Papá llegaba al pueblo los domingos a la madrugada. Yo lo esperaba en la calle ancha que salía al cementerio. Cuando veía una sombra que se inclinaba hacia el sol y se oscurecía la tierra, sabía que era él. Salvo papá, nadie podía oscurecer el día.
Algunos domingos, venía acompañado por Dos Hileras, un indio que tenía la espalda gruesa igual que papá, la cabeza cuadrada, el pelo debajo de las orejas —mamá me dijo que se lo cortaba con un machete—. Sentía una fascinación inquietante siempre que le observaba las dos hileras de dientes astillados: eran como las de los tiburones que había visto en la tele. Ellos caminaban treinta kilómetros desde el aserradero de Saladero Cabal. El indio sacaba los billetes en el almacén y compraba tiras de asado y tres damajuanas de vino. También le gustaba lo dulce; entonces, elegía un litro de miel en botella. Fideos también compraba, porque la carne sola no lo llenaba. El bolichero los atendía en la vereda: ellos no entraban en el cuadradito del negocio.
En casa, Dos Hileras sacaba una olla al patio y, mientras papá asaba la carne, él cocinaba un guiso para enyenarse: esta palabra utilizaba. Masticaba la costilla del asado; nunca lo había visto pelar un hueso… creo que tragaba todo. Comíamos debajo de la copa de un ñandubay, que tenía ramas largas para que entraran en la sombra papá y Dos Hileras. Mamá le pedía al indio que cortara con el cuchillo y que no tomara del pico de la damajuana. Él la miraba desafiante, pero sonreía.
Yo los acompañaba todo el día; mamá, en cambio, solo algunas horas. Vanesa, mi hermanita, se dormía sentada en un pierna de papá. A la tarde, Dos Hileras volvía a hacer fuego debajo de la olla, porque el vino le daba hambre. Cortaba la papa sin pelarla y luego la mezclaban junto con agua y fideos. Terminaban de cocinar el guiso, y comía el indio solo, luego buscaban dos damajuanas que les duraban hasta la noche. Mamá le pidió a Dos Hileras que se acostara afuera por el olor, pero él nunca se quedaba a dormir: se iba a seguir tomando y se dormía donde le ganaba la curda.
Papá, después de bañarse, cenaba con nosotros. Le gustaban las pastas caseras. Una olla era solo para él, además de un kilo de pan. Él comía dos o tres platos con la cuchara. Luego, cuando se enfriaba, agarraba el cucharón grande y terminaba de limpiar su olla, y la nuestra. No escuchaba la radio ni miraba televisión: tomaba vino en silencio mientras mamá lavaba los platos y la acostaba a mi hermana. Él se dormía en un catre debajo del árbol: decía que las paredes de la casa le daban calor. A la madrugada, yo lo escuchaba levantarse y, sin dudarlo, salía a la puerta a ver su sombra, que superaba la altura de las casitas de mi barrio.
Mamá casi no hablaba los domingos. Ella se alegraba cuando papá se iba porque, entonces, venía a casa su amigo, primero había dicho que era su primo; luego, que era su amigo. El negro Cirilo era alegre; solo me superaba un poco en altura. Él nos traía caramelos a mi hermana y mí, y me dejaba los vueltos de la plata cuando le iba a comprar cerveza. Mamá amanecía tomando con él; al otro día, limpiaba la casa para sacar el olor a cigarrillo. Una vez, Vanesa le preguntó si era amigo de papá, y ella le dijo que sí. Pero le pidió que no le dijera nada a él, porque es un hombre de antes. No le entendí mucho, aunque sabíamos que no teníamos que hablar. Lo que no estaba bien era que Cirilo se quedara varios días y tomara cerveza sentado en el cantero. Los vecinos miraban como si en la casa hubiese algo extraño.
Esto lo debió de haber enojado a papá, porque un día se apareció de sorpresa. Era una tarde de lluvia. Cirilo fumaba en la cocina, y mamá la ayudaba a hacer la tarea de la escuela a Vanesa. Apenas ella lo vio a papá, lo agarró de la cintura y lo hizo caer sobre la mesa. Cirilo aprovechó la caída; buscó un cuchillo y le tiró el puntazo. Lo apuñaló a la altura de la costilla. Fue un corte preciso. A papá se le cerraron los ojos; apoyó las rodillas en el piso y miró hacia abajo con tristeza. Yo tenía la esperanza de que se despertara o de que sintiera dolor y pidiera ayuda. No podía creer que hubieran matado a un gigante solo con un cuchillo del tamaño de su dedo.
Lloré desesperado cuando vi que sacaban el cuerpo de papá. Mamá mintió; le dijo a la policía que Cirilo era su amigo, y que papá lo había atacado. También le contó que Vanesa y yo no habíamos visto nada.
Ella siguió mintiendo cuando, después de haber cerrado las ventanas por el luto, nos dijo que papá se había lastimado solo en el forcejeo; además, nos contó que Cirilo estaba muy triste porque lo quería a mi papá. Cuando su amigo volvió, a los pocos días, ya tomaban cerveza juntos otra vez. Solo cuatro días estuvieron con las persianas cerradas y sin escuchar música. Yo no le dije nada a mamá; lloraba, porque lo extrañaba a papá.
Por eso, no aguanté, y el domingo a la madrugada, regresé a la calle ancha. Esperé durante horas a que una sombra atravesara el sol y lo cubriera… nada. El sol se fue levantando y al mediodía calentó la tierra. Volví a casa, y encontré mamá bebiendo cerveza con Cirilo, escuchando música con el volumen alto. Conté diez cervezas hasta que mamá la acompañó a dormir a Vanesa. Ella me pidió que lo vigilara a Cirilo: ya no podía mantener el equilibrio en la silla, y se le cerraban los ojos. Solo le quedaba lucidez para prender un cigarrillo, aunque casi no lo fumaba.
Mamá debió de haberse dormido. Cirilo ya no podía agarrar el vaso, ahora le pesaba la cabeza; se le iba hacia delante, revoleando los ojos. Quise ayudarlo a levantarse, pero se enojaba. Estaba oscureciendo, cuando pensé en despertarla a mamá. De golpe, noté que una sombra rectangular se extendía hacia nosotros. Giré la cabeza; vi astillas gruesas, blancas, superpuestas. Esa cosa que se acercaba a Cirilo tenía ojos. Quedé paralizado; pero como se venía hacia mí, logré prender la luz del patio. Entonces, reconocí el pantalón y la camisa percudida de Dos Hileras. El reflejo del foco le iluminaba hasta los hombros, pero luego le vi la cara, apenas estiró la mano para tomar del cuello a Cirilo. El negro, cuando le faltó el aire, se despabiló y quiso defenderse con los brazos, aunque la mano del indio ya le cubría parte del pecho y lo tenía inmovilizado. Dos Hileras hizo un solo movimiento, un sacudón: Cirilo aflojó los brazos y las piernas. Una vez que el indio volvió a erguirse, vi como el cuerpo inerte subía a la oscuridad.







