Es la pelota de la selección, se asombra Mateo. La abuela Susi le explicó que no se la puede comprar porque sale muy cara, sin embargo está a sus pies y aprovecha a patearla con fuerza. La pelota vuela y desaparece bajo el colchón de hojas verdes que se extiende a lo largo del campo.
Mateo se zambulle entre las hojas, llamándola a las patadas. Pero en vez de la pelota, a lo lejos se alza una cabecita. Prendida a ella hay un cuerpo. Con el sol de frente, Mateo no puede saber de quién se trata. Usa su mano como visera y distingue a un chico vestido con un pilotín blanco, con capucha. Mateo no entiende cómo puede usar pilotín un día tan lindo, pero en el mismo momento en que lo piensa, una larga sombra se extiende sobre el campo y descubre que se nubló.

Ilustración: Santiago Grunfeld
El chico ahora sostiene la pelota con las manos y Mateo se desespera ante la idea de que tenga nuevo dueño.
—¡Es mía! ¡Dámela!
—¡Dale! ¿jugamos?
Mateo asiente aliviado. El chico patea con entusiasmo y Mateo intenta atajar la pelota pero le pega en el pecho, llevándole todo el aire y paralizándolo con los brazos extendidos como un espantapájaros. A medida que el chico se acerca, Mateo puede distinguir los rasgos de su cara. La falta de rasgos.
Son manchas.
Son granos gigantes.
Son ampollas deformes.
No sabe lo que son, pero han reemplazado a los ojos, a la nariz y a la boca, reduciendo la cara a la podredumbre absoluta.
—Ahora atajo yo si querés —le dice el chico.
¿Cómo puede ser? ¿Por dónde habla? ¿Y cómo ve? Mateo mueve las piernas como si estuvieran prendidas con raíces al suelo. Las despega con esfuerzo y finalmente se larga a correr.
—¡Esperá! ¡La pelota! —le grita el chico y lo persigue.
A Mateo ya no le importa, escapa a través de la inmensidad del campo, hasta que un rayo parte el cielo y con el trueno tiembla la tierra. Mateo se tambalea mientras explota la tormenta y un gran charco se abre a sus pies. No consigue esquivarlo y patina en el barro, el agua sucia lo rodea y por más que intenta incorporarse, el charco ya es una pileta rudimentaria en la que apenas hace pie.
El chico del pilotín le extiende la mano.

Ilustración: Santiago Grunfeld
Mateo se niega a aferrarse, la piel pálida se desprende con el agua y asoman las falanges. El chico insiste, abre la boca en un eco deforme, una orden que es una ráfaga de viento, es lluvia torrencial, es una fuerza que todo lo arrastra.
—¡Juguemos!
La abuela Susi está en el patio dándole de comer a Loki. El perrito ya está medio ciego y apenas le presta atención a las sobras que le tira. Hace un tiempo también le salió un bulto en el cogote, lo tiene que llevar al veterinario pero no se decide, quién sabe lo que le puede llegar a decir. A veces es mejor no enterarse.
Insiste tirándole un pedazo de carne y en ese momento siente el grito. Llega a los saltos hasta la pieza y abre la puerta de un golpe. Mateo está sentado en el medio de la cama. La abuela Susi se abalanza sobre su nieto y lo agarra de la cabeza.
—¿Qué te pasó gordito, qué te pasó?
Mateo no sabe qué contestar, atolondrado como está. Susana le pasa la mano por el pelo transpirado.
—¿Estás bien?
Mateo tarda unos segundos en reaccionar, asiente no del todo convencido. Mira alrededor comprobando que solo está su abuela. Algo golpea la puerta y Mateo se aferra a su brazo. Es Loki, que se acerca tambaleando.
—¿Seguro que estás bien? ¿Soñaste algo feo?
La pregunta lo devuelve al pánico de un momento atrás y está a punto de llorar. Aunque sabe bien lo que soñó, no puede ponerlo en palabras.
—Ya pasó mi amor, ya pasó —lo consuela la abuela Susi y al sentarse a su lado se empapa. Pasa la mano sobre la funda.
Mateo, al ver que su abuela frunce la cara, pega un salto y mira avergonzado. La abuela Susi sonríe.
—No pasa nada, andá a jugar que yo la lavo—toma una punta de la funda y la desprende del colchón.
La pelota de Mateo, su vieja pelota, no está por ningún lado: ni en el pasillo, ni en la cocina, menos en el baño. Tiene que estar en el patio entonces. Mateo se fija entre las macetas, busca debajo del asador y al final la encuentra adentro de la cucha. A la pelota le falta un gajo. Seguro que Loki se lo arrancó. Amaga a retarlo pero se arrepiente al ver la forma lastimosa con que lo mira. Tira la pelota adentro de la casa para que Loki la busque y luego lo sigue hasta llegar a la entrada.
—¡No te vayas lejos! —le grita la abuela Susi desde la pieza.
—Noooo, abuuu —contesta Mateo con fastidio mientras pica la pelota atravesando el jardín delantero.
Frente a la casa hay una calle de tierra donde no pasa un alma, pero precisamente por eso, su abuela siempre le dice que no hay que confiarse, que puede salir un auto de la nada. A Mateo le parece imposible que pueda pasar algo así, lo vería venir desde una cuadra, desde diez, por más distraído que estuviera. La casa está en los límites del pueblo, frente a un gran campo de soja. Como mucho lo que ha visto son cosechadoras, pero a lo lejos.
Mateo hace jueguito con la pelota y gambetea en medio de la calle de tierra, le da cabezazos, se aleja unos metros seguido por Loki. Después deja caer la pelota. Cada vez que el perro la quiere agarrar, Mateo se la saca y hace jueguito. Loki ladra, salta alrededor de Mateo. Entre los ladridos, Mateo siente otra cosa.
Un zumbido.
Primero tenue. Mateo mira a un lado y otro de la calle pero no viene ningún auto. El zumbido crece desde el cielo. Mateo alza la cabeza y una gota le cae en la cara.

Ilustración: Santiago Grunfeld
Caen más gotas, se desata una llovizna. Mateo mira maravillado hacia el cielo.
—¡Abu, mirá, abuuuu!
Mateo alza los brazos con las palmas abiertas mientras recibe las gotas que caen. La abuela Susi sale a la puerta y Mateo se vuelve hacia ella fascinado.
—¡El avión hace llover Abu! ¿Viste?
Susana corre y siente que no va alcanzar nunca a su nieto.
—¡Salí de ahí!
Mateo se empaca ante el inesperado reto.
—¡Salí de ahí ya mismo!
La abuela Susi cubre a Mateo con el cuerpo. Lo alza y al principio Mateo se quiere zafar, pero la abuela Susi impone su desesperación y lo arrastra hacia la casa.
Mateo mira desafiante al avión, no comprende. Mira a Loki que ladra hacia el cielo.
No.
Ladra hacia el campo.
Las hojas se mueven.






