fin y al cabo, se me puede reprochar que no hago más que reivindicar el derecho al placer estético; aquello que Borges definía, hace ya más de medio siglo, como “la inminencia de una revelación que no llega a producirse”. Quizá haya una dimensión política en la búsqueda por arrebatarle un poco de sentido a esta cultura de la iteración, de presentar interrupciones mínimas a la eterna cadena de equivalencias. No estoy segura. Si la hay, ojalá que no sea en nombre del “pensamiento crítico” —no hay expresión más triste, con su redundancia aplastante y cargada de deber—. Otros, con más herramientas que yo, podrán ensayar teorías sobre nuevas formas de rebeldía colectiva, y fracasar más bellamente.
Yo no soy más que otra adicta (sigan trayéndome más píldoras azules, por favor), y si alguien encontró la solución, que me escriba por DM.
8. Salto al vacío
En su ensayo “Cómo reencontrar misterios en la era digital”, Karl Ove Knausgård dice: “la experiencia está sujeta a un tiempo y lugar específico y nunca se puede repetir. Por la misma razón, tampoco se puede predecir. Exactamente esas dos dimensiones —la irrepetitividad y la impredecibilidad— son las que suprime la tecnología”. La saturación de información no vuelve al mundo más habitable ni más comprensible; más bien lo recubre con su manual de usuario. Es el mapa de la China del mismo tamaño que la China misma. Uno podría pensar que la experiencia muere por falta de sentido, pero en realidad muere por exceso.
Y pasan cosas —pasan cosas horribles—, pero no logramos acercarnos a ellas. Se nos presentan con tal rapidez que apenas alcanzamos a padecerlas, mucho menos a pensarlas. Tal vez viste ese video en el que un agente del ICE dispara varias veces en la cara a una madre de tres hijos. Fueron seis segundos, mientras esperabas el ascensor. Pensaste en eso un momento, te angustiaste, revisaste de nuevo el teléfono para sacarte el mal trago, entró un mail del trabajo y, de pronto, ya estabas pensando en cómo te va a joder los planes esa reunión del jueves.
En este punto siento que el tema ha contaminado el estilo. Quisiera sacudirme las metáforas, desprenderme del cinismo, de la condescendencia y de la autorreferencialidad. Dejar que entre un poco de aire. Volvamos, entonces, al comienzo. Volvamos a la novela Mi año de descanso y relajación.
La protagonista despierta de su largo sueño, justo cuando caen las Torres Gemelas. Entonces, compra un reproductor de VHS para ver, una y otra vez, cómo se estrellan los aviones. Imagina que la mujer que salta desde una de las torres es su amiga Reba, que trabajaba en el World Trade Center. Hasta entonces la había pensado como otra anodina chica Cosmo de las que abundaban en New York, inocente, frívola, con problemas de alimentación. Detiene la imagen en el instante en que su cuerpo queda suspendido en el aire: “se le sale uno de los zapatos de tacón y flota por encima de ella, el otro se le queda en el pie como si le estuviese pequeño, se le sale la blusa por fuera, el pelo se agita, los miembros se le quedan rígidos mientras ella cae en picado con un brazo en alto como si fuese a sumergirse en un lago en verano”. Se queda en ese fotograma donde es solo una figura suspendida en el azul kleiniano de una mañana de septiembre. En esa detención, en esa levitación imposible, encuentra por primera vez un modo genuino de estar en el mundo: “ahí está, una persona zambulléndose en lo desconocido, y lo hacía completamente despierta”.

Arte: Azul Chiodín






