Siempre husmeando. Espiándole la vida a los demás. Todas las noches la mujer permanecía atrás de la ventana. Yo la veía. Siempre la veía. Aunque ella pensara lo contrario. Apenas yo llegaba, se apuraba a cerrar ese pedacito de cortina que dejaba entreabierto. Yo sabía que estaba. Y si no era ella, era él. Las sombras de los dos se proyectaban en el ojo cuadrado de la casa como en un teatro chino.
¿Qué es lo que hace que una persona sea más o menos normal?
Es decir, que una sea o no una loca. Porque yo no soy ninguna loca. Mi vida es común y corriente como el agua de la canilla. Mis días pasan sin el más mínimo cambio, interrumpidos, únicamente, por las misas de los domingos.
Soy muy devota. La presencia de Dios me ha salvado desde que tengo memoria. Voy a la iglesia. Me confieso. Aunque, para ser sincera, en ocasiones, en el intervalo entre una confesión y la otra, carezco de pecados, entonces me invento algunos, y el cura se queda contento.
Era probable que ese empedernido fisgoneo fuera por la irritación que les generaba la presencia de mis santos o de mis animales. De mi gata y de mi amadísimo guacamayo que dormía en el baño. Esto tampoco es cosa del otro mundo. Mucha gente vive con sus mascotas, las ama, las alimenta y les habla en el lenguaje de las personas.
¿Qué de extraño hay en eso?
Por quien más amor sentía era por Caronte.
Cuando llegó, era una bola de plumas con un pico que impresionaba por lo desproporcionado en relación a su cuerpo. Yo misma lo había sacado de la boca de un perro enorme al que no dudé en enfrentarme.
Su destino pintó, desde entonces, en los colores que se plasmaron en sus plumas rojas, azules y amarillas. De los dos ojos que tenía, uno estaba encerrado por un círculo verde que completaba una paleta de cuatro pigmentos bien brillantes.
En el baño, mi amadísimo guacamayo estaba como en la selva, de donde nunca debió haber salido. ¡Si yo misma me encargué de rodearlo de helechos! ¡Muchos helechos! Plumosos. Arborescentes. Serruchos. Los dispuse por toda la habitación. Y en el espacio que se abría entre el inodoro y el bidet puse anturios color sangre, amarillos y rosados para cubrir la mayor cantidad posible de mosáicos y azulejos.
Mi guacamayo no debería notar diferencia entre la habitación que yo le había preparado y la naturaleza que lo había parido. En el centro, él. En su aro de hierro, como un rey en su jungla urbana. Abría las alas en un semicírculo mientras inflaba el pecho y giraba la cabeza hacia uno u otro costado, dejando ver el perfil de gancho.
¿Qué podía haber tenido de rara o de exagerada mi vida más que la devoción por los animales o por Dios?
Bueno, yo creo que para el amor no existen tales términos. Es por eso que, cuando lo experimentamos, no tenemos que privarnos de brindarlo sin miramientos. En caso contrario, cuando está ausente, o lo que es peor, cuando se trastoca o contamina con sentires oscuros, es cuando operan los giros más inesperados del alma.

Ilustración: Santiago Grunfeld
Y después…claro que la gente se pregunta por qué… por qué pasan las cosas…
Siempre husmeando. Cuando no era ella, era él. Un tiempo antes de lo del día del asado, yo, en el patio, limpiaba mis santos con un trapo. Él, desde la escalera que subía a la terraza, miró para mi lado, dijo no sé qué, y desapareció.
¿Eso es ser una persona normal? ¿Hablar solo? ¿Como los locos?
Yo hacía como que no. Pero los veía, los escuchaba y hasta los adivinaba.
Mis santos estaban, ese día, todos en hilera siguiendo el orden que yo nunca alteraba. Santa Teresita. San Jorge. San Cayetano. San Roque. San Miguel. El Sagrado corazón, con el pecho abierto. Y Santa Lucía, a la que mi gata, que se había despertado de su siesta, le lamía los dos ojos que, despojados de toda cuenca que los contuviera, reposaban sobre un plato, en las manos misericordiosas de la santa.
Fue inaudible lo que mi vecino dijo, pero seguro que no habría de ser nada bueno porque mi gata encorvó el lomo, lo miró y le mostró los colmillos. Recién cuando él desapareció, la misha pareció sentirse aliviada.
¡Mis amados animales! Ellos me han acompañado hasta en los momentos más oscuros. ¿Y esto es a lo que la gente le llama locura? ¿A sentir amor por ellos?
Cuando murió mamá, ya muy anciana, la pobre, la despedimos en el comedor de la casa. Por supuesto que allí estuvo Caronte, rodeado de coronas de gladiolos y de ramas de mata verde. Hinchando el pecho. Despidiendo de este mundo a mamá. ¡Ah! ¡Pero si es de no creer que fue en esa ocasión cuando aprendió a rezar! “¡Señor todopoderoso! ¡Misericordia! ¡Misericordia! ¡Amén!”, decía. Y fue así como, por lo que duró el velorio, rezó sin parar para acompañar el alma de mamá hasta el otro mundo. De a ratos gritaba “¡Pésame! ¡Murió!” Y enseguida retomaba “¡Por los siglos! ¡Por los siglos! ¡Amén!”.
Otro tanto sucedió cuando, al poco tiempo, nos dejó papá que no soportó la soledad y siguió por el camino de la eternidad.
Mi guacamayo, que para esas alturas parecía haber aprendido a oler la muerte, rezó también por su alma. “¡Pésame! ¡Murió!”, repetía. Y ellos, seguro que también habían estado espiándonos en nuestro dolor. Digo nuestro porque tanto mi guacamayo como la misha sufrían a mares mi tristeza.
Y después… ¡la gente se pregunta por qué! ¿Por qué pasan las cosas?
Era imposible que la misha se hubiera ido. Eso no podía estar pasando. Siempre andaba maullando por la casa. Y a la noche se paraba atrás de la reja para pedirme su leche. Ese era todo un ritual que sólo nosotras conocíamos. Y Caronte. Él participaba aleteando desde el baño. Pero esa noche no vino. Y la que siguió, tampoco. La busqué durante dos días sin resultado.
No tuve que hacer mucho para darme cuenta de que habían sido ellos. Esos dos hijos de puta.
Siempre les molesté. Siempre les irritaron mis animales. Mis santos. No me querían. Ni a mi gata. Ni a mi guacamayo. Pero a mí… a mí tampoco me gustaban ellos. Nunca se tendrían que haber metido con la misha.

Ilustración: Santiago Grunfeld
El día del asado, el sol quemaba como la parrilla de mis vecinos. El humo se levantaba por el tapial, y como una serpiente pasaba a mi patio y lo invadía todo. Ellos se reían a las carcajadas. Hacían chocar las copas. Brindaban por algo. Festejaban algo. Se los escuchaba en pleno jolgorio. Y hasta creo que bailoteaban. En casa en cambio, desde la desaparición de la misha, el silencio nos aplastaba. Caronte y yo no teníamos consuelo. Nuestro transcurrir era una cadena.
Mientras los dos hijos de puta se ponían en pedo en el patio, yo disolvía en un mortero confites de veneno para ratas. Y, con mucho cuidado, iba poniendo el polvo resultante adentro de una botella plástica a la que, en la tapa, le había hecho agujeros, como un salero.
Y esperé.
El alcohol, en el cuerpo de mis vecinos, hizo su trabajo.
Ellos entraron por un momento, y tuve la oportunidad de treparme por el tapial con muy poco esfuerzo para espolvorear con veneno no sólo el asado que estaba terminando de cocinarse, sino también las copas que esperaban sobre la mesa del patio. El tiempo fue el suficiente para vengar a la misha.
Cuando terminé, volví a saltar. Rápida, como una gata.
Me senté a mis anchas, en el sillón que había sido de mamá. Estiré las piernas. Solté un suspiro. Era sábado. Al otro día me habían invitado a tocar en la misa de once. Así que ensayé un poco mientras me tomé una copa de vino y después otra. Y me dormí, con la guitarra encima.
Habrían sido cerca de las cuatro cuando Caronte, que ya era experto en oler la muerte, me despertó desde el baño, con un alarido. “¡Pésame! ¡Murió!”. Y enseguida se puso a rezar.






