Un rayo resquebraja el cielo y los truenos suenan a lo lejos. Está por desatarse la tormenta y Chichita sigue en la puerta de su casa, intentando sin suerte acertar la llave en la cerradura para poder entrar. El problema no es la falta de visión que le provocó el glaucoma: ella conoce de memoria cuánto debe levantar el brazo y de qué manera tiene que ubicar la llave para introducirla sin problemas, pero ahora le tiemblan las manos y la llave choca con el metal.
Descansa antes de insistir. Le duele la cabeza como si se la hubieran golpeado.
–¿Qué pasa, michi? –le dice a uno de sus gatos que la observa del otro lado de la reja; después vuelve a intentar abrir. La pucha, qué tiene esto, la llave golpea una y otra vez los bordes de la cerradura. Salió a comprar el cuartito de helado de sambayón y dulce de leche como todos los atardeceres, más allá del frío; no lo siente, está acostumbrada, en la casa la calefacción no funciona desde hace tiempo. Pero, che, se enoja y los nervios hacen que la llave se caiga a la vereda. El gato, que se había acercado a recibirla, se sobresalta y de dos piruetas sube la pared y desaparece por la medianera. Ahhh, suspira ella y toma fuerzas antes de agacharse.

Ilustración: Santiago Grunfeld
Chichita lleva un saquito de lana color té con leche. Debería haberse puesto la bufanda, pero no la encontró y le faltó paciencia para seguir buscando. Abajo, una pollera oscura le llega hasta la mitad de la pantorrilla. Los pies hinchados, envueltos en medias de nylon transparente, ensartados a presión en unos zapatos gastados de cuero marrón y taco bajo. Apoya en la vereda una bolsa vieja de plástico manchada de líquidos de distintos colores, ya secos. Allí guarda su cartera rota, unos pañuelos de género usados, billetes sueltos y el celular que le dio Javier; por las dudas lo lleva siempre encima, aunque nunca llama a nadie, no ve las teclas. Con la otra mano sostiene la bolsa de Grido. Al menos con el frío no se me va a derretir, habla sola mientras se agacha para levantar las llaves. Después, sube despacio, con miedo a perder la estabilidad.
–¿Puede sola, señora? –le pregunta una voz masculina, que la agarra del brazo para ayudarla a terminar de levantarse.
–Gracias, pichón –le dice ella, ya parada.
Chichita gira para mirarlo. El hombre es bastante más alto que ella, pero está inclinado, tiene la cara amarillenta y salpicada de una barba del mismo negro que el de su pelo vaporoso. Ella le sonríe con la mirada opacada por los años. Está encorvada, le pesa el cuerpo y el busto ampuloso le cuelga encima del abdomen.
–Deme la llave, señora, así entra de una vez –insiste el hombre adelantando la mano con algo de ansiedad–. La cosa está brava para que una mujer de su edad ande sola en la calle.
–Ah, no te reconocí –le dice ella alegre y se acomoda el pelo corto manchado de canas y de distintos tonos de tintura marrón–. ¿Cómo está tu mamá? –Le extiende las llaves arrastrando una sonrisa que parece venir de otro momento. Las paletas largas y finitas, el resto de la boca sin dientes.
El hombre se sorprende y después de unos segundos de estupefacción, agarra las llaves. Abre la puerta y mira con curiosidad hacia adentro. Chichita levanta con lentitud la bolsa de plástico del piso.
–Con cuidado, señora –le advierte él, sin dejar de mirar hacia adentro.
En uno de los maceteros del pasillo, Sidhe juega con una bolita de un material viscoso que se le pega en los bigotes. Ahora observa al hombre, sigilosa, con las orejas en punta. Él da un paso atrás.
–No te asustes, la gata es arisca, pero no hace nada –lo tranquiliza ella.
El hombre no contesta. Chichita pasa el umbral a ritmo lento, apenas levantando los pies.
–Cuidado, señora –él la vuelve a agarrar del brazo e intenta dar un paso adelante, pero Sidhe salta del cantero y se pone frente a él, maúlla y levanta una de sus patas como arañando el aire.
–No me digas “señora”, pichón –lo reta ella–. ¿Querés entrar a tomar algo calentito? Qué lástima que Javier no me avisó que venías. –Ella lo mira de frente, sosteniéndose de la reja.
El hombre duda y ella espera su respuesta con paciencia. La gata no deja de mirarlo, tiene el hocico pegoteado de un líquido espeso y oscuro.
–Mejor en otro momento –le responde por fin–. Vuelvo pronto. –Él cierra la puerta, da media vuelta y se va.
Ella avanza por el pasillo angosto y largo, regado de hojas y flores marchitas que aplasta a su paso. Cuando llega a la mitad, frena, cansada. Apoya la mano sobre la pared mullida por una enredadera que empieza a mojarse con la llovizna. A los lados hay canteros que rebalsan de todo tipo de plantas, algunas más altas, otras caen de los maceteros al piso. Crecen solas, hace rato que dejó de ocuparse de ellas.
Empieza a caminar de nuevo con pasos cortos, con una mano delante de la frente para protegerse de las ramas que están a la altura de su cara. Hay que tener un cuidado acá. Algunos gatos se asoman desde la medianera, están sentados en lo alto, erguidos, la miran como rindiéndole pleitesía. Sidhe se frota en su pierna, después bajan otros dos. Chichita los mima con gusto.
Las gotas de lluvia ahora son gordas y caen más seguido, los gatos desaparecen, fóbicos al agua, y ella apura el paso hasta la casa, que es enorme, de principios del siglo veinte. Nació ahí, al igual que su hermano, y desde entonces vive en ese lugar. Al casarse, él se fue. En cambio, Chichita se quedó con sus padres y los atendió hasta que murieron.
Se toca el colgante que lleva en el pecho: una cadenita de oro con una piedra rosa como dije. Raúl, recuerda al hombre que se la regaló, no llegó a ser su novio porque su padre se lo impidió, pero siempre lo tiene presente. Si se lo hubieran permitido, a lo mejor ahora tendría hijos, incluso nietos. Se aflige cuando piensa en eso. Pero al menos pudo trabajar. Lo hacía a escondidas porque según su padre ella no lo necesitaba, pero no era tan así y, si no fuera por su jubilación, ella ahora no tendría para comer.
Al final del pasillo, la casa se derrumba. Más atrás, después del patio, hay unas escaleras que conducen a una fachada que parece de una casita de jardín. Esa es su habitación y allí pasa la mayor parte del día, apenas pisa la cocina para prepararse algún mate cocido: vive a base de galletitas y helado.
Sube las escaleras con lentitud y aferrada a la baranda. Los gatos la observan sentados en el umbral de la ventana que siempre deja algo abierta para que ellos puedan manejarse con libertad. Apoya las bolsas en el piso y saca el llavero del bolsillo de su saco, aunque inútilmente porque se olvidó de cerrar la puerta con llave.
La habitación es grande, pero está desordenada y llena de cosas. Por el piso ruedan cabezas y torsos de muñecas de plástico. Son las que le quedaron de cuando trabajaba pintando sus caras, se guardaba las que le salían mal. Los gatos las usan para jugar, están llenas de arañazos, les falta un brazo, una pierna o algún ojo, hay manos desparramadas con los dedos mordisqueados. Va pateándolas a medida que avanza hacia la cama de una plaza sobre la que uno de sus gatos se relame las patas. Chichita arroja allí la bolsa de plástico y se seca la frente húmeda con una toalla. ¿Habrá empezado la novela? La tele proyecta imágenes salpicadas de puntitos de colores y el sonido sale con interferencia, pero no le molesta, le alcanza para entretenerse. “18:30” cree leer la hora que marca la pantalla. Faltan treinta minutos, dice mientras se pasa la toalla por encima del saco, tanto para sacar alguna gota que le haya quedado, porque apenas llegó a mojarse.
Se acerca a la mesa de luz y agarra la cuchara de postre que usa todos los días para comer el helado. Está sucia y pegajosa, así que la limpia de una chupada. Después se acuesta junto a algunos de sus gatos y abre el envase de telgopor. Comparte el helado con Sidhe, que cada tanto da lengüetazos al pote. También le lame la cara.
No sabe qué están pasando por la tele, pero escucha unos gemidos de mujer que la incomodan, así que busca el control remoto debajo de las frazadas; su cuerpo virgen no tolera las alusiones al sexo. Después de haber salido con Raúl, alguna vez sintió curiosidad por saber cómo es un beso en la boca, cómo se siente el aliento de un hombre cerca de la cara, las manos posadas en los pechos que en algún momento estuvieron firmes, pero eso había quedado en el pasado.
Acá está, respira. Aprieta el primer botón que toca. Baja el volumen, pero el canal es el mismo, así que aprieta un poco más arriba para volver a subirlo. Ya no se escuchan gemidos, pero de todas maneras insiste. Busca la voz empalagosa del locutor de History Channel y finalmente la encuentra. Vuelve a saborear el helado, una cucharada tras otra y la va ganando el sueño. Parpadea con lentitud hasta que los ojos se le cierran. Duerme mucho. Y qué voy a hacer acá todo el día, se conforma. El recipiente de telgopor rueda hasta el piso y el helado se chorrea. Los gatos corren a lamer.
Chichita tiene un ronquido suave.
**********
Después de unos minutos, el teléfono de línea suena una y otra vez, pero no la termina de despertar. Sidhe maúlla en guardia, mirando el aparato, hasta que finalmente deja de sonar. El locutor de la tele se interrumpe por una publicidad estridente y Chichita de pronto sale de su duermevela. Tantea sobre la cama el control y se pegotea la mano con el helado que se chorreó al caer el pote.
–Comé, Sidhe.
Ella le ofrece la mano para que la gata se la limpie de un lengüetazo. Sidhe obedece y después se baja de la cama de un movimiento fugaz y ágil a pesar de su tamaño. Ahora mira la puerta de la habitación con los ojos achinados, bien amarillos, el pelo del lomo erizado y la cola erguida. Los pisotones de alguien que sube las escaleras la pusieron en guardia. Chichita se sienta en la cama. Toc toc, golpean.
–¿Quién es? –pregunta ella con voz débil.
Afuera sigue lloviendo, pero con una intensidad que todavía no le hace justicia al cielo oscuro que parece estar a punto de caerse con cada relámpago.
La puerta se abre lentamente.
–¿Puedo pasar? –suena baja la voz de un hombre.

Ilustración: Santiago Grunfeld
Chichita lo mira, confundida; el hombre también.
–Ah, Javi, no te esperaba –reacciona ella después de unos segundos.
Sidhe relaja el cuerpo, maúlla y se echa en la cama a su lado otra vez.
–Sí, sí –le responde él con voz insegura–, tenía que pasar por acá.
Ella está sentada, lo mira sin ver con la sonrisa perdida que tiene desde hace unos años.
–Hoy lo vi a tu amigo, si no fuera por él no entraba –le dice y él la mira con una sonrisa que a ella le cuesta reconocer en su sobrino.
–Vengo a buscar una cosita –dice él y se dirige a la puerta.
–Bueno, andá nomás. Te acompaño –agrega ella–. ¿Te ofrezco algo calentito? –Se levanta de la cama con apuro.
–No, no, me voy pronto –responde él–. Yo vuelvo a subir antes de irme.
–No me cuesta nada. –Ella avanza y Sidhe la sigue; cuando llega a la puerta, Javi ya bajó las escaleras. Uh, cómo llueve, se dice por lo bajo. Cae un trueno que la hace volver a entrar. Nunca toleró ni siquiera la explosión de un globo.
Se acerca a la ventana y ve la silueta desdibujada de su sobrino que atraviesa el patio. Se sienta frente a la tele nuevamente y se pone sobre los hombros la toalla que recubría la almohada. Toca el control, no encuentra un canal donde quedarse. Finalmente deja el noticiero, aunque la aburre. Distingue un fucsia estridente que debe ser del trajecito de la meteoróloga que habla de la tormenta de Santa Rosa. Anuncian la pausa. Dos gatos se disputan el pote del telgopor tirado en el piso. La lluvia se largó con todo. Javi va a necesitar un paraguas para ir hasta el coche. ¿Dónde está el mío? Se levanta y lo busca al costado del tocador de madera que está a los pies de la cama, sobre él se eleva una pila de potes de helado vacíos y se extiende una decena de blísters. Yo lo dejé por acá. No lo encuentra y trata de hacer memoria, ¿cuándo fue la última vez que lo usó?
No sabe cuánto tiempo hace que está pensando, pero siente las piernas cansadas y todavía le duele la cabeza, como si tuviera algún moretón. Se mira al espejo, se ve borroneada, pero igual se acomoda el pelo delicadamente.
–Sidhe, salí de ahí que me vas a tirar los remedios. –Empuja a la gata que está sobre el tocador. El animal se resiste, ella forcejea y se cae una caja de medicamentos al piso–. ¿Qué te pasa hoy? –Se angustia ante la actitud rebelde de su mascota.
Vuelve a sonar el teléfono de línea. Se apura para ir a atenderlo, pero cuando llega, ya no suena más.
–Hable –insiste, a pesar de escuchar el tono del otro lado. Cuelga, abatida, y descansa unos segundos sobre la cama. Sidhe no se aleja de ella, ahora está sobre sus piernas, pero Chichita la saca, la gata tiene el tamaño de un perro y le pesa.
La distrae el sonido débil del celular. Está dentro de la bolsa de plástico que dejó tirada a los pies de la cama. Presiona una tecla, pero el celular sigue sonando, prueba con otra y se corta. Sidhe la mira. Ella respira con el celular en la mano, espera a que vuelva a sonar y, después de unos minutos, se levanta para ir hasta la ventana. Rin, otra vez el teléfono de línea. Esta vez llega a atender.
–Tía, ¿estás bien?, ya es la tercera vez que te llamo y no atendés –le reclaman del otro lado.
–¡¿Hola?! ¿Quién es? –Chichita está pálida, vuelve a sentarse en la cama porque teme caerse.
–¡¿Cómo quién habla?!, soy yo: Javi. –Escucha del otro lado y ella se queda muda. –¿Estás bien?
Ella se pone a llorar.
–Entonces, ¿quién era el hombre de hace un rato? –contesta Chichita, desesperada–. ¡Hay un hombre en la casa, Javi, de veras! –grita.
–Debe ser Pablo, ¿te acordás de él? Le ofrecí un traje de papá porque tiene un casamiento y no puede gastar en comprarse ni alquilar nada, está ahí el negro con rayas blancas, ¿no?
Ella se tranquiliza. Trata de hacer memoria, no recuerda quién es Pablo, pero sabe que el traje de su hermano está ahí.
–No hay problema –le responde–. ¿Cuándo vas a venir para acá? –Enrosca entre sus manos el cable del tubo.
–Tengo mucho trabajo, pero en estos días paso –le dice él antes de colgar.
El viento golpea la puerta de la habitación contra el marco. Mejor cerrarla. Ella camina hasta allí, son solo unos pasos, pero le cuesta horrores. Se arrepiente y va hacia la cama. El maullar de unos gatos que están afuera la hace retroceder. Una silueta oscura está ahora en el umbral de la puerta. Ella se sobresalta, trata de enfocar la mirada y se esfuerza, pero no logra reconocer al hombre.
–¿Sonó el timbre?, ¿cómo llegó hasta acá? –se asusta Chichita.
–Acabo de entrar con usted, ¿se acuerda? – le dice él.
Ella frunce el ceño. Retrocede y él avanza. Sidhe se interpone. Aunque no lo ve bien, Chichita percibe el gesto amenazante del hombre que sigue avanzando sobre ella. La gata abre la boca y muestra los dientes haciendo un sonido gutural. Chichita está contra la pared y se cubre la cabeza. Sidhe tira arañazos en el aire. Un manotazo impacta sobre la cabeza de ella, que ahora vuelve a llorar y se queja. Sidhe maúlla otra vez y sube al tocador de un salto. La habitación se llena de gatos que miran al hombre, agazapados. Ella vuelve a recibir un golpe seco en la cabeza, después otro en la mejilla.
–Dónde tenés la plata, vieja de mierda –insiste él.

Ilustración: Santiago Grunfeld
Ella grita y pide por Javi. Sidhe se lanza a la cabeza del hombre, y el resto de los gatos la sigue. El hombre tropieza con el torso de una muñeca y se golpea la sien con la punta del tocador cuando se está cayendo al piso. Chichita se tapa las orejas y se pega a la pared como si la quisiera traspasar. La gata le araña la cara al hombre, a la altura de los ojos. El hombre, atontado por el golpe en la cabeza, intenta sacarse al animal de encima, pero se mueve con debilidad. Otro gato le muerde una mejilla. El hombre grita. Chichita ahora observa, quieta en el lugar con el corazón palpitando a todo lo que da. Sidhe levanta la cabeza y maúlla antes de bajarla nuevamente a la cara del hombre que sigue gritando y dando manotazos inútiles. Los gatos responden al maullido y caminan sobre su cuerpo, le arrancan los botones de la camisa y le arañan el pecho y la panza. Él se queja y se sacude de dolor. Sidhe se ensaña, las uñas largas y gruesas se entierran en uno de los ojos del hombre; la gata excava, y ahora apoya la trompa, abre la boca e incrusta aún más el hocico que se le llena de sangre, muerde y tironea, vuelve a morder, el ojo del hombre está prácticamente salido, apenas cuelga de un hilo como de carne que lo une a su cara, Sidhe agarra el ojo con la boca y pega un salto que termina de arrancarlo.
La gata ahora juega en el suelo con esa bola viscosa, y el resto de los gatos libera al hombre que está muy lastimado, le sangra el rostro y tiene el labio cortado. Él parece cobrar fuerza y se levanta rápido, sale corriendo de la habitación. Chichita gime y llora despacio. Los gatos lamen la sangre que dejaron en el piso las lastimaduras. Sidhe se va por la ventana con el ojo del hombre. Chichita está paralizada contra la pared. Le tiemblan las manos y, después de unos segundos, logra reincorporarse. Observa la habitación, busca algo, pero no recuerda qué. Ah, dice cuando ubica la bolsa que está a los pies de la cama. La agarra, después busca la bufanda entre las sábanas. No la encuentra, así que toma el llavero y camina hasta la puerta. Va a aprovechar que dejó de llover para ir a comprarse el helado, como todas las tardes.

Ilustración: Santiago Grunfeld






