I
Yo no sabía el modo en que comía mi padre hasta que en la adolescencia lo observé en silencio durante los almuerzos y las cenas. La manera de mover la boca al masticar, algo elegante, sutil. Casi no despegaba los ojos del plato pero comía sin ansiedad. No del modo en que lo hacen los soldados, la ración para devorar y resistir, sino la pausa del mediodía, el sol tibio, el olor a salsa o a fritura. Los bocados abundantes. Las conversaciones acerca de ese negocio con cierta gente de cierto pueblo. A veces estiraba la mano y le daba algo de comer al perro. Casi no nos miraba, pero conversábamos. Se sentaba en una de las cabeceras de la mesa y yo en la otra. Yo sí lo miraba. Lo tenía enfrente. Afuera se sentía el olor de nuestra comida y la de Luis Ibáñez, un vecino que vivía en una casa pequeña, tenía el pelo largo y un tatuaje en su brazo izquierdo. Nunca supimos nada de él. Sólo lo vimos abrazarse con papá el día que Maradona hizo el gol a los ingleses. Nosotros no éramos menos pobres que Ibáñez, pero teníamos el patio. Desde allí conquistábamos Japón, veíamos las costas de Okinawa, zumbábamos con los caballos y esperábamos los desembarcos de buques extranjeros, hacíamos buenas migas con los guerreros que nos mostraban sus armas y nos enseñaban su idioma. Luego repetíamos frases en esas lenguas extrañas con los vecinos.
Mi padre se sentaba derecho, sobrio, sin preferencias por ninguna comida. Devolvía elogios a mi madre, pellizcaba un pedazo de pan y yo veía en él una dignidad oriental. Apenas apoyaba los antebrazos en el borde cascado de la mesa, su torso erguido, su cuerpo una ceremonia. No creo que hubiera comido de ese modo en su casa de infancia. No conocí esa casa pero era, por su relato, una pequeña cabaña en la estancia de una mujer italiana. Allí nacieron él y sus cuatro hermanos. Desde esa casa mi abuela Rosa los enviaba a la escuela montados a caballo. Entonces, ¿dónde ganó mi padre esa elegancia para comer? ¿En el pueblo donde iba a la escuela pero también al cine y a escuchar conciertos de tango al club, como quien adquiere un gesto urbano o extranjero? No lo creo. Creo, más bien, que fue el poder de esta casa, nuestra casa, lo que instaló en mi padre ese silencio, esa sobriedad. Su modo de entender ese descanso. La sombra que crecía en su cara. En esos minutos, como en ningún otro momento, se cumplía su sueño de voz grave arrullando el nido torpe. Observándolo, también yo aprendí esa lengua de la familia, de la que nunca entendí una sola palabra pero sin embargo hablé a la perfección. La sigo hablando, cuando recuerdo a mi padre sentado a la mesa, llenando la cocina de una luz anaranjada, tan erguido y tan turbado, las mangas arremangadas de una camisa cuadros, un cinturón con hebilla grande, sus brazos peludos, sus manos de comer.
II
Mi hija de 10 años
a veces vira a una mujer adusta
preocupada
por la relación entre sus padres.
Por ejemplo hoy
se levantó con un cigarrillo
colgando de los labios,
ojeras de reptil,
un camisón sucio.
El aliento a alcohol
y la voz aguardentosa.
No reclamaba el amor
ni pedía por ella:
sobre su frente
pesaba ese paseo
que hicimos con su madre
una noche de verano
en una Circunvalación
hacia un hotel alojamiento,
otra vez
que con la madre
anduvimos a caballo en una estancia
y el pasto estaba seco
y caliente.
Ella no estaba ahí,
pero hoy, esta mañana,
en sus ojos grandes
brilla el sol de aquella tarde.
En sus manitos
crecen las venas de una mujer de 39 años
que domina el lenguaje,
proponiendo soluciones y recetas,
salidas al mar y a la montaña.
Yo quiero que se saque
ese camisón sucio
y se ponga la remera violeta
que tanto me gusta,
ya le queda chica,
tiene unos agujeros y también está sucia,
pero me recuerda
a ese cuerpo pequeño que yo alzaba
y apoyaba contra mi pecho
como a un cachorro tibio.
Ahora levanto
a esta niña mujer en mis brazos,
las piernas colgando,
y mirándola firmemente
a los ojos,
resuelvo que
no quiero despejar ninguna preocupación
de su frente.
Soy su padre.
Mi madre es una niña.
Alberto Girri
Mi madre no es mi amiga,
tampoco es mi enemiga,
pero es mi madre.
Casi nunca pienso en ella,
ahora que pasa las noches
en un pequeño cuarto de celda
en el Hogar Santa Rosa de Lima
donde de noche
sueña su llegada triunfal
al pueblo,
entre coronas de flores
una multitud la recibe,
ella parada en la autobomba
saludando.
Pero ayer me llamaron
del Hogar.
Me llamó su directora.
Dice que mi mamá insulta grita pega.
Ahá, le dije.
Que sería conveniente
que revisemos la medicación.
Llamé a mi madre.
Tuve que retarla
y decirle cuán importante
es que ella sea buena
y se porte bien porque
la casa el techo la comida.
Y me guardé, la lengua sangrando,
las ganas de decirle que sí
que se vuelva todo lo loca
que quiera.
Que yo hasta puedo conseguirle
un arma.
Qué belleza,
los viejos con heridas de bala,
un regadero de sangre
en los pasillos calentitos
del Hogar.
Una fiesta improvisada.
Quetiapina o muerte,
Vilazodona o sangre.
Ella, parada en el centro
con su camisón floreado
donde no entrará ninguna bala.
Yo (…) el poeta del tenis.
Carlos Battilana
Iba a matar al jardinero de mi vecino.
Con un arco y flecha.
Había conseguido una vara
de fresno blanco,
la trabajé con un machete
y le di la curvatura necesaria.
Tensé una cuerda de cuero crudo
y armé el plan.
Iba a subirme al techo de mi lavadero
y desde ahí
atravesar su pecho y su camisa sucia
con una flecha de sauce
mientras él cortara el pasto.
Iba a matarlo.
Pero vi
cómo le acariciaba la cara a su perro
una tarde de verano
en la vereda vecina.
Le sonreía
en la cara
al perro
mientras le decía frases incongruentes.
Había pensado
incluso
en incendiar su casa.
Sólo me habría asegurado
de dejar con vida
a dos caballos marrones
que pastan en su terreno,
a los que seguramente
también les habla mientras los acaricia.
Renunciar a matar
no me hace mejor,
pero me alivia.
Me acerca al mundo.
Ahora escucho
y comparto
los problemas de mis amigos de tenis.
Generalmente problemas con sus parejas,
sus hijos y el trabajo.
Porque son cosas del mundo.
Nos distraemos
pegando con top y con slice,
y yo me distraigo también
con una fila de hormigas
que camina justo detrás de la línea de saque
en la cancha de tenis.
Y me horroriza pisarlas
y frustrar su plan
de cargar con pedacitos de hojas
de distintos colores y tamaños.
Me detengo a mirar esa procesión
que contrasta en el polvo de ladrillo
y está donde yo debería pararme
para sacar
y empezar un peloteo con mi adversario,
que también es mi amigo.
Sé que él no sabe del camino de hormigas
y si lo viera
en un cambio de lado
seguramente no se preocuparía por pisarlas
y matar unas cuantas.
Entonces pierdo un poco la concentración,
él no lo nota.
No sabe
que yo estoy jugando dos metros
por delante de la línea de fondo
sólo para proteger a las hormigas.
Eso también me acerca al mundo.
Y después
nos quedamos conversando
mientras nos cambiamos la remera transpirada.
Vuelvo a casa.
Voy liviano
porque ya no quiero exterminar al jardinero,
porque evité matar algunas hormigas.

Ilustración: Manira All
Poemas extraídos del primer libro de Esteban Vázquez Niño Samurai, que saldrá publicado en la editorial Le Pécore Nere de la ciudad de Rosario en el mes de julio de 2025.






