Hace un tiempo escribí una reseña sobre el libro de Reik, El psicólogo sorprendido, y una colega que lo leyó me hizo un comentario que me quedó resonando: me dijo que el texto le había gustado, pero que le hubiera cambiado una parte en la que escribí “cuando uno habla, en cambio, como analista…”. La crítica era totalmente acertada. Yo decía, sin darme cuenta, que había una distinción entre el habla del analista y el habla del paciente, como si el analista pudiera hablar de otra forma, (¿con otro vocabulario?, ¿con términos psicoanalíticos?, ¿de manera lacaniana?), que el paciente. La frase iba justamente en contra de la intención del texto. Ahora bien ¿por qué me sucedió eso? ¿Qué quiere decir que alguien “hable como analista”? ¿A qué responde esta necesidad de hablar “como analista” que se deslizó sin querer en mi escrito?
Me volví a encontrar con estas preguntas en el texto de Alexandra Kohan sobre el humor. En el ensayo “El eco de las risas”, la autora, hablando de la transmisión de Lacan, escribe:
Nos olvidamos, constantemente, de que Lacan está hablando y no escribiendo. Y si habla, por ejemplo, se equivoca. Y esos equívocos importan. Y, si como él mismo ha dicho en muchas ocasiones, habla en tanto analizante, y no en tanto analista, —¿acaso alguien puede hablar en tanto analista? No—, entonces no sabe lo que dice.[1]
“Si habla, habla en tanto analizante”: esto es lo que la autora dice de sí misma en algunas de sus entrevistas y libros, y deja en claro en su forma de escribir, de pensar, de posicionarse en la transmisión del psicoanálisis. Porque es justamente este asunto de la transmisión y la enseñanza del psicoanálisis el que le interesa, y al que vuelve una y otra vez en estos textos: desde el primer ensayo, en el que relata un chiste que le contó su padre en la infancia, pasando por la forma de hablar de Lacan en sus seminarios, la novela de Ricardo Strafacce La Escuela Neolacaniana de Buenos Aires, el ensayo sobre la enseñanza de Osvaldo Umérez… Ahora bien, uno se podría preguntar, ¿qué tiene que ver el chiste y el humor con la transmisión del psicoanálisis? Bueno: es el chiste, el Witz[2], el cable que conecta todas estas escenas de transmisión; es el Witz lo que cobra relevancia en el intento de separarse de este “hablar en tanto analista”, en tanto “educador”, en tanto “médico” con el que nos encontramos a cada paso en nuestra disciplina.
Pero de nuevo, ¿qué es “hablar como analista”? Se me viene a la mente algo que dice Alain Didier Weill en Los tres tiempos de la ley (libro con el que dialoga Kohan):
El error que el sujeto comete formulando un enunciado tal (“me callo porque no sé qué decir”) se basa en la suposición injustificada según la cual el sujeto hablaría porque “sabe” qué decir; precisamente, si puede hablar, es en la medida en que, en el mismo instante en el que dice, no “sabe” lo que dice. No lo sabe porque, si habla en tanto que sujeto, es que habla olvidándose. Ahora bien ¿puede el sujeto olvidarse si no olvida la mirada del otro que lo fija?[3]
Parafraseando a Alain Didier Weill, podríamos decir que hablar en tanto analista es tener la suposición injustificada de que, si hablamos, es porque sabemos qué decir. Es hablar –y en consecuencia escuchar – cuidando de no olvidarse, de no perderse, de no asombrarse, porque el olvido, la desorientación, la posibilidad de no entender, aterran y resultan insoportables.
Viene a cuento algo que relata Kohan hacia el final del ensayo “Napoleón o se cree Napoleón”. Cita allí un libro dónde se cuenta la historia de un grupo de residentes de psicología en la guardia de un hospital psiquiátrico. Cuando llega un loco al psiquiátrico, los residentes no saben qué hacer, están aterrados, “y no saben qué hacer porque suponen que habría que saber qué hacer siempre, porque suponen que hay alguien que sí sabe qué hacer –incluso antes de escuchar al paciente” [4].
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El ensayo que inaugura el libro relata un chiste que su padre le hizo de niña. Ese chiste le transmitió una enseñanza de vida de una forma, escribe, incalculada, y todavía genera efectos en ella al modo de los acontecimientos deleuzianos, que siguen efectuándose sin tiempo y “crecen por los bordes como cristales”[5]. La enseñanza no hubiera cobrado esa dimensión, reflexiona la autora, si su padre le hubiera transmitido el contenido del pensamiento del chiste en tono “padre educador”:
Si hay algún saber que se obtenga (…), no va a ser necesariamente porque alguien decide enseñar, sino porque hay un efecto incalculable de transmisión. Por eso Lacan dice que, si se puede plantear la cuestión del deseo del enseñante, es señal de que se está planteando un problema. Un profesor –o un padre –existe, sigue, “cada vez que la respuesta a esa pregunta está (…) escrita”.[6]
Los ensayos de Kohan dialogan con los seminarios de Lacan; dialogan, desde luego, con El chiste y su relación con el inconciente, y con muchos otros autores no analistas; reúne dichos, citas, fragmentos de análisis, recuerdos, produciendo en la lectura la sensación de cierto espíritu coleccionista. Pero hay un texto en particular en este diálogo y en estas citas en el que me gustaría detenerme. Un texto que el libro de Kohan me llevó a leer inmediatamente después de haberlo terminado: me refiero a las clases de Juan Ritvo reunidas en el Archivo metapsicológico 3.
Este archivo de Ritvo, el tercero del autor en la valiosa colección que está editando Otro Cauce, contiene una serie de clases (reconstruidas parcialmente: las clases I y II permanecen extraviadas) dictadas entre junio y julio del 87. Las primeras clases están dedicadas a la obra de Freud sobre el chiste.
El chiste, dice allí Ritvo, está cerca de la poesía, porque posee los mismos recursos que ésta: los juegos homofónicos, la proliferación del sentido, el equívoco y la condensación, la brevedad. No hay ningún lugar en el que vayamos a encontrar la profundidad del chiste más que en su forma manifiesta. Lo aparentemente más profundo, aquel plus, aquel exceso que posee el chiste –Ritvo parte del mismo chiste de Heine del que parte Freud: el famillionario– no está en los pensamientos latentes que “explican” el chiste, sino en la forma.
Porque la pregunta que se viene haciendo Ritvo en aquellas clases es la misma pregunta que se hace Freud en su ensayo y la misma que se hace Kohan a lo largo de su libro –y la misma, agregaría, que inevitablemente necesita hacerse cada analista: ¿qué es lo que agrega, como plus, la forma lingüística del chiste al pensamiento del mismo? ¿Qué es ese plus, ese agregado, esa chispa, que posee la forma del chiste, en el que se juega todo el poder del análisis, y que desaparece y se apaga cuando se vuelve explicación, pedagogía, cuando el analista adquiere “el tono del padre educador”?
Ritvo avanza con la respuesta: lo que agrega la forma del chiste es “un suplemento de sin sentido”: “la verdad del chiste consiste en que la técnica produce un exceso de entre-dicho, pero nunca dicho”[7]. Fue esta frase maravillosa, que cita Kohan, la que me impactó y me llevó directo a las clases de Ritvo.
Ahora bien: el valor metafórico, el plus, el exceso de entre-dicho, no está determinado de antemano. Ritvo critica a Lacan cuando este explica la metáfora, en el seminario Las formaciones del inconsciente, a partir del ejemplo de Bozz, del poema de Víctor Hugo: en el psicoanálisis, sostiene, carece de sentido trabajar un ejemplo de metáfora que no provenga de la clínica.
“Yo no puedo decir que A es metáfora y B no lo es, por la sencilla razón de que esto depende, estrictamente, de determinada coyuntura clínica”[8]. Y también dice, un poco antes: “cualquier palabrapuede estar en posición significante, siempre y cuando condense múltiples discursos”[9].
No se nos pasa por alto que estamos asimilando significante, chiste y metáfora, pero para este desarrollo no importa. Me importa, sí, remarcar lo que dice Ritvo: cualquier palabra puede estar en posición significante. Cualquier palabra, en transferencia y en situación de análisis, puede adquirir esa cualidad rara, enigmática, condensada, poética, de la metáfora y del chiste. Y esto no es algo que “haga” el analista. El analista no puede anticipar y decidir de antemano que “A es metáfora y B no lo es”, como si tuviera un manual de metáforas o símbolos debajo del escritorio al que consultar antes de que llegue el paciente (¿no se trataría, justamente en este caso, de “hablar como analista”?). Lo que define el valor metafórico de una palabra es la coyuntura clínica, son las condiciones y disposición de alguien para hablar y de otro para escuchar.
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Vuelvo al libro de Kohan. Hay una escena inquietante en la que la autora se detiene, en el ensayo “La llanura de los chistes”. La escena está recortada de un cuento de Osvaldo Lamborghini : unos compañeros de oficina van a jugar al fútbol después del trabajo y allí, entre el alcohol, el sentimentalismo y la efusión de la amistad masculina, uno le dice a otro: “mirá, hermano, yo te quiero tanto, que te juro por mi madre, te chuparía la pija si fuera puto”. Sucede, entonces, que un personaje oscuro, con fama de violento, un japonés llamado Tokuro, “fanático de la verdad”, escucha lo que se acaba de decir y, para sorpresa de todos, decide exigir que se cumpla el honor de las palabras pronunciadas… bajo amenaza de muerte. La tensión llena el relato –se transmite, incluso, en el resumen que hace la autora: los dos amigos le intentan explicar que fue un chiste, pero el japonés sigue adelante llevando al extremo la situación, hasta que finalmente cede y termina entendiendo que se trata de un chiste, y que los argentinos son raros, porque siempre están haciendo chistes.
Me interesa seguir la reflexión de la autora:
Por momentos, la intervención del japonés parece la de un analista, en el sentido de que no cree que el chiste esté dado por la aclaración de que algo es un chiste; en el sentido en que escucha la verdad que se pone en juego en ese decir. Y también porque, al igual que un analista, no entra en la complicidad que implica hacer un chiste[10]
Si la intervención del japonés parece la de un analista, es en la medida en que despoja del dominio de las palabras a quien habla, y lo vuelve responsable de su decir, más allá de cualquier intención que haya tenido. En la medida en que considera que decidir si lo dicho ha sido un chiste o no, si es importante o no, no es ya competencia de quien habla. En la medida en que valora la palabra y sus consecuencias hasta el punto en que, como dice Kohan citando a Barthes, considera a ésta en su puro carácter irreversible.
“Tokuro lee, y lee muy bien, que decir si fuera puto es ya imaginarse, fantasearse en una escena; que eso que pasa por la boca –las palabras, pero también la pija –hace de las palabras, hechos”. Esta situación, la situación de asombro ante una palabra o frase escuchada en análisis, dónde lo dicho cobra de golpe un carácter raro, opaco, incalculable e irreversible a la vez, está, evidentemente, tan cerca del espanto como de la risa, y pienso otra vez en el ensayo de Reik que mencioné al inicio, El psicólogo sorprendido: a menudo, dice allí, la psicología tradicional –y el psicoanálisis a veces también, habría que agregar– intenta convencernos de que nuestros procesos psíquicos y nuestras palabras son evidentes y accesibles, pero “basta que una frase dicha por uno mismo sea dicha por otro para escuchar otra cosa. Así de extraños somos para nosotros mismos”.

[1] Kohan, A. El sentido del humor, Ed. Paidós, pág.40.
[2] La expresión alemana, Witz, es más amplia que chiste, y también tiene el sentido de “gracia”, “ingenio”, “chispa”.
[3] Weill, A.D. Los tres tiempos de la ley, Ed. HomoSapiens, pág.69
[4] Kohan, A. El sentido del humor, Ed. Paidós, pág.66
[5] Giles Delueze dice, en la segunda serie de paradojas de Lógica del sentido: “El humor es el arte de las superficies”. Deleuze, G. Lógica del sentido, Ed. Paidós, pág. 32.
[6] Kohan, A. El sentido del humor, Ed. Paidós, pág.19
[7] Rtivo, J.B. Archivo metapsicológico volumen 3, Las voces del inconciente, Ed. Otro Cauce, pág.15
[8] Ídem, pág.21
[9] Ídem, pág. 23
[10] Kohan, A. El sentido del humor, Ed. Paidós, pág.108






