Prólogo
Buenos Aires, 4 de junio de 2014
Desnudo en la bañera llena de agua, con la cara desfigurada por los golpes y los párpados cortajeados, así encontraron el cuerpo de Guido Segredo esta mañana, en su casa de Almagro. Todavía se desconoce la causa principal de muerte; sin embargo, desde el primer momento, el forense descartó que el joven hubiera sido asfixiado durante la sumersión, porque para eso “se requiere de una gran desproporción de fuerzas entre el agresor y la víctima”, que es poco frecuente. En cambio, las lesiones en la cabeza podrían ser previas a la asfixia, y eso explicaría que la víctima, un boxeador amateur de veintitrés años, se encontrara indefensa en el momento del hundimiento. Incluso, se cree que Segredo habría muerto a causa de esos golpes (y no por asfixia). Junto al cuerpo flotaban sus anteojos rotos, su ropa y el celular destrozado; además, se encontró hundida una piedra amatista. De haber huellas digitales que pudieran orientar sobre la identidad del atacante o atacantes en alguno de los objetos mencionados, el agua las habría borrado.
El joven fallecido trabajaba como instructor de boxeo en el gimnasio de Florencio Rinaldi, Campeón Nacional Superpluma 2009, ubicado en el barrio de Belgrano. Él denunció la desaparición de su empleado, después de que se ausentara por dos días a su trabajo sin mediar aviso, y de la falta de respuesta a sus llamadas y mensajes de WhatsApp.
En la puerta de la casa, rodeada de patrulleros, Rinaldi se mostró impactado por la noticia de la muerte y habló de él con respeto y dolor ante semejante hecho de violencia.
De acuerdo al primer informe policial, el hallazgo tuvo detalles macabros. “El agua ha provocado un blanqueamiento y arrugamiento de la epidermis de las manos, casi desprendida en forma de guante”, detalló el médico forense. Además, “las uñas se despegan con facilidad, lo que nos sugiere que el cadáver lleva sumergido, al menos, tres días”, agregó.
Quienes conocían a Guido destacaron que era un hombre con una vida “tranquila”, de trabajo y sin desórdenes. No obstante, la vecina de enfrente dijo que intuía que algo no andaba bien y que por eso había llamado a la policía momentos antes de que lo hiciera Rinaldi. Ella no veía a Guido desde el domingo, día de su presunta muerte. Esa tarde, mientras hacía la siesta, le pareció escuchar gritos de mujer, pero no estaba segura de que vinieran de su casa. El vecino de al lado no pudo confirmar sus declaraciones, porque había pasado el día en lo de su hija. “Cuando aparece su hermana, suelen escucharse escándalos así”, dijo. Otra de las vecinas cercanas al joven agregó: “Anda en cosas raras ella”. Pero lo cierto era que la noticia dejó al barrio de Almagro sorprendido y conmocionado.
El Fiscal Marcial Valdez está investigando el caso, que fue caratulado como homicidio. Declaró que se desconocía el móvil del crimen, pero descartó que estuviera vinculado a un robo. Solo agregó que el hecho de no poder acceder al celular de la víctima dificultaba la investigación. Sin embargo, Valdez fue optimista respecto de la resolución del caso, tras lo cual aclaró que la causa se encontraba bajo secreto de sumario.
Capítulo I
El alma tiene momentos amordazados.
Emily Dickinson
A pesar de que la tormenta -típica en febrero- bajó la temperatura, el calor con que había empezado el 2014 dejó una atmósfera agobiante en la habitación. Cata encendió el aire acondicionado y se sentó sobre la cama, con las piernas flexionadas en posición de indio. La rodeaban los soleros que Elsa le había dejado, planchados. El de lunares, el negro, uno floreado, ahora estaban revueltos a su lado. Ninguno la había convencido.
La brisa fría del aire acondicionado acariciaba su torso desnudo y encorvado. Los pechos colgaban, pesados, con los pezones claros a tono con la bombacha rosa de puntillas, por la que apenas se transparentaba el vello oscuro de un cavado fino. Permaneció en esa posición más de una hora. Los ojos puestos en el placar abierto que tenía en frente, fijos y perdidos, no miraban; su mente en blanco parecía a la espera de que la encendieran para empezar a funcionar.
–¿Cómo anda el peso pesado del hogar? –la sorprendió Carlos.
Le dio un beso en la cabeza y un pellizcón débil en las “chichas”: así les decía ella a los rollitos que le sobresalían del pantalón cuando le ajustaba la cintura.
–Ya te dije que no me gusta que me digas eso –le respondió, inclinando su torso levemente para alejarse de su novio, aunque no logró impedir que se sentara a su lado.
Carlos se sonrió, le levantó el pelo y le dio un beso ruidoso en la oreja; cuando estaba ansioso, parecía disfrutar de molestarla.
–No tenemos mucho tiempo –le recordó.
Esa tarde se reunirían con sus colegas y sus parejas, todos juntos por primera vez. “Ser un abogado brillante no es suficiente -decía Carlos-; para ascender también es necesario saber relacionarse”. Ella, que también era abogada, lo sabía perfectamente; sin embargo, su novio nunca se cansaba de aconsejarle estrategias políticas. Ser siempre polite. Incluso con él, que ahora la peinaba bruscamente con los dedos inquietos y le sobaba la cabeza, ciego a su fastidio. A ella le hubiera gustado enfrentar las situaciones de prueba y los desafíos laborales como Carlos. Eran la oportunidad de lucirse. “Es importante caer bien, sobre todo a los que pueden ser jurado de los concursos”, su novio no se cansaba de repetirle. Y Cata lo escuchaba. Después de todo, él, con apenas veintinueve años, había conseguido el cargo de secretario en la Fiscalía seis años atrás. Y no se conformaba: ya le había dicho que tenía intenciones de reemplazar al fiscal, Evaristo Hendler, cuando dentro de no mucho tiempo se jubilara. Por eso quería que lo apreciara aún más, para que lo favoreciera a él y no a Boris, el otro Secretario.
“Basta, Carlos, ahora no”, le hubiera dicho Cata. Su novio se había sacado los zapatos y ubicado sobre la cama detrás de ella; se apoyaba, pesado, encima de su espalda y le mordisqueaba la oreja. Pero mejor dejarlo pasar, era solo un momento. No valía la pena contradecirlo.
–Por ahí, un tiempito más tenemos. –La pija ya dura de Carlos ejercía una leve presión sobre su cintura.
Cata adelantó sus caderas al borde de la cama, suavemente. “No soy yo la que te calienta, es competir con Boris”, le repetía en silencio, mientras él bajaba las manos desde sus pechos.
–Estoy indispuesta –le mintió, temerosa de que él se ofendiera ante el rechazo, porque, cuando lo hacía, le dejaba de hablar, y eso la incomodaba, la hacía sentir insegura y volátil; Carlos le daba tranquilidad: él sabía orientarla, sobre todo en cuestiones laborales.
–Bueno, nos la rebuscamos –le respondió él, mientras se levantaba.
“Se puede coger con las palabras”, le había dicho su psicoanalista cuando le planteó que no le gustaba el sexo. “Yo no nací muy sexual”, se reprochaba. Pero su novio, que ahora, parado frente a ella, la miraba desde arriba, no tenía la culpa. La tocaba. Acariciaba su rostro con la mano ansiosa, algo transpirada. Cata parpadeaba y echaba la cabeza hacia atrás, como por reflejo, para prevenirse de algo que la pudiera lastimar. Aún no sabía que pronto aprendería a sostener la mirada ante los golpes.
“Una charla interesante puede ser tan placentera como coger”, había insistido su terapeuta. A lo mejor tenía razón. Eso era lo que Cata necesitaba justo en este momento; estaba preocupada por la reunión que le había pedido su nueva defensora, la doctora Besson. Seguramente le plantearía alguna disconformidad sobre su desempeño en el caso Acosta; Besson era una tipa exigente, difícil de conformar. Y el caso que Cata defendía presentaba cada vez más complicaciones. Pero Carlos sabría qué decirle, siempre sabía cómo orientarla. “Mejor otro día”, ella pedía para sí, porque él había empezado a desabrocharse el cinturón, como si no hubiera captado su resistencia.
–Vamos a llegar tarde a la reunión –trató de disuadirlo. Carlos dejó caer sus pantalones, después se bajó el calzoncillo blanco. Ella miró al suelo–. ¿Tenés la ropa preparada? –le insistió.
–Shhh. –Él entrecerró los ojos, le agarró la mano y se la puso encima. –Hacele así. Ella se dejó guiar y respiró profundo: ese día la doctora Besson no le había hablado con el tono de mierda de siempre, había sonado severa pero piadosa, como si estuviera sentidamente preocupada por ella. No era una buena señal. Apretó los párpados y se aferró a Carlos con fuerza, le angustiaba la incertidumbre por lo que su Defensora le pudiera llegar a decir–. Besame –le pidió él–. Dale, besame –insistió al ver que Cata no obedecía. Carlos estaba húmedo y cálido; mejor ir a velocidad y hasta el fondo para terminar lo más rápido posible. Ella agitaba la mano. Mordiendo el aire, él echó la cabeza hacia atrás. Por suerte, parecía haber aceptado su desobediencia. Jadeaba, la cara amplia. La boca se le desparramaba por las mejillas, la expresión entre el placer y el dolor–. Me raspás. –Carlos le sacó la mano y se la escupió. Después, se la volvió a poner encima.
Ahora ella tocaba a su novio con la palma húmeda y le esparcía la saliva cuidadosamente. “Así está mejor”, parecía decir la cara de él. Y marcaba el ritmo: Cata subía y bajaba la mano con lentitud; a él le gustaba así: primero despacio y, cuando empezaba a palpitar más seguido, recién ahí era el momento de acelerar, hasta acabar. Por fin.
Ella no esperó demasiado para ir a lavarse las manos al baño en suite. No soportaba andar pegoteada.
–No tengo ganas de salir –habló más alto que de costumbre, como si se le hubiera escapado la idea de pronto.
Volvió a la habitación. Miraba a Carlos esperando una respuesta, pero él bajó la vista al reloj de su muñeca y se fue a bañar. “Ok, ok”, pensó ella y buscó en el placar el vestido beige; aunque no fuera abogada penalista, algún día podría necesitar de los contactos de su novio, incluso, tener que trabajar con alguno de ellos, como había pasado con Besson. Después se maquilló: algo de rímel y un poco de labial, nada muy llamativo.

Fragmento de Nocaut de Leticia D’Albenzio, ed. Diotima






