«¿Acaso lo que nos pasa estaría viniendo siempre de
“una región de mí en la que yo no estoy”
y en la que, sin embargo, estoy de veras?
Extranjeridad de la memoria.
Extranjeridad del tiempo.
Extranjeridad del sueño»
Ese tiempo que no pasa– J.B. Pontalis
Vengo por primera vez a Barcelona en el años 2005. Mi hermana me recibe en el barrio de Poble Sec. Poco antes, las bombas en Atocha sacuden la política española y precipitan un giro inesperado en la escena pública: el PSOE, con Zapatero a la cabeza, gana las elecciones. Tengo veintidós años, estudio psicología en la Universidad Nacional de Rosario y pienso la vida como una sucesión de viajes con estaciones: Barcelona es la primera de una larga serie.
Llego con, como se dice, los papeles en regla. Hago trabajos varios, vivo en pisos compartidos, conozco a mucha gente que, como yo, en principio está de paso. Los meses se escurren rápidamente, percibo que cuando se acerca la fecha de regreso a Argentina, voy superponiendo excusas para seguir quedándome.
Crezco escuchando historias de Barcelona: es el viaje que mi padre tiene pendiente, el lugar donde se esconden los enigmas de mi abuelo paterno, hijo de familia Andaluza. En tiempos de entreguerra algunos migrarán hacia Argentina, otros al norte de España. La historia familiar dice que mi abuelo quiso volver, con el franquismo eso suponía hacer el servicio militar, entonces prefirió quedarse. A mi papá las oportunidades de viajar se le esfuman como el humo de sus Marlboro. Mientras que mi tío Daniel logra irse, y cuando viene de visita, con sus Gitanes entre los dedos, todo es una fiesta.
En el transcurso de ese año Barcelona se convierte en Barna, como un apócope afectuoso. Comparto piso con jóvenes de otros países, vivo solo por primera vez, recorro casas okupas que albergan múltiples movimientos sociales, participo de la masa crítica, me pierdo recorriendo los laberintos poblados de aromas y especias del barrio del Raval.

Ese junio es caluroso, húmedo como los principios del verano en el litoral santafesino, pero con menos mosquitos. Un amigo que estudia psicología me invita a conocer la Facultad. Está ubicada en un barrio alto, rodeada de palacios y casas de familias que uno puede suponer adineradas por la arquitectura de sus techos, la amplitud de sus jardines y los autos que se estacionan en sus garajes.
Al entrar al edificio me sorprendo con la ausencia de carteles, murales reivindicativos, esos bronquios por donde respira una facultad pública. Por el contrario, todo es aséptico, pulcro e impersonal. Me cuelo en una clase de Psicopatología, el profesor habla sobre la melancolía, y al mencionar Duelo y melancolía de Freud hace un ademán de desdén, casi como si se tratara de una nota al pie sin importancia. Recomienda no detenerse allí porque es una pérdida de tiempo, aduce por todo argumento. Quiero decir algo, me contengo: no soy alumno, se habla en catalán y el acento argentino me hace sentir aún más fuera de lugar. El psicoanálisis y yo quedamos de la puerta para afuera en esa institución.
Sueño con un túnel en Barcelona que me lleva a mi casa. Ese pasaje onírico condensa un modo de habitar un tránsito, un exilio que arrastro como un trozo pegado a la suela de las zapatillas. Tiempo después regreso a terminar la carrera.
Vuelvo a Barcelona en el 2012, mi padre nos va a buscar al aeropuerto. Llego con mi compañera, título en mano, una mochila llena de papeles para convalidar, y dejando a Nina —mi gata— en Rosario. Muere quince días después de que me voy. Su pérdida marca el cierre de una etapa y el inicio de otra.
Arribo a una ciudad que me resulta familiar en la superficie pero extraña en sus pliegues. Construir un lugar para vivir y trabajar no es sencillo. Comienzo rastreando las huellas del movimiento freudiano, me encuentro con la Biblioteca fundada por Masotta, con analistas exiliados en los años ‘70: Valentín Barenblit, Adolfo Berenstein. A través de mi madre, en la Fundació Congrés Català de Salut Mental, conozco a Teresa Morandi y Àngels Vives. Junto a ellas trabajamos sobre los malestares que atraviesan a una España golpeada por la crisis económica de ese entonces. Por allí anda Irina Salzberg, con quien montamos un grupo dirigido a adolescentes afectados por la crisis.

Me sumo como colaborador de Umbral, una red de psicoanalistas que desde Catalunya se expande hacia otras regiones. Vuelvo a mi análisis, en el intento de forjar un relato que dé cobijo a esta historia entrecortada.
Cuando Diego, Sol y Leo —amigos rosarinos— me invitan a participar en unas jornadas sobre identidad para el Colegio de Psicólogos de Rosario, me encuentro rastreando los desvíos de este recorrido: sus fracturas, los encuentros, los desencuentros, las ilusiones, las estaciones que no fueron, a las que llego, a las que no, con lo que me sorprendo. Surge por ese entonces esta idea de lo que hoy se llama “Transmisiones psicoanalíticas”. Por mi parte, quizás sea un intento de narrar la historia del psicoanálisis en Barcelona, pero también es una manera de hacerme con la mía.
El proyecto no existe sin la complicidad forjada con Irina y su deseo decidido de velar por la conservación de un legado y cuidar los testimonios de una generación que asistió al retorno de una Verdad desterrada por el franquismo.
Transmitir no es repetir, la mímesis insiste cuando no es posible hacer una elaboración propia. Los psicoanalistas —desde Freud— deben desplazarse, llevando consigo una forma singular de pensar y tratar el malestar. La historia del psicoanálisis es también una historia de exilios, desarraigos, reinvenciones. Con Irina encendemos las máquinas, encontramos complicidad en el realizador y editor Poldo Pomés, y luego se suma Nina Ordeig Masó.
Entrevistamos a nueve analistas que nos inspiran por su deseo firme y su saber:
Enric Berenguer, Teresa Morandi, Jose Leal, Valentín Barenblit, Victor Korman, Laura Vaccarezza, Maria Elena Sammartino, Àngels Vives y Adolfo Berenstein.
Queremos recoger sus voces, sus huellas, sus maneras de alojar el síntoma. Escuchar el modo en que el psicoanálisis se practicaba y se practica en una ciudad donde prima la prescripción de rendimiento y productividad, la idea de que el pasado no ha de removerse, de que la Verdad desterrada hay que amordazarla, donde en términos de salud mental se aplica a modo de protocolo la Ciencia basada en la evidencia. Para no quedar melancolizados rastreamos lo que está vivo, lo que resiste del discurso psicoanalítico, quizás en los márgenes de esta geografía.
La serie documental se puede ver en www.transmisionespsicoanaliticas.es







