No es casualidad que el tenis use el lenguaje de la vida:
ventaja, servicio, quiebre, empate.
Cada partido es una vida en miniatura.
André Agassi, Open
La historia es la siguiente: mi viejo y mi tío eran unos niños apenas cuando se les antojó comprar una raqueta. Fueron a Rosario, mi abuela consiguió las raquetas que podía permitirse, y ahí empezaron a jugar. En algún momento mi viejo dejó, pero mi tío decidió tomar clases y seguir jugando. Rápidamente todo el mundo empezó a notar que estaba dotado para el tenis, que los golpes le salían de forma natural, y como suele suceder con los tenistas realmente buenos, pronto le ganaba no solo a los jugadores de su edad, sino a los de todas las edades. En algún momento se encontró con que en el pueblo y los pueblos de alrededor ya no le quedaba un rival por vencer, y que tenía que viajar y jugar en torneos alejados para poder superarse a sí mismo.
Mi viejo se detiene ahí. Revisa. Vuelve atrás:
—No solo se superó a sí mismo, sino que todos se superaban jugando con él, porque todo el mundo entrenaba para ganarle.
Es domingo. Hemos terminado de comer unos ravioles con salsa bastante pesados y ha salido el sol después de una tormenta fuerte que la noche anterior tiró abajo puertas, derribó árboles y probablemente se haya llevado algún techo. La temperatura ha bajado y los ravioles, que hasta el día anterior parecía un menú descabellado, ha sido, sin embargo, ese mediodía, la comida justa. Mi viejo seca con repasadores los platos y cubiertos y mi vieja sirve café.
—La cuestión es que en un momento, mi hermano —dice, con una sonrisa pícara, mientras deja un plato seco en la alacena—, ya casado y con hijos (debe haber tenido veintidós años) juega un torneo importante en Rosario, donde hay un montón de jugadores de todas partes, y ya el primer partido lo caga a palos al rival: le gana seis cero seis uno, una cosa así. El segundo, lo mismo. La gente del torneo empezó a mirarlo: ¿quién es este tipo que juega tan bien y está cagando a palos a todo el mundo?
Deja otro plato en la alacena y se detiene. Me parece asombroso que tenga la historia tan a mano, tan redonda, porque cuando le pregunté cómo habían empezado con el tenis fue de una manera descontextuada, mientras hablábamos de otra cosa. Últimamente, desde que leí la autobiografía de André Agassi, Open, me intriga saber de dónde viene este frenesí por el tenis que hace que me quede, por ejemplo, viendo cuatro horas y medias un partido sin levantarme del sillón, o que no pueda dejar de ver videos de youtube con finales viejas o jugadas históricas. Cuando era chico me mandaron a aprender tenis con mi tío, que en aquellos años daba clases en el club del pueblo a un pequeño grupo de marginados del fútbol y a toda su familia (a sus hijos, y a mi hermana y a mí). En alguna ocasión mi viejo me ha dicho que nos mandaban a tenis porque no tenían plata y era lo único a los que nos podían mandar sin pagar: mi tío no nos cobraba nada por enseñarnos.
Mi viejo mira hacia un horizonte abstracto al hablar, como si tuviera los recuerdos allí, a la vista, y solo bastara volver sobre ellos para revivirlos. A veces, entre las frases, cierra los ojos y es como si el tiempo se lo tragara. Escucharlo hablar genera la impresión de que el pasado, como decía Bergson, es algo que está acá, una continuidad fluida que persiste, un río que inunda el presente.
-Yo creo que ese campeonato lo hubiera ganado. Era cantado que lo ganaba. Y mi hermano seguramente te va a decir que no es tan así, pero estoy seguro de que si ganaba y alguien importante lo veía… quizás lo hubieran sponsoriado. Quizás hubiera llegado -hace una pausa. Se pone definitivamente serio –pero el día anterior a la ronda siguiente estaba nublado y parecía que se venía una tormenta horrible. Nosotros no sabíamos si viajar o no, y no teníamos teléfono para llamar al club. Le preguntábamos un conocido del pueblo que también jugaba el torneo y tenía teléfono. Nos dijo que había llamado y que lo habían suspendido. Así que no fuimos. A los pocos días nos enteramos que el torneo se había jugado. Y mi hermano quedó afuera.
No es la primera vez que escucho esta historia. Me doy cuenta porque a medida que habla siento surgir en mí los recuerdos de ese torneo malogrado: el relato me ha quedado tan impreso que es como si lo hubiera vivido, y casi puedo ver unos nubarrones negros agrandándose en el horizonte abierto, al fondo de una calle de tierra. Puedo ver una tormenta amenazante, de esas que parecen que vienen por nosotros, de esas que se levantan encima nuestro como si no hubiera otra casa y otro pueblo sobre el que llover, y los veo a ellos dos, parados en la vereda rota de la casa de mi abuela, jovencitos, diminutos ante el horizonte abrumador, con las manos en los bolsillos, alzando los hombros y diciendo: “se va a largar en cualquier momento”.
Mi viejo es un buen contador de historias. No solo por las imágenes que genera, sino por un sentimiento que se desliza en sus palabras a medida que habla, un sentimiento que está enraizado en su modo de entender el mundo. En el fondo de su ser parece estar grabado aquel pensamiento de Pascal acerca de la nariz de Cleopatra: si ésta hubiera sido más corta, y Cleopatra menos bella, la historia del mundo entero habría sido diferente. Cuando mi viejo habla, a uno le queda la sensación de que el presente es una lámina frágil, hecha de partículas extrañas e irreductibles que se han combinado entre sí de una forma azarosa, irracional. Un detalle podría haber cambiado todo. Y quedan, entonces, flotando en el aire, preguntas que jamás tendrán respuesta: ¿qué hubiera pasado si ese domingo era un día de sol? ¿Qué hubiera pasado si ese hombre no mentía, o si mi abuela hubiera tenido teléfono? ¿mi tío se habría convertido en jugador de tenis profesional?
Mi vieja deja el café en la mesa. Miro el humo salir de la taza mientras me dejo invadir por todos estos pensamientos. Afuera, a través del ventanal empañado del quincho, se ve un día gris y frío. Ha empezado a lloviznar. Apenas me traje abrigo al pueblo, y en un ratito voy a volver a Rosario, solo, con la llovizna. Quedé con mi amigo Diego para jugar a la tarde, si es que sale el sol.

***
La gente teme reconocer qué parte tan grande de la vida depende de la suerte. Da miedo pensar que sea tanto sobre lo que no tenemos control. Hay momentos en un partido en el que la pelota alcanza a pegar en la red y por una décima de segundo sigue su trayectoria, o bien cae hacia atrás. Con un poco de suerte, sigue su trayectoria y ganas. O tal vez no. Y pierdes.
Con ese monólogo arranca la película Macht Point, mientras una pelota pega sobre la red y pica en cámara lenta sobre el fleje, manteniéndose durante unos segundos suspendida en el aire y en la indeterminación. Se trata, quizás, de una de las últimas buenas películas de Woodie Allen, pero no me hubiera acordado ni remotamente de esas líneas si no hubiera visto en Youtube –en mi recorrida diaria e insomne de videos sobre tenis -un archivo de Sobredosis de TV sobre la rivalidad de Gaudio y de Coria, y sobre la final del aquel Roland Garros del 2004.
La rivalidad Coria-Gaudio se remontaba a años atrás: Coria, alias el mago, un jugador extraordinario y con una mentalidad ganadora igual de extraordinaria, había ganado a Gaudio la final del ATP de Viña del mar en 2001. Era la época pre-Nadal, donde entre argentinos y españoles se repartían los torneos de polvo de ladrillo. Gaudio, dolido por la derrota, sintiéndose burlado además por el baile a lo Marcelo Salas que le dedicó Coria al final, lo desafió a pelear después del partido y se agarraron a las trompadas en el vestuario. Allí mismo, después de la pelea, Gaudio le hizo escuchar la canción Will meet again:
We’ll meet again
Don’t know where
Don’t know when
But I know we’ll meet again some sunny day
Keep smiling through
Just like you always do
‘Til the blue skies chase those dark clouds far away
Tres años después se reencuentran en la final del Roland Garros. Gaudio tiene su revancha. Coria era el favorito: era el número tres del mundo y su carrera estaba en pleno ascenso, y empezó destrozando a su rival: arrasó con un seis-cero en el inicio, y enseguida se puso dos sets arriba. Gaudio sintió vergüenza al pensar que esa sería la final más corta de la historia del torneo francés: en solamente una hora ya tenía el partido casi perdido. Sin embargo, algo sucedió. Sobre el final del segundo set Gaudio empezó a jugar mejor, a soltarse, a tirar drops, a inventar cosas. Gaudio era un jugador raro. Tenía un revés exquisito, uno de los mejores del mundo, pero su mentalidad era inestable. Si tenía un buen día podía ganarle a los mejores, pero si tenía un mal día, podía perder con cualquiera. En ese momento empezó a jugar bien y improvisar. A la vez, algo sucedió con Coria. Nadie salvo él sabe lo que habrá pasado por la soledad de su mundo interior, pero si hasta hacía unos instantes iba camino a ser un número uno, o quizás el mejor jugador de polvo de ladrillo del circuito, en el tercer set, después de no poder concretar dos match point, empezó a perder nivel de juego, y quedó derrotado después de cinco horas y media de partido. Y a partir de esa derrota su carrera se desmoronó. Después de perder con Gaudio siguió jugando, pero con poca confianza, y en unos meses el saque le empezó a fallar; fue como si después de aquel partido se le hubiera perdido alguna pieza de sí mismo. Alguna pieza esencial. Empezó a jugar y a sacar mal, y poco a poco se fue yendo de los primeros puestos, y en un período de tiempo relativamente corto decidió finalizar su carrera. Tenía solo 27 años cuando se retiró. Adujo que había “perdido la motivación para jugar al tenis”
En el informe de Sobredosis de tv pasan una entrevista dada por Gaudio unos años después en la que hablan, inevitablemente, de aquel partido y de aquella rivalidad. El entrevistador le cuenta que ha conversado con Coria un tiempo antes y que éste le reveló que su hijo, en Rosario, había tenido un accidente casi fatal del que se salvó por un centímetro. “El centímetro por el que le gané la final del Roland Garrós”, dice Gaudio, que de golpe parece absorto en sus pensamientos. El informe, entonces, vuelve al partido, a aquel domingo soleado de París con la cancha Philippe Chatrier repleta, al momento en que Coria tiene su primer match point. El locutor dice, enfático: “Coria está a un punto para ganar su primer Grand Slam, y probablemente no será el único…”. El mago sirve un segundo saque lento y flotante, y Gaudio responde sin problemas, al centro de la cancha. Hay un breve intercambio de pelotas previsibles, y luego Coria intenta mover a Gaudio a la derecha, a su drive, varias veces. Gaudio llega, devuelve sin arriesgar. Se mueve de un lado a otro como un animal zamarreado que no quiere soltar lo que tiene mordido aún. Coria cambia la velocidad y la dirección de la pelota y ataca al revés del Gaudio, que responde forzado. Está al borde del abismo: si pierde ese punto, pierde el partido. Después de ese revés forzado, cuando su rival parece ya un muerto vivo, Coria lanza su tiro ganador: un revés paralelo que, si entra, es inagarrable. La pelota pica un centímetro afuera, y Coria pierde la oportunidad de llevarse el torneo.
El entrevistador, repentinamente metafísico, pregunta a Gaudio: “¿por qué esa pelota se fue afuera?”
Gaudio: “la historia de la vida: te cae de tu lado, o cae del otro”
***

Emmnuel Agassi nació en Salmas, Irán. Al finalizar la segunda guerra, cuando era apenas un niño, la ciudad se llenó de soldados estadounidenses. Emmanuel los seguía con fascinación a todos lados. Los soldados eran grandes y fuertes y estaban llenos del espíritu de la victoria, y además le regalaban caramelos y cordones de zapatos. Un día, al seguirlos, descubrió el lugar donde pasaban la mayor parte de su tiempo libre: un parque en medio del bosque donde había dos canchas de tenis improvisadas. Ver jugar a los soldados estadounidenses fue un descubrimiento, el punto de inflexión de su vida. A partir de allí la obsesión por el tenis ya nunca lo abndonaría. Todos sus ratos libres los pasó allí, viendo jugar a esos soldados. Se convirtió en el alcanzapelotas y cuidador oficial de las canchas. Al final, cuando los soldados volvieron a su país, le regalaron una raqueta destrozada, viejísima, con el encordado hecho de hilos de acero.
Pero sucedía que en Irán nadie jugaba al tenis, y Emmanuel se tuvo que buscar otro deporte para canalizar su apetito de tenis y competir con otros, y el único deporte que le pudo proporcionar ese alimento fue el boxeo: se apuntó a un gimnasio, aprendió las técnicas formales del boxeo y en una carrera rápida, llena de rabia y hambre de competición, se ganó un puesto en el equipo olímpico iraní en la categoría de peso gallo y participó en los juegos de Londres de 1948 y de Finlandia en 1952. Después de ver algo de mundo y de ser un deportista olímpico, ya no quiso regresar a su hogar pobre de Irán y decidió escapar: falsificó un pasaporte, reservó un vuelo, con nombre falso, a Nueva York, y de ahí viajó a Chicago, donde combinó trabajos que le permitieron vivir con el boxeo profesional. Llegó a entrenar con Tony Zale, uno de los grandes rivales de Rocky Graziano, y ganarse una participación en un combate televisado en el Madison Square Garden. Pero sucedió algo imprevisto que determinó el fin de su carrera:
“La noche del combate el contrincante de mi padre cayó enfermo”, cuenta André, “los promotores intentaron buscarle un sustituto. Y lo encontraron, sí. Se trataba de un boxeador mucho mejor, un peso wélter. Mi padre aceptó participar en el combate, pero momento antes que sonara la campana le entró miedo. Se metió en el baño, salió por la ventana del retrete, y regresó en tren a Chicago”.
“Mi padre escapó”, dice André. Escapó de Irán, escapó de esa pelea. El azar, otra vez, aparece entrelazado en las decisiones de una vida: ¿qué hubiera pasado si esa noche el rival no se enfermaba y Emmanuel no se acobardaba y huía? ¿Hubiera hecho una buena carrera profesional? ¿Hubiera, entonces, tenido el tiempo y las ganas de cobrar venganza de su carrera fallida por intermedio de sus hijos? ¿Se habría vuelto el entrenador- tirano que fue para André?
Son preguntas que Agassi no se hace. La historia de su padre es relatada en los primeros capítulos de Open y luego el libro se abre a la vida y a la carrera del propio André, quien será uno de los grandes jugadores de la década del noventa y una figura que revolucionará, con su estética rockstar, todo el mercado y la imagen tradicional del tenis.
Hay un detalle, sin embargo, en esta pequeña historia, en el que me gustaría detenerme. Es algo que André dice casi al pasar: en la obsesión por el tenis que le transmitió su padre se deslizó de manera lateral una forma boxística de vivir este deporte. El boxeo impregna todo el juego de Agassi, al punto en que se va convertirá en el modelo con el que piense, viva, y dispute cada partido.
Mi padre dice que, cuando boxeaba, siempre intentaba recibir el mejor golpe de su adversario. Un día, en la pista de tenis, me dice: cuando sabes que acabas de recibir el mejor puñetazo de tu contrincante y sigues en pie, y el otro tipo lo sabe, acabas arrancándole el corazón. En tenis, dice, la regla es la misma. Ataca la fortaleza del rival. Si se le da bien el saque, anula su saque. Si su fuerte es la potencia, sé más potente que él. Si tiene un gran drive, si se vanagloria de su drive, ve a por su drive hasta que llegue a odiarlo.
Mi padre ha inventando una expresión para referirse a esa estrategia de ir contra el punto fuerte del rival: la llama meterle una ampolla en la mente. Con ella, con esa filosofía de la brutalidad, me marca de por vida. Me convierte en un boxeador con raqueta de tenis. Más aún, dado que la mayoría de los tenistas se enorgullecen de su saque, mi padre me convierte en un experto en contragolpes, en un experto en restar el saque.
No sé muy bien lo que me ha hecho detenerme en este detalle, esta definición de sí mismo como un boxeador con raqueta de tenis. Quizás sea la extrañeza que produce pensar que algo tan compacto como el estilo de juego de Agassi, en sus detalles más capilares –su potencia desde el fondo de la cancha, su especialización en devolver, la manera pugilística de tratar a sus rivales intentando hacerles sentir que sus mejores golpes no dolían, que hace evocar al Muhammad Alí que se enfrentó a Frazier – fuera el resultado o la mezcla de acontecimientos tan lejanos, imprevistos y contingentes como los encuentros y desencuentros con los deportes de la vida itinerante de su padre. Si este no se hubiera encontrado con que en su país no existía el tenis y no se hubiese convertido en boxeador, no le habría transmitido el tenis de esa forma… o yendo más atrás: si no hubiera nunca encontrado a esos soldados estadounidenses jugando en el bosque y no hubiera sentido el tenis como un tesoro escondido… André se pregunta muchas veces qué era lo que tenía tan obsesionado a su padre con ese deporte que él mismo odió durante tantos años. Sin duda, podríamos desarmar esta historia en piezas cada vez más pequeñas y nos iríamos a tropezar con lo mismo: la vida, cualquier vida, está repleta de sorpresas, imprevistos, sucesos y decisiones contingentes, con que las cosas podrían haber sido de otra manera. Es tonto decirlo. Pero creo que lo que convierte este relato en algo fascinante, así como sucede con la pelota a un centímetro de la línea de Coria, y también, quizás, con el relato de mi viejo, es que capturan el momento imposible en el que el azar, lo imprevisto, lo contingente, determina una vida, y esta, a su vez, lo reabsorbe en su mismo curso, en la fuerza y la velocidad de las decisiones, en esta condena eterna de estar siempre abiertos a la indeterminación y ser libres, como diría Sartre. Y se me ocurre que si el tenis es un deporte seductor, es porque contiene, en el juego mismo, pero también en la configuración del estilo de cada jugador, inclusive en el detalle de cada golpe de cada jugador, de cada pelota lanzada, esta combinación entre determinación e indeterminación que es la materia misma de la vida.
Tal vez, pienso, estas reflexiones estén suscitadas por un libro que estuve leyendo hace un tiempo: Nada nos impide, nada nos obliga, del psicoanalista Carlos Kuri. Es un largo ensayo sobre la contingencia, sobre cómo está presente la contingencia en el corazón del psicoanálisis. La contingencia, dice allí, no son los accidentes de mi vida, no es la exterioridad que me cae encima como una piedra venida de ningún lugar y que convierte a mi vida en “otra cosa”. La contingencia es el encuentro del sujeto con la indeterminación, el punto en el que no podemos discernir entre objetivo y subjetivo. Hay, en el desarrollo que hace Kuri, una cita extraordinaria de Sartre, que me gustaría también citar acá:
“(La enfermedad es) condena porque no soy libre de estar o no enfermo (…) La enfermedad me viene de afuera (…) Pero (…) me veo por mi libertad obligado a hacerla mía, convertirla en mi horizonte, mi perspectiva, mi moralidad (…) Sin cesar estoy condenado a querer lo que no quise, a reconstruirme como unidad en presencia de las destrucciones que provienen del exterior (…) transformado, laminado, y arruinado desde el exterior (soy) siempre libre, siempre obligado a asumir por mi cuenta o hacerme responsable de lo que no soy responsable. Totalmente libre y totalmente determinado”
El énfasis es mío.
***
A mí me atrapó lo estético –dice mi tío―: pasar por la cancha y ver el polvo rojo con los jugadores usando vestimenta típica, impecable; el pantaloncito blanco, las chombas con botones, el tubo de pelotas blancas (en aquella época, la del tenis viejo, las pelotas eran blancas). Era todo muy formal. Te estoy hablando del año ‘74, y en esa época el tenis era un deporte para “gente de bien”, como diría el señor Milei. Jugaban personas del Rotary club, tipos grandes que en general no tenían técnica, que jugaban en dobles los fines de semana para divertirse, y cuando yo iba a jugar al fútbol y pasaba por la cancha, me los quedaba mirando.
También en esa época estaba Vilas, comenta. Fue el que hizo masivo el tenis: hasta Vilas el tenis era un deporte de unos pocos. Fue un antes y un después.
―¿Y cómo llegaste a tu primera raqueta?
―Me la prestaron, primero. Pero cuando la agarré me sentí cómodo. Los golpes me salían naturalmente. Había un grupo de personas que también estaba enganchado con el tenis, como yo, e hincharon para traer un profesor de Marcos Juárez y yo hice clases poco, tres meses, porque no tenía guita, y lo que aprendí en esos tres meses después lo fui mejorando solo. Lo que tiene el tenis es que mejorar depende de vos: vas al frontón, te ponés en la mente darle, no sé, cien golpes de drive, y ahí se te pasa una hora. Agarrás el canasto de pelotas, te vas a la cancha y decís: voy a practicar un canasto de pelotas. Voy a las dos, y para las tres menos cuarto ya termino el canasto. Por ahí pasa uno y te dice: “¿qué hacés ahí solo? ¿No te aburrís golpeando contra una pared?” Y no, uno no se aburre si ve que mejora. Mi intención siempre fue mejorar, superarme a mí mismo. El tenis es un deporte de precisión y se disfruta si los golpes te salen bien.
El tenis es un deporte de precisión y se disfruta si te sale bien. He visto, horas antes de que charlemos, una entrevista que le hace un periodista en un programa de San José de la Esquina: “Personajes 2011: Julio Trevisán”. Están los dos sentados en unas sillas de plástico sobre la cancha. Detrás de ellos se ve la red. El periodista le confiesa que el tenis le parece un deporte difícil, y mi tío responde lo mismo que me acaba de decir: el tenis es un deporte de precisión, y si no tenés paciencia para practicar, es muy probable que dejes. Se me viene a la mente algo que he leído ese mismo día, algo que dice Kurt Vonnegut sobre la escritura: “escribir requiere una especie de paciencia descomunal”. Con la escritura -pienso mientras transcribo la entrevista a mi tío- si no tenés paciencia para practicar, es muy probable que dejes. Es, también, un deporte de precisión. Y sucede lo mismo que cuenta mi tío: si alguien de afuera te ve escribiendo o leyendo, naturalmente se le pasa por la cabeza la misma idea: ¿qué hacés ahí solo, pegándole al teclado? ¿no te aburrís? No: siempre que uno mejore, no se aburre.
Mi tío vuelve sobre la motivación:
―A mí lo que me da ganas de seguir jugando es la idea de poner ganarle, de poder jugar mejor que los otros.
―¿Había torneos en San José? ¿Había rankings?
―Bueno, al ranking lo teníamos en la cabeza. Yo, por ejemplo, sabía que el turco Buzei iba adelante mío, porque no le podía ganar. No era que fuera muy talentoso, pero practicaba mucho, le daba bola a la técnica, y siempre me ganaba. Y yo en una época entrenaba para ganarle a él. Y entrené y entrené hasta que un día le gané, y ya nunca más perdí con él. El objetivo de uno es ganarle a todos. Ése es el objetivo que me movía a entrenar.
―¿Y le ganaste a todos?
―Bueno, sí, claro. Pero porque mi objetivo era Ese y me maté entrenando.
En algún momento, en ese ranking que estaba en la cabeza de la gente de la zona, se convirtió en el número uno, y me doy cuenta de que le incomoda un poco decirlo en voz alta. Esa humildad es algo típico del tenis: hace unos días, en la final del Roland Garros, cuando Alcaraz ganó a Sinner, durante el discurso al recibir el premio no hizo más que agradecer a su rival por haber jugado tan bien con él.
Hablamos de jugadores. El jugador que más le gusta, porque le parece un modelo de perfección en cada golpe, es Roger Federer. Quiero saber qué le parece Agassi, y me dice que no ha sido un jugador que lo emocione demasiado: era un jugador completo, ganó los cuatro Grand Slam, es decir, ganó en todas las superficies, y eso lo hace respetable, pero no le ha prestado mucha atención. Le pregunto, finalmente, por el torneo del que me habló mi viejo. Mi tío se ríe:
―Sí ya sé lo que me decís: el torneo de Remeros, en Rosario. Ya me acuerdo. Pero no. No es así. No. Para ser profesional se necesita otra cosa. Para ser profesional tenés que empezar de muy chico, y tenés que tener guita. Y además (y creo que esto es lo más importante, lo que más cuesta), tenés que dejar todo. Normalmente, los que compiten, no van a la escuela o hacen el secundario como pueden, y además son chicos que se pasan el día entrenando, con padres que los llevan a todos lados. Porque para mejorar tenés que jugar con uno mejor que vos, y cuando le ganás a todos en un lugar, tenés que viajar. Si le ganás a todos en Rosario tenés que viajar a Buenos Aires, y ahí, si no tenés rivales competitivos, tenés que irte a Europa. Y a la vez tampoco se gana mucho si no entrás entre los cien mejores. El otro día Djokovich se quejaba de eso: si no estás entre los cien primeros, o incluso, entre los cincuenta mejores, tenés que remarla y vivir al límite. No te podés pagar los hoteles, no le podés pagar al entrenador, los viajes… en cambio, entre los primeros se gana mucha plata. Hay una diferencia abismal.
Y no es que falten buenos jugadores –aclara―, o que no se juegue bien en el tenis no profesional: buenos jugadores hay un montón acá. Hay gente que juega muy muy bien, y que no tiene nada que envidiar a los mejores. Llegar a profesional no depende del talento o la técnica: lo que pasa es que tenés que dejar todo.
***
Hablamos por teléfono durante casi una hora. Charlamos sobre el último Roland Garros, sobre la final épica de Sinner y Alcaraz, sobre el revés a una mano del italiano Lorenzo Musetti (un golpe casi extinto en el circuito profesional), al que él vio jugar muy mal en un torneo de ATP a Buenos Aires hace poco. Después me pregunta cómo ando yo, y quedamos para encontrarnos el sábado en el cumpleaños de mi prima.
La versión que me ha contado de sus inicios y de ese torneo de Remeros es diferente de la que cuenta mi viejo, lo que es natural, dado que cada quien, como dice Freud, escribe su propia novela de los orígenes. Pero, por lo demás: ¿una carrera deportiva no es material óptimo para ser novelado? ¿Y no es un partido de tenis, incluso un solo punto jugado, un material espléndido para una historia, para una novela? Pienso en Hemingway, en sus historias sobre toreros y boxeadores fracasados, pienso en Joyce Carol Oates y su excelente libro sobre el boxeo, pienso en Cortázar y su “Torito”. Pienso en ese libro increíble que es Open, de Agassi. Lo que me queda claro –aunque es una obviedad decirlo ¿no? – es que el placer del deporte no es tan solo físico, cinético, o visual, sino que se expande a nuestra fantasía: impacta en esa zona borrosa, indeterminada, en donde vivimos la mayor parte del día, en la que creemos en héroes que sufren y luchan y tienen que superar grandes obstáculos, y donde existen también villanos miserables que impiden la gloria final.
Y estoy seguro de que si ahora cierro los ojos y me concentro todavía puedo ver esa tormenta oscura, esa tormenta que se acelera lentamente, titilante, hacia el pueblo, como un monstruo de otra dimensión, esa tormenta fabricada con fantasías, recuerdos y probablemente lecturas perdidas, una tormenta que parece extraída de una novela de Saer, y que hace que el paisaje familiar del pueblo se convierta un planeta desconocido y peligroso, y los puedo ver a ellos dos, parados en la vereda rota de la casa de mi abuela, jovencitos, diminutos ante el horizonte abrumador, con las manos en los bolsillos y alzando los hombros, diciendo: “se va a largar en cualquier momento”.







