Esta nota iba a hablar de la noche en los hospitales públicos. En un bar lindero al Centenario, un viernes de primavera del 2019, me junté con una enfermera y un enfermero que acababan de recibirse, una médica que andaría por los cuarenta y un ambulancista ya veterano. Tenían el día libre y entre sorbos de café me contaban su rutina. Aún no habíamos entrado en confianza, cuando unos chicos que paraban en el bar se unieron y le convidaron un par de pases al ambulancista. Este, tras dos intentos por quedarse callado, irrumpió con esta historia y se comió la nota.
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Yo le había hecho una promesa al Potro Rodrigo. Tenía problemas de salud y no me dejaban manejar la ambulancia. Pero escuchá una cosa: en Rosario nadie maneja como yo. Treinta años hace que manejo ambulancias, y nunca choqué. Pero tuve problemas. No manejando, sino en los exámenes, después de los episodios. Te voy a contar. El primero fue por calle Pellegrini, casi llegando a Corrientes. Estaba estacionado y el volante se me prendió fuego. Una locura. ¿Cómo mierda se te puede prender fuego un volante? Yo temblaba, transpiraba, me saqué la campera y la puse sobre el volante. Y el fuego la traspasó. Pero no la quemó. ¿Te das cuenta? Salí corriendo a pedir ayuda. Salieron unos pibes de un telecentro, se asomaron a la puerta de la ambulancia, que estaba abierta, y les cambió la cara. Yo seguía gritando y ellos me miraban espantados. Otra vez estaba en la loma del orto, Circunvalación y Sorrento, ponele, pero esta vez el fuego vino del piso del coche. Clavé los frenos y se me trabó la puerta. No sabés lo que fue. Gritaba y tiraba piñas, no me podía sacar el cinturón de la desesperación que tenía. Era de noche y no venía nadie. Me muero, pensé. Y ahí se me apagó el tele. Viste que todos te dicen se me apagó el tele. Bueno, así, se me apagó el tele. Me levanté al rato y miré el reloj. Habían pasado dos horas. Estaba vivo. Tardé en ubicarme, en entender. Me tocaba los brazos, parecían que eran de otro, también mis manos eran de otro. Al tiempo, con dos compañeros, después de dejar a un viejo en la casa, volvíamos al sanatorio por Oroño, porque esto es de la época del sanatorio, y a la altura de calle Rioja… ¡otra vez! ¡El fuego! Clavé los frenos, pegué un grito: salí. Abrí las puertas de atrás de la ambulancia y saqué un matafuego, pero antes de usarlo vi la cara de mis compañeros, que me miraban sorprendidos, igual que la gente en calle Pellegrini. Se quema, les gritaba yo, se quema, se quema, manga de pelotudos, pero ellos no me daban bola. Ahí empezaron los exámenes. Era el fuego ese de mierda, me estaba cagando la vida. El psiquiatra dijo que era por la abstinencia y me recetó pastillas de morfina. Dejé de inyectármela. Escuchame. Para mí es como un calmante. Nada más. El otro día hice la cuenta. Me debo haber metido tres helicópteros. Hacé la cuenta. Tres helicópteros. ¿Sabés lo que es tener tres helicópteros en la venas? Yo sí. Y nunca choqué, así que a la larga me devolvieron el carnet. El sanatorio intervino, sino tenían que jubilarme, darme el retiro, una torta de guita. Arreglaron unos papeles y listo. Pero tardó, hubo una interna porque un par en el directorio no querían riesgos. ¿Qué poronga iba a hacer en casa? Yo no puedo estar al pedo. Ahí sí que me pianta el marulo. Bueno. Cuestión que Rodrigo en esa época andaba bien, era su época. Y tenía ese tema, Un largo camino al cielo, que se lo cantaba a su amigo Alejandro. Y yo me llamo Alejandro. Así que lo escuchaba todo el día, encerrado en casa. Vos pensá si me jubilaban a los treinta y cinco… pasaron casi veinte y sigo. Y sin chocar. Así que le hice una promesa al Potro. Si me mantienen en el laburo… vos cumplime nomás. Y cumplió. Cumplió. Eso me levantó. Porque cumplió. ¿Entendés? ¿Sabés lo que es que alguien te cumpla? Anduve lo más bien esa primer semana de laburo. Pero el viernes dormí para la mierda. Bueno. Madrugué y me fui para la cocina y prendí la tele. MURIÓ RODRIGO decían los titulares de todos los canales de noticias. Y te juro que no caía. Iba de canal en canal, más rápido que con la ambulancia. Quería un canal que diga que todo era un error, puta madre, no. Era la posta. Me quebré pero me levanté rápido. Había que estar, no ser un cagón. Ahora yo le tenía que cumplir. Le avisé a mi mujer que me iba y encaré para Buenos Aires. Once y media de la mañana estaba en Lanús. Porque se hizo en Lanús el funeral. Imaginate cómo viajé. Y en el camino, escuchá porque esto es muy importante, iba pensando estrategias para ubicarme cuando esté ahí. Llovía una locura y en los alrededores había tremendo quilombo. Así que llegué con las sirenas encendidas y sin miedo de pisar el acelerador. Si me achicaba perdía. Me asomé por la ventanilla y empecé a los gritos. Permiso, personal de salud. La gente se corría sin dejar de llorar. Vi un policía y lo encaré, con el motor en marcha, avanzando en primera. Personal de salud, oficial, dígame dónde está la entrada para nosotros. El tipo me indicó y dos canas con chaleco fosforescente, de esos de tránsito, abrieron unas vallas y me hicieron pasar. Estaban todos muy nerviosos, nadie había organizado nada. Y parecía que los canas se iban a largar a llorar también. ¿Vos viste alguna vez un milico llorando, con el uniforme puesto? Nunca pasó. No va a pasar. Pero te juro que ese día lloraban, eran criaturas. Yo avanzaba, quería tocar el cajón e irme. Me abrieron un portón y me mandé. Estacioné en una especie de sótano, había un par de chatas de los canales porteños, camionetas y autos de alta gama, que en esa época se veían menos que ahora. Viviana Canosa, que era una pendeja, iba corriendo atrás de no sé quién, y ya ahí la energía era otra. Afuera lloraban y adentro estaban re locos. Si les decía que vayan a la terraza y se hagan mierda saltando, bueno, capaz lo hacían. Y yo aproveché. Seguí a un tipo de saco que parecía un seguridad, llegué a una escalera, subí, y agarré un pasillito que daba a un escenario. Un grupito de mujeres miraba para abajo, y al lado se veía el cajón. El Potro estaba ahí, ¿entendés? Mi santo. ¿Entendés? De entrada me puse a llorar, pero me contuve y me recuperé. Me acerqué en silencio, erguido, me arrodillé y me puse a rezar en voz baja. Cuando me di cuenta, las mujeres se habían arrodillado a rezar conmigo. Nos tomamos de las manos y habremos estado… no sé, diez minutos rezando. Yo guié el rezo. Después nos pusimos de pie y nos abrazamos. Ahí me di cuenta que la madre de Rodrigo era una de esas mujeres. Me confundió con el primo de Rodrigo y me dejó a cargo de todo. ¡Pobre mujer, no sabés cómo estaba! Se tuvo que ir a un canal a dar una nota, no sé de dónde sacó la fuerza… El hombre de seguridad me preguntó qué hacer con los periodistas. Le dije que los ponga atrás del cajón, pero que ninguno pase el cordón de seguridad, y le dije cómo organizar la fila para los conocidos y familiares, imaginate que por los nervios ya discutían entre ellos. Me quedé al lado del cajón, tranquilo, pero cada tanto tenía que dar alguna indicación. Está Maradona, me dijeron. Y yo mudo, serio, y en eso entró el Diego, con esa cara que ponía siempre, más que los parientes lloraba, y se me desplomó sobre el cajón. Tranquilo Diego, él ya está mejor que todos nosotros, le dije. Gracias por todo, me dijo y se fue. Medio día estuve así, cuidando que todo salga bien. Todo con seriedad lo hacía. Vino la prensa a hacerme preguntas y les aclaré que no iba a responder. Eran unos hijos de puta, pero cuando apagaban las cámaras se calmaban. En un momento sonó Un largo camino al cielo, y cuando dijo Alejandro la puerta por la que había entrado se abrió. Como si la hubiera abierto un soplo. Yo temblaba. ¡¿Cómo mierda se iba a abrir esa puerta, si estaba trabada?! y encima se abrió de golpe cuando en la canción el Potro decía mi nombre. Fue la señal. Me fui. No sabés lo que lloré a la vuelta. Escucha: lloré en serio. ¿Entendés que yo no lloré ni el velorio de mi hermano? Le había cumplido. Le cumplí. ¿Entendés?… ¿Entendés o no? Porque por ahí te dicen que soy mal marido. Y es verdad. O te dicen que soy mal padre. Y es verdad. No soy ejemplo de nada. Y me duele muchísimo haberle fallado a mis padres, a mi mujer y a mis hijos. Pero ese día cumplí. Y sigo vivo. Y sigo manejando, ¿entendés? Tengo un helicóptero en las venas, dos helicópteros, tres… Y nunca choqué. ¿Entendés? Nunca.

Ilustración: Santiago Grunfeld






