Es el año 1988. Metallica lanza And Justice for All, su cuarto álbum de estudio, una obra densa y contundente que marcará un antes y un después en su carrera. El cuarto tema del disco, One, no solo impacta por su capacidad de esculpir una narrativa emocional, sino que también se convierte en el primero en tener un videoclip oficial. La banda decide basarlo en la inquietante película Johnny cogió su fusil, de Dalton Trumbo, dando forma a una pieza audiovisual tan poderosa como la canción misma. Allí, un soldado estadounidense es herido por una explosión durante la Primera Guerra Mundial. En dicho accidente, Johnny pierde todas sus extremidades y los sentidos de la vista, el oído, el olfato y el gusto. Reducido a un torso viviente y aislado casi completamente de la realidad, rememora sus recuerdos más importantes, hasta que estos le consumen en sueños y pesadillas y se ve incapaz de distinguir la realidad de la fantasía. Dos años después Metallica gana su primer Grammy a la mejor interpretación de metal por el video de One. James Hetfield, guitarrista y vocalista, recuerda que, luego de la emisión del video por MTV —y de que millones de personas alrededor del mundo conocieran Metallica— se cruzó por la calle con un fan que lo abordó, evidentemente ofuscado. El muchacho lo insultó diciéndole que ahora estaba en la televisión, que se había traicionado a sí mismo, “dijiste que nunca harías un videoclip, te has vendido”. Luego, le lanzó un escupitajo a la cara.
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A Nicéphore Niépce le llevó aproximadamente 8 años de experimentación con materiales fotosensibles llegar a una imagen fija sobre un soporte y que no desapareciera por completo al contacto con la claridad del día. En cierto punto estaba obsesionado por el estudio de las sustancias que interaccionan con la luz. En 1824, y después de pasar por una larga serie de pruebas que incluían la manipulación de elementos como resinas, alcoholes, piedras calcáreas o placas de cobre, finalmente llegó al procedimiento que lo haría mundialmente reconocido: cubrió una piedra litográfica con betún de Judea y la colocó al fondo de una cámara oscura —un cuadrado de madera donde no ingresa la luz salvo por un lente colocado en uno de sus lados—. Ubicó la cámara desde su balcón y la dejó varios días realizando lo que en fotografía se conoce como exposición prolongada. Fue así como obtuvo Vista desde la ventana en Le Gras, la primera fotografía de la historia.
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De la literatura de Fabián Casas se podría decir aquello que Nietzsche escribió de Schopenhauer:
Que alguien así haya escrito es cosa que ha aumentado realmente el gozo de vivir en este mundo, por mi parte al menos, desde que conocí este espíritu máximamente libre y fuerte como ningún otro, no puedo decir de él sino lo que él mismo dice de Plutarco: apenas he lanzado una mirada en él, y ya me han crecido una pierna o un ala.
Cuando uno tiene en sus manos Trayendo a casa todo de nuevo (Emecé, 2016) —la compilación de ensayos de Casas— y se adentra en él, siente que ese objeto, el libro, es otra cosa. Que de pronto abandonó su forma original y pasó a convertirse en un mineral cósmico, una suerte de meteorito doméstico que puede manipularse y del cual se puede extraer energía. Casas es un tipo que drena combustible a medida que uno se adentra en su obra. Ese combustible, como suele decir, sólo podemos obtenerlo durante nuestra infancia y del cual va a depender buena parte de nuestro devenir. La lectura de Casas no actualiza nuestra infancia, sino que renueva nuestra forma de mirar: no es que volvamos a ver las cosas por primera vez, sino que accedemos a una forma de decir que las vuelve intensamente presentes. En otro de sus libros, Ocio (Santiago Arcos editor, 2010) recoge una cita de Flaubert que refleja esta idea: “Basta que miremos demasiado fijo una cosa para que comience a resultarnos interesante”. Encuentro en su lectura una propuesta perceptiva: reducir el contenido del mundo para ver en detalle las cosas. Ese es el poderoso efecto que desata su comunión y la misteriosa alquimia que lo rodea.

Ilustración: Santiago Grunfeld
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Con un grupo de amigos lo visitamos dos veces durante el verano del año 2019. Nos citó en una librería de Capital Federal, a eso de las diez, cuando entramos estaba sentado en un sillón conversando con el librero. Llevaba un short deportivo, remera y zapatillas. Alguien mencionó el calor que hacía y Casas dijo que siempre llevaba en su mochila una malla de baño por si encontraba una fuente en algún parque para bañarse. Subimos a un entrepiso y nos presentamos: un grupo de amigos, lectores, que estaban interesados en conocerlo y trabajar con él algunas cuestiones literarias. Nos cuenta del taller Nómade, un espacio ligado a la literatura, pero también a la vida. El taller es para encontrar un lugar, nos dice, que puede no ser la literatura. Que puede ser dejarlo todo, aclara. Nos cuenta de un participante que descubrió, en su taller, que lo que quería hacer no era escribir sino vivir en otro país y cocinar. Habla de la emancipación, de las lecturas malas o de las lecturas que no se entienden. Que esa lectura es la que permite hacerle preguntas al texto. Si la lectura te deja tranquilo, es inocua, aclara. Habla casi sin respirar, en una microdanza que atrapa nuestra atención. Hace una diferencia entre lo imposible y lo inesperado. Que lo imposible es ser original, que está del lado de lo traumático. Trae a cuento la fábula donde a Jesús le piden que resucite a Lázaro. Hace algo imposible, porque nadie puede –ni quiere– volver de la muerte, dice. Sin embargo, Jesús resucita a Lázaro y este, varios días después, se ahorca. Es decir que hacer lo imposible trae aparejado algo indeseado. Subrepticiamente, lanza dardos existenciales: “Vos querés que el día se entienda, que funcione según un orden esperable, pero los mejores días son esos que no se entienden, porque ahí donde está el peligro está también la salvación”. Dice que le cae mal la gente que tiene redes sociales, que desconfía de ellos, porque las verdaderas experiencias no son enteramente transmisibles, sino que son aquellas que se quedan con uno. “Saber que lo que va a pasarme va a morir conmigo, que no queda registrado en otro lado”. Algo de ello me deja pensando en una suerte de paradoja contemporánea: no se sabe si queremos tener experiencias o simplemente mostrárselas a los demás. No para de citar libros, de evocar escritores y desentrañar operaciones mentales. Lo escuchamos, intervenimos de tanto en tanto, pero en el fondo, Casas está en su elemento, discurriendo con la fluidez de un camalote que se desliza sin esfuerzo por el cauce del Paraná.
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Regresemos al año 1988. El fotógrafo y ensayista español Joan Fontcuberta acaba de ser padre de una niña prematura. Su hija Judit nació con 6 meses de gestación y pesó 1,2 kilogramos. Debió permanecer 3 meses en una incubadora y durante las primeras horas posteriores a su nacimiento, ni su madre ni su padre pudieron tenerla en brazos o siquiera acariciarla. Sólo podían acceder a ella a través de la mirada, ya que la niña se encontraba en una sala especial, recubierta de mamparas de cristal y llena de incubadoras. Fontcuberta cuenta que dada la situación decidió sacar provecho de su oficio: le dio su cámara a una enfermera y le pidió que le hiciera algunas fotografías a su hija. La enfermera tomó 8 fotografías y luego de eso Fontcuberta fue a su laboratorio en su casa e hizo algunas copias para llevarle a la de la madre de la niña. El momento en que volvió al hospital y pudieron mirar juntos las fotos de su hija está cargado de excitación y felicidad. Sin embargo, el virus de la sospecha no demoró en presentarse. ¿Qué hubiera pasado si la enfermera confundió la incubadora y por error fotografió otra bebé? Nada en aquellas fotografías podía garantizar que esa bebé fuera la de ellos, nada en la imagen aseguraba lo verdadero. A partir de allí Fontcuberta recoge la enseñanza de Barthes que dice que en verdad aquello que más nos impacta de una imagen no pertenece a la imagen propiamente, sino más bien nace de la proyección de una serie de valores que proceden de nosotros, que no están originariamente en la fotografía. Las relaciones entre fotografía y verdad se vuelven cruciales para el ensayista español porque este asume el problema ético y ontológico en el que participa la fotografía: perseguir la realidad, capturarla y al hacerlo, transformarla. La función de proporcionar verdades visuales sobre el mundo fue el leit motiv que impulsó a los primeros documentalistas que anduvieron rodando por el mundo, haciendo encargos para la famosísima revista Life, entre otras. Seguimos creyendo que aquello que muestra una fotografía ha existido y sin embargo la fotografía no puede sino mentir. Toda fotografía es una ficción, pero lo importante no es esa mentira inevitable, dice Fontcuberta en su ensayo titulado El beso de Judas (Editorial Gustavo Gili, 2011). Lo que importa es cómo la usa quien fotografía, a qué intenciones sirve, cómo impone una dirección ética a su mentira.
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Durante el año 2014 estudié fotografía. Estaba de viaje en Ecuador y con mi compañera Sol mirábamos documentales, leíamos blogs, entrevistas, etc. Recuerdo a un fotógrafo amateur, de quien no recuerdo su nombre, decir que él tomaba fotos y no las miraba, ya sea que tomara en digital o analógico. Las dejaba reposar. Las fotografías, latentes, aguardaban. Cuando le preguntaron por qué lo hacía dijo que necesitaba despegarse de las imágenes, establecer una discontinuidad con ese vínculo. Que, así como quienes escriben dejan dormir el sueño de los justos a sus textos, también los fotógrafos deben practicar esa distancia: desentenderse de lo inmediato para que retorne como novedad.
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La ilusión participa de un doble juego, ya que por un lado alude a cierto engaño o falsa percepción, como por ejemplo cuando se está frente a una ilusión óptica o cuando nos hacemos ilusiones sobre cosas que difícilmente puedan cumplirse; de allí una semántica que adjetiva como iluso, ilusorio, ilusionista. Por otro lado, la ilusión anima la expectativa puesta en las cosas o en ciertas personas; podríamos incluso asegurar que es difícil sostener un proyecto si éste no moviliza una ilusión.
Resulta que una noche, reunido entre amigos, alguien me contó que Casas se había hecho una cuenta Instagram. No acusé el golpe de inmediato. En otra reunión la curiosidad se hizo intensa en mí y le pedí a mi amigo que me mostrara. Abrió su cuenta, lo buscó y ahí pude ver sus publicaciones. Con cuántos pocos elementos se puede generar la impresión de una vida divertida, entre amigos, rodeado de los objetos y las situaciones que uno elige. En ese recorte que proponen las redes sociales se aloja una profunda hipocresía: la ilusión de que podemos elegir, de que somos los verdaderos artífices de nuestra realidad.
¿El perfil de un escritor que vive la vida de un escritor?
Se nos hace difícil ver y no interpretar. Los modos de percibir, es decir, de imponer a la experiencia una serie de códigos establecidos, están no sólo en relación a las fuerzas sociales, económicas y políticas que imponen interpretaciones, sino fundamentalmente a una concepción histórica de la conciencia. ¿Cuál es el modo en que nuestra conciencia de hoy en día percibe e interpreta? La percepción se liga, principalmente, al contenido de un mensaje o de una imagen o texto. De allí a la interpretación, entendida como traducción, donde a cada elemento se le corresponde otro que no es evidente. La tarea del traductor es construir dicha relación. Sin embargo, hay un riesgo allí. Susan Sontag, en su libro Contra la interpretación (Seix Barral, 1984) señala que el estilo moderno de interpretación excava, destruye, hasta ir más allá del texto para descubrir un subtexto que resulta ser el verdadero. De acuerdo a esta idea, interpretar es empobrecer el mundo, para instalar otro mundo sombrío, rebosado de significados.
Sospecho que Instagram convierte nuestras vidas en bienes de uso y ahí vuelvo a recordar las palabras de Casas en torno de lo intransmisible de ciertas experiencias.
A propósito de esto, lo que siento cada vez que miro su cuenta de Instagram es que ese cuerpo celeste que venía fulgurando, gravitando sobre mi vida desde hacía tantos años, comenzó a apagarse. La pelota se manchó, querido Casas. ¿El problema fue creer que aquello oído en tus talleres debía sostenerse más allá de las circunstancias? ¿Fue algo dicho que sólo tenía función allí? ¿A vos también te pasó tener la sensación de que te quedabas afuera del mundo? ¿Ahora vos también miras el mundo en formato Instagram? Lo cierto es que lejos de hacer un juicio moral, la impresión fue que, finalmente, había otro ladrillo en la pared.
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Retomo la escritura de este ensayo 4 años después de haberlo comenzado. Estamos de vacaciones en La Cumbrecita con un grupo de amigues e hijes. Decido que voy a mantener apagado el teléfono durante toda la semana, a menos que tenga que encenderlo para pagar alguna cosa. Quiero indagar en una hipótesis: ¿qué efectos produce en la atención y el estado anímico el hecho de no tener accesible el teléfono? ¿De qué era capaz nuestra atención cuando no existía internet? ¿Cuánto podemos penetrar en algo cuando no hay distracciones en el horizonte?
En principio advierto la cantidad de cosas innecesarias que nos contamos por WhatsApp; cosas que configuran, según la expresión de Le Breton, un exceso de comunicación. Que el teléfono permanezca apagado significa que uno se retira del campo accesible. Lo que pasa a existir es lo inmediato, aquello con lo que trabamos relación sin mediación alguna.
Las primeras dos noches tengo sueños que recuerdo al otro día. Los anoto. No me sucede tan seguido el soñar de este modo. ¿Hay alguna relación entre la interrupción o desconexión con el teléfono y el soñar? ¿Hay condiciones que favorecen el fenómeno onírico?
A propósito de estas preguntas, Roger Bartra, en su ensayo titulado Chamanes y robots (Anagrama, 2019) señala que se producen una serie de cambios neurofisiológicos en nosotros cuando somos privados del teléfono celular. En el año 2010 se acuñó un término para definir o nombrar las reacciones de ansiedad, desvalorización personal y también el aumento de la presión arterial y el pulso en personas privadas del teléfono: nomofobia. Más allá del sesgo patologizante de este término, tan propio de nuestra época, lo cierto es que la privación del teléfono produce la sensación de no estar en contacto con el entorno. El teléfono, para Bartra, es un exo-cerebro electrónico que conecta nuestro sistema nervioso con un universo cultural y social. Ahora bien, parecería que al vernos privados de nuestros teléfonos nuestro mundo se encoge, somos capaces de menos cosas. ¿Esto realmente es así? Sostengo la hipótesis de que a medida que podemos despejar de nuestra percepción una serie de objetos, hábitos, compulsiones, nuestra atención se intensifica, se afina; es como si nos crecieran oídos detrás de los oídos, para utilizar la expresión de Nietzsche. Al contrario de lo que se supone, la relación con el teléfono no nos hace más atentos o sensibles, sino que obtura la posibilidad de que algo del mundo nos afecte verdaderamente. En este sentido, el teléfono es un instrumento de dominación de la potencia del ser. Pensemos sino en esa compulsión contemporánea a tener imágenes de todo: cualquier momento se registra excesivamente, como si acaso ya no fuéramos capaces de tener recuerdos. Ya no estamos en una relación inmediata con las cosas sino con su representación; la fotografía. En este sentido, es un obstáculo para vivir una experiencia. No hacemos fotografías para atesorar ese instante sino precisamente para evadirnos de él. Con el transcurso de las décadas, la memoria humana se verá sometida a una hipertrofia severa, no por exceso de recuerdos, sino por su progresiva suplantación por imágenes digitales que, en lugar de preservar el acontecimiento, instauran una distancia radical con él, escindiéndonos de la experiencia vivida.

Ilustración: Santiago Grunfeld






