¿No encuentras horroroso ser quien eres?
Me refiero a las veces en que te despiertas
de repente y dices “soy yo” y te sientes asfixiado.
Es como si todo lo que haces no fueran
mas que cabos sueltos y no hubiese nada que encajara.
Carson McCullers
—Qué te vas a ir a la casa de Camila, seguro me estás mintiendo y vas a encontrarte con ese mal bicho… Y encima con las notas que vas a traer ni de Camila te dejaría ir. Y además… Y encima…
Algo así habría dicho su madre, en el tono agudo y llorón que usaba cuando la retaba, llenando las frases de “encima” y “además” que le sumaban siempre anticipadas fallas nuevas. Su madre, que en otros momentos le medía cuántas calorías había consumido, que no la dejaba tranquila con la postura (“¡Te voy a poner un palo en la espalda para que camines bien!”), que había decidido que no tendría novio hasta no terminar la secundaria, ahora simplemente había movido la cabeza y había vuelto a mirar el televisor cuando Julia le mintió con que iba a ir a comer a la casa de Camila. Estaban pasando por enésima vez la publicidad del casino del pueblo: unos viejos moribundos movían la palanca de una máquina tragamonedas, una cuarentona de un bronceado que dañaba la vista tiraba un dado en una mesa aterciopelada, un crupier asentía en cámara lenta. Al final, la imagen se congelaba en un edificio cuadrado, rancio, maquillado con algunas luces de neón que deletreaban “Casino―Hotel La Fortuna”. La voz del locutor del pueblo gritaba “¡Venite a conocerlo, no te lo pierdas!”. Lo habían pasado un millón de veces, pero eso era lo que le daba sentido a la gente del pueblo, se decía Julia en silencio: un casino nuevo, un súper chino nuevo, la llegada de un participante de Gran Hermano al boliche. De hecho, el Gran Plan de su madre con su nuevo novio, Guillermo, era ir a una inauguración del Hotel―Casino. Meses hablando del mismo tema, comprando ropa, sacando turno a la peluquería, cuidándose con las comidas, todo para ir con su novio a un edificio ruinoso a dos cuadras a encontrarse con la misma gente de siempre.
—¿Cuándo es? —preguntó Julia haciendo un gesto hacia el televisor.
—El viernes que viene —dijo su madre, sin sacar la vista de la pantalla—¿Querés venir?
Ni en sueños se haría ver con su madre y el gordo adicto a la Coca-cola con el que salía. Tan lejano como que las vacas vuelen.
—No, gracias. La próxima quizás.
—El casino no va a inaugurar dos veces —dijo secamente su madre.
Julia puso los ojos en blanco.
—¿No está demasiado vieja esa casa como para tanta gente?
—Viejo no: antiguo. Es lo que le da elegancia a los lugares del pueblo, como pasa con la iglesia, con el fuerte… La idea es que sea antiguo.
Julia alzó los hombros. Ahora su madre era especialista en antigüedades. Le dijo que se iba y cerró la puerta antes de que pudiera responder nada. El sol de las seis y media la encandiló. El televisor seguía escuchándose desde afuera.
***
Hacía calor. Estaba empezando la primavera y tenía la sensación de que los días se alargaban interminablemente. En ocasiones, en los atardeceres calurosos como aquel, cuando caminaba las solitarias cuadras que separaban su casa de la sala de juegos y lograba olvidar a su madre, la inundaba la sensación de que deambulaba por un mundo recién creado, y se extrañaba de estar viva y de ser quien era, y casi podía verse a sí misma desde fuera, como si dirigiera una película en la que ella era la estrella principal, caminando hacia Agustín Levy, que la esperaba apoyado en el asiento de la Kazer, cruzado de brazos, un cigarrillo colgado de los labios, la mirada indiferente “¿Salimos a dar una vuelta?” decía él, raspando un fósforo, encendiendo el cigarrillo, como si le indicara algo a un perro. Ella se sonrojaba, sentía un vértigo en el estómago, y soltaba una risita cerrando los ojos. Entonces una mano grande y áspera le levantaba el mentón: “¿Cómo puede existir una hermosura como vos en este pueblo de mierda? Sos hermosa Juli, sos la flor más bella hay en este pueblo de mierda”, y le encajaba un beso en la boca.
Al pasar por la placita frente a los bomberos observó los árboles ya ensombrecidos y volvió a pensar en lo que le había contado Camila: Agustín había intentado colgarse de un árbol del río durante el invierno y un empleado de la comuna que justo estaba haciendo horas extras lo había visto y lo había desatado a tiempo. “Justo a tiempo”: esas habían sido las palabras de Camila que le habían quedado dando vueltas en la cabeza. Tomar seis pastillas de dormir y llamar mientras tanto a tu ex, o cortarse las venas con un tramontina era una cosa, pero colgarse de un árbol a mitad de una noche de invierno… Agustín estaba decidido a morir, eso era indudable. Después de llevarlo al hospital —le había quedado la tráquea lastimada— sus padres habían decidido ponerlo de patitas en la calle. Él ya se había escapado varias veces, por lo que a nadie le llamó la atención que desde ese momento durmiera en casas de amigos (cuando los padres de éstos los dejaban), y en la estación abandonada de trenes. Todo según Camila, desde luego, pero a Julia no le sonaba inverosímil. Ya sabía, como todo el pueblo, muchas de las cosas que se contaban de Agustín: que había golpeado a un compañero del colegio hasta casi matarlo por defender a un chico discapacitado. Que a la tarde trabajaba de albañil con un viejo borracho al que le decían El Chómpiras, que tenía una moto “tuneada”, y que gustaba a un montón de chicas. Él no le había contado nada de su vida: cosas como esas no se decían en una primera cita. Sin embargo, al verlo y escucharlo hablar con su tono tan pausado, tan tranquilo, cualquiera habría pensado que Agustín no encajaba con lo que se contaba acerca de él. Por momentos Julia pensaba en todo aquello que debía ocultar, en todo el sufrimiento por el que debía haber pasado (¿qué le habrían hecho sus padres en su infancia para que intente hacer lo que hizo?), y la invadía una sensación de tristeza similar a la que sentía cuando escuchaba canciones de Rock Nacional como “Pronta entrega” o “Seminare”. A veces sentía que podía quedarse a vivir en esas sensaciones.
Llegó a la sala de juegos con un espíritu meditabundo. Se sentía liviana, como si el viento pudiera atravesar su cuerpo. Agustín no estaba por ningún lado. Ya casi había oscurecido. Por el ventanal observó el salón casi vacío. La música sonaba bajito. Sacó el paquete de Marlboro, extrajo un cigarrillo y lo encendió y lo fumó hasta terminarlo.
Habían quedado a las siete y hasta las ocho menos veinte estuvo esperándolo afuera. Se puso fresco y oscureció. Algunos chicos y chicas entraron a la sala y otros se agolparon en la vereda. Alguien subió el sonido de la música y el vidrio en el que estaba apoyada empezó a vibrar. Los autos daban la vuelta al perro. Para esa altura había fumado tres cigarrillos, le dolía la garganta y se sentía desolada. Fue entonces que escuchó que alguien se acercaba.
—¿Cómo anda la señorita Julia?
Los ojos negros de Agustín se veían cansados. Sonreía a medias, pero no se podía decir que era una expresión alegre. Era, más bien, una sonrisa cordial, como la de un mayordomo inglés. Llevaba puesta una vieja remera negra con las mangas cortadas y una estampa desteñida de La renga. Los músculos de sus brazos tomaban forma y brillaban a la luz de neón con cada pequeño movimiento que hacía. Se metió las manos en los bolsillos.
—¿Querés jugar un pool? Creo que acá tengo unas fichas —dijo con una voz ronca, como si hubiera estado gritando o fumando mucho. Ella se quedó en silencio. Se sentía paralizada, como la primera vez que había hablado con él. No sabía jugar al pool.
—Jugar al pool: agarrás un palo y tratás de meter una bola rayada o lisa en el hoyo. No es muy complejo —dijo él.
Le ofreció un cigarrillo cuando entraron a la sala y luego de encendérselo caminó hasta la rocola que estaba contra la pared. No revisó demasiado las páginas de discos. Cuando la canción que estaba sonando terminó —era una de Rodrigo que Julia no reconocía: todo el cuarteto le parecía igual de horrible— empezaron a sonar los lentos acordes de “La balada del diablo y la muerte”. Agustín agarró dos palos de pool que colgaban en la pared, al lado de la rocola, y sin haberse sacado en ningún momento el cigarrillo de la boca, se acercó a ella y le dio el palo.
—Si te gano me invitás una cerveza —dijo él.
La voz de Chizzo inundó la sala de juegos.
Después de varios partidos, que ella perdió de manera unánime, salieron afuera y se sentaron en el ventanal. Agustín prendió otro cigarrillo y le convidó el copón de cerveza caliente que ella le había comprado. Ya estaba casi vacío: Julia se empezaba a sentir mareada y escuchaba de manera nítida sus pensamientos. Era extraño: los otros chicos con los que había salido no paraban de hablar y de contar “cosas heroicas” (cuántos fernets con coca se habían tomado en una noche, cuánto peso levantaban en el gimnasio, cosas por el estilo) y se había sentido incómoda y tonta, y sin embargo con Agustín apenas habían hablado y ese silencio, que ahora se mezclaba con el frescor de la noche y el gusto de los cigarrillos y el sabor amargo de la cerveza, la hacía sentirse cómoda, como si se conocieran desde siempre. Lo miró de reojo: sus rasgos eran duros, como tallados en madera, y la piel era tan pálida que parecía fosforecer de noche, como esos esqueletos de dinosaurios para coleccionar que había visto en la habitación de Camila. Había algo de esa palidez y de esa dureza que a Julia le hacía pensar en juguetes abandonados en la noche, en planetas lejanos y fríos, en vampiros melancólicos. Al acabarse la cerveza, Agustín tiró el vaso vacío a la vereda y le preguntó si quería dar una vuelta en moto. Ella le dijo que sí. Entonces se encaminaron a la Kazer sin plásticos y sin espejitos estacionada en la calle, con los cables y tubos a la vista, como si saliera del futuro de la película Terminator y Julia sintió que la felicidad no le cabía en el cuerpo.
El tiempo en el que estuvieron dando vueltas en moto no hablaron demasiado. El ruido del escape recortado era muy fuerte y las preguntas esporádicas que hacía Julia (“¿hace mucho que tenés la moto?¿Sos de ir mucho a la sala de juegos?”) no sonaban bien después de hacerlas y tampoco se llegaban a escuchar por el ruido. El paisaje del pueblo se desintegraba alrededor de ellos a toda velocidad. Julia se apretaba a Agustín –sentía la espalda ancha de éste pegada a sus pechos –para no caerse. Salieron de la zona céntrica y se metieron en calles tan oscuras y solitarias que parecían deshabitadas. Agustín bajó la velocidad y se estacionó en la placita que quedaba frente al cuartel de bomberos.
Las luces anaranjadas de los faros de la plaza los iluminaban. Ella se bajó y él abrió la valijera de la moto con la llave, y sacó algo envuelto que resultó ser una botella de vino con un corcho metido a medias.
―Robado directamente del almacén del Gordo Tapia –dijo sonriendo.
―¿Robaste ese vino? –preguntó ella, llevándose una mano a la boca.
Agustín hizo un gesto como restándole importancia, le sacó el corcho, tomó unos tragos y se la ofreció. Julia se llevó el pico a la boca sin dudarlo, y mientras el líquido áspero le iba llenando la boca pensaba en cómo se lo tragaría sin hacer ninguna cara de asco.
―Contame de vos ―dijo él. Se veía ausente, como si pensara en otra cosa.
―¿Qué querés que te cuente?
Se sentía ansiosa por hablar. Volvía a tener la sensación que había tenido el primer encuentro: la de estar en el lugar indicado en el momento indicado. No había nada más en el mundo que ellos dos ahí, sentados en la placita, tomándose un vino robado.
―De tu vida, de lo que te gusta y lo que no, de lo que pensás. Está fuerte ¿eh? ―dijo indicando el vino.
Julia le respondió que no tanto, para no quedar como una tonta, mientras pensaba en lo que le iría a decir: quería impresionarlo, quería que él la considerara especial.
―Puedo adivinar, si querés –dijo Agustín. La miró, luego miró hacia un costado con el ceño fruncido, como si le preocupara algo. Se metió las manos en los bolsillos y sacó un arrugado paquete de Marlboro al que parecían quedarle pocos cigarrillos.
Julia no dijo nada. Esperó.
―Tus viejos se separaron. Eso lo sé porque todo el mundo lo sabe. Pero la separación fue importante para vos: es una herida que te hace ser quien sos.
Julia asintió sin quererlo. Tuvo de golpe ganas de llorar. El acento de Agustín no era el de una persona de su edad. Parecía más grande, parecía como si tuviera diez o quince años más que ella.
―No querés ser como las demás chicas del pueblo, ni te gusta esta vida que ves alrededor. Quisieras cambiar todo. A veces pensás en irte y no volver más.
Luego de un silencio agregó:
―Como yo.
Julia sintió la mejilla mojada: estaba llorando. Agustín se acercó, le pasó un dedo por el labio y por la mejilla.
―No llores –dijo, acercándose y besándola.
Su voz, sin embargo, era lejana y triste y tenía un leve tono de asombro, como si viniera de un ser que no comprende lo que es el llanto. Julia lo miró y por un segundo se preguntó si no le diría lo que acababa de “adivinarle” a todas las chicas con las que salía y se sintió de repente insegura y tonta. ¿Cómo podía saberlo, de todas formas? Cerró los ojos e intentó volver a enfocarse.
―Por momentos no sé quiénes son las personas que están a mi alrededor –dijo después de un largo silencio. Volvía a sentir de a poco la mente iluminada, las palabras que venían a ella sin problemas―: pienso en mi papá, que se fue hace tanto tiempo. Se fue con otra mujer, armó otra vida en San Justo, tienen un bebé recién nacido. Cuando lo veo le miro los ojos rojos, cansados, como si no hubiera dormido, y a pesar de que siempre está sonriendo y jamás se queja, me da la impresión de que no es feliz. No era feliz con nosotros, no es feliz con su nueva familia… Y está todo el día trabajando. A veces pienso que algún día se va a morir y va a pensar en lo qué hizo de su vida y no va a encontrar ninguna buena respuesta.
A medida que hablaba empezaba a sentirse liviana, empezaba a tener la sensación de que las cosas estaban hechas de nada, de que la luz anaranjada que los iluminaba en ese momento, el sabor amargo del vino en su paladar y su lengua, el humo azul del cigarrillo que flotaba sobre sus ojos, no eran más que ilusiones, vaguedades que podrían desaparecer con solo cerrar los ojos. Todo estaba impregnado de imprecisión e inexistencia, salvo Agustín, nítido a su lado, escuchándola.
―Y mi mamá ¿qué te puedo decir de mi mamá? –dijo, como hablando para sí misma.
―¿Qué me podés decir de tu mamá?
―Si te contara las cosas que me ha hecho –dijo Julia ―, empezando por la parte en que se pasó la vida trabajando y me dejó sola en todo y cuando me tenía cerca parecía que le molestara mi presencia. No estaba nunca, y cuando estaba me jodía la vida.
―Bueno –dijo Agustín ―: tenía que trabajar para mantenerte. La gente suele estar de malhumor cuando trabajan mucho.
Julia alzó los hombros. No era eso. ¿Él estaba de su lado? Agustín no la entendía o ella no se hacía entender.
―Hacía cosas horribles ―dijo después de pensar un rato.
―¿Cómo qué?
―Cuando era chica, por ejemplo, me mandó a comprar espinacas y yo no le presté mucha atención porque no me gustaba hacer los mandados. Como todos los chicos. Y entonces traje unas espinacas podridas. El verdulero tenía la culpa, no yo. Pero como ella esperaba siempre que yo me equivocara, cuando me vio llegar y se dio cuenta de que estaban feas empezó a gritarme que yo era una inútil y que no servía para nada y que tenía que enseñarme la lección: me las iba a hacer comer igual, para que yo aprendiera. Así que hizo una tortilla con esas espinacas podridas y me la hizo comer ―dijo, e inmediatamente se le vino encima la náusea y el gusto y el olor de esa tortilla imaginaria. En realidad la situación no había sido exactamente así: sí era verdad que su madre le había gritado y le había dicho que no servía para nada, y sí era verdad que la había obligado a oler las verduras que había traído y que todavía hoy le daba asco sentir el olor de espinacas hervidas. E incluso era verdad que esa situación la había marcado tanto que a partir de allí Julia se había vuelto meticulosa a la hora de comprar comida y había empezado a encargarse de la cocinar ella misma, aún siendo muy chica. Pero nadie le había hecho comer nada. Julia lo sabía, pero había muy pocas diferencias entre lo que había pasado de verdad y lo que estaba contando: su madre era igual una mala persona. Y así como lo estaba diciendo sonaba mejor.
―Una vez –dijo luego de pensar un poco― me encerró afuera de casa y no me dejó pasar en toda la noche porque yo había sacado plata del aparador sin consultarle para comprarme un alfajor. ¡Y tenía siete años! Me podría haber enfermado. Alguien podría haberme robado. Fue bastante horrible.
En realidad, su madre la había amenazado con dejarla afuera, pero amenazar a un niño con ese castigo ya era algo bastante horrible: Julia se había pasado la infancia pensando que si hacía algo malo se quedaría durmiendo en la vereda, acurrucada como un perro.
Agustín no decía nada. Fumaba y parecía escuchar con atención.
―La odio.
Luego agregó:
―Es ese tipo de persona a la que le fue mal en la vida y está a la expectativa de que a los otros también le vaya mal. Es muy infeliz, mucho más que mi papá. A veces siento que me envidia porque soy chica y tengo toda la vida por delante y ella no pudo hacer lo que quería. A veces siento que me echa la culpa de todo: se casó joven porque estaba embarazada y su matrimonio no funcionó y se volvió una persona amarga.
Ahora, sin embargo, no sucedía eso, pensó después de haberlo dicho: desde que estaba con Guillermo, a pesar de que era un impresentable, un gordo mediocre que trabajaba en un videoclub y al que a ninguna mujer con un mínimo gusto se le acercaría, se la veía mejor y ya no le estaba tan encima. Pero sin embargo esa falsa felicidad que intentaba demostrar todo el tiempo era peor que lo arruinada que estaba antes. Le ponía los pelos de punta.
―Y ese Guillermo…
―¿Quién es Guillermo?
―El novio de mi mamá.
Julia se llevó la botella a la boca. Tragó con fuerza y espero que el vino bajara.
―Es un tipo… es un asqueroso –dijo, como si vomitara cada palabra.
―¿Qué querés decir?
―Que es un asqueroso, eso quiero decir. Me mira de esa forma….
No supo por qué mintió, pero en cuanto lo dijo le sonó tan cierto, tan verdadero, que pensó que tranquilamente podría ser verdad: su vida había quedado a merced de un hombre que no era su padre y que probablemente era un asqueroso. La vida era horrible, empezando por el hecho de que ella no había elegido nacer.
―La vida es horrible.
―Entiendo –dijo Agustín.
Entendía. Ella sabía que él la entendía.
―Pobre Julia –dijo él volviéndola a besar.
―Te debo parecer una boluda ¿no? diciéndote todas estas cosas, contándote mi intimidad ¿Y vos? Ya hablé mucho sobre mí, pero vos no me contaste nada de tu vida.
Agustín bajó la mirada. Le sacó la botella de vino de la mano y le dio un trago largo. Se secó la boca con el dorso de la mano, se levantó del banco y pateó una piedrita que fue a dar a la calle. Julia observó que una arruga horizontal se le marcaba en la frente y la boca hacía un gesto de disgusto.
―Yo no tengo solución ―fue lo único que dijo él. Sonaba como una frase conclusiva, como algo que no admitía réplica, pregunta o duda alguna, con la fuerza de una corriente contra la que no se puede hacer nada más que dejarse llevar.
Julia se levantó.
―Ya sé quién sos vos, yo te conozco, a pesar de que es la segunda vez que nos vemos. Es como si te hubiera visto en otra vida.
Se acercó y lo abrazó. Él estaba rígido.
―Es el destino ―dijo ella.
―El destino ―repitió él como para sí mismo. Le hubiera gustado que él se aflojara, que hablara con ella, pero quizás todavía no era el momento. Lo besó. Los labios carnosos de Agustín eran tan grandes que Julia sentía que se perdía en ellos. Le pasó el brazo sobre los hombros y sintió la musculación fuerte, maciza, de Agustín. Se besaron durante un buen rato, pero para sorpresa de Julia él no avanzó más.
***
A veces, cuando estaba sola y pensaba en los encuentros con Agustín, Julia tenía la extraña impresión de que él no quería avanzar, de que solo quería charlar. Desde que se habían visto por primera vez, lo único que hacían era encontrarse y repetir la primera cita: él llegaba tarde, jugaban al pool, tomaban cerveza, y después iban en moto a una plaza o al río o al patio vacío de una escuela a hablar y a seguir tomando. Él, sobre todo, quería que ella hablase: Julia se sentía escuchada con atención, como si él absorbiera cada palabra, como si de aquellos diálogos dependiera el destino del universo. Agustín la observaba en la oscuridad: Julia sentía que le miraba los labios, los ojos, el movimiento de cada gesto que hacía su cara y que unos pensamientos secretos se iban formulando en él a medida que las frases de ella salían a la noche. Hubiera dado cualquier cosa por enterarse de qué era lo que él pensaba, pero no parecía posible: de una forma delicada, y sin que ella se diera cuenta, Agustín transformaba esas conversaciones en un monólogo de Julia, en una obra de teatro con un solo personaje y muchas historias tristes, y él se convertía en un público silencioso en una butaca a lo lejos. No era que a ella le disgustara. Por el contrario, entraba en una especie de trance cuando hablaba con él: era como si se transformara y se convirtiera en la verdadera Julia cuando él escuchaba. Hablaba de su infancia solitaria, de los partidos de hockey los domingos en los que se escuchaba la voz de su madre retándola, corrigiéndole cosas hasta que ni el entrenador le marcaba. De cuando fue abanderada y su madre le dijo que, en una escuela más exigente, ella no llegaría ni a escolta de Santa Fe, de las peleas de sus padres cuando se separaron –su madre había recortado con tijeras hasta la última prenda de ropa de su padre y este había tenido que llamar a su hermano para vestirse y poder irse de su casa―, de sus amigas que eran estúpidas y solo hablaban de chicos y del boliche, y la dejaban de lado. Su vida parecía adquirir una precisión nueva al escucharse hablando con Agustín. Le hablaba de los problemas mentales de su madre, de las dietas, las pastillas, los psiquiatras, los intentos de suicidios en presencia de Julia. Le hablaba de Guillermo, de cómo él entraba al baño con cualquier excusa cuando ella se daba una ducha, de cómo se le aparecía en su habitación sin pedir permiso, del modo en que la rozaba –ella podía sentir su panza flácida en su espalda al contarlo ―cuando estaban juntos en la cocina. Julia no sabía de qué pozo ciego le venían esas historias, pero cuando empezaba a hablar brotaban de ella como por naturaleza: se sentía como una bailarina sobre la pista que sabe que tiene que seguir una determinada coreografía acorde a la música. Agustín la escuchaba sentado, fumando, con la mirada apagada. Apenas intervenía con un “¿por qué?” “¿Cuándo fue eso?” “Contame bien”, y luego, al final, todo se terminaba con una caricia, unos dedos de él sobre las lágrimas derramadas y ella que se sentía volver sin ganas al mundo real.
***
La tarde de la inauguración del Casino Julia estaba nerviosa. Escuchaba a su madre ir y venir por la casa midiéndose ropa y hablando sola y el tiempo no se pasaba más. Eran casi las ocho y esperaba que la casa quedara sola para esa hora: Agustín iría a las nueve y media y necesitaba tiempo para poner la carne al horno y prepararse. Cocinar la tranquilizaba. Siempre que quería que algo saliera bien, cocinaba.
―¿Te gusta así?
Su madre apareció por la puerta de la habitación abierta. Llevaba un vestido amarillo mostaza muy escotado y estaba toda maquillada: parecía una cotorra vieja. Julia fingió que pensaba, y le dijo, para sacársela de encima, que el vestido le quedaba bien pero lo usaría con unos zapatos color piel y no negros. Su madre bajó la vista, miró sus pies como si los viera por primera vez y salió disparada hacia su habitación. Julia miró el reloj y suspiró: ocho y siete minutos. Decidió salir a comprar la carne antes de cerraran los negocios. Cuando estaba abriendo la puerta para salir su madre la llamó.
―Nada, era para saludarte: en un ratito ya me pasa a buscar Guille y no te veo hasta mañana.
―No pasa nada, es solo un día ―dijo Julia, poniendo los ojos en blanco.
Pero algo la detuvo en la imagen de su madre sentada sobre la cama llena de ropa, en medio de la habitación dada vuelta, con la sonrisa abierta y bonachona. Las patas de gallo y las arrugas que se le hacían al sonreír en ese rostro todo pintarrajeado la hacían parecer vieja y ridícula y también frágil ¿cuándo se había hecho tan vieja? En todo caso, la felicidad que mostraba al ir a pasar la noche al Hotel-Casino le pareció tan absurda e inocente como la de un pobre animal, y una oleada de culpa y tristeza la golpeó sin esperarlo: quizás la había estado juzgando demasiado, quizás se había convencido demasiado de sus propios argumentos y de todas esas historias que le había contado a Agustín… Quizás, en el fondo ―ella lo sabía, siempre lo supo― todo lo que había dicho a Agustín no era nada más que mentiras. Mentiras y mentiras cada vez más grandes con el objetivo de… ¿con qué objetivo? No estaba muy segura de eso. Se tragó sus sentimientos como si tragara un pedazo de carne grueso y seco.
―Pasenla lindo –dijo, dejando a su madre con el lío de ropas atrás, conteniendo las lágrimas.
Caminó hasta la carnicería. Ya había oscurecido y el cielo estaba blanco de nubes de tormenta: parecía que se iba a largar a llover en cualquier momento. Julia se sentía sucia y pegajosa, y seguía con esa inquietud inexplicable: no era solamente que quería que esa noche saliera bien, sino que había algo más, una especie de culpa o de mal presentimiento. Le había costado convencer a Agustín para que fuera a su casa: “¿Es que no ves películas vos? ¿Es que no querés estar conmigo bajo un techo, comer algo rico, sentarte en un sillón, en una cama…? ¿No querés dejar de tomar un rato y hacer otras cosas?” le había dicho con cariño unas noches atrás, sentada a su lado en la placita, dándole un codazo y buscando su complicidad, pero Agustín había permanecido esquivo y silencioso como una sombra, y al hacer esas preguntas en voz alta Julia había caído en la cuenta de que quizás era así: quizás él no quería hacer otra cosa con ella que aquello que venían haciendo, fuera lo que fuera eso. Quizás se sentía mejor en una plaza vacía o en un banco del río en medio de la nada que abrazado a ella en un sillón mirando una película. Finalmente lo había convencido, pero el hecho de que tuviera que convencerlo le hacía ruido y no estaba segura de cómo sería la cita de esa noche y si él, al final, mostraría algún deseo por ella, como cualquier chico normal. Pero Agustín no era un chico normal, y las cosas que hacían cuando se encontraban (¿pero qué hacían?) no eran normales… O quizás era el silencio de él lo que la incomodaba, ese mismo silencio que semanas atrás la había hechizado ahora la hacía sentir que era un extraño y al final no sabía realmente nada de él. Julia estaba tan enredada en esos pensamientos que cruzó la calle sin prestar atención y no vio venir a Maxi, el chico que vivía a la vuelta de su casa y que pedaleaba una cross a toda velocidad en ese momento. Sintió el golpe de manera tan abrupta que se cayó al suelo de costado, con todo el peso, sin poner las manos para cubrirse. Se levantó al instante, mirándose todo el cuerpo con el miedo de haberse hecho un daño irreparable, pero solo encontró un moretón que pronto le empezó a hinchar el codo y una herida en el hombro. El hombro le dolía muchísimo. Estaba tan anonadada que ni siquiera escuchó los insultos del niño por cruzarse sin mirar.
La casa estaba vacía cuando regresó. Metió la carne al horno, limpió los pisos, pasó el trapo por todos los muebles, le sacó a los sillones los almohadones que tenían el tapizado marrón tan viejo, y prendió un sahumerio de vainilla. Tuvo tiempo incluso de afilar el cuchillo de carnicero viejo y pesado de su madre. Después se bañó, se cambió, y se tiró al sillón a descansar con una bolsa de hielo en el codo, que cada vez parecía hinchársele más. Sentía como si hubiera corrido una maratón.
Se hicieron las nueve y media, luego las diez, luego las diez y media y nadie tocó el timbre y no se escuchó ni de lejos el ruido de un escape recortado. Y entonces Julia creyó entender la horrible premonición que la había perseguido todo el día: él no iba a ir. La había dejado plantada. Había pasado a ser una de esas chicas con las que se veía y que pasaban a ser anécdotas descartables. Pensó en todos los momentos que habían vivido juntos y se dijo que era una ilusa, que todo era una mentira, y que nunca más debía enamorarse de nadie: “no servís para nada”: la voz de su madre tenía razón. Apagó el horno, se acostó de nuevo en el sillón, y prendió la tele. En canal 13 dando un programa repetido de Videomatch. Abrió el vino que había comprado para la cena, tomó una copa casi de un solo trago, y subió el volumen al máximo.
Eran más de las doce cuando la despertó el rugido del escape de la Kazer y sonó el timbrazo. Se había dormido profundamente y se levantó sobresaltada. Casi se choca contra la mesa al correr hasta la puerta. Afuera se habían cortado algunas luces de la calle y la oscuridad parecía espesa y casi viva, como un animal agazapado conteniendo el aliento. Llovía a cántaros. Agustín estaba todo mojado y a través de la poca luz que salía de la casa sus ojos parecían más hundidos en las cuencas que lo habitual, como si algo lo estuviera succionando por dentro. Tenía los pelos pagados en la frente y llevaba un cigarrillo mojado en la boca. Pasó sin saludar, encaminándose un poco bamboleante hacia el comedor.
―Pensé que no ibas a venir ―dijo Julia sin saber cómo arrancar la conversación. Tuvo la intención de que esa frase no sonara a reproche.
Agustín la miró y no dijo nada. Se sentó en el sillón, en el lugar dónde había estado recostada Julia hacía unos instantes, sin secarse ni pedir una toalla. Julia observó cómo las gotas caían de los bordes de la campera de jean. Él intentó encender el cigarrillo pero el encendedor que sacó del bolsillo también estaba mojado y no funcionaba. Lo tiró en la mesa, se acostó y cerró los ojos. Un momento después los volvió a abrir y la miró.
―¿Qué te pasó en el hombro?―preguntó después de un largo silencio.
Julia pestañeó. Se había olvidado del choque y del dolor. Se miró el hombro desnudo: la herida había comenzado a sangrar otra vez.
―Tenés el codo lastimado también.
Ella asintió lentamente. Se sentía extraña, como desconectada. Le costaba mantener los ojos abiertos: el vino debía de haberle hecho efecto. Agustín se levantó. Julia notó que observaba la botella abierta, la carne fría cortada en la mesa.
―¿Esto lo cocinaste para mí?
Julia asintió otra vez. La pregunta parecía estar impulsada solo por curiosidad, sin ningún indicio de amor ni de agradecimiento. Ni siquiera le había pedido disculpas por llegar tarde y no avisar, y ahora estaba sentado allí sin secarse, sin haber saludado ni pedido permiso, arruinando el sillón de su casa sin importarle nada. Una ira irreprimible invadió a Julia por un instante, y luego le cayó encima, como una catarata, una desdicha aún más grande que la ira: se sentía la persona más desdichada del mundo. Había hecho todo por él, se había entregado a él, y él no la quería y ni siquiera le importaba consolarla. Agustín pinchó un pedazo de carne que quedaba en el plato de Julia con el cuchillo de cocinero y observó la carne como si nunca hubiera visto un pedazo de carne en su vida.
―¿Cómo te hiciste esas heridas? –preguntó, mientras soltaba otra vez el cuchillo sin probar el bocado.
Julia bajó la cabeza y se ocultó el pelo con los ojos. Empezó a llorar.
―Se ve muy rico ―dijo él―: perdón Julia, no tengo hambre.
Ella siguió llorando en silencio. Se sentó en una silla en frente de Agustín y se tapó la cara con las manos.
―No me dijiste todavía qué te pasó. Te sale sangre del hombro, Juli.
No supo lo que iba a decir hasta el segundo antes de decirlo. Supo que era su última oportunidad:
―Fue mi mamá. Hoy me pegó y me empujó contra la pared.
Agustín hizo silencio. Agarró el repasador que había en la mesa y se secó la cara.
―Hoy decidí contarle a mi mamá lo que me hacía Guillermo y ella no me creyó ―dijo Julia lentamente, dejando caer cada palabra como grandes gotas en un piso limpio―. Decidió defender a su novio. No se lo quería contar, no le iba a contar nada, pero no aguantaba más. Guillermo pasó un límite.
―¿Pasó un límite?
Tenía ahora toda la atención de Agustín. Levantó la cara y se acomodó el pelo. Volvía de a poco a sentirse mejor, a sentir que era ella otra vez. Agustín dejó el repasador en la mesa y le tomó las manos. Julia sentía que se la apretaba con fuerza.
―Me desperté de la siesta por un ruido y vi a alguien en la oscuridad sentado en mi cama. Al principio pensé que era mi mamá, que quería decirme algo, pero me pareció raro, porque nunca entra sin tocar, y entonces, cuando me despabilé un poco, vi que era Guillermo. Estaba ahí, sentado en la cama, y se estaba desabrochando el cinturón. Cuando se dio cuenta de que yo me había despertado me dijo “Juli, querida, quiero que hagas algo por mí ¿sabés? A vos te va a gustar también, es por los dos, pero tiene que quedar entre nosotros: no le tenés que decir nada a tu mamá… ni a nadie”. Se desabrochó el cinturón en la oscuridad y volvió a decir que necesitaba que hiciera algo por él, pero que en realidad era por los dos, y me dijo que me acercara… y me agarró la cabeza de una manera suave, pero yo sabía que no me podía mover, yo estaba tan paralizada y tan sorprendida y tenía tanto miedo que no pude hacer nada… fue horrible.
Ya no podía hablar: un llanto inconsolable se lo impedía. Solo sentía la caricia de Agustín en su pelo como si estuviera acariciando a un perro herido. Le acariciaba la cabeza como dándole masajes y Julia empezó a sentir un poco de sueño. Después de un rato Agustín le levantó el mentón y le dio un beso en la boca. Ella retuvo el beso de Agustín y le mordió los labios. Empezó a sacarse la remera, pero él la detuvo y la apartó un poco.
―Estuve pensando –dijo él, apartándola suavemente –Estuve pensando mucho hoy, por eso llegué tarde –su voz sonaba rara, como si no coincidiera con él, como si vinera de otro lugar, de un lugar lejano―. Estuve a punto de… casi ni siquiera vengo. Pero ahora que me contaste eso creo que fue mejor venir, al final… Te voy a preguntar algo, Juli: ¿Te irías conmigo?
Julia se rió. Su risa sonó boba, como la de una chiquilla, pero no le importó.
―Me iría con vos. Me iría a cualquier lado con vos.
―¿A cualquier lado?
Julia volvió a reír. Agarró una mano de Agustín y se la llevó a su pecho. Agustín retiró la mano enseguida.
―Te estoy hablando en serio: ¿Te irías conmigo ahora?―dijo, levantándose de improviso.
―¿Ahora…? ¿Adónde?
―Ahora, esta noche.
Julia supo de golpe que Agustín estaba hablando en serio, y de que ella tenía que darle una respuesta en serio.
―¿Pero adónde? Yo no tengo plata. No tenemos auto.
―Este es mi último día acá― dijo él. Volvió a agarrar el cuchillo de carnicero que estaba al lado del plato.
―¿A qué te referís con acá?
Agustín levantó y observó el cuchillo. A Julia se le vino a la cabeza, como un pensamiento ajeno, de que estaba recién afilado y que por eso brillaba y un destello se reflejaba ahora en los ojos de Agustín. La mano que sostenía el cuchillo temblaba. Agustín llevó la mirada hacia la puerta. ¿Estaba llegando alguien? Entonces se dio cuenta de que había escuchado el motor de la camioneta de Guillermo en medio de la lluvia como en un sueño. Sí, una camioneta se había estacionado afuera, y se abría y se cerraba la puerta de reja con su chirrido habitual. Eran las voces de su madre y Guillermo las que se estaban acercando. Quizás el edificio del Casino no toleró tanta lluvia, quizás habían perdido plata y querían volver. El corazón se le salía por la boca. Sintió que estaba salvada y se le aflojó el cuerpo. Todo iba a ordenarse. Todo iba a volver a su lugar. Miró a Agustín con una sonrisa insegura, casi infantil.
—Están llegando —alcanzó a decir.
Agustín no sonrió. La miraba como si la viera por primera vez, ni sorprendido, ni enojado, ni triste: había algo indescifrable en los ojos cada vez más hundidos y brillosos de Agustín. El movimiento siguiente fue rápido: Julia sintió un golpe sordo en el pecho y después calor. Un calor repentino, instantáneo. Algo espeso empezó a llenarle la boca. Agustín la sostuvo mientras ella caía contra él, despacio. Julia escuchó la puerta de la casa que se abrió en medio de la lluvia. Luego ya no escuchó más nada.







