1
La cana hizo su última ronda y otra vez cayeron los chicos de osamenta. Tiran piedras a los techos desde el descampado del frente. Se esconden y tocan el timbre de los monoblocks, pero nadie les da bola.
Chiflan y hacen un fulbito con una lata de cerveza. Se calientan y se agarran a las piñas.
Saco la cabeza por la ventana y los bardeo:
—¡Eh, putos! ¡Partido!
Mi vieja me grita desde su pieza:
—¡Calláte la boca! ¡No hagás lío!
Los chicos miran para arriba, uno me hace fuck you, y otro muestra sus dientes carcomidos. El más grande me hace señas con la mano para que me sume. Me pongo los botines, agarro mi pelota y bajo las escaleras. A mi vieja le hizo efecto el Clona y su voz es más lenta:
—A-dón-de-vas. Ve-ní-pa-ra-a-cá.
Hago pan y queso con el grandote. Me deja marcada su zapa hecha mierda. Los tres huelen a perro muerto y las pulgas les corren por el cuerpo. Se rascan la cabeza y se morfan los bichitos que atrapan con sus uñas largas. El mediano mete la mano en el bolsillo y me ofrece unas galletas humedecidas. Le hago señas de que no. Se las reparten entre ellos, babeando y limpiándose la boca con sus remeras.
Ponemos unas piedras, a cinco pasos. Mi compa y yo sacamos desde el medio. Recibo el pase y encaro por el costado, el grandote me cuerpea y me quita la pelota. Le tira un bombazo al más chico que la empuja y mete gol.
Sacamos de nuevo. Me mando de una y amago al más chico, pero el grandote me da un planchazo directo en la canilla. Caigo en la tierra dura y las piedritas me raspan la pierna. Los chicos se ríen mientras los veo borroso. Siento la humedad en mis ojos, pero me la banco. Me acomodo y soplo en la parte lastimada para tratar de calmar el ardor. El grandote se agacha, me agarra la pierna y huele la herida.
—Pará, me duele —le digo.
Aprieta la hinchazón y me chupa la sangre. El ardor se va al toque con su boca helada. Siento un temblor que va desde mi pierna hasta el pecho y el corazón me late fuerte. El grandote escupe hacia un costado. Mi pierna está limpia, sin piedritas ni suciedad.
Seguimos el partido y juego con un poco de miedo. Perdemos por goleada.
Subo a mi casa, rengueando. Me meto en la ducha y el raspón arde de nuevo. Me tiro en la cama y dejo la pierna lastimada por afuera de la sábana.
2
Me levanto, la herida y la hinchazón ya no están.
Espero con ganas a que mi vieja se empastille.
3
Revolvemos en las bolsas de basura y los chicos morfan lo que venga: restos de pollo, pan duro y arroz pegoteado. Los perros se acercan, nos gruñen y los cagamos a patadas.
Una vieja forra grita desde su ventana:
—¡Se van de acá o llamo a la policía!
Damos vueltas por el barrio, pasamos por la plazoleta y buscamos tucas. El más chico encuentra una. Hacemos secas con el encendedor del grandote, aunque ya no queda casi nada.

Ilustración: Santiago Grunfeld
Entro a mi casa, sin hacer ruido. Me cepillo bien los dientes y le pongo perfume a la ropa.
4
Otra vez caigo tarde. Me sobresalta la puteada de mi vieja, pero es otro de sus sueños pesados. Tiene la costumbre de hablar dormida.
5
Agarramos piedras y jugamos a hacer puntería con los focos de luz. El único que acierta es el grandote. El mediano se mete dos dedos adentro de la boca y chifla, pero mi técnica es mejor: aprieto mi labio con el pulgar y el índice, y aspiro en vez de soltar el aire. Los chicos de osamenta se tapan los oídos y sus aullidos se mezclan con el de los perros. Hay ladridos en todo el barrio.
Pateamos una lata de cerveza y se aplasta al toque. Encontramos un montón de gatos en celo, los perseguimos y arrinconamos a uno. Maúlla fuerte, se pone en posición de ataque y los pelos se le paran. Muestra sus garras y tira manotazos. El grandote lo sujeta del lomo, el gato le clava los dientes y él le tuerce el cuello con la otra mano. Se escucha un crack y sus pelos vuelven a asentarse.
Lo llevamos para el descampado y buscamos cosas que puedan servirnos. Lo metemos, bien apretado, en una caja de vino y mezclamos pedazos de cartón, ramas y pasto seco para prender el fuego. Nos ponemos alrededor y esperamos. El cuerpo del gato humea. Dibujo un tatetí en el suelo con una de las ramas. Le gano al más chico y ahora voy por el mediano. El grandote aviva el fuego con un trozo de cartón, me quita la rama y empuja la caja para que caiga al suelo. Ninguno la toca. Tenemos que esperar a que entibie.
El humo desaparece de a poco. El grandote abre la caja con cuidado. Una parte de la piel del gato se queda pegada al cartón. Los otros chicos ayudan a sacar el resto del pelaje, que también se despega enseguida. Agarran las patas y mastican con la boca abierta. La carne huele bien. Los chicos dejan los huesos limpios y se chupan los dedos. El grandote me alcanza un pedazo. Se lo acepto, dudo un poco, cierro los ojos y mastico. El sabor es muy parecido al del asado.
El gallo de algún vecino canta. Vuelvo a abrir los ojos. El grandote mira para arriba y señala con el dedo hacia un punto fijo. Los otros dos asienten. Se levantan de golpe y corren en distintas direcciones. Sigo al más chico, que es el más lento de los tres, pero se pierde por los pasajes de las viviendas abandonadas.
Tomo aire para recuperarme del pique y vuelvo a los monoblocks antes de que mi vieja se levante.






