El nombre propio es, paradójicamente, lo menos propio que tenemos. Desde el psicoanálisis, se sabe que lo que nos nombra es siempre un significante que nos antecede, que nos ubica en una cadena simbólica en la que no somos autores sino herederos. Todo sujeto se encuentra, desde antes de nacer, ya inscripto en los discursos de los otros, cargado de expectativas, marcas y designaciones que no ha elegido. En ese sentido, el nombre propio se presenta como una apropiación imposible: lo recibimos de otros, lo portamos, lo transmitimos, pero nunca nos pertenece del todo. Diego Maradona, tal vez más que ningún otro, llevó hasta el extremo esta paradoja, porque su nombre pasó a ser de todos, y al mismo tiempo de nadie, en el mismo instante en que dejó de ser simplemente un futbolista para convertirse en mito. Podemos precisar el momento justo, fue el 22 de junio de 1986 a las 16.09hs (Argentina).
Si cualquier mortal realiza a lo largo de su vida un trabajo subjetuvo para apropiarse de significantes que lo nombren, Maradona encarnó un drama mayor: su nombre ya no era un lugar íntimo de identificación, sino un territorio de disputa pública y colectiva. Después de los goles a Inglaterra, Diego dejó de ser solamente Diego; su nombre se multiplicó en banderas, canciones, tatuajes, grafitis, camisetas, remeras con estampas y altares improvisados. Desde entonces, su nombre fue patrimonio del pueblo, y su derecho a una palabra propia sobre sí mismo se vio constantemente expropiado. La operación por la cual el hombre se transforma en mito supuso, en su caso, un costo enorme: la inmortalidad le llegó demasiado temprano, y el precio de esa consagración fue la pérdida de su nombre propio.
En este punto resulta fecundo pensar desde Jacques Lacan cuando señala que el sujeto está representado por un significante para otro significante. La identidad nunca es plena ni autónoma, siempre está mediada por los nombres y discursos que nos atraviesan. En Maradona, esa lógica se radicalizó: “Diego” ya no nombraba solamente al niño de Villa Fiorito ni al joven que deslumbró en Argentinos Juniors, sino al “D10S” universal, al ídolo planetario. Y sin embargo, como todo significante, ese nombre no alcanzaba a sostener lo real de su experiencia subjetiva. Por eso se lo veía multiplicarse en diversas versiones de sí mismo: el genio futbolístico, el líder político, el padre amoroso y ausente, el amigo leal, el adicto, el sobreviviente. Tal vez esas versiones expresaban su búsqueda incansable por recuperar algo propio en un nombre que ya se le había escapado de las manos.
Lo impropio del nombre se articula con lo impropio de la muerte. Diego murió en pandemia, en un tiempo de silencios impuestos, de distancias obligadas, de ritos funerarios truncos. Su despedida, aunque masiva y desbordante en la Casa Rosada, estuvo marcada por una tensión insoportable: la inmensidad del amor popular frente a la precariedad de una muerte solitaria, casi silenciosa. Ese silencio final no encaja en su identidad narrativa, no coincide con la estridencia vital que lo caracterizó. En cierto modo, su muerte fue impropia de sí mismo, pero también lo fue respecto la magnitud del mito. La inmortalidad que lo había alcanzado en vida contrasta con la fragilidad con la que partió.
Esa muerte “impropia” puede pensarse en paralelo con otras muertes silenciadas: las de jóvenes pobres víctimas de la violencia estructural en barrios marginales. Muertes que hacen ruido al producirse —por la brutalidad, por el impacto mediático, por la espectacularización—, pero que no dejan huella sonora en la memoria colectiva. Son muertes sin palabra, sin narración, rápidamente olvidadas. Maradona, en cambio, cargó con la paradoja contraria: una vida que fue narrada hasta el exceso, que desbordó los discursos y los relatos, pero que terminó en un final opacado por el silencio.
En esta tensión entre lo propio y lo impropio se juega la construcción del mito. Como plantea Roland Barthes , el mito es un sistema de comunicación, un modo de significar que transforma la historia en naturaleza, lo contingente en eterno. Diego ya no era simplemente un jugador, sino un signo cargado de sentidos colectivos: el potrero, la gambeta, la revancha contra los poderosos, la posibilidad de que los pobres y marginados también puedan ser dioses. Cada pisada en el césped del Azteca lo alejaba de su condición de mortal: con cada gambeta dejaba atrás algo de su humanidad hasta que, al final, cuando la pelota ingresó en el arco inglés, Diego había muerto para que naciera “DIEGO”, el dios inmortal del pueblo.
Ese dios, sin embargo, no era un ser etéreo y lejano. Era un dios embarrado, un dios sin distancia con sus súbditos, un ser superior al que todos podían mirar a los ojos. Ahí reside la paradoja: un dios al que se lo podía tocar, insultar, amar, odiar, un dios que pedía “un techo” como en la canción de Gabo Ferro, un dios que reclamaba ser también hombre. Tal vez por eso resultaba insoportable: porque su divinidad no lo liberaba de la fragilidad humana, sino que la exponía aún más. Era un dios que lloraba, que enfermaba, que se equivocaba, que imploraba ser amado como hombre, no solo como mito.
Desde la sociología de la religión, Émile Durkheim había señalado que lo sagrado no existe en sí mismo, sino como una construcción colectiva que consagra ciertos objetos, personas o prácticas, separándolos de lo profano. En Maradona esa sacralización se desplegó con una intensidad pocas veces vista: su iglesia, sus ritos, camisetas guardadas como reliquias, altares en ciudades, bares y hogares, peregrinaciones a estadios o a su tumba. El mito Diego condensa, en clave futbolera, la función social de la religión: generar comunidad, producir identidad, otorgar sentido a las pasiones colectivas. Pero ese mismo proceso condenó al hombre, al sujeto a perderse dentro de su propio mito, a ser menos dueño de sí mismo cuanto más universal se volvía su nombre.
Ahora bien, pensar a Maradona también exige salir del terreno del nombre y del mito para entrar en la lógica del don. Marcel Mauss mostró que el don nunca es simplemente un objeto que se entrega: implica una triple obligación —dar, recibir, devolver— y, sobre todo, funda lazos sociales que exceden el cálculo económico. En ese registro, Maradona fue vivido tanto en Argentina como en Nápoles no como una mercancía transferida en un mercado de pases, sino como un don inesperado, casi sagrado. Nunca fue “propiedad” de un club ni de una empresa: su juego aparecía como un regalo irrepetible, una ofrenda que se daba sin poder reducirse a un precio. Y el pueblo, al recibirlo, no respondía con dinero sino con devoción, con cantos, con tatuajes, con lágrimas y procesiones. Esa reciprocidad creó una comunidad afectiva que ninguna lógica de la mercancía podría explicar. Mientras la mercancía se compra y se consume, el don se guarda y se devuelve en forma de memoria, de amor, de identidad compartida. Por eso Maradona permanece, aún hoy, como un don que circula: lo que entregó en la cancha sigue devolviéndose en el grito de los estadios, en los murales de Buenos Aires y de Nápoles, en las historias que los padres cuentan a sus hijos. Maradona fue el don de los pobres contra el mercado de los poderosos: un don que, a diferencia de la mercancía, nunca deja de ser del pueblo.
El precio de la inmortalidad fue perder su nombre propio. No se trata de una metáfora retórica: incluso su firma quedó expropiada, convertida en objeto de litigios legales y negocios, apropiada por otros (como su último abogado). Lo que para cualquier mortal es ya problemático —la apropiación del nombre—, en Maradona se volvió trágico: su derecho a construir una identidad propia quedó eclipsado por el grito colectivo que lo rebautizaba a cada instante. Diego buscaba recortar de las bocas de todos una palabra propia sobre sí mismo, pero lo que encontraba era un eco incesante que lo devolvía a un lugar que nunca había elegido del todo.
En definitiva, Maradona encarna la paradoja de la doble inmortalidad. Por un lado, la inmortalidad de la gloria, del mito, del dios que vive en las canchas, en la memoria de los pueblos, en las narraciones eternas del fútbol. Por otro, la inmortalidad del sufrimiento, de la imposibilidad de descansar en la intimidad de un nombre propio, de ser simplemente Diego. Entre esas dos inmortalidades, su vida osciló como un péndulo insoportable: demasiado hombre para ser dios, demasiado dios para volver a ser hombre. Y tal vez allí radique la potencia y el drama de su legado: mostrarnos que en cada mito colectivo late la fragilidad de un sujeto que, como todos nosotros, buscaba apenas un nombre donde poder habitarse.







