Es de madrugada y googleo el nombre de Sandra. Unos días atrás no se me hubiera ocurrido hacer esto. Entro a todos los links que aparecen. Leo que trabajaba en la Colonia Psiquiátrica de Oliveros, cincuenta kilómetros al norte de la ciudad donde vivo, Rosario. También me entero que estuvo en pareja con un cineasta. Leo entrevistas que le hicieron a él, la nombra en varias de ellas. Las leo una y otra vez, espero alguna revelación. Alguien sabe quién fue Sandra. Es julio de 2013. Yo no sé quién era Sandra. La pregunta me atormenta desde ese viernes.
***
Conocí a Sandra en 2010. Yo tenía 19 y una angustia a la que no le encontraba ninguna razón. Todavía guardo su tarjeta personal: blanca y rectangular con la inscripción de su nombre y número de teléfono en letra negra y delgada. El apellido parece alemán, nunca lo supe pronunciar.
Durante tres años, todos los viernes subí por el ascensor de un antiguo edificio para hablar con ella. Era una esquina ruidosa pero ahí dentro no. De psicoanálisis yo no sabía nada pero confié en ella desde el principio.
***
No sé qué palabras pronuncio pero son muchas y salen de mi boca de forma atolondrada, como si se chocaran entre sí, hasta que digo:
—Pero vos te moriste.
Estoy sentada en un sillón individual frente a Sandra que me mira a los ojos con una sonrisa inquietante. Asiente con la cabeza. No habla. Siento que me mira con pena. Digo en voz alta estoy loca. Me levanto rápido del sillón y escapo del consultorio al que fui durante tres años.
Me despierto. Es el primero de varios sueños que voy a tener durante el invierno de 2013.
***
Mi abuela paterna se llamaba Ortencia, sin hache y con ce. Así la anotaron aunque nunca la llamamos por su nombre, todos le decíamos Techi. Vivió la mayor parte de su vida en Santa Fe, donde conoció a mi abuelo y formó una familia. Petisa, de rulos cortos y marrones, siempre dispuesta a la risa. Charlábamos en la mesa de su patio, ella con su mate repleto de edulcorante o de azúcar. Hacía las cosas despacio. Comer, caminar, cocinar: siempre despacio. Le gustaban las telenovelas. Arrimaba una silla al lado del televisor para verlas de cerca, casi siempre con un repasador entre las manos, sobre las piernas.
El último tiempo a Techi se le olvidaban las cosas. A veces empezaba a contar una historia, la desarrollaba y lograba un bucle donde el relato arrancaba de nuevo. El movimiento pasaba inadvertido, siempre me dio mucha curiosidad cómo lograba empezar una y otra vez la misma historia. Muchas veces se reía de eso, ¿esto ya te lo dije? Después, largaba una carcajada.
Cocinaba unas tortas fritas riquísimas pero la última vez que le pedí unas, le salieron mal. Se olvidó una parte de la receta, nunca supimos cuál. No le dio risa, tiró las tortas fritas a la basura. En 2013 ya habían pasado dos años de la muerte de mi abuelo y esos olvidos se habían potenciado un poco.
***
La última sesión que tuve con Sandra, dije algo. Pasaron trece años y todavía no recuerdo qué. Era, como siempre, un viernes por la tarde. Acostada en un diván en un consultorio del microcentro de Rosario dije algo, ella interrumpió con un dejamos acá.
Aunque insistí, aunque pedí que me dejara decir una cosa más y nada más, no hubo caso. Salí furiosa.
***
El segundo sueño que tengo ese invierno también es en el consultorio de Sandra. Sólo le pregunto si está bien. Nos abrazamos.
***
Hay sesiones de análisis donde siento que emerge una revelación que se levanta de a poco. Otras, tambaleo entre la incomprensión y la incomodidad. Y otras, como ese viernes –sobre todo, en esa época– las termino con bronca. Las sesiones con Sandra duraban unos cuarenta minutos, pero la última sólo fueron diez. Tenía que esperar una semana más.

Ilustración: Santiago Grunfeld
***
Techi llegaba de visita a Rosario el viernes siguiente a la sesión interrumpida. Ese día, antes de salir de mi casa, llamó por teléfono mi tía para avisar que mi abuela estaba internada. No iba a venir.
***
Todo pasó en menos de un mes. La muerte de Sandra, la de mi abuela y la de 22 personas en un edificio que explotó por una fuga de gas a tres cuadras de mi casa. Esa mañana, la de la explosión del 6 de agosto de 2013, todos los vidrios de mi casa vibraron de golpe. Las noticias en la radio primero anunciaron que había sido una caldera pero con el correr de las horas supimos que una fuga de gas había provocado el derrumbe de un edificio de nueve pisos y 18 departamentos, era la torre del medio de tres bloques. Dos horas después de la explosión, a mí y a mis vecinos nos avisaron que teníamos que irnos del barrio hasta que pudieran cerrar la válvula de gas porque podía haber otra explosión. Recuerdo el sonido de la calle cuando me fui, un silencio ensordecedor.
***
El martes 2 de julio de 2013 le escribí a Sandra un mensaje de texto que no respondió. Tres días después, el de mi sesión, tenía que contarle lo que había quedado trunco la última vez. Además, tenía la noticia de mi abuela, su visita se había demorado. No pensé que fuera nada grave. Salí apurada de mi casa, llegué tarde a la sesión y abrió la puerta una mujer que no conocía. Preguntó si mi nombre era Candela, respondí que sí y me hizo pasar.
***
La primera vez que tengo una sesión con Patricia narro la secuencia muerte de analista-de abuela-de 22 personas en un edificio a tres cuadras de mi casa. Está por terminar el invierno de ese año, ella dice que el hilo del relato es lo inesperado. Y el posterior desconcierto. Le aviso que antes hacía diván. Se escucha, responde.
Unas semanas después, toco de nuevo el timbre de su consultorio, el cuarto piso de un edificio frente a la plaza donde jugué toda la infancia. Patricia tarda mucho en responder y me asusto. ¿Y si se murió? Reviso los mensajes de texto: me equivoqué de día.
***
La mujer que abrió la puerta del consultorio al que iba siempre dijo muchas palabras. Recuerdo una, clave: aneurisma. Entendí poco pero sí lo importante, ella lo dijo así: Sandra no está más.
Sentí la noticia como un arrebato. Una conversación íntima que se terminaba de golpe. En realidad no usaron el verbo morir, quizás Sandra se fue a algún lado, pensé durante un largo rato mientras deambulaba por las mismas dos o tres manzanas de la ciudad. Marqué números de teléfono en el celular y algunas personas contestaron. Lloré en una esquina repleta de personas apuradas, colectivos que se amontonaban en una larga fila por la calle y me sentí envuelta en una enorme confusión aunque sí pensé con claridad: se fue sin que le contara lo que le tenía que contar.
***
Otro sueño. El último de ese invierno. La semana que llamo por primera vez a Patricia sueño así: conduzco un auto, me acompaña Sandra en el asiento de al lado y no sé cómo decirle que llamé a otra analista porque mis amigas me dijeron no da que sigas hablando con una psicóloga que se murió.






