En Rosario, esta ciudad en la que cada vez más proliferan los pobres corazones[1], ocurre que en contraposición a la miseria del ánimo, y a contrapelo de la desdicha, nacen nuevos libros. Éste, además, lleva un nombre particularmente bueno, y en él, este sintagma: Las herencias rotas.
La palabra herencia tiene una raigambre que remite a las cosas que están tan adheridas como pegadas entre sí de modo que ya no podrán separarse, y también otra procedencia, gestada en las instituciones del Derecho Romano, vinculada a los bienes de una familia que, en caso de morir un miembro, pasan a sus descendientes. Si bien esta última versión es la que se ha extendido, la otra sigue viva en el uso que hacemos de ella, con el riesgo de funcionar como ideal biopolítico que contamina algunas sociedades con un sentido espurio: la pureza.
Las herencias respiran rotas porque ¿qué es la pureza sino una pura impostura? afirma Edmond Jabés, a propósito de la herencia, a la que considera como esa vaga respuesta que hay que edificar sobre un terreno baldío: una vaguedad que exige atravesar toda la noche para llegar a la mañana, luchar contra cada sombra, no afrontándola, sino asumiéndola. Ninguna pasividad en la recepción del legado, dice Perla Sneh.
“Enfermedades en mi casa” es el nombre de un poema de Pablo Neruda.
Hay que sostener los pasos rotos.
Cruzar entre tejados y tristezas mientras arde
una cosa quemada con llamas de humedad,
una cosa entre trapos tristes como la lluvia,
algo que arde y solloza,
un síntoma, un silencio.
Entre abandonadas conversaciones y objetos respirados,
entre las flores vacías que el destino corona y abandona,
hay un río que cae en una herida,
hay el océano golpeando una sombra de flecha quebrantada,
hay todo el cielo agujereando un beso.
(fragmento)
Estamos acá tratando con esta enfermedad terminal de transmisión sexual que es la vida, me dijo una analizante, (la expresión, añadió, era de Germán García); ocurrencia que compromete este asunto que tratan las herencias porque la vida continúa, porque la vida se termina, porque la vida se termina y porque la vida continúa, porque la transmisión sexual imperiosa, irrumpe y propaga lo terminal, la enfermedad, la vida, la herida, la letra, ¡qué misterio es la transmisión!.
Y es entonces que las herencias rotan. Rotan sobre sus ejes alrededor del sol -para no decir alrededor de la caída de los imperios, para no decir alrededor de la muerte- pero también rotan porque cambian los turnos, y hay redistribución de poderes, algo que ocurre a veces por donación, a veces por asalto, a veces por dimisión, a veces por extorsión, o estricto deber o mero abandono, y otras, por omisión, a veces por sangre, a veces por amor, a veces por todo eso junto operando silenciosamente en conflicto. Las herencias ruedan con tantas roturas como tantas adherencias en proporciones de medición inaccesible en el remolino de los traspasos. La diseminación desde el vientre de la transmisión es incalculable, se vuelve incontable la fijación reproductora de síntomas y de relatos, e insospechado el montante destinado a desaparecer o a persistir. Este título anuncia rotación. De lo que le toca, de lo que lo toca al autor, herencia rotante que lo atañe en un compromiso escribiente de algún pacto roto, rotado o rompiente, afiliado a Freud. Se trata del libro: Las herencias rotas. Ensayos freudianos de Juan Gonella. Rosario, editorial Otro Cauce, 2024.
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Fotografía: Margarita Cavanagh
Un epígrafe de alto impacto en el inicio de uno de los capítulos, es el fragmento de un poema de Héctor Píccoli:
Falla de finitud, la sierpe iza
la filiación secreta del rumor,
varia se yergue, yace indivisa,
revierte desde sí a fracción mayor
La herencia es una reserva que jamás podremos descifrar ni interpretar por completo, Anne Dofourmantelle[2] comenta que el compromiso tácito del heredero es no dilapidarla, sino preservarla para el futuro, lo que se vuelve una responsabilidad que no sabemos hasta dónde nos conducirá. La herencia en una tumba móvil, dice un analizante compelido a tomar decisiones sobre inmuebles que quedaron huérfanos como él. Aunque pueda disponer de ellos, aunque los haya mejorado, los mantenga, aunque estén a su nombre, lo arroba ese pudor nebuloso entre tocar lo inapropiado por si no le perteneciera, y contaminarse por una apropiación acelerada, corriendo el riesgo que trae el contacto con la muerte que la tumba mueve. Los versos del Fausto de Goethe que Freud toma en Tótem y tabú, y retoma en Esquema del psicoanálisis: Lo que has heredado de tus padres, adquiérelo para poseerlo, recoge en ese acto que pone en juego la sucesión y el corte, la rotación y la rotura. Cada hombre es hacedor, representante y pasador de la humanidad que vendrá y de la que lo precede. La herencia es individual y es colectiva. La preocupación freudiana por la incorporación de las conquistas culturales en el vivenciar de cada quien, -que incluye, a su vez, un empuje ancestral que se alimenta de dichas conquistas desde tiempos inmemoriales-, es sostenida en su escritura de manera transversal entre las nociones de conciencia moral y superyó. La herencia formula la pregunta por la transmisión (de un saber, de un legado, de una palabra, de un rumor) y también una pregunta por su eventual ruptura, olvido y desaparición.
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Un pasaje del libro me resultó inquietante, no sólo por el asunto que trata, sino por el impacto que tuvo en el autor realizar ese recorrido, atravesar esas puertas, y recoger las consecuencias sobre sus lecturas respecto del psicoanálisis. Toma el diálogo epistolar entre dos amigos, Adorno y Scholem, a propósito de la muerte de otro amigo en común, Walter Benjamín, quien “se mató estando ya salvado” creyendo que lo deportarían a un campo de concentración francés mientras corría el año 1940, y la oscuridad caía sobre Europa. El asunto “es que a partir de estas cartas, comenzaron un trabajo para componer lo que hoy se conoce como la Obra de Walter Benjamin”[3]. Uno le avisa al otro que Benjamin se ha quitado la vida, el otro responde “creo que es obligación de sus amigos encargarse de salvar sus papeles y ocuparse de salvar su digna memoria” .
Gonella, sumergido entre esas cartas, conmovido, subraya la fragilidad de los lectores que establecen, interpretan, recogen los papeles que estaban desparramados. Algunos estaban guardados en la casa de Adorno, otros en la de Scholem. Había otros al cuidado de Bataille, a quien Benjamin había dejado un baúl repleto de escritos antes de huir para salvar su vida. “El establecimiento de esta obra no se trata de un monumento del saber (…) sino de un lazo frágil en su inacabamiento que llama al lector a su interpretación”. Estas sutilezas producen una operación de vaciamiento de cualquier monumentalidad. Las herencias rotas. Ensayos freudianos interroga el quehacer con el legado freudiano leyendo pasajes medulares en el interés del autor respecto de la práctica analítica.
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El libro está compuesto por doce ensayos que abordan distintas temáticas. Quisiera señalar dos líneas de fuerza que tienen un profuso desarrollo y que atraviesan el libro insistentemente desde varios ángulos: una de ellas es la pregunta sostenida acerca de qué es la lectura, otra es la que descubre y realza la densidad figurativa de la experiencia analítica.
Afirmar que no hay teoría de la lectura es un lugar de llegada, pero el libro muestra el recorrido de la investigación para arribar hasta esa afirmación. Entonces nos encontraremos con qué hay dicho sobre la lectura, cuál es su tensión con la escritura, qué es un autor, ¿y un lector? ¿qué hay de la voz en la escritura? ¿y de lo indeleble de lo oído? ¿y la tensión entre la muerte del autor y el nombre? El libro recoge esta tradición también rosarina de investigar este núcleo de problemas tan caros al psicoanálisis porque si la escucha de un analizante se trata del impacto de lo que lee en lo que dice, estamos en el núcleo de nuestro asunto.
“La práctica de la dificultad que llamamos lectura” nos dice, cuenta con las lagunas, los pantanos, los naufragios que aguardan al lector a la vuelta de cada página. Entonces, es cuando Juan reza una suerte de ojalá: que el lector “haga del acto de leer un aún y no un catecismo de la derrota” porque “la lectura es una instancia opaca” pero posible. Es más, discute con Barthes la creencia en la claridad de la enunciación, machaca que lo que se produce entre enunciado y enunciación es “un choque de heterogeneidades”, sutilezas, consecuencias, opacidades, choques.
Abram Kardiner, un psicoanalista estadounidense que estuvo una temporada en Viena para analizarse con Freud, cuenta en un libro que escribió sobre esa experiencia que Freud manifestaba un gran sentido del humor y podía ser irreverente acerca del psicoanálisis, pero se ponía rabioso cuando él le decía que no se podría dañar con el psicoanálisis. Le replicaba: “Cuando dice eso, también está diciendo que no puede hacer nada bueno. Porque si usted no hace ningún daño, ¿cómo puede hacer bien?”[4]
¿Qué hacemos cuando analizamos?
Respecto de localizar la densidad figurativa de nuestra práctica, Gonella realiza un camino largo, comprometido y exhaustivo. Lee a Freud en sus cartas y en muchos de sus textos, se mete en los lugares más ríspidos de la metapsicología, interroga las traducciones, las coteja, no da nada por consabido. Se ocupa de los matices que están en juego en esa matriz freudiana que es “la Vorstellung – Repräsentanz”, y sitúa la convivencia simultánea y tensa entre lo representable, lo irrepresentable, lo incognocible, lo figurable, los límites de la figurabilidad, su potencia y sus insuficiencias, todo aquello que lo lleva a interrogar esa realidad desconocida llamada inconsciente.
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Por último, me interesó mucho una frase del libro, entre otras cosas, porque ofrece un límite a versiones psicologizadas del psicoanálisis, creyentes en el poder pueril de la simbolización. Está en la página ciento seis: hablando del juego del nieto de Freud con el carretel, el Fort Da, dice: “la representación no es un abrigo alguno de las ausencias”
En estos días impregnados por la lectura de Las herencias rotas. Ensayos freudianos, volví a ver la película Memorias de una geisha, y escuché que la protagonista decía lo siguiente:
En el templo hay un pequeño poema grabado en piedra, tiene tres palabras pero el poeta las tachó, ya no podes leer sobre la pérdida, sólo sentirla
Juan Gonella ahonda en la densidad figurativa, eso que ocurre en el tropiezo representacional que constituye el habla analítica, encabalgado entre una representación y un representante de la representación que tiene el germen de lo irrepresentable. Por eso, ese tropiezo representacional es algo legible y algo ilegible, porque ocurre entre dos incompatibilidades que se atraen pero no se confunden. Por eso, en esos momentos en los que se produce la aparición del inconsciente, ese golpe en el cuerpo que llamamos interpretación, ese “efecto sujeto”, no entendemos bien de qué se trata. Pero estamos involucrados por esa fugacidad que ya esculpió su muesca tachada. No podemos leerlo… y lo leemos.

Fotografía: Margarita Cavanagh
[1] La presentación de este libro ocurrió en la sede del Colegio de Psicólogos, el sábado 06 de abril de 2024, por esos días la ciudad respiraba desasosiego; el Gobernador de la Provincia de Santa Fe, Lic. Maximiliano Pullaro hizo pública una foto en la que mostraba unas decenas de presos sentados en el suelo con sus torsos desnudos, sus cabezas gachas, las manos atadas detrás de la cintura en un corredor de la cárcel de Piñero, sumamente custodiados. Este mensaje que llevaría a la sociedad una muestra dominio sobre el narcotráfico sometido en imágenes, trajo muerte; además, iba acompañada con la declaración: “cada vez la van a pasar peor”, una amenaza al “estilo Bukele”, elogiado también públicamente en esos días por la Ministra de Seguridad de la Nación, Patricia Bullrich -famosa por sus admiraciones itinerantes-.La revancha se desató con un baño de sangre y crueldad que cayó sobre Rosario en el mes de marzo de 2024: hubo balaceras sobre taxistas, atacaron con disparos de armas de guerra a un colectivo un domingo por la tarde, matando a su conductor, y asesinaron con una maldad inusitada a un joven trabajador que expendía combustible. Los crímenes perpetrados por sicarios sobre trabajadores en sectores comprometidos con la movilidad de los ciudadanos, produjo una parálisis masiva que vació las calles durante muchos días.
[2] Anne Dufourmantelle, “Herencias” en Defensa del secreto, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Nocturna editora, 2023 p. 119
[3] Juan Gonella: Las herencias rotas. Ensayos freudianos, Rosario, editorial Otro Cauce, 2024. p. 65.
[4] Kardiner, Abram: Mi análisis con Freud, Editorial Joaquín Mortiz, S.A. México, 1979. p. 71-72.






