Una historia sencilla: una abuela busca a su nieta. No la conoce, no la tuvo en brazos, no sabe su olor, sus miedos. Pero la siente suya. Parte de su sangre, de su herencia. La nieta no sabe que la buscan, a pesar de que siempre se sintió fuera de lugar, ajena a esos padres violentos, que la desprecian y que siempre parecen querer reeducarla. La abuela encuentra a la nieta, es un encuentro incómodo, porque la siguió, la hizo seguir, como si fuera una presa. En el encuentro le quita la máscara, le dice quién es, de dónde viene. La nieta comprende la verdad. Es hija de desaparecidos, quienes la criaron son sus apropiadores, quizá hasta los asesinos de sus padres verdaderos. Se reencuentra con su abuela en Córdoba. Así podría terminar una historia más de una nieta recuperada. Una pieza menos en el interminable rompecabezas de las Abuelas de Plaza de Mayo. Pero en esta historia las cosas se tuercen antes, se vuelven oscuras, como el pasado. Para hechizar a un cazador, de Luciano Lamberti, ganador del Premio Clarín de Novela 2023 y recientemente publicado por Alfaguara, convierte una historia que sabemos de memoria en algo más. Transita caminos fangosos y sale airosa. No es fácil innovar en este tópico: dictadura, desaparecidos, nietos y abuelas. Y esta novela lo hace. Y lo hace desde el género que mejor le sale a Lamberti: el terror.
“¿Me estuvo espiando?”. “Sí, querida”, Julia recibe una respuesta que puede asustar a cualquiera. Viene de una mujer vieja que no conoce, que toma un café y fuma delante suyo. No parece una amenaza. Aunque su respuesta sí lo sea. Parece una abuela.
Griselda Lara es su abuela. Buscó a Julia y la encontró. No lo hizo por los canales habituales, (tampoco Julia lo hizo), porque ella no pertenece a ese grupo de mujeres. Griselda hace, como siempre, las cosas a su modo. Quería encontrar a Julia no porque haya sido un vacío en su vida, sino porque la necesita.
Denostado por la “gran literatura”, el género demostró (aunque nosotros, sus lectores, no lo necesitábamos) que se puede hablar de los grandes temas sin el corset de los solemne. Mariana Enriquez lo hizo un poco con Nuestra parte de noche, pero Lamberti fue un poco más allá. La dictadura fue una película de terror en la que nos metieron y de la que aún no salimos. Para hechizar… retoma la identidad como punto de partida, pero solo para entrar en caminos que se bifurcan por estrechos y oscuros callejones fangosos. Porque hay deseos que salen muy caros y más cuando se topan con la muerte acechando en cada esquina. Como ocurre “La Pata del Mono” de W.W Jacobs, la pérdida nos puede conducir más allá de lo imaginable.
Está es quizá una posible relectura de ese cuento clásico del terror moderno, como lo fue Cementerio de animales, de Stephen King (del que Lamberti también abreva). Porque hay fuerzas que nos pueden devolver a nuestros muertos queridos, pero nos van a pedir a cambio sacrificios que debemos estar dispuestos a asumir. Y los Lara (Griselda y Braulio), los abuelos de Julia, van a hacer lo que sea por recuperar a Julio, su hijo.
Seguir contando sería arruinar el viaje.
La novela de Lamberti logra romper la solemnidad y se atreve a ir más allá para narrar los horrores de una época que todavía nos genera pesadillas.







