“Para leer a los autores de hoy es necesario reencontrar
el ocio de las antiguas lecturas: ser lectores aristocráticos”.
El placer del texto y la lección inaugural.
En el comienzo era el goce, aunque Lacan dice “en el comienzo era el amor” (1960-61, 1984:4). Es indistinto, en los dos casos lo que habla es la falta. El ensayo Vértigo Index Veri, la estética considerada desde el punto de vista del mal de Bruno Grossi es un texto sobre estética, pero no menos cierto es que también se trata sobre el goce y sobre el amor. Es más que eso; ningún texto puede ser reducido a un simple enunciado, y sin embargo, a veces, basta una sola frase para que algo nos hiera mortalmente, nos afecte o nos infecte, nos muestre como dice Lacan que “la escritura es una huella donde se lee un efecto del lenguaje” (1972-1973, 2022:147). Si como afirma Borges para justificar una escritura alcanza con una frase, a este libro le sobran justificativos. Comienzo con la primera, no por pereza intelectual, sino porque, paradójicamente, se vuelve tautológica; ella misma propone un camino vertiginoso: “no sucede a menudo, pero cada tanto el vértigo de una frase o la violencia de una imagen nos arrebata, nos descentra, nos pervierte” (Grossi, 2024:5). Esa intriga, ese suspenso, recorre todo el libro (aunque es más un librito, como esos de poesía que se pierden en la biblioteca, y al abrirlo su volumen se vuelve inaudito): caer o no al precipicio, sucumbir ante la tentación, ante el pecado, penetrar en el Misterio, entrever lo real. Aquella primera frase del texto delata su aventura, su voluntad de riesgo: hablar sobre un imposible, tratar de capturar lo inefable de una obra que nos conmueve. De lo que se trata, entonces, como en el psicoanálisis, es de dar cuenta de una “singularidad irreductible” (Grossi, 2024:11), en el caso del ensayo, de un objeto que ha capturado nuestra mirada (para el deleite de la pulsión escópica) o, en otras palabras, del objeto de deseo.
Pero si en el comienzo era el goce, su continuación puede ser decepcionante: la ciencia literaria y su apóstol, el crítico, dice Grossi, niegan “el goce angustioso” que los hace confundir “con el objeto de su afecto” (Grossi, 2024:6). Aunque “la angustia (…) es precisamente lo que no engaña” (Lacan, 1962-63, 207:337) y su aparición, el síntoma de un exceso; el crítico busca colmar esa falta, no le interesa los problemas, está programado para encontrar soluciones: “el saber debe ser reivindicado” (Grossi, 2024:10). Así, impone al objeto una “distancia segura”, “a mayor castración, mayor saber” (Grossi, 2024:8), y termina por negar que alguna vez existió esa experiencia que lo había arrojado a los lindes del lenguaje. A partir del texto de Grossi, pienso que esa experiencia es un momento insignificante. Insignificante en dos aspectos. Primero porque en ese vértigo se nos revela el instante, relámpago que nos enfrenta a lo Real, en el que no se puede habitar por mucho tiempo sin afirmarse en el terreno de lo simbólico. A esa tierra, de aparente estabilidad, el crítico vuelve sin escándalo, sin vergüenza, se cree totalmente redimido, aunque le haya sido infiel al Origen. Se olvida que es “el nubarrón del lenguaje el que hace escritura” (Lacan, 2022:146), y por lo tanto, obliga a ese objeto, incluso de manera forzosa, a entrar en los ecosistemas teóricos en los que él respira, pero en los que el objeto agoniza. De lo que se trata, y en esto Grossi es implacable, es de pervertir al objeto, en busca de un plus de gozar: pervertir aquello que nos ha pervertido. El crítico, como el burgués moralista, al decir de Pasolini, busca negar “el placer de ser escandalizado”.
Segundo, la experiencia es insignificante, porque su arrobamiento pertenece a un mundo sensorial más que lingüístico. Es el mundo de las pasiones, de lo intransferible, de lo inefable, de la afasia. Siguiendo a Lacan, podríamos decir que es el momento del vacío, la hiancia. Es también lo angustiante, el sofoco, el balbuceo, momento infans, pre semiótico, o para decirlo en el lenguaje de Kristeva: la chora. Esa experiencia neutraliza al significante, lo vuelve inútil, semblante, y el objeto es rodeado por una oscuridad que al mismo tiempo lo destaca.
El vértigo, entonces, indica la verdad, que es lo mismo que decir, la verdad es la heredera del goce. Verdad que, como sabemos, “sólo puede decirse a medias” (Lacan, 1973-74, 2010:11); toda verdad está interdicta. Hay que sostenerla, vale decir, hay que escribir. Se escribe a pesar de o porque en ninguna palabra cabe un mundo, se ama a pesar de o porque el amor es “el encuentro entre dos faltas que nunca se pueden colmar” (Alemán, 2022:16). Y esto es lo que aúlla en el ensayo de Grossi: un llamado. Por un lado, hacia una autonomía del arte que no dependa de justificativos para existir; fuera de todo espacio mercantil y academicista, incluir al arte en una tradición ácrata en la que la obra desobedezca toda relación con el estado y con la cultura, porque ella misma nace en oposición. Por otro lado, ¿no hay en este libro un secreto llamado a que el ensayista vuelva sobre el lenguaje y que, “abandonándose activamente” (Grossi, 2024:92), dé la bienvenida a un decir atravesado por lo poético? Lejos de los textos académicos, sinónimo de burocráticos, el esfuerzo del ensayista estaría entonces en empujar la escritura hacia los límites del lenguaje para capturar el instante de arrobamiento, para perdurar o multiplicar el acontecimiento, lo que Susan Sontag llama “una erótica del arte” (1984:27) o, para decirlo con otras palabras, una erótica del significante. No hay posibilidad de asombro sin esta búsqueda. A-sombrarse es vivir bajo la sombra de la imposibilidad del decir con la que se articula cada significante. El ensayo de Grossi, bajo el influjo de Bataille, puede leerse en este sentido: abandonarse al éxtasis místico y entregar la escritura como un don.
En apartados fugaces, como las Iluminaciones de Rimbaud o como si fueran pequeños actos terroristas, Grossi teje una serie de fragmentos en los que la prosa se concentra y de los que uno puede, lector microscópico, extraer algún aforismo. No faltan tampoco las delicadas puñaladas al positivismo academicista que todavía fermenta en la crítica literaria y que intenta volverla sanitaria, esterilizada, menos polémica. Esa escansión que sufre el ensayo, que da como resultado un conjunto de capítulos, es fantasmal. Me refiero a que, en realidad, hay continuidad entre un texto y otro. Lo que provoca que, cuando uno agarra el libro por primera vez, y lee un apartado al azar, se produzca un fenómeno extraño: un efecto in media res que hace ojear lo que antecede, sin querer salir de la página en la que hemos sido capturados.
El libro de Bruno Grossi, Vértigo Index Veri, trae malas noticias para la izquierda bienpensante y para la derecha conservadora, invoca el malestar, la peste: está hecho de partes malditas. Pararse y mirar desde el punto de vista del Mal, es devolverle su improductividad al arte, su estatuto de objeto tajeante, agresivo. Pienso, a partir del libro, que bajo este signo, el signo del Mal, el ensayo (como la literatura) se vuelve inútil para los discursos dominantes, se vuelve artefacto, un objeto no identificado: una rara avis. Para lograr este punto de vista, el sujeto debe cambiar de posición: dejar de pedirle a la obra que se acomode a su pulso y empezar a “volverse cosa” (Grossi, 2024:19). Convertir la experiencia estética en un estado de arrojo que permita que el sujeto trabaje sobre sí mismo (ser visto por las películas, ser leído por los textos), que esta experiencia sea “todo lo contrario a un pliegue identitario” (Grossi, 2024:94). Sólo exasperando el lenguaje, se puede “atravesar la dimensión moral, llevarla hasta el límite de la extenuación, al punto que emerja otra cosa” (Grossi, 2024:94) y para alcanzar esa “otra cosa” habrá que entregarse a la poesía: anudamiento de lo Real. Esa actitud redentora de Grossi es la que me conmueve.
Escribir, escribir, único camino para obrar el Milagro.







