Muere monstruo, muere
Almafuerte
El Espanto apareció una mañana de esas en que el cielo es un entramado de plomo. Quizás ya se había estado pergeñando desde la madrugada, pero nadie lo oyó. Son así, silenciosos. El joven paisano que hacía de sereno se percató, como dije, recién a la mañana, durante su habitual recorrida. Vino corriendo a la estancia. Al principio pensé que era para avisarme que había encontrado a Doli, una de las cabras que había desaparecido hacía unos días. Pero no, se trataba de algo mucho peor.
Me habló agitado, como quien aspira la última bocanada antes de morir. Y sí, no era una noticia para tomársela a la ligera: si sus dichos eran ciertos —y lo fueron— había aparecido un Espanto. En la historia de los Aguirre Malbrán, mi familia, jamás había ocurrido.
El joven paisano me llevó al corral de las cabras. En la entrada me esperaba Don Favio, con su invariable boina roja, horca en mano y esa cara endurecida de vida rural. Apenas nos encontramos, apuntó la horca hacia dentro del corral techado. A pesar de su muda rigidez, sabía que Don Favio no podía sentir más que miedo. No agarré ninguna herramienta, ya que por el momento habíamos acordado, en implícito silencio cobarde, que no haríamos nada brusco.
El joven paisano se quedó atrás, más callado que nunca. Con Don Favio nos acercamos. Aunque el Espanto quería pasar desapercibido, nosotros nos dábamos cuenta. El resto de las cabras, en cambio, no daba muestras de haberlo notado. No le prestaban atención a la que estaba tirada en una esquina, con la panza hinchada. De ahí, de la panza, le salían dos cuernos grisáceos que vaya uno a saber cuántas horas habían estado desgarrando piel y músculo, horas enteras tratando de salir. Los cuernos: el primer indicio del Espanto. Parecían quietos, pero los dos, Don Favio y yo, supimos que lo que había ahí dentro se movía al ritmo de una respiración. Esa anomalía no provocaba reacción alguna en la cabra, que quizás lo recibía como algo natural, como si no le causara dolor y nunca se lo hubiese causado durante el silencio de la larga madrugada. Segundo indicio del Espanto. Un parto —un parto normal, quiero decir— hubiese sido más doloroso.
Y si hablamos de indicios, muy a mi pesar tengo que mencionar el tercero: llegó un Sábado Santo.
Don Favio rompió el muro de silencio que habíamos levantado dentro del corral, y en un acento más que pueblerino, dijo que todavía nos quedaba tiempo para ver qué hacer.
Salimos. Debo admitir que me molestó verlo al joven paisano todavía a varios metros de distancia, y ahora listo, con dos caballos ensillados. Listo para la retirada con potros que no eran de su propiedad. Lo sé, estaba asustado, pero no podíamos darnos el lujo del miedo, y mucho menos él antes que yo. Luego me di cuenta de que el joven ya no estaba solo. A unos metros de él, cuchicheando, el resto de los trabajadores esperaba algún tipo de respuesta de su capataz, Don Favio, o directamente de mí.
Los mandé a cosechar y arriar el ganado, y les dije que pronto nos haríamos cargo de la situación. Les ordené que, por el momento, guardaran el secreto: los campos vecinos y el pueblo no tenían porqué enterarse todavía. A pesar de que oí murmullos a mis espaldas, no me detuve a contestarles. Don Favio siempre fue mi portavoz ante los reclamos de ellos.
Corrí al salón de la estancia y, frente a la biblioteca, me puse a revolver las largas hileras de libros. Sentía la pesada mirada de mis antepasados, observándome desde algún recóndito lugar. Y esperaba encontrar ayuda en sus memorias, una costumbre de familia. Como dije antes, hasta donde sabía no había registro alguno sobre un Aguirre Malbrán que hubiera pasado por lo mismo que yo, pero tampoco me había fijado. Sepa disculparme quien algún día lea esto, pero en aquel momento, mientras desparramaba los libros, no podía pensar con claridad. Quizás buscaba algún tipo de “hechizo”, de ritual, no sé, alguna creencia transmitida de generación en generación.
Busqué en las memorias de mi padre, de mis abuelos y de mis bisabuelos. Horas y horas leyendo. Nada.
Mientras, atolondrado, guardaba los tomos de aquellas vidas pasadas, miré por la ventana. Justo entraba en un carruaje la mano de obra que había comprado hacía unos meses, directo del Norte. Por un segundo, pude olvidarme de lo que había en aquel corral. A lo lejos, la mano de obra descendía y pisaba la tierra con sus pies descalzos. Recordé una frase de mi padre: “Grilletes de oportunidades”, solía decir con impecables notas de caballerosidad. El recuerdo me reconfortó.
Fui hacia la diligencia para cerrar el contrato y pagar lo correspondiente con mis fajos de dinero artesanal. Busqué a Don Favio con la mirada y le hice un gesto para que acompañe a los nuevos al cobertizo del fondo. Sepan entender que, en condiciones normales, me hubiese encargado yo mismo. Pero el Espanto era la prioridad.
Fui de nuevo hasta el corral, admito que con cierta inquietud. El Espanto seguía en su lugar, inmutable. Por suerte, todavía estábamos a tiempo. Pensé en mi familia: Ernestina, mi bella esposa, y Antoñito, mi hijo, el próximo Aguirre Malbrán. Todavía no habían llegado de su escapada al pueblo. Pero yo ya había decidido que no tendrían lugar en este asunto, pronto deberían volver a irse de la estancia, pero para no volver. Yo me quedaría con Don Favio, las criadas y paisanos para resolver lo que el destino había traído a mi puerta.
Recuerdo las lecciones de mi padre sobre la importancia y la composición de las memorias: debían ser rigurosas y sinceras, un legado de sabiduría para la siguiente generación.
Y ahí me di cuenta: yo sería el primer Aguirre Malbrán en encontrarme con un Espanto.
Aquello me llenó de orgullo, la gesta que podría dejar por escrito sería invaluable.
Con entusiasmo viril, me ajusté la bombacha de campo y, con las botas más sucias que tenía, fui hacia el corral. En el camino lo crucé a Don Favio y lo mandé hacia allá también.
Arreamos todas las cabras hacia otro corral. Seguían igual que siempre, no daban muestras de haber descubierto al horrible intruso.
Le ordené a Don Favio y unos paisanos que subieran el Espanto a un carruaje. La idea era llevarlo a un matadero abandonado, lejos del campo.
Ninguno se movió.
Lo único que se movía era el engendro. Durante el silencio incómodo, el gris de aquellos cuernos se hacía cada vez más visible. Líneas rojizas surcaban por el vientre de la ya débil cabra.
Los paisanos empezaron a agitarse, lanzaban las ideas más disparatadas posibles:
—¡Hay que quemarlo!
—Hay que matarlo y se lo damos de comer a los chanchos, don.
—Mi abuelita siempre decía que primero hay que encerrarlo en un círculo de sal.
—Y buscar un sacerdote que le tire agua bendita. Y después el dueño del lugar donde apareció tiene que matarlo, o vuelve a aparecer.
Los escuché con respeto. Lo que de verdad me fastidió fue el ademán de Don Favio: me estaba ofreciendo la horca para que yo me encargara de sacar al monstruo. Él hacía poco había sufrido, según me contó, un accidente en el aserradero, accidente que le costó tres dedos de la mano derecha. La imagen del Espanto ya era demasiado funesta como para agregar la del viejo capataz agarrando la horca con el índice y pulgar, como si no fuera mano sino una aleta mutilada.
Entonces, no me quedó más remedio que agarrar la horca. Les dije a todos que ningún Espanto mancharía con sangre ninguna hectárea Aguirre Malbrán. Esa cosa no podía seguir ahí, y yo no tenía tiempo de preguntarle a ninguna abuelita o sacerdote por el procedimiento correcto. Decidí lo que ya les había comunicado: lo llevaríamos lejos de mis tierras.
Con la madera de la horca le di unas leves puntadas a la cabra. No reaccionó. Los peones ensillaron los caballos y prepararon el carruaje. Entre cuatro agarramos a la pobre cabra de las patas. Podría haberles dejado la tarea a ellos, pero a último momento sentí que era mi responsabilidad dar una mano. Apenas lo dejamos en el carruaje, me pareció ver que los cuernos salientes se le empezaban a espiralar.
Viajamos unas cuatro horas y encontramos el matadero, hoy abandonado, que alguna vez fue propiedad de los hermanos Ward. Bajamos a la cabra del carruaje y la dejamos adentro. Derruido por la hierba que atosigaba el hierro, el lugar era un esqueleto de lo que había sabido ser. En condiciones normales me hubiera provocado esa melancolía que uno siente hasta para con los enemigos, pero ahora era mejor que pareciera una tumba. Tiramos a la cabra como a un bulto triste bajo la vieja bóveda.
Abandonar el Espanto en lo de los Ward fue hasta poético. Nos habían causado tantos problemas que entregarles esto a su nombre no era más que otra forma de dejar en claro que los Aguirre Malbrán éramos diferentes.
En el viaje de vuelta, el cielo de plomo que nos había acompañado a la mañana se resquebrajaba y dejaba pasar unos rayos de sol sagrados y puros.
Cuando nuestro carruaje pasó por la tranquera, las criadas y paisanos arrieros se abultaron en el camino de tierra que dirigía a la estancia principal y nos recibieron a puros aplausos. Acepté las reverencias, no soy amigo del alboroto pero tampoco podía negarles el alivio. Yo también me relamía; quizás, después de mucho tiempo, podría permitirme un trago de ginebra.
Descarté la idea al darme cuenta de que, ya cerca de la estancia, también me esperaban los hombres que hoy a la mañana habían entregado la mano de obra que les compré. Parece que ese Sábado Santo no tenía una pizca de santo. Intenté explicarles que los billetes eran legítimos, pero entre preguntas y acusaciones tuve que ceder a sus demandas. Juraron que jamás volverían a trabajar conmigo. Sonreí por dentro: ya iban a volver.
A lo largo de los días, ya no hubo más aplausos. La tranquilidad se disipó como un suspiro durante las heladas en el campo, y la historia del Espanto crecía como yuyos en las habladurías mal intencionadas de criadas y paisanos. Para colmo, los nuevos trabajadores se sumaban al chisme. Así, las noticias sobre “lo que pasó en lo de los Aguirre Malbrán” llegaron al pueblo. El miedo crepitaba en Ernestina y mucho más en Antoñito. Habían regresado mientras yo estaba aún de viaje al aserradero y, cuando me volvieron a ver, ninguno podía despegarse de mí. Logré que entraran en razón y volvieran al pueblo. Esta vez, fue una escapada de verdad.
Yo me encargaría de acallar los rumores, que ya empezaban a importunarme. Algunos no querían trabajar cerca de los alambrados más lejanos de la estancia porque decían haber visto, a lo lejos, una cabra que los seguía con la mirada. Otros decían que al atardecer, yendo al pueblo, se habían cruzado con unos cuernos espiralados que sobresalían del pastizal, los cuernos más grandes que jamás hubieran visto. Intenté, en vano, hacerles entender que la cosa aquella ya no existía, que la habíamos dejado bien lejos. Le pedí ayuda a Don Favio, que a veces lo escuchaban un poco más que a mi. Todo fue en vano.
Debo confesar que yo mismo sentía una especie de pesadumbre que me aplastaba el pecho, una nube negra que no paraba de perseguirme. Algo me acorralaba.
Una mañana, Don Favio tocó a mi puerta: dos paisanos habían desaparecido, sin llevarse sus cosas. Nadie los había visto salir, simplemente se esfumaron.
Muy rápido volvieron las habladurías. Y la verdad es que, en mi intimidad, también empecé a hacerme preguntas. Quizás no me había sacado a esa cosa de encima. Quizás debí haber sido más paciente, consultar con un sacerdote o una abuelita.
¿Por qué debía pasar por todo esto? Habíamos duplicado nuestras ganancias, el negocio ganadero iba en alza y más aún nuestros servicios paralelos. Me apena decir que ahora nuestros negocios se desplomaban como las yeguas sin más ganas de trabajar.
Las que sí seguían en aumento eran las desapariciones. Criadas, paisanos, y hasta la nueva mano de obra… Esto último me irritaba, por el dinero gastado. Algunos dejaban las cosas, y otros no. Lo cierto era que nada podría funcionar sin aquella gente.
Don Favio fue al pueblo para averiguar sobre las desapariciones y contratar gente nueva; yo me quede a reorganizarme con la poca que nos quedaba. Los Aguirre Malbrán éramos noticia nuevamente, pero esta vez porque nadie quería venir a trabajar “en el campo del Espanto”.
Y nadie vino, aunque sí se siguieron yendo. De la noche a la mañana, nos quedamos solos con don Favio y el joven paisano. Un mediodía, con resaca después de un caluroso reencuentro con la ginebra, los vi cerca del corral de las cabras. Discutían, salvajes. Don Favio parecía querer hacer entrar en razón al joven. Los entendía, debían estar igual que yo. Pero yo soy el dueño, y soy un Aguirre Malbrán, debo mostrar una mayor templanza.
Se pusieron a forcejear, a los manotazos. Me dio pena comprobar que Don Favio ya no era lo que supo ser. La mano buena la tenía ocupada con algunas herramientas, y verlo forcejear con los dos dedos restantes de la otra era como ver a un perro rengo tratando de alcanzar a un galgo.
Cuando me acerqué, me miraron serios y se quedaron callados. Por suerte, me seguían teniendo respeto.
Entre los tres nos ocupamos de todas las tareas del campo. Jamás en mi vida me había sentido tan cansado. Esa misma tarde, desde la galería, vi a lo lejos, cerca del alambrado, una cosa con dos cuernos espiralados que apuntaban fijo hacia la Estancia. Esa cosa me miraba, y no solo a mí.
Supe que no era un animal. No sé cuanto estuvo ahí, inmóvil, hasta que desapareció entre los pastizales.
Empecé a pensar que el cansancio me llevaba a divagar. El Espanto estaba lejos, nos habíamos librado de él, por más que la gente hablara tonterías…
Estoy apurando estas memorias. Pienso en mi hijo, en un adulto Antoñito ya a cargo de nuestros negocios y nuestro buen nombre. Yo no puedo abandonar nuestro campo, nuestras tierras, nuestros animales, nuestra cosecha. No puedo abandonar nuestro legado.
Cuántas cosas cambian de la noche a la mañana.
A los pocos días, Don Favio y el joven paisano no eran más que un recuerdo. Se fueron, sin aviso. Me había quedado solo.
Busqué por cada rincón del campo y no los encontré, ni a ellos ni a nadie. Una boina roja solitaria en la tierra era el último vestigio de que, en este desierto humano, alguna vez hubo gente.
Lo único que vi fue al Espanto. Todavía lejos, pero más cerca que antes. Me miraba con una parsimonia sin tiempo, sin apuro, su mirada rígida decía algo que jamás podría escribir acá. ¡Que lo parió! Por respeto a mi padre no voy a relatar la cantidad de cosas que grité, admito que bajo los efectos de la ginebra.
Volví a la estancia a buscar la sucia y polvorienta escopeta de caza, la escopeta que nunca supe usar. Me arrepentí de no haber escuchado a mi padre, de haber pensado que nunca lo necesitaría, que otros dispararían por mí. Y tampoco le había enseñado a Antoñito.
Un par de tragos más me dieron el coraje para salir, con esa escopeta, tan inútil en mis manos.
Fui hacia donde lo había visto hace un rato. Salté el alambrado, sin pensar. Hacía mucho no pisaba aquella parte de mis tierras, ¿para qué, si Don Favio las recorría por mí?
Era la esquina más alejada, pasando el corral de las cabras y el cobertizo que alguna vez supo alojar gente. Crucé el bajo alambrado, pasé entre árboles y hierba crecida que parecía puesta ahí para demorarme.
Entre tanta espesura, se abrió un claro de hojas y hierba seca aplastada. Nadie de mi familia me había contado de algo como eso: un hueco deliberado en el tronco de un árbol, con savia endurecida alrededor, y ahí dentro la cabeza seca de una cabra, con las moscas todavía volando alrededor. Los gusanos, al parecer, ya se habían ido.
Dentro de su boca abierta y tiesa había tres gruesos dedos, igual de resecos que la cabeza, que formaban un triángulo torpe. Lo supe al instante: Doli, mi cabra perdida… A pesar de la corrupción del tiempo y la muerte, su color de pelo era inconfundible. Debajo del hueco había huesos rotos y velas consumidas. Me agaché y leí, talladas bajo el hueco, las iniciales: A.M.
Antes de poder razonar lo evidente, escuche a mis espaldas el crujido de la hojarasca. Ahí estaban, los cuernos espiralados. Intenté apuntar la escopeta, pero no tenía sentido. Esos hijos de puta de los Ward, jamás nos habían perdonado… Y todo por un lamentable malentendido. Tenía que dejarlo por escrito, todos debían conocer el origen del Espanto. Bajo la sombra crepuscular, corrí hacia la estancia. Mientras anochecía, entre velas y con la pluma en mano, quería escribir mi sentencia: lo que nos habían hecho los Ward jamás obtendría perdón de los Malbrán, porque para algo así no había perdón ni de Dios.
Ojalá sepa Antoñito lo que le espera. Ojalá hubiese podido acompañarlo…
De repente pensé en los tres dedos, y me acordé de Don Favio. ¿Me había traicionado con los Ward? Me llegó una sensación extraña. Me acordé también de la discusión con el joven paisano, y de cómo se callaron los dos cuando llegué. Y de todos, todos los que desaparecieron…. ¿desaparecieron? ¿Podría ser que…
Oigo que se abre la puerta de entrada. Las escaleras rechinan. No son pasos de hombre. Son pezuñas que ahora retumban contra el piso de madera, que se acercan cada vez más. Y, ahora, los cuernos espiralados que golpean la puerta de la habitación.







